Barcelona fue del 9 al 13 de julio la sede del octavo Congreso de la Federación Internacional de Editores Científicos (IFSE), organismo fundado por la UNESCO en 1978 con la finalidad de mejorar la comunicación y edición científica y servir como punto de referencia para los editores de todo el mundo.
La Federación Internacional de Editores Científicos
"Ciencia, cultura y comunicación"; bajo ese
enunciado global, editores, periodistas y científicos de todo el
planeta se reunieron en la Facultad de Biología de la
Universidad de Barcelona para debatir los problemas y retos que
atañen a la comunicación científica en vistas al cambio de
siglo. Partiendo de un título de congreso en el que cabe todo,
la disparidad de objetivos de los asistentes se hizo evidente con
el paso de los días: los editores expusieron sus limitaciones a
la hora de decidir qué incluir en sus publicaciones y de
discernir entre los intereses de la comunidad científica y los
de la sociedad, los periodistas hablaron de los problemas
derivados de sus rutinas profesionales y de los grandes avances
que las redes de comunicación suponen para su trabajo; y los
científicos ofrecieron sus últimos descubrimientos. Otro
factor, el socio-económico, añadía nuevas diferencias
paralelas entre los venidos del norte y del sur del planeta. Un
objetivo común podía haber unido unos con otros, la
comunicación de la ciencia, pero la falta de coordinación, por
un lado, y la disparidad de intereses, por el otro, no
consiguieron crear el debate en un principio deseado.
Durante la ceremonia de apertura, el domingo 9 de julio, la
presidenta de IFSE, Miriam Balaban, mencionó a grandes rasgos
algunos de los puntos a discutir durante esta octava reunión: la
necesidad de una ética para la ciència -concebida a finales de
siglo como una gran empresa, cada vez más compleja-, el impacto
de las nuevas tecnologías en las publicaciones científicas y la
voluntad de estimular la entrada de jóvenes profesionales en la
divulgación de la ciencia. Por su parte, el presidente de este
octavo encuentro, Ricard Guerrero, fue el encargado de dar una
calurosa bienvenida a Barcelona a todos los participantes.
Y tras las bienvenidas, el editor de la revista Nature, Sir John
Maddox, inició el ciclo de conferencias con su ponencia titulada
"Buenos y malos hábitos en la ciencia". En una breve
descripción de la empresa científica, Maddox citó el carácter
internacional, la construcción del conocimiento a partir del
trabajo de investigadores anónimos y la publicación como
características de su funcionamiento ideal. Sin embargo, las
ambiciones personales de los científicos llevan, según el
editor de Nature, a una oposición frecuente entre buenas y malas
maneras de construir y comunicar la ciencia. Para Maddox, existe
un "conflicto entre el uso legítimo de la publicación por
parte de los científicos para mantener viva la ciencia y
contribuir a su avance, y su uso interesado para conseguir el
éxito personal y la publicidad de uno mismo".
"La práctica de buenas maneras en la profesión científica
no es frecuente", aseguró Maddox. El celo de los
científicos a comunicarse entre ellos debido al aumento de la
competitividad; el olvido intencionado de las referencias en
habla no inglesa; el "oscurantismo" del lenguaje con el
que se comunican muchos resultados para contribuir al engaño y
beneficio personal, y el uso indiscriminado de los coautores, con
la existencia de empresas que alquilan investigadores anónimos,
son algunas de las actitudes que perjudican el buen
funcionamiento de la comunidad científica y, por lo tanto, su
comunicación con la sociedad. Las soluciones a estas prácticas
perjudiciales serían, según Maddox, el fomento de una
colaboración abierta, sin suspicacias, entre científicos. y,
por parte de los editores, el control de lo publicable a partir
de una revisión por pares que asegurara el beneficio de cada
investigación para el avance de la ciencia. Todos los editores
"están obligados a llamar la atención sobre los casos de
malos hábitos en la ciencia", así concluyó su ponencia el
editor de una de las revistas científicas de referencia más
importantes del mundo .
El turno de preguntas fue utilizado por algunos asistentes para
cuestionar a Maddox la presencia en Nature de un porcentaje tan
bajo de investigaciones procedentes de fuera del área
anglosajona. ¿Sería ésta también una práctica de "malos
hábitos"?, apuntaron algunos. El ilustre editor se excusó
aludiendo a obstáculos lingüísticos y aseguró una próxima
apertura hacia los países europeos de habla no inglesa y algunos
latinoamericanos. Nadie se atrevió a rebatir.
El lunes empezó con la conferencia del jefe del Departamento
para la Divulgación del Conocimiento Científico y Tecnológico
de la Comisión Europea, Mario Bellardinelli, quien expuso las
líneas generales del programa europeo para la propagación de la
ciencia, diseñado en el Tratado de Maastricht. Según
Bellardinelli, "la función de la ciencia es explicar los
nuevos retos de la humanidad al público e implicarle en
ellos". Sin embargo, la poca colaboración mútua entre los
diferentes centros de investigación europeos, los laboratorios e
indústrias, por un lado, y las universidades e instituciones,
por el otro, lleva a una competitividad que impide la
utilización de los nuevos descubrimientos en beneficio de la
sociedad. Además, "los políticos prefieren escuchar las
demandas de la industria más que a sus funcionarios de la
comisión, y, por lo tanto, dan más dinero para la
investigación tecnológica en el marco de la industria que para
la divulgación del conocimiento científico". De esta
forma, el presupuesto para la comunicación de la ciencia en
Europa se ve relegado a un segundo término.
Después de las ponencias de Maddox y Bellardinelli, se estrenó
la primera de las nueve sesiones que estructuraron el congreso.
"Imaginación, especulación y creatividad en la
ciencia" reunió las presentaciones de dos científicos
estadounidenses, William H. Calvin, de la Universidad de
Washington (Seattle), y Alan H.Guth, del Instituto de Tecnología
de Massachusetts, quienes mostraron al público los últimos
resultados de sus investigaciones en cosmología y en el estudio
de la "mente darwiniana", respectivamente, en un
contexto aislado de los objetivos del congreso citados por la
presidenta, Balaban.
La segunda sesión, "Filosofía, sociología y políticas en
ciencia" incluyó temas diversos relacionados con las formas
de divulgación e impacto de la ciencia en la sociedad. El
expresidente del Comité para la Publicación de la Sociedad
Europea de Física e integrante del Habn-Meitner-Institut de
Berlín, Ferenc Mezei, analizó los problemas existentes en la
comunicación de los resultados en investigación fundamental.
Para Mezei, el principal error del sistema utilizado en Europa
consiste en la asignación de los costes de divulgación como
parte de los presupuestos de publicación, y no de
investigación. "El hecho de que estos costes deban ser
cubiertos por los lectores hace que ese conocimiento fundamental
sea inaccesible al sector social en proceso de formación, el
pblico en general", aseguró Mezei.
De los costes de la divulgación en ciencias fundamentales al
impacto social y humanístico del progreso científico y
tecnológico, la segunda ponencia de esta sesión corrió a cargo
del científico catalán, Alfred Giner-Sorolla, actualmente en la
Universidad de Florida del Sur (Tampa). "Las actitudes del
público hacia la ciencia vienen marcadas por su confusión ante
las controversias entre científicos sobre cualquier tema",
indicó Giner-Sorolla. Prácticamente, el público ya no sabe a
quién escuchar. Por lo tanto, dar una información adecuada,
evitar generalizaciones y la publicación de estudios no
aplicados serían, según él, las responsabilidades primordiales
de la comunidad científica y de sus comunicadores. La
identificación entre científicos y escritores científicos
palía, según Giner-Sorolla, muchos efectos perjudiciales. El
caso de Cataluña, donde muchos científicos colaboran en las
secciones de ciencia de los periódicos sería, para él, un buen
ejemplo a seguir.
También dentro del contexto catalán, la profesora de la Escuela
de Magisterio de la Universidad Autónoma de Barcelona, Maria
Teresa Escalas, presentó su trabajo como coordinadora del Libro
blanco de la difusión científica en Cataluña, un estudio de
los contenidos y técnicas utilizadas para la divulgación de la
ciencia en los medios de comunicación catalanes, que finalizará
en diciembre de este año. Según Escalas, "el concepto, el
contenido y los objetivos de la comunicación científica en
Cataluña no están bien definidos, pero éste no es un hecho
sorprendente si se tiene en cuenta que es un tipo de
comunicación desarrollada muy recientemente, que además combina
ciencia, un mundo muy complejo y dinámico, y público en
general, un sector también amplísimo". El Libro blanco
estudia la situación actual y pretende dar respuestas a los
profesionales para la mejora de su trabajo en el futuro.
"El tratamiento informativo de los acontecimientos
científicos por parte de los medios de comunicación es, a
menudo, parcial y sensacionalista". Es una de las
conclusiones a las que llegó el profesor de comunicación
científica de la University College de Londres, Steven Miller,
después de estudiar la covertura del impacto del cometa Levy-9
contra Júpiter en la prensa inglesa. En la última ponencia de
esta segunda sesión del congreso, Miller criticó el uso
sensacionalista que de los ítems científicos se viene haciendo
en los medios de comunicación con el fin de vender más
ejemplares. Para el profesor, "la prensa tiene su propia
agenda y, a veces, ésta coincide con la agenda científica, pero
generalmente la prensa no sigue el mundo científico"; por
esta razón, cuando ambas agendas coinciden, el tratamiento
informativo es, a menudo, discontinuo e inapropiado.
Teniendo en cuenta ejemplos como el presentado por Miller,
¿cómo debe transmitirse la ciencia?. "Comunicando la
ciencia al pblico", el enunciado de la tercera
sesión, pretendía reunir diversas respuestas a esta cuestión.
El primero en dar una visión del problema fue el profesor de
Comunicación Pública de la Universidad de Poitiers (Francia),
Pierre Fayard, quien presentó un estudio realizado en 1992 sobre
la "Evolución de las secciones de ciencia de los
periódicos europeos", en el que se analizaban los
contenidos científicos que con mayor frecuencia aparecieron en
una muestra de periódicos europeos, la formación de los
profesionales encargados de la comunicación científica y las
fuentes utilizadas por ellos. De los resultados de esta
investigación, se deduce una tendencia reciente hacia la mejora
de la covertura científica en los periódicos europeos. El
resultado es una forma nueva y competente de hacer periodismo
científico basada en la existencia de plantillas cualificadas
con periodistas procedentes de carreras científicas.
En cuanto a las fuentes, las revistas científicas de referencia
(Science, Nature, The Lancet, etc.) figuraban en primera línea,
seguidas a distancia por la prensa de calidad estadounidense, las
agencias de información y, en último término, los expertos de
las universidades nacionales. Esta situación revela, según
Fayard, la existencia de un monopolio anglosajón de la
información científica, del cual es muy difícil escapar y que
da a la información un color uniforme. El intercambio de
conocimientos entre universidades y periódicos europeos es
prácticamente nulo, según Fayard debido a prejuicios
culturales, pero, en todo caso, lo que hace es favorecer la
supremacía anglosajona.
Precisamente una periodista del periódico de referencia más
destacado del mundo angloamericano, The New York Times, realizó
a continuación el balance de los aspectos positivos y negativos
de las rutinas profesionales del periodista científico en
Estados Unidos. Según Natalie Anger, los periodistas hacen bien
el trabajo de hablar de ciencia en un lenguaje comprensible para
el público, pero "no son suficientemente escépticos, a
menudo se ven envueltos en la promoción y el espectáculo".
Además, "no comunicamos con qué métodos trabajan los
científicos ni transmitimos una forma de razonar". Para
Anger, el periodismo científico va atravesando a lo largo de su
historia varios ciclos en los que se alternan crítica y
sensacionalismo, y el profesional se deja llevar por ellos. Tal
dosis de autocrítica constructiva fue acogida sin demasiada
respuesta por el público asistente.
La importancia de la divulgación científica para la cultura en
general fue otro de los aspectos tratados en esta tercera sesión
sobre cómo comunicar la ciencia al público. El autor de
Biosfera y consultor de medio ambiente de la UNESCO, Ramon Folch,
inició su ponencia asegurando que "la ciencia es concebida
para ser comprendida por el público y formar parte de su
cultura", por lo tanto, investigación científica y
comunicación deben ser inseparables, parte de un mismo proceso.
Además, el incremento del conocimiento público propiciará,
según Folch, la introducción de la ecología en la cultura, en
beneficio de la sociedad, de ahí que sea "más importante
para mucha gente saber lo que ya se sabe, que para muchos
científicos saber lo que aún no se sabe". Una prueba de
que el conocimiento científico puede alcanzar al público
general es el éxito de la reciente publicación de la
enciclopedia Biosfera, coordinada por el mismo Folch.
Pero el libro, como puente entre la ciencia y el público,
plantea también sus dificultades. El editor estadounidense,
Peter Nevraumont, aseguró en su conferencia que es
"responsibilidad de los mismos científicos aprender a
comunicar su conocimiento en el lenguaje que el público
comprende". La intervención de una asistente al congreso
procedente de Méjico señaló la importancia de mostrar la cara
humana del científico autor del libro, y no sólo sus
conocimientos, para cortar con el excesivo respeto del público
hacia el científico y así llegar a él.
Actualmente, la forma más inmediata de transmitir la ciencia es
la utilización de las redes de comunicación tipo Internet. El
ex editor de la revista Scientific American, Jonathan Piel,
concluyó la jornada planteando las ventajas de estas nuevas
redes para la comunicación científica. Según Piel, "la
revolución tecnológica resolverá los problemas de alcance de
la información, al eliminar los impedimentos espacio-temporales
ligados a las formas tradicionales". La ponencia de Piel
provocó reacciones entre los asistentes, creando así uno de los
primeros debates. Ante diferentes comentarios sobre la
posibilidad de que tal revolución tecnológica aumentara la
distancia entre los que saben y los que no, entre los que tienen
dinero y los que no lo tienen, Piel contestó que "la
tecnología no es inherentemente hostil a la pobreza, almenos no
más que la prensa normal".
A lo largo de la tercera jornada del congreso, se trataron dos
temas tan esenciales para la comunicación científica y tan
diferentes entre sí, como son la revisión por pares y el factor
de impactos acumulativos, por un lado, y la educación en la
ciencia, por el otro. El presidente emérito del Instituto para
la Información Científica de Filadelfia, Eugene Garfield,
habló del problema de las citaciones (los periódicos de mayor
impacto poseen un índice de no citación menor al 1%) y el
análisis del factor acumulativo de impactos de un periódico
como alternativa más fiable, a largo término, al factor actual
de impactos.
Tras la ponencia inaugural de Garfield, los editores de tres de
las revistas científicas de referencias de mayor peso a nivel
mundial plantearon los pros y contras del sistema de revisión
por pares. Drummond Rennie, editor delegado de The Journal of the
American Medical Association (JAMA), Richard Smith, editor de The
British Medical Journal y Richard Horton, de The Lancet,
revisaron diferentes aspectos de la controversia actual alrededor
del sistema de control por excelencia de la comunidad
científica, pero no consiguieron provocar la discusión
esperada. Con la ponencia titulada "Educación científica
para el año 2010", la científica y divulgadora de la
teoría Gaia de Lovelock, también miembro de la Academia
Nacional de las Ciencias de Estados Unidos, Lynn Margullis,
introdujo la quinta sesión del congreso, sobre educación en la
ciencia. "Todos tenemos un sistema de creeencias propio y
creemos que el nuestro se diferencia de los demás por ser
verdadero. El sistema de creencias del científico es la ciencia,
el de los demás es, para estos últimos, una religión. ¿Dónde
se halla, entonces, la frontera que separa la ciencia de la
religión? La diferencia reside en dos cualidades, que deben ser
inherentes a la ciencia: la apertura al debate y la
honestidad". Así empezó Margullis su ponencia, en la que,
después de exponer a grandes rasgos los pilares de la teoría
Gaia, hizo reflexionar al público sobre la arrogancia del
científico al suponer la supremacia de su método por encima de
cualquier otro sistema de creencias.
¿Cómo educar en la ciencia, a partir de estos supuestos? Según
Margullis, "el niño es un científico por naturaleza, pero
no consigue la respuesta que le exige el rígido sistema
educativo actual". Por ello, la solución al bajo interés
detectado en las aulas estaría en potenciar la inclinación
natural del niño hacia la ciencia, dejando en un segundo
término los sistemas de valoración tradicionales.
Como parte de esta sesión, el director del suplemento Ciencia y
vida de La Vanguardia y del Observatorio de la Comunicación
Científica de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, Vladimir
de Semir, se encargó de hablar de la responsabilidad del
periodista como comunicador científico, teniendo en cuenta la
importancia de los medios de comunicación como mediadores entre
la producción de conocimiento y la creación de opinión
pública. "Actualmente, la ciencia forma parte de la cultura
común. En consecuencia, el periodista adquiere una
responsabilidad social añadida a su cualidad de traductor del
conocimiento científico", explicó Semir. Sin embargo, la
enorme cantidad de información que la ciencia produce y la
rapidez implícita al funcionamiento de cualquier medio de
comunicación dificultan su tarea. Por esta razón, es importante
adecuar la oferta de los periódicos a la demanda real de
noticias por parte del público. Según Semir, "los editores
y escritores científicos olvidan a menudo que los lectores
están interesados en todo aquello que afecta su vida
cotidiana" y que es a esta demanda a la que deben ceñirse
en beneficio de la sociedad.