El ser humano, desde aquel remoto día en que levantó la vista hacia las estrellas y se interrogó sobre su propia existencia, ha intentado satisfacer su innata curiosidad al tiempo que transformaba la naturaleza en su beneficio. Gracias a ello ha ido superando etapas -el fuego y la rueda, en tiempos muy lejanos, y la penicilina y los chips, más recientemente- que le han permitido alcanzar lo que era simple poesía: la mítica Luna. Hoy, cuando comenzamos a pensar en pisar algún día Marte, estamos en el umbral de una nueva revolución tecnológica derivada de la investigación básica en biología molecular y la ingeniería genética, con la que esperamos adentrarnos en lo más íntimo de las especies que pueblan la Tierra e intervenir -esperemos que para bien- en la propia evolución de la biodiversidad.
Nadie cuestiona hoy en día que las ciencias son el motor del desarrollo tecnológico y económico de nuestra civilización y constituyen una parte sustancial de una única cultura. A medida que las ciencias nos permiten revelar el conocimiento del mundo, nos damos cuenta de que ese universo conceptual es cada vez más y más complejo. La consecuencia es que el volumen de información que está a disposición de los ciudadanos comienza a ser abrumador (y no sólo en relación a las ciencias). Hoy se plantea a nuestra sociedad un nuevo reto: cómo administrar adecuadamente el ingente volumen de información científica. En una época en la que, entre la producción del saber y su utilización y aplicación, no existe suficiente tiempo para reflexionar y asimilar este conocimiento constantemente renovado. En este sentido, debemos recalcar la importancia de la responsabilidad de los medios de comunicación -cada vez más omnipresentes en la sociedad- que hacen de intermediarios culturales y educativos entre la producción del saber y las expectativas que generan tales avances en todos nosotros.
Nuevos problemas se añaden a los heredados con la eclosión cuantitativa y cualitativa de los conocimientos científicos: la enorme competencia entre los diversos equipos de investigación por razones económicas y de prestigio; la gradual limitación y discutible priorización de los recursos destinados a la investigación científica; la también creciente rivalidad entre las revistas de referencia que constituyen la principal forma de validación de la producción científica, y por ello a pesar de la irrupción de nuevas formas de comunicación científica por mediación de las redes electrónicas que intercomunican el planeta entero. Probablemente entra en crisis el sistema habitual con el que la comunidad científica ha dado a conocer tradicionalmente el resultado de sus trabajos. Además no podemos estar ajenos a la creciente falta de ética de determinados grupos de científicos y de comunicadores.
El riesgo que corre esta sociedad es que científicos y periodistas, periodistas y científicos, no sepamos administrar adecuadamente el saber y el poder que unos y otros tenemos. Al mismo tiempo, es posible que estemos creando un mundo en el que, a medida que vamos conociendo cada vez mejor su complejidad y desarollamos una mayor capacidad de comunicación, paradójicamente sus ciudadanos están más desinformados, son susceptibles de ser fácilmente manipulados y se muestran incapaces de desarrollar un indispensable espíritu crítico. En estas condiciones, el reto de afrontar un complicado e incierto futuro, en el que los problemas demográficos y las desigualdades entre ricos y pobres se acrecientan día a día, puede convertirse en un objetivo utópico y condenado al fracaso.
En 1995, precisamente para analizar todos estos problemas e incitar al debate de las ideas sobre las relaciones entre las ciencias, la medicina, la cultura y la comunicación, en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona se creó un grupo de investigación, de estudio y de "agitación" social denominado Observatorio de la Comunicacioón Científica, vinculado a los Estudios de Periodismo y que cuenta con el apoyo del Comissionat d'Universitats i Recerca de la Generalitat de Catalunya.
El impacto del desarrollo científico, tecnológico y médico en la sociedad, la percepción social de estos avances y el papel que desempeñan en estos procesos los medios de comunicación social, constituyen el eje principal de reflexión de este grupo multidisciplinar de estudios sociales, hasta ahora inédito en el Estado Español. Para conseguir, además, que este necesario debate de ideas no quede restringido al ámbito académico, nace Quark.
El Observatorio de la Comunicación Científica propone la publicación, con carácter trimestral, de un vehículo de discusión, con soporte tradicional en papel pero que posee una versión electrónica en la red comunicacional de Internet. Esta oferta es posible gracias al patrocinio de Citran, una institución sin ánimo de lucro vinculada a la Fundación Montserrat Montero de Sisquellas, que entronca con la tradición de mecenazgo que impera en la sociedad catalana.
La principal aspiración de Quark es promover y difundir el debate cultural sobre las relaciones entre las ciencias y la sociedad. Por ello, Quark es una revista dirigida a los sectores clave de una sociedad en la que esta interrelación cultural debe ser contemplada como un factor decisivo de su propio funcionamiento: universitarios, científicos, investigadores, médicos, periodistas, sociólogos, responsables de comunicación institucional y empresarial, personas vinculadas con los centros de decisión y de opinión de la política científica y el público en general interesado por la interacción entre ciencia, medicina, cultura y comunicación.
Además, Quark pretende establecer un puente de unión entre las diversas comunidades de habla hispana, tanto españolas como americanas, por lo que, editada en Barcelona y vinculada a una universidad catalana, su lengua de comunicación es el castellano y el espíritu cultural que la impulsa es el europeo.
Quark es, finalmente, una publicación abierta que invita a participar a todos los que crean útil y tengan algo que aportar al debate de ideas que aspiramos a catalizar.
El Director