LA COMUNICACIÓN CONTRA LA INFORMACIÓN

Vladimir de Semir

   El periodista se ha convertido hoy en uno de los agentes sociales con más poder. Es bien conocido que "información es poder". El conocimiento y la cultura son herramientas cruciales para la transformación de la sociedad y es lógico que se haya acuñado la expresión "información es poder". Pero en este final de siglo vivimos inmersos en el mundo de la comunicación -que como veremos más adelante no hay que confundir con la información-, hasta el punto que ya se comienza a decir "comunico, luego existo". En este contexto, el periodista transmisor de las noticias se ha mutado en un periodista influenciador de la sociedad. El periodista, por la propia definición de su trabajo, siempre ha estado cerca del poder ya que al ser transmisor de información ha sido al mismo tiempo poseedor de esa información. Sin embargo, al adquirir la información un desmesurado poder producto de su posibilidad de intervención directa en el desarrollo del acontecer social y habernos sumido así en un mundo en el que la capacidad de comunicación y la consiguiente influencia política, económica y social predomina por encima de otros valores mucho más sólidos, el periodista se ha erigido en un personaje con gran capacidad de manipulación de la realidad. Hay que tener en cuenta además que cada vez con mayor fuerza, el periodista se está convirtiendo en la fuente principal de la formación continuada de la sociedad. El conocimiento del mundo en todas sus vertientes cambia con tal velocidad que sólo los medios de comunicación son capaces de adaptarse a esa continuada modificación, con el corolario de que son los que con mayor fuerza configuran la cultura general de esa sociedad.

   Uno de los acontecimientos teatrales de 1994 en París fue la representación en el Theatre de la Colline de la obra ’Les journalistes" (Los periodistas) de Arthur Schnitzler. El texto original de este escritor y neurólogo austríaco, conocido sobre todo por sus obras teatrales impresionistas, en las que, mediante un sutil análisis psicológico, hace una profunda crítica de la sociedad vienesa de comienzos de siglo, data de 1917 siendo su título original "Fink y Fliederbusch". Como fácilmente se puede suponer, Fink y Fliederbusch son los dos personajes centrales de la obra. Dos periodistas que trabajan en periódicos rivales. Fink colabora en la ’Vida elegante", un periódico mundano, defensor de la aristocracia económica. Fliederbusch escribe en el periódico adversario, ’Tiempo presente", un periódico liberal. La pieza arranca con la discusión en la redacción de ’Tiempo presente" de un texto en el que Fliederbusch, un periodista progresista e independiente, contesta a un artìculo publicado por Fink, un periodista estrechamente vinculado con el poder fáctico, artículo en el que Fink refleja su entusiasmo por el discurso con el que el conde Niederhof ha defendido en la Asamblea la actuación represiva y sangrienta del Gobierno en una huelga de mineros en Bohemia.

   El enfrentamiento informativo de ambos periodistas desemboca, por las circunstancias sociales de la época, en un conflicto que sólo se puede derimir en un duelo de honor. Un duelo imposible de realizar porque sirve para revelar la verdad: Fink y Fliederbusch son una misma persona. Un periodista -free lance, diríamos hoy- con una admirable facultad de adaptación para servir los intereses de dos patrones de prensa de convicciones muy dispares y que envía sus artículos a cada redacción, desconociendo cada una de su doble personalidad.

   Sin duda, el lector deseará saber el desenlace de tan original planteamiento teatral, vamos a revelarlo aunque sea muy recomendable la lectura de la obra original de Schnitzler... Los editores de ’Vida elegante" y de ’Tiempo presente" se disputan en una especie de subasta el fichaje del joven y talentoso periodista, pero el conde Niederhof decide crear su propio periódico para ponerlo al servicio de sus personales ambiciones políticas y consigue que Fink-Fliederbusch trabaje para él y su nuevo proyecto editorial: "Creo que los dos nos vamos a entender perfectamente", argumenta el conde en la escena final. Y el periodista, en cierta forma convertido en un discípulo de aquella escuela sofista capaz de argumentar cualquier cosa y de convertir lo falso en verdadero, le contesta: ’¿usted lo cree de verdad?" A lo que el conde replica: ’El cálculo es simple: usted tiene dos convicciones y yo, ninguna..."

   Demos un salto en el tiempo. De 1917 pasemos a nuestro bien conocido año 1995 En el umbral de la revolución multimedia de la comunicación, vivimos en una sociedad paradójica: nunca ha existido mayor volumen de información circulando por los más diversos canales de comunicación y quizá nunca antes ha existido en todos nosotros una menor capacidad de discernimiento y de crítica ante la desinformación a la que estamos sometidos. Todos los medios de comunicación uniformizan sus contenidos. Casi todos los periódicos dicen en síntesis los mismo, las portadas se asemejan las unas a las otras; parece que no hay más temas que la política y los intereses financieros. Los programas de televisión también se parecen unos a otros. las cadenas públicas apenas se diferencian de las privadas (en este caso aquel argumento que postulaba que de la competencia surgiría una mayor calidad ha demostrado ser una falacia, la competencia ha implicado una lucha por el reparto del pastel publicitario y los contenidos son cada vez más desinformativos y aculturales). Apenas existe divulgación científica en los medios audiovisuales y en cambio hasta en los medios públicos proliferan los especialistas de la mixtificación de la realidad tragándose las audiencias a los más variopintos videntes y curanderos con gran asiduidad.

   Los temas informativos que predominan en los medios de comunicación casi siempre son los mismos y a nivel local, nacional o internacional parece que en el mundo sólo existan unas pocas fuentes de información. Se habla de Ruanda y luego rápidamente desaparece Ruanda. ¿Por qué ese súbito desinterés cuando el problema sigue sin resolver y los ruandeses se siguen muriendo igual que al principio? Se escandaliza a la opinión pública con la pretendida aparición de una ’bacteria asesina"que se nos comerá vivos y luego los periodistas nos olvidamos de explicar que el estreptococo en cuestión hace años que convive con la humanidad en los hospitales... La reflexión, el análisis, la voz del experto suele brillar por su ausencia. Lo importante es atraer a la audiencia como sea y servir determinados interses vinculados a los poderes políticos y económicos Somos los periodistas realmente así: superficiales, frívolos... no tenemos convicciones como Fink o Fliederbusch? ¿Qué está ocurriendo?

   Creo que padecemos una clara confusión de valores. Las razones pueden ser muy variadas y difíciles de resumir. Quiero resaltar un par de ellas y que poseen un punto en común: los periodistas nos estamos convirtiendo en los agentes pasivos de la comunicación y no somos, contra lo que se pueda pensar, sujetos activos de la información social.

   Vivimos en una sociedad en la que el dominio del poder político y del poder económico es excesivo. Seguramente como lo era en la Viena y, en general, en el mundo occidental de principios de siglo, pero con la gran diferencia de que hoy el tiempo, el discurrir del tiempo, no es el mismo. Todo ocurre sin tiempo para digerir lo que está sucediendo. Los acontecimientos, los intereses están marcados por una indiscutible inmediatez. Hoy no se sientan los pilares económicos y se espera su evolución para recoger el fruto de nuestra inversión. Hoy no se deciden actos de gobierno para un futuro lejano... El tiempo se nos ha encogido. Queremos resultados inmediatos. No podemos esperar. Nuestra sociedad cada vez es más intolerante con el tiempo. El buen vino se ha de obtener este mismo año, no dentro de diez cuando hubiera envejecido convenientemente.

   Por otra parte, los periodistas también estamos sometidos a un fenómeno que yo definiría como una pérdida de identidad. La irrupción de los medios audiovisuales ha tergiversado nuestra profesión. Ya no es sólo, como ha sido siempre, un problema de tener o no convicciones.

   El resultado es que hoy se confunde información con comunicación. Información -tal como yo la entiendo- es contenido, idea, concepto, educación, instrucción, conocimiento, análisis, reflexión... Comunicación -tal como yo la sufro- es transmisión pero mediatizada, difusión interesada, filtración dirigida, publicidad encubierta, intención, influencia, manipulación...

   Esta diferenciación seguramente es muy discutible y subjetiva, pero la definición misma del verbo comunicar sintetiza lo que quiero expresar: "hacer a otro partícipe de lo que uno tiene". Y esto se puede entender obviamente de dos formas muy contrapuestas. La capacidad de comunicación es innata con el ser humano y uno de sus valores promordiales, no obstante hoy la comunicación se ha alejado mucho de esta su primera acepción que relaciona a la comunicación con el intercambio del conocimiento. Hoy vivimos inmersos en un mundo que comunica a raudales. los periodistas no necesitamos acudir a las fuentes tradicionales, nos llueve la comunicación, que no la información, en nuestras mesas de trabajo.

   El tiempo, la falta de tiempo, para el análisis y la reflexión...

   La comunicación que sustituye vertiginosamente a la información...

   Estos son dos de los principales problemas con los que nos enfrentamos si no queremos perder nuestra identidad. Pero el mayor de todos es el enorme volumen de esta comunicación. Vivimos una auténtica bulimia comunicativa. Hoy la persona, ya no sólo el periodista, que desea informarse, se enfrenta al reto de su capacidad de discernimiento. ¿Cómo seleccionar? ¿Cómo sintetizar? ¿Cómo saber? Ante el ingente volumen de focos emisores de comunicación, ¿cómo conocer la pertinencia de un problema? ¿Cómo establecer una escala de valores?

   Por suerte, el mejor y más evidente ejemplo que puede ilustrar la gravedad del problema que deseo transmitir, lo hemos vivido todos recientemente y de una forma muy explícita: la guerra del Golfo.

   Al margen de las motivaciones políticas o estratégicas, al margen de quienes fuesen los buenos o quienes los malos, creo que todos podemos entender que ante una aparente eclosión de información en directo vía la cadena norteamericana CNN, en realidad estábamos ante una muy reflexionada operación de comunicación, en la que todos, casi sin excepción, fuimos partícipes de lo que unos pocos quisieron transmitirnos de forma mediatizada e interesada. Con toda seguridad para que no se pudiera repetir la mala imagen que para el mundo entero y para la historia tuvo el auténtico periodismo informativo e interpretativo durante la guerra de Vietnam.

   Este enfrentamiento conceptual entre información y comunicación no es otra cosa que el reflejo de un desequilibrio mucho más profundo que padece nuestra sociedad y que estimo muy preocupante porque supone la imposibilidad de afrontar con sinceridad y rigor los muchos problemas de desigualdad y de injusticia del mundo en que vivimos. Me refiero al desequilibrio entre el saber y el poder. Hay que ajustar la oferta y la demanda de la información y de la comunicación a unas medidas más equilibradas. Hay que revalorizar el mundo del saber para amortiguar la generalización de una mediocridad social que es consustancial con la prepotencia del mundo del poder.

   Los periodistas y los medios de comunicación -esta vez empleada la palabra en su acepción noble, aunque sin duda equívoca- hemos de servir a la sociedad, incluso los que pertenecemos a empresas privadas. Aunar los intereses económicos de una empresa periodística con la función social que ha de cumplir un medio de comunicación es un objetivo plenamente compatible. Existen muchos ejemplos en el mundo. Para ello no hay nada mejor que la documentación, el conocimiento, la calidad y el rigor, bases de la credibilidad e independencia, nuestras únicas y poderosas armas para la auténtica profesionalidad.

   Pero en la encrucijada en la que nos encontramos de clara confusión social de escala de valores, hemos de ser capaces de desarrollar en todos nosotros un indispensable espíritu crítico fundamento de una auténtica sociedad democrática.

   "La democracia es necesaria, pero no suficiente". Es una frase de un filósofo hoy algo olvidado, Bertrand Rusell. Si no se desarrolla el indispensable espíritu crítico de una sociedad estamos convirtiendo a la democracia en una trampa ante la inexistencia de una alternativa válida. El pensamiento de otro personaje todavía más famoso, Albert Einstein, nos ayuda a hacer más explícita la trampa en la que podemos caer: ’la restricción del conocimiento adormece el espíritu filosófico de un pueblo y conduce a la pobreza espiritual". Y evidentemente -eso no lo añadió Einstein, pero está implícito en su frase- lleva a que una comunidad sea fácilmente manipulable en todos los sentidos. Esta es una de las grandes responsabilidades de la profesión periodística: ampliar el conocimiento y la capacidad de discernimiento de las personas. Pero para ello, insisto, es necesaria la ayuda de los ciudadanos convertidos en lectores, oyentes o televidentes. Existe la necesidad de que se desarrolle un alto nivel de exigencia entre el público.

   Si en nuestros medios masivos de información no conseguimos que florezcan las semillas de la educación y de la cultura con la misma facilidad que germinan los concursos, estamos abocando a nuestra sociedad al fracaso. Y hoy que está tan de moda el hablar de competitividad sin saber con exactitud lo que quiere realmente decir, ¿puede alguien imaginarse una sociedad competitiva sin que el intelecto sea una de las herramientas que se engrasan con asiduidad en los cerebros de sus ciudadanos, sobre todo en el de los más jóvenes? Hoy, con respecto al caso de Fink-Fliederbusch de principios de siglo, el reto se ha agravado enormemente. Ya no sólo es un problema deontológico de convicciones personales de editores o periodistas. La influencia que podían tener los escritos de Fink o de Fliederbusch en la ’Vida elegante" o en el ’Tiempo presente" estaban acotados por los límites de una sociedad en la que los periódicos eran sólo un vehículo más de agitación cultural o política, entendida la agitación como la catalizadora del indispensable debate social. Hoy los medios de comunicación audiovisual son omnipresentes en nuestra vida cotidiana, incluso repercuten en la forma y contenido de los medios escritos y llegan a marcar nuestros hábitos cotidianos. Hoy, Fink o Fliederbusch poseen un poder desmesurado, casi incontrolable. Y hoy, la posible manipulación de las convicciones de Fink o de Fliederbusch tiene un alcance que no sabemos valorar en su justa medida y unas consecuencias peligrosas para una sociedad democrática. Esa misma que paradójicamente postula la libertad de expresión como un valor innegociable. Sobre todo si esa sociedad no sabe prepararse a sí misma para el reto que supone la absoluta prevalencia del poder sobre el saber. El antídoto a la creciente desinformación social a la que estamos sometidos sólo puede ser educación y cultura para despertar la exigencia social a la que aludíamos. Nuestras universidades deberían recuperar aquella mítica totalidad y globalidad que es el propio origen de su nombre. En nuestras universidades se enseñan materias, se cursan carreras, se educa y se hace cultura, pero todo o casi todo gira en torno a la docencia y la investigación -sin olvidar el indispensable soporte logístico de la gestión administrativa- cuando posiblemente el universo universitario -la redundancia es plenamente voluntaria: el universo universitario- es el mejor caldo de cultivo para ir mucho más allá. Ya sé que el quehacer diario, los problemas presupuestarios y esa dictadura del tiempo al que aludía antes -limitado y que además se nos encoge gradual e inexorablemente a todos- casi convierte en utópica cualquier propuesta para que nuestras universidades puedan ser plataformas de proyección social para las voces de la cultura y para que el conocimiento pueda adquirir una mayor incidencia en esa lucha por el reequilibrio entre el saber y el poder. Pero es un objetivo que nos deberíamos proponer con firmeza todos los que de una forma u otra estamos vinculados con esta institución.

   En la sociedad no sólo se deben oír la voces de políticos y financieros -y la de sus portavoces, una buena parte de los periodistas- sino también deben adquirir fuerza las de los maestros, de los biólogos, de los economistas, de los físicos, de los lingüistas, de los filósofos y de todos los que están acostumbrados a analizar, con método y rigor, la creciente complejidad del mundo en el que vivimos... Existen ’lobbies" o grupos de presión del mundo político y económico, que con licitud -los otros ni los menciono- se crean para influir en la sociedad. ¿Por qué no dar a luz grupos de presión culturales, científicos... que, además de defender sus intereses más inmediatos, tuvieran como consecuencia el reequilibrar el saber y el poder? ¿No es la universidad el mejor fermento para una iniciativa de esta índole?

   He citado a Bertrand Rusell... Otro filósofo y matemático que precisamente colaboró estrechamente con Rusell en la redacción de los famosos "Principa Mathematica", Alfred North Whitehead, nos dejó el siguiente pensamiento que estimo contiene una de las claves del problema:

   "La juventud es imaginativa, y si la imaginación se refuerza disciplinadamente, su energía puede prodigarse durante toda la vida. Sin embargo, lo trágico del mundo es que los imaginativos tienen poca experiencia, y los que poseen experiencia adolecen de falta de imaginación; se observan, pues, actos necios de la imaginación sin conocimiento y actos pedantes del conocimiento sin imaginación. La labor de una universidad es conjuntar imaginación y experiencia."

   Estoy seguro de que estamos en condiciones de resolver el dilema que nos plantea Whitehead. Para ello se ha de expandir la voluntad de que nuestras universidades sean un foco de imaginación y experiencia, además de un centro de transmisión y adquisición de nuevos conocimientos. Quizá debamos insistir todos en la necesidad de que permanezca abierta la reflexión sobre el papel que debe tener la universidad en esta sociedad llena de retos -a veces convertidos en trampas- que nos va a tocar vivir con el cambio de siglo.

   Educación cada vez más interdisciplinar; formación continuada; debate permanente; adaptación rápida, incluso del alumnado, a las nuevas tecnologías -como las redes electrónicas- que permiten un mundo cada vez más libremente intercomunicado y que facilitan el acceso del mundo más desfavorecido al contacto directo con el mundo desarrollado..., son algunos de los aspectos en los que posiblemente haya que ahondar con mayor decisión.

   El tiempo se nos encoge, pero también la dimensión del propio planeta. La revolución de las telecomunicaciones hacen que se esté perdiendo la medida natural del mundo en que vivimos. En este contexto que evoluciona con una rapidez difícil de ser asimilada es más necesario que nunca que sepamos dotarnos de las ’vacunas" necesarias para asegurar nuestra supervivencia como seres racionales y solidarios.

   Para ello se ha de producir una nueva alianza o una nueva correlación entre el saber y el poder. La cultura -en la que naturalmente hay que incluir a las ciencias- o mejor los valores culturales son los que tradicionalmente han facilitado los cambios y la adaptación a las nuevas condiciones socioeconómicas, pero ya no disponemos ni del tiempo ni de los métodos pedagógicos necesarios para digerir e integrar los adelantos científicos y tecnológicos. Hay quien se ha referido ya en términos de "tiranía" a la velocidad absoluta de la bomba informática. Se ensancha el vacío entre los progresos de la ciencia y la aplicación de sus resultados de manera social y culturalmente pertinentes. Gran parte de este vacío se debe al desfase entre el ritmo del cambio científico y tecnológico y la inercia de las instituciones políticas, económicas y socioculturales frente a este evolución. ¿Cómo podemos iniciar el siglo XXI con una filosofía política del siglo XVIII, con unas instituciones políticas del siglo XIX y con un proceso de decisión aparentemente democrático pero concebido para un mundo que sólo existe en los manuales de derecho constitucional y de derecho internacional y en el que el poder no respeta al saber y en el que el saber apenas consigue influir en el poder.

   Para afrontar los desafíos -aquí sólo esbozados en algunos aspectos- del siglo XXI es necesario poner en pie una nueva democracia, una de cuyas condiciones fundamentales es la redefinición de las relaciones entre el saber y el poder. La ausencia de un consenso sobre los valores culturales y los valores éticos favorece, por ejemplo, la utilización de la ciencia y de la tecnología de una forma exacerbada para la productividad y el provecho -lo que en buena parte es lógico-, pero con ello no se hace otra cosa que afianzar aún más la primacía de los ’valores" intrínsecos del poder y se marginan otras atribuciones como la solidaridad o la democratización del saber. Por ello no es raro observar que nuestros dirigentes son poco sensibles a desarrollar la preocupación por una mejor utilización de los recursos que nos ofrecen la ciencia y la tecnología como poderosos instrumentos de cambio. En realidad, el poder teme al saber, por ello lo margina siempre que es posible y por ello las sociedades que conocemos tienden a la uniformización de la mediocridad. Hay que intentar elaborar una nueva convención interdisciplinaria basada en la complementariedad entre el poder y el saber.

   En su último libro (1), el pensador y analista francés Alain Minc sostiene que se está instaurando en nuestra civilización "una democracia de la opinión". Según Minc, los valores tradicionales que sustentan una democracia representativa son suplantados en la actualidad por "los jueces, los medios de comunicación y las encuestas de opinión". La comunicación -o "información-mercancía", como la define Alain Minc- tiene la función de ser la caja de resonancia de los otros dos componentes de esta democracia de la opinión, en la que la información-espectáculo hace que la emoción sustituya a la razón.

   La situación en la que se encuentra hoy el periodismo es grave. La creciente capacidad de influencia del periodista unida a su facilidad para vincularse con los viejos y nuevos poderes hacen que sea difícil escapar al afán de protagonismo y satisfacción del narcisismo consustancial con esta profesión. No es extraño que en este contexto hayan comenzado a surgir voces que promueven códigos deontológicos, como ha ocurrido en el Colegio de Periodistas de Barcelona, no sin que arreciaran las críticas de otros profesionales para los que la divisa del laissez faire, laissez passer constituye la mejor justificación de sus intereses y ambiciones personales. Un laissez faire, laissez passer que ellos traducen invocando la libertad de expresión a la que no desean vincular código ético alguno que es considerado como una cortapisa. Algo semejante a lo que sucede con los que hablan de libertad pero piensan en libertinaje.

   Uno de los mejores ejemplos de la "contaminación comunicativa" a la que estamos sometidos es la creciente utilización de los sondeos de opinión como argumento, tal como cita en el referido libro Alain Minc y como demuestra en un excelente trabajo (2) la periodista Cynthia Crossen de "The Wall Street Journal":    El periodismo está en crisis. Son muchos los intereses negativos que inciden sobre el mundo de los medios de comunicación. Es necesario abrir una reflexión y debate en el seno de una profesión que cada día posee mayor poder de influencia en la formación del conocimiento y de la opinión de los ciudadanos. El bioquímico Erwin Chargaff, de la Universidad de Columbia (Nueva York), reclamaba recientemente (3) en un artículo crítico "el derecho a no saber" ante la actual explosión comunicativa a la que estamos sometidos. Una drástica solución, pero con toda seguridad no es la mejor. Estimo que el objetivo es incentivar el espíritu crìtico y la capacidad de discernimiento en el seno de la sociedad. No en vano Sócrates creía que opinar era peor que conocer, pero era mejor que ignorar.