Durante los años 80, los científicos desarrollaron sigilosamente una nueva manera de comunicarse entre ellos. No se trataba de un nuevo lenguaje matemático sino una manera de enviarse mensajes instantáneamente y a un coste nulo. Mientras, el resto del mundo seguía comunicándose a través del correo, el teléfono o el fax.
Los científicos podían hacer esto gracias a que las comunicaciones electrónicas ya estaban construidas y se utilizaban para compartir datos científicos. Para ayudar a los investigadores en el intercambio y manipulación de datos, los laboratorios y las universidades conectaron sus ordenadores a las redes nacionales. Por ejemplo, en los Estados Unidos, la National Science Foundation (Fundación Nacional de Ciencias, NSF) aportó las comunicaciones básicas como un servicio más a la comunidad científica. Otros países desarrollaron sus propios sistemas y se conectaron a la red global.
Los científicos pronto se dieron cuenta de que el correo electrónico podía funcionar a través de esta red de datos, abriendo la puerta a las comunicaciones entre la comunidad científica mundial. Pero no ha sido hasta la década de los 90, que se permitido al resto de la sociedad aprovechar y disfrutar de las ventajas de la red. Actualmente está de moda ser socio de la comunidad "on-line", y el correo electrónico es sólo uno de los servicios que están disponibles a cualquier persona en posesión de un ordenador y un módem que le permita conectarse a otros ordenadores a través del sistema telefónico.