LA EUROPA DE LA CIENCIA

"Un espace européen de la science"
Réflexions sur la politique européene de recherche

Antonio Ruberti y Michel André
Presses Universitaires de France
Paris, 1995

¿Existe realmente una ciencia europea? ¿Trabajan las naciones europeas en busca de una auténtica sinergia entre los respectivos esfuerzos intelectuales y económicos para lograr resultados tangibles en el campo del desarrollo científico y tecnológico? Además de los objetivos políticos y económicos, ¿se aspira a construir una Unión Europea científica? El libro "Un espace européen de la science", de Antonio Ruberti y Michel André -respectivamente comisario europeo de Investigación y Educación hasta 1995 y gestor de la Dirección General XII (Ciencia, Investigación y Desarrollo) de la Comisión Europea- es al mismo tiempo una respuesta a estas preguntas y un balance de la experiencia realizada en el seno de la Comisión Europea para impulsar una coordinación del desarrollo científico en Europa.
La Europa de la ciencia y de la tecnología constituye a la vez una realidad, un proceso en curso y un ideal pendiente. Una realidad, histórica y contemporánea, ya que ha existido en el pasado y se materializa en el presente en una serie de instituciones y de programas. Un proceso en curso pues la construcción de la Europa de la ciencia representa un anhelo de largo alcance que moviliza, desde hace ya varios años, a miles de científicos y a los responsables de las respectivas políticas de investigación. Un ideal pendiente de consecución cuyo objetivo final es poner en marcha una auténtica y coordinada política europea de la investigación científica, hoy todavía inexistente.
Es un hecho tangible que hoy la ciencia y la tecnología no tienen un apoyo incondicional y tampoco cuentan con el mismo apriorismo favorable que tenían tiempo atrás. La ciencia es discutida en su pretensión de erigirse en la única forma real de conocimiento y asimismo se pone seriamente en duda la capacidad que se otorgaba a la teconología para contribuir a la mejora del bienestar general. Si sumamos a este contexto la otra realidad, la que ha convertido al proyecto de la construcción europea en un ideal que no suscita las pasiones de antaño, puede parecer paradójico plantear la discusión o la reflexión sobre lo que debe o debería ser la Europa de la ciencia y de la tecnología. Sin embargo, los autores argumentan que precisamente la posible edificación de una Europa de la ciencia y de la tecnología es la que puede ayudar a introducir una dimensión nueva tanto en la discutida evolución de la percepción social de los avances científicos como contribuir a reanimar el interés de una hoy casi declinante Unión Europea.


"Un espace européen de la science¨ está configurado a partir de un análisis sobre cómo ha evolucionado el sistema de la investigación científica y sus relaciones con la economía, la sociedad y la cultura hasta la actual complejidad de sus objetivos y de su modo de funcionamiento. A continuación se reflexiona sobre la importante polarización geográfica de las actividades científicas y sobre esa aparentemente contradictoria combinación de competición y cooperación que caracteriza a las relaciones de las grandes potencias tecnológicas. En Europa, las exigencias y las necesidades de la colaboración y de la competencia son canalizadas en muchas ocasiones por la intermediación de grandes organizaciones de cooperación científica intragubernamentales y las acciones de la propia Unión Europea.
La Europa de la cienica es una realidad antigua gracias al nacimiento y desarrollo en los siglos XII y XIII de una de las instituciones más importantes de la historia intelectual del continente: la universidad, aunque su ulterior fragmentación relativiza con el tiempo su capacidad de aglutinar una "espacio europeo común". Sin embargo, permanece y predomina a lo largo de los siglos el espíritu de cooperación, pues la colaboración entre científicos siempre ha demostrado ser fértil en el fomento de la multiplicación de los conocimientos.
La idea de una Europa de la ciencia hizo su aparición efectiva en los años siguientes al final de la Ii Guerra Mundial. En un continente lleno de heridas y cicatrices por el conflicto bélico, la colaboración científica se convirtió en un buen vehículo para cimentar una unidad. En aquel momento histórico, la ayuda de los Estados Unidos no es ajena a su propio interés en configurar un polo europeo sólido frente a la emergencia de una potencia soviética.
Significativamente, la primera iniciativa de cooperación científica europea se desarrolla en este contexto en el campo de la investigación fundamental, lejos tanto de aplicaciones comerciales como militares: la física de partículas. En 1954 entra en vigor la convención que crea el Centro Europeo de Investigación Nuclear (CERN), en el que hoy colaboran 19 países y que ha dado a la ciencia europea grandes triunfos y premios Nobel. Bajo el modelo del CERN, nacen otras organizaciones de cooperación en Europa, como el European Southern Observatory (ESO), en 1962, o la European Molecular Biology Organization (EMBO), en 1965. En la actualidad son muchos los programas de colaboración que funcionan en Europa, que van de la investigación en biología molecular al estudio de la energía de fusión.
El problema se plantea cuando se intenta impulsar la cooperación en proyectos que poseen aplicaciones industriales claras y que han de luchar por un mercado económico determinado. Existen excepciones, como el cohete Ariane de la Agencia Espacial Europea o la industria aeronáutica nacida en torno al Airbus, pero se trata de programas de investigación científica y tecnológica difícilmente abordables, por su envergadura, por un sólo país. En casi todos los otros casos, prevalece el interés económico particular por encima de la voluntad de colaboración.
Por tanto, parece claro que la Europa del conocimiento y de las ideas no se puede construir enfrentada al mundo del intercambio comercial y del mercado
En este contexto, ¿cuáles pueden ser los factores de cohesión de los diferentes intereses? La identidad europea es una mezcla de unidad y de diversidad. Europa -se dice muy a menudo- es el producto de Atenas, Roma y Jerusalem. Sobre la base de esta triple herencia, Europa ha inventado la ciencia, la democracia y los derechos del hombre: todo un sistema de valores con pretensión universal, que la historia ha demostrado que se han difundido con extraordinario éxito. Los europeos comparten un núcleo claro de valores, actitudes, conocimientos e instituciones, pero al mismo tiempo Europa es también -y muy ostensiblemente- una gran variedad de paisajes, costumbres, tradiciones y lenguas. Esta diversidad representa una enorme riqueza. Al igual que la diversidad biológica, y exactamente por las mismas razones, esta diversidad constituye uno de los bagajes más preciados para afrontar el futuro y asegurarse una indispensable capacidad de cambio y adaptación. Biológicos o sociales, los sistemas demasiado homogéneos son en realidad siempre muy vulnerables.
Precisamente, su diversidad predispone a Europa a entenderse con otras civilizaciones y culturas. Frente a las actitudes mucho más cerradas en sí mismas de potencias científicas, industriales y económicas como Estados Unidos o Japón, los valores europeos y su capacidad de combinar la diversidad con la unidad de criterios deberían ser factores decisivos para la construcción de una Europa competente en el mundo. Y para conseguirlo no hace falta sólo establecer buenos y coordinados programas de investigación y desarrollo, es necesario que la reflexión y el debate sobre la ciencia y sobre la tecnología sean permanentes y fructíferos. Los investigadores científicos ya lo saben desde hace mucho tiempo, ahora hace falta que también los políticos sean conscientes de esta necesidad.


VLADIMIR DE SEMIR