La necesidad de buenos modales surge de un conflicto en los fundamentos de la actividad investigadora. Las revistas científicas tienen mucho que hacer para poner las cosas en su sitio, pero la mayor responsabilidad recae en las instituciones académicas. *
* Resumen de la conferencia para la Federación Internacional de Editores Científicos, Barcelona, 9 de julio.
¿Existe algún conflicto intrínseco en los principios en que se basa la empresa científica? Todo el mundo coincide al afirmar que la ciencia es una proceso cumulativo en el que unos suben a las espaldas de otros para "poder ver más lejos"; Copérnico y Galileo estaban entre los "gigantes" en cuyas espaldas se apoyó Newton, pero también se apoyó sobre los fabricantes y pulidores de lentes de Galileo, a los que nunca mencionó. Actualmente, el carácter cumulativo de esta empresa significa que los descubrimientos espectaculares (como la estructura de DNA) son excepcionales, pero también que los descubrimientos menores son necesariamente precursores y, en consecuencia, igualmente estimables. Buena ciencia es buena ciencia cualquiera que sea su importancia, y sus practicantes merecen igual respeto. La interdependencia internacional proviene de esto.
Segundo, publicar es esencial. Un descubrimiento no significa nada a menos que otros puedan disponer fácilmente de información sobre el mismo. Paradójicamente, el material de trabajo es más vulnerable al paso del tiempo que un registro en palabras del uso que se ha hecho de dicho material. Pero la función de la publicación es algo más que la transmisión de noticias a otros. Es el único medio por el cual los antecedentes del descubrimiento pueden ser autentificados a largo plazo; los lectores críticos encuentran defectos en la lógica, otros someten a prueba la consistencia estudiando si alguna aportación puede encajar en un todo coherente. (Uno de los problemas todavía por resolver en las publicaciones electrónicas consiste en determinar cuál es el texto auténtico).
Tercero, el tradicional y, hasta hace poco, el único reconocimiento del trabajo de un científico era su bibliografía. Es una prueba curiosamente insustancial de que el período de vida científica se ha desarrollado bien, pero si profundizar en la comprensión es un asunto cumulativo, incluso un puñado de buenos documentos es motivo justificado de orgullo. El otro componente tradicional de la estructura de reconocimiento de la profesión es la satisfacción de tener éxito enseñando a estudiantes. Es impresionante lo a menudo que gente consagrada menciona los nombres de antiguos estudiantes que ahora son personas prolíficas y reconocidas. El cuidado que la profesión otorga a sus estudiantes es su atributo más atractivo.
¿Dónde, en esta profesión de investigación altruista, puede haber un conflicto? Si publicar es esencial para la autentificación de los descubrimientos, y es también relevante para la autoestima del investigador (y para la estima de los otros hacia él o hacia ella), ¿cómo puede (y con qué firmeza) resisitirse la tentación de mejorar el lustro de la bibliografía personal? Sucumbir a la tentación distorsiona, incluso corrompe, el expediente personal. Por esta razón mucho tiempo atrás surgió (y la gente diferirá en cuánto tiempo hace) un código de conducta, una etiqueta, a la que la gente se adhería más o menos escrupulosamente.
Las buenas formas eran simples. Una persona debía escribir y hablar abiertamente sobre los logros conseguidos e incluso sobre los planes futuros, respondiendo preguntas inteligentes hasta de sus competidores. Los datos científicos y el material debía compartirse con personas serias, por lo menos después de la publicación de documentos relevantes. Las contribuciones periféricas a la pieza de trabajo debían ser generosamente reconocidas como lo que son, y no dignificadas como co-autoría. Aunque la petición de Sir William Ramsay hace un siglo de que el dar detalles sobre un descubrimiento no debía hacerse sin el permiso del descubridor pide demasiado a la ciencia, así como a sus practicantes, caer en dar todo el crédito a los pioneros en un campo no sólo es simplemente descortés sino que también es un manera de robarles su propio lugar en la historia del descubrimiento. Y la gente establecida en un campo tiene el deber profesional de comentar el trabajo de otros en calidad de asesores expertos.
Hace cincuenta años, estos principios eran seguidos ampliamente, incluso por departamentos universitarios muy activos y prolíficos. Los principios son todavía aceptados y ampliamente seguidos. Las revistas científicas son especialmente conscientes de lo que esto implica. Las demandas de "Nature" a sus asesores son clamorosas y onerosas; es una constante fuente de admiración la cantidad de individuos que ofrecen informes tan cuidados, acertados y constructivos sobre manuscritos que gente que trabaja en campos relacionados con sus propios intereses está ansiosa por tener publicados. Los buenos modales todavía rigen.
Pero todas las revistas científicas se topan con la evidencia de que los malos modales cada vez coexisten más con los buenos. El autobombo es más común ahora que antes. Hay gente que da referencias de sus propias publicaciones cuando otras serían más adecuadas. Cuando la referencia a los competidores es inevitable, se dará la referencia de un artículo menor ignorando así un trabajo más importante. (Pero no hace tanto tiempo que un autor japonés dio la referencia inapropiada de un texto publicado por un prominente científico norteamericano creyendo que esa modestia le ayudaría a asegurar la publicación). La tendencia a pasar por alto textos publicados en otras lenguas, incluso por colegas de otros países, es una creciente fuente de angustia. Como lo es el uso de la palabra "primer", como "Nosotros hemos mostrado por vez primera que la Ley de Ohm es válida para las naves espaciales más allá de Júpiter" (o Neptuno, o Plutón si fuera el caso).
Los riesgos de la co-autoría honoraria ahora están bien documentados, como la investigación de Feder y Stewart sobre John C. Darsee, de la Emory University y la Escuela Médica de Harvard que, de forma rutinaria, recrutaba a personas distinguidas como co-autores. La dificultad es que se supone que la gente con responsabilidad para administrar y recolectar fondos son más eficientes en esas tareas si también pueden vanagloriarse de ocupar un lugar en el informe de la investigación.
La galante compañía de asesores también sufre lapsos de buenos modales. En 1967 un asesor devolvió un artículo sobre la metalurgia de acero austentítico argumentando que no merecía la pena publicarlo; el asesor adjuntaba un artículo diciendo más o menos lo mismo, evidentemente no de modo más convincente. Existen casos documentados en los que la visión del artículo de un autor ha estimulado a los asesores a publicar su propio trabajo paralelo en algún otro sitio. La asunción de que los asesores siempre tratan un manuscrito como confidencial parece no ser siempre válido.
¿Qué se puede hacer para recuperar los buenos modales? Las revistas científicas tienen la responsabilidad de ser más severas respecto a los manuscritos fraudulentos y a las flagrantes transgresiones públicas de las reglas no escritas. En particular, tienen el deber de luchar contra el tipo de oscurantismo que brota, no de un pobre dominio del lenguaje, sino del deseo de refugiarse de la claridad por si acaso fuera más vulnerable a las críticas. Sería sensato pedir a los autores correspondientes garantizar la responsabilidad colectiva de todos los co-autores.
Pero las instituciones académicas y los organismos financiadores tienen la mayor responsabilidad. La tentación de engordar una bibliografía individual, siempre presente y normalmente reprimida, se ve acentúada por la presión de promocionarse y lograr más financiación para la investigación. Ahí es donde las decisiones podrían basarse en algún tipo de índices bibliométricos. La ansiedad pasa sobre la prioridad porque la importancia de un descubrimiento puede parecer, al menos a las mentes de los autores, aumentada por la prensa de información general y ser, así,el primero.
Todavía se ha reflexionado poco sobre los mecanismos para disminuir la presión por publicar y por ser el primero, especialmente en los Estados Unidos donde son más fuertes y donde dan el tono al resto de la ciencia. Hasta que eso no se haga, los buenos modales continuarán estando bajo amenaza.