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Dos minutos para un Nobel
Two minutes for a Nobel

La noticia dio rápidamente la vuelta al mundo, fue instantáneamente recogida por los informativos de radio, abrió la mayor parte de los telediarios de aquella noche y ocupó notable espacio en la portada de la mayor parte de diarios del día siguiente. No era para menos. La fuente era la todopoderosa y acreditada NASA, la organización científica, técnica y militar que había conseguido muchos años antes que el ser humano pudiera llegar a pisar la Luna.

Era el 7 de agosto de 1996 y el comunicado de prensa, que sólo tardó unos segundos en dar la vuelta al mundo, estaba encabezado por una frase de contenido inequívoco: «Meteorito evidencia vida primitiva en el antiguo Marte». Por primera vez en la historia llegaba la confirmación científica de que la vida no era una excepción de la Tierra y que por lo menos había existido alguna forma bacteriana en el mítico planeta rojo, aunque fuera hace 3,6 millardos de años. El comunicado de prensa no admitía dudas al respecto: «El equipo de la NASA ha descubierto en el interior de una antigua roca marciana que cayó en la Tierra en forma de meteorito, las primeras moléculas orgánicas que podrían ser de origen marciano, diversos rasgos minerales característicos de actividad biológica y posibles fósiles microscópicos primitivos, similares a las bacterias. Esta evidencia indirecta de vida anterior se anunciará en el número del 16 de agosto de la revista Science, presentando detalladamente la investigación a la comunidad científica con un estudio adicional».1

A pesar de la poderosa fuente emisora y del indudable impacto de su contenido, la noticia fue recogida de inmediato con cierto recelo en algunos medios (pocos)2 contrastando con el júbilo y espectacularidad con los que fue insertada en la mayoría. La forma en que había sido presentada (en una rueda y comunicado de prensa, antes de su publicación en una revista de referencia en la que poder valorar la metodología del estudio que había llegado a tan importantes conclusiones) y la coincidencia de que la NASA estaba en plena negociación de sus futuros presupuestos hizo levantar algunas sospechas a aquellos periodistas y medios que saben cuál es la regla de oro de una buena información científica: la necesidad de situar en perspectiva y contexto los siempre aparentemente espectaculares anuncios de los avances científicos. Pocos días después, Le Monde no dudó en titular «Marte, trampolín de la NASA» una información que insertaba en su portada3 sobre el anuncio del hallazgo de vida bacteriana fósil en el meteorito de origen marciano y hablaba en su interior de «un problema de deontología científica» al valorar la forma en que se había dado a conocer la extraordinaria noticia. A medida que pasaban las semanas e incluso con el conocimiento del contenido de la publicación detallada de la investigación en Science, las voces escépticas iban aumentando, tanto científicas como periodísticas. Le Figaro insertaba una nota al producirse meses después nuevas revelaciones espectaculares procedentes de la NASA (esta vez sobre la supuesta existencia de agua en el fondo de un cráter lunar) que se titulaba: «Info ou intox?» (¿Información o intoxicación?).4 Este diario francés decía: «¿Reeditan el golpe espectacular del anuncio del descubrimiento de bacterias marcianas? La receta parece idéntica: una declaración mediática antes de que la comunidad científica tenga acceso a los resultados. La intención enmascarada parece probable: suscitar un amplio y apasionado impacto y, de paso, conseguir los créditos de los que están tan faltos los investigadores de la NASA». Más claro, el agua.

Y, en efecto, el 16 de enero de 1998 la evidencia de la existencia de vida bacteriana fósil en el meteorito ALH84001 encontrado en la Antártida se diluía como un azucarillo en agua. La misma revista Science, una de esas que los periodistas acompañan casi siempre con la coletilla de «prestigiosa» para poder resaltar el valor de la propia fuente, y cuyas noticias utilizan apenas sin contextualizar y sin poner en perspectiva gracias a los press release que les llegan de esta procedencia por e-mail, insertaba un trabajo que demostraba la posible contaminación terrestre de las moléculas orgánicas fósiles de la famosa roca marciana. Una explicación que ya había sido dada desde un principio por diversos científicos consultados para valorar la aparente trascendencia de la demostración de «vida extraterrestre». Naturalmente, como es muy habitual, esta segunda noticia de Science no mereció la portada de ningún medio de comunicación de masas y muchos de los que habían dado a bombo y platillo la extraordinaria noticia veraniega de 1996, en esta ocasión hicieron un elocuente mutis por el foro.

Hemos elegido este ejemplo porque es bien conocido de nuestros lectores5 y porque es de una evidencia abrumadora para inducir una reflexión sobre lo que está ocurriendo con la transmisión de los hechos científicos a la sociedad, aspecto que ocupa y preocupa de forma prioritaria a Quark. Independientemente de otros problemas que están planteados en la propia comunidad científica, el caso ilustra lo que ocurre casi a diario en la divulgación de la ciencia que realizan los medios de comunicación de masas: tendencia a la espectacularización de las noticias, falta de análisis y situación en perspectiva de las noticias científicas, excesivo dominio de determinadas revistas de referencia en la selección de las noticias, falta de crítica sobre las fuentes (y más cuando son poderosas) y preocupante ausencia de criterio en la valoración de las informaciones. Naturalmente no se puede generalizar ni todos los medios incurren en los mismos errores, pero la tendencia, por lo menos en alguno de estos aspectos, sí que comienza a ser patente. Y ni siquiera medios acreditados por su rigor son ajenos a esta crisis, que seguramente no se puede disgregar de una crisis más profunda que padecen los medios de comunicación de masas en su conjunto.

Es posible que, además, se esté produciendo un efecto perverso con la generalización de la información científica y médica en los medios de masas. La creciente omnipresencia de la información científica en los medios generalistas puede inducir una banalización de la ciencia, sobre todo porque las propias revistas de referencia influyen con sus press release en que así sea haciendo sumamente fácil, rápido y acrítico el trabajo del periodista, al igual que el «periodismo de declaraciones» trivializa el periodismo político y llena a diario páginas y páginas y arrincona la existencia de análisis y la capacidad de discernimiento periodístico. Las consecuencias se ponen de manifiesto casi a diario con noticias que resaltan lo superficial («descubierto el gen crecepelo») y que además contribuyen indirectamente a que las fronteras entre las noticias científicas y las elucubraciones paracientíficas se vayan difuminando gradualmente.

Este es un proceso que comienza a preocupar. Dominique Terré, filósofa de la ciencia e investigadora del Centre National de Recherche Scientifique de Francia, ha publicado recientemente un libro6 en el que arguye que la divulgación científica «navega entre diversos escollos, que además pueden sumarse, como el realismo naif, que conduce a una cierta visión encantada del mundo, o la disimulación de la auténtica relación de fuerzas que subyacen en los descubrimientos o en los debates importantes, como puede ser la financiación de la investigación o la aplicación de las terapias génicas». Dominique Terré considera que «la divulgación oculta el tiempo de la creación científica, su discurso, su razonamiento, su discusión y sus errores; sólo interesan los resultados y se promueve una imagen superficial de la ciencia».

Quizás al mundo del periodismo científico le convenga reflexionar sobre la anécdota que se cuenta del famoso físico Richard Feynman; un periodista le instó en una ocasión a que le resumiera en pocas palabras las investigaciones que le habían llevado a obtener el premio Nobel, y Feynman no dudó en contestar: «Si yo pudiera explicarle mis trabajos en dos minutos, seguro que no hubieran merecido el premio Nobel».

El Director

Notas

1 Quark número 5, octubre-diciembre de 1996.
2 Ejemplos:
    El influyente Financial Times (8 de agosto de 1996): «La evidencia (...) no ha de ser tomada muy seriamente».
    El modesto Eco (8 de agosto de 1996): «Los ‘vivales’ de la NASA».
3 Le Monde, 15 de agosto de 1996.
4 Le Figaro, 4 de diciembre de 1996.
5 Vladimir de Semir, «La historia de la noticia más importante de la historia», Quark número 5, octubre-diciembre de 1996.
6 Dominique Terré, Les dérives de l’argumentation scientifique, Presses Universitaires de France, marzo de 1998.