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Crónica de una decepción
Chronicle of a deception 
Jordi Camí

Narración de la pesadilla que me hubiera evitado de no haber asistido a The International Congress on Biomedical Peer Review and Global Communications 

Quizás motivado por saber más acerca de la ingeniería que existe tras la confección de una revista biomédica, siendo un ingenuo científico favorablemente impresionado por el liderazgo que determinadas revistas ejercen en temas relativos al peer review o el fraude en ciencia y, en particular, aceptando la enorme influencia que los directores de algunas de estas revistas ejercen sobre los procesos de comunicación científica, a finales del pasado setiembre de 1997, me desplacé a la bella ciudad de Praga, acompañado del equipo de redacción de Quark, para asistir en calidad de congresista al The International Congress on Biomedical Peer Review and Global Communications. Era la tercera edición de un Congreso que protagonizan los editores de las revistas biomédicas de todo el mundo, se realizaba por primera vez en Europa (los dos Congresos anteriores de 1989 y 1993 tuvieron lugar en Chicago) y, según rezaba el programa, también estaba prevista la primera reunión de la recién constituida Asociación Mundial de Directores de Revistas Médicas.

El alma de la organización del Congreso se repartía entre miembros del equipo editorial del JAMA (Drummond Rennie y Annette Flanagin) y del BMJ (Richard Smith y Jane Smith), aunque oficialmente también participaban relevantes figuras de otras revistas «top» como Science, New Eng J Med y The Lancet, así como otros directores de revistas mucho menos conocidas fuera de los ámbitos especializados. Nótese que ni en la organización ni en ninguna ponencia del Congreso estuvo presente el equipo de Nature (aunque su corresponsal en Europa, Alison Abbot, estuvo por allí acreditada en calidad de periodista). El programa definitivo, bastante atractivo en líneas generales, invitaba a no perderse prácticamente ninguna sesión. Así lo hicimos, si bien a partir de las primeras ponencias ya se empezó a vislumbrar lo que luego sería la tónica del Congreso: un pequeño ejercicio de abuso de confianza.

Es obligado advertir que la crítica negativa que se expone en esta Tribuna, más allá de la anécdota, no debe ensombrecer todo un conjunto de brillantes presentaciones y de interesantes discusiones que tuvieron lugar durante el Congreso y que, sin duda, contribuirán a mejorar la calidad y el proceso de publicación de las revistas biomédicas. Para versiones más dulces y tan incompletas como la presente acerca de lo acaecido en Praga, el lector puede recurrir a cualesquiera de las ediciones de octubre de 1997 de las revistas antes mencionadas. En estas ediciones pueden leerse las convencionales reseñas editoriales acerca de los logros y desafíos resultado del III Congreso de peer review.

Lo que lógicamente no encontrarán en estas reseñas es nuestro punto de vista. La primera sorpresa, aunque previsible, es que la mayoría de ponencias fueron copadas por la propia organización, tal como se podía constatar en el programa definitivo. La segunda, más bien contrariedad, fue observar cómo algunos directores de fama se distinguían tanto por su participación abusiva (en espacio y tiempo), como por su menosprecio sistemático --mediante silencios-- de aquellas impecables críticas que hacían en público otros congresistas, sobre todo cuando quienes las hacían eran miembros de equipos editoriales de revistas más modestas. Entre lo caricaturesco valió la pena observar los movimientos y comentarios públicos entre famosos, detalles que me permitieron engrosar el anecdotario acerca de las rivalidades entre los directores de las revistas más competitivas. Frente al binomio JAMA/BMJ, Richard Horton (director de The Lancet) parecía ajeno a la cocina principal del Congreso y los comentarios públicos de él y los de su equipo acostumbraban a ser agudos, sabios y, en general, prudentes. Por su parte, paseando como si aquello fuese el planeta Marte, Jerome Kassirer (de The New Eng J Med) no pudo evitar exteriorizar su incomodidad por su deber «políticamente correcto» de estar presente en el Congreso, combinando sus comentarios públicos de carácter elitista y «au dessus de la melée» con algunas observaciones fundamentalmente agrias dirigidas a algunos de sus competidores. Sus peores dardos los dirigió a la irritante vedete del Congreso, el inefable Richard Smith, director del British Medical Journal, a quien le dedico la presente Tribuna. Smith, incansable grafómano, venerado por sus editoriales y textos de talante aparentemente progresista, fue el más decepcionante en sus actuaciones de Praga.

Porque, a mi entender, lo sustancial fue la arbitrariedad utilizada por los organizadores para seleccionar las comunicaciones que se presentaron en el Congreso. No sé cuáles fueron los criterios que la organización utilizó para seleccionar aquellas comunicaciones que fueron objeto de presentación oral (y por lo tanto, tuvieron la oportunidad de ser discutidas públicamente ante el plenario) de las que fueron aceptadas en forma de póster. Los pósters fueron postergados en una sala ajena, a la cual no accedieron de forma natural todos los congresistas y mucho menos los organizadores, que me atrevería a decir que ni siquiera pusieron los pies. Esta situación contrastó con la que, al entender de muchos asistentes, se convirtió en el «ejemplo» de lo que nunca hubiéramos deseado ver. El director del BMJ no sólo inundó a la audiencia con sus chistes (curiosamente, era rara la sesión en la que él no participase), sino que nos distinguió con un par de presentaciones-ponencia sobre sus investigaciones. Para sorpresa de la mayoría de congresistas, sus proyectos carecían de resultados y conclusiones. A pesar de las excusas y promesas de futuro (por cierto muy convencionales y nada creíbles), el escándalo iba haciendo mella en el público, con el escarnio de proceder del autor de una obra de referencia obligada para los científicos: «How to write a paper». Quizás ahora le costaría algo más emprender una segunda parte bajo el título «How to make a presentation in a Congress».

La primera deducción razonable es que en el III Congreso Internacional sobre peer review, los organizadores no habían efectuado correctamente el peer review previo acerca de las ponencias y comunicaciones que configuraban las distintas sesiones. Peor aún, mientras que a los congresistas «normales» que enviaron abstracts se les exigió por carta, y previa a su aceptación, que los contenidos de los resúmenes contuvieran resultados concretos y conclusiones, parece que se hizo la vista gorda con alguno de los organizadores del Congreso ¿Hemos de pensar que se obra con la misma discrecionalidad cuando estos mandarines reciben manuscritos para ser publicados en las revistas que dirigen? Lo que hoy sería inaceptable en cualquier congreso científico que se precie, sucedió en el Congreso de Praga. Y la anécdota adquiere categoría de escándalo precisamente porque sucedió en un congreso cuyo tema estrella era el peer review, un Congreso organizado y protagonizado por los que luego dirigen aquellos exámenes a los que estamos obligados los científicos, una carrera de obstáculos que tiene por finalidad publicar los resultados de la investigación científica.

Lo sucedido en Praga es un estímulo e invitación para que los científicos participemos de forma activa en los Congresos que hacen nuestros censores. Ya sabíamos que tienen tanta responsabilidad como demasiado poder. Pero quizás ha llegado el momento de reflexionar públicamente acerca de la excesiva arbitrariedad, a menudo insolente, con la que los seres humanos que están al frente de estas revistas parecen manejar nuestros manuscritos.Y es que (a la inversa del dicho vulgar) los directores no sólo deben parecer honestos (por lo menos ello me invita a seguir asiduamente sus escritos editoriales), sino que además deben serlo. Invito a los científicos a que vayan al próximo congreso sobre peer review para que lo comprueben personalmente. Ahora resulta que ellos mismos ponen en marcha investigaciones científicas (acerca del propio proceso editorial). ¿Quién revisará sus manuscritos? ¿En qué revistas publicarán sus resultados? ¿Estamos ante una nueva modalidad de conflicto de intereses? Valoren ustedes mismos el detalle de la conversación que tuve con el mismo Richard Smith, horas después de la presentación de su investigación sin resultados acerca de la influencia de los press releases. Lo que más le sorprendió de nuestra conversación fue que yo no fuera de su «negocio», que simplemente mi asistencia al Congreso fuera como mero científico, quizás cliente potencial de las revistas biomédicas. Tras su sorpresa, el inefable Smith me espetó ¿pues qué hace usted aquí? Sobran comentarios.

Si tras mi asistencia en Praga perdí la ingenua credibilidad de que gozaban los mandarines de las revistas biomédicas, meses después del evento se acrecientan mis sospechas. Y es que el gremio se defiende bien, lógicamente al tratarse de una corporación que tiene sus propios intereses y sus serias amenazas, como las derivadas de las crecientes críticas a la arbitrariedad del proceso de decisión editorial o las debidas a la aparición de revistas electrónicas insumisas al peer review. Veinticuatro horas después del Congreso, sólo llegar a Barcelona envié, para su publicación, una carta al director de The Lancet. Una carta firmada conjuntamente con otro congresista (holandés) y que pretendía denunciar la contradictoria actitud de uno de los organizadores del Congreso (R. Smith) con las finalidades del propio evento y cuyo rifirrafe no podía quedar ajeno al conocimiento de la comunidad científica. Para su verosimilitud utilizamos como ejemplo de comparación la frustrante presentación que miembros del equipo de redacción de Quark, ajenos a mí, presentaron en Praga sobre una investigación, con resultados y conclusiones, relativa a los press releases, precisamente la misma temática con la que Smith nos brindó con gran vacuidad.

Parece ser que esta misiva, denegada para ser publicada en The Lancet, pero transmitida sin mi consentimiento y de forma inmediata a los organizadores del Congreso puso algo nerviosos a mis interlocutores. En estos momentos dispongo de una colección de cartas (por ahora privadas) sumamente interesante. Hace unos meses que debo leer entre líneas para comprender la forma de operar de los protagonistas, sin menospreciar los medios de presión que utilizan para evitar la publicación de lo que no les conviene. Así, en el transcurso de este intercambio epistolar, se me ha sugerido que si envío un determinado original a la revista JAMA, éste tiene altas posibilidades de ser aceptado. El problema (de ellos) es que se han confundido, ya que no soy el autor del manuscrito al que se refieren. Es decir, más leña al fuego.

El tema aún no ha sido cerrado y, según cómo evolucionen mis relaciones con los organizadores, quizás constituirá un caso digno de ser publicado al completo. Si llega este momento, mi problema será encontrar qué medio de comunicación aceptará difundirlo de tal forma que los responsables del desaguisado se dignen a leerlo y a compartirlo abiertamente con la comunidad científica.