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Ética para las ciencias
Ethics for sciences

En la inauguración del curso de verano «El mundo de la genómica: aplicaciones médicas e implicaciones sociales» de la Universidad Menéndez y Pelayo (Santander), el ministro de Sanidad, José Manuel Romay, propuso la creación de un comité nacional de ética para las ciencias y las nuevas tecnologías.

El debate que suscitó el curso, dirigido por Carlos Cordón-Cardó, responsable de la División de Patología Molecular del memorial Sloan Kettering Cancer Centre de Nueva York –y en el que participaron científicos españoles de primer orden mundial como Valentín Fuster y Mariano Barbacid, entre otros–, puso de manifiesto que la investigación genética lleva a descubrimientos que resultan o resultarán útiles para combatir enfermedades, pero que también plantean numerosos dilemas éticos, como la discriminación vinculada a la herencia genética o al posible diseño futuro de seres a medida. Tal como recogió la noticia el diario El País,1 también se expresó que estos avances científicos establecen «la necesidad de informar a la sociedad sobre los descubrimientos genéticos y sus aplicaciones médicas». El ministro se comprometió a que el Parlamento español debata en otoño la propuesta de la creación de un comité ético que permita el desarrollo con suficientes garantías de ésta y de otras polémicas tecnologías que las ciencias están poniendo a punto en el umbral del siglo XXI.1

Al conocer la iniciativa, en el equipo editorial de Quark se generó una reacción más cercana de un fast thinking televisivo que de una reflexión serena... «¡Ya era hora!» fue el primer pensamiento e inmediatamente nos preguntamos por qué una iniciativa de esta importancia no había partido de la propia comunidad científica española y había tenido que ser un político el que pusiera sobre el tapete del debate social una carta de tal enjundia... ¡Felicidades al ministro Romay por su fino sentido oportunista ante tan conspicuo auditorio y lástima que precisamente el mundo científico haya sido tan poco ágil en establecer sus propias líneas de conducta y de responsabilidad ante el cuerpo social al que pertenece, al que sirve y al que, por múltiples razones, debe –y le conviene– dar cuenta de sus actos!

La necesidad de crear un comité de análisis ético de los avances científicos ha sido una constante en las páginas de Quark desde su aparición, sobre todo cuando hace ya mucho tiempo que constituye una evidencia, casi una obviedad, esa «necesidad de informar a la sociedad sobre los descubrimientos genéticos y sus aplicaciones médicas». Como lamentablemente suele ocurrir en nuestro país, solemos ir a remolque de iniciativas destinadas a establecer puentes de comprensión mutua entre la labor de los científicos y la sociedad en general. Basta recordar que el Centre National pour la Recherche Scientifique (CNRS) francés creó en 1994 un Comité de Ética para las Ciencias (que nada tiene que ver con comités consultivos específicos para la ética de las ciencias de la vida y de la salud que ya existían mucho antes).

El problema fundamental que se plantea es que tales comités éticos para el seguimiento y reflexión sobre los avances científicos no deben ser organizaciones con tutela política, y este es el peligro que se corre en el caso español, si tenemos en cuenta de dónde ha partido la iniciativa; por el contrario, tienen que ser realmente independientes del poder político y económico. Si observamos de cerca la experiencia francesa veremos que las buenas intenciones que hace cuatro años permitieron la creación de un comité ético quedaron rápidamente diluidas porque siendo de verdad independiente no se le dotó de suficiente capacidad de influencia.

Un comité de esta índole parece razonable que sea eminentemente consultivo, pero debe tener suficiente autoridad moral y social, y sobre todo reconocimiento por parte del poder, para que su labor tenga una auténtica proyección en el momento de la adopción de decisiones que en buena lógica siempre serán finalmente tomadas en el ámbito político. En Francia, el comité no acabó de cuajar porque quien lo había creado (la dirección política del CNRS) se sintió inmediatamente incómodo con sus actuaciones y declaraciones y lo acabó congelando. Gérard Toulouse, miembro del comité creado en 1994 y reciente autor del excelente libro Ética para las ciencias,3 declaraba el pasado 1 de julio al periódico Le Figaro que «la actividad fue paralizada por la precedente dirección porque consideró molesta su iniciativa y su independencia de criterio, y lo llegó a considerar como un contrapoder demasiado influyente». (Influyente porque su presidenta y todos sus miembros eran realmente personas de gran prestigio social y dotadas de un profundo e indispensable espíritu crítico... El director de Quark lo puede atestiguar porque fue invitado en varias ocasiones por la presidenta, Hélène Ahrweiler, a actuar como observador externo a título personal en algunas de sus actuaciones cuando esta eminente historiadora y ex rectora de la Sorbona estaba al frente del citado comité.)

El pasado 29 de junio, la actual directora general del CNRS, Catherine Bréchignac, mostró su voluntad de reanimar al hibernado comité nombrando un nuevo presidente, el biólogo Pierre Joliot, y convocando para otoño una reunión en la que se definirán las nuevas directrices y objetivos del Comité francés de Ética para las Ciencias. Habrá que ver cuáles serán los resultados y cuál el campo de acción de sus quince miembros nombrados por tres años. Como habrá que seguir muy atentamente en qué queda la propuesta española lanzada por el ministro Romay en pleno verano.

Un aspecto decisivo y que no debe ser olvidado –como en principio no lo fue en Santander al quedar bien explícita la necesidad de transmisión del conocimiento científico a la sociedad en general– es que la ciencia no está confinada en una esfera autónoma de especialistas o buscadores de la verdad, sino que es un constante reto político y económico que necesita la comprensión social. Y por ello, y por muchas otras razones suficientemente debatidas en Quark durante su existencia, es fundamental que la vertiente comunicativa sea también contemplada entre los problemas éticos que se plantean en relación al avance de las ciencias. Así lo entendió el comité francés en sus inicios, ya que «la ética de la comunicación científica» fue una de sus primeras preocupaciones, transformada luego en uno de sus informes y declaraciones públicas.

Necesidad de una ética de la comunicación científica en su traslación a la sociedad, pero también en el propio seno de la comunidad científica donde cada vez son más numerosos los conflictos de intereses. Para ilustrar esto último con un ejemplo todavía poco conocido entre nosotros, podemos referirnos a la revelación realizada en agosto de 1998 por el periódico Saint Paul Pioneer Press de Minnesota (Estados Unidos) en la que se demostró que científicos con nombres y apellidos fueron pagados por la industria norteamericana del tabaco para que escribieran artículos y cartas en revistas de referencia científica con el fin de contrarrestar con sus inducidas opiniones los estudios que han demostrado el perjuicio del tabaco para los llamados fumadores pasivos.5 Este caso de corrupción científica nos servirá para que en el próximo número de Quark –en el que publicaremos un amplio artículo sobre el caso– prosigamos con el debate de ideas sobre la comunicación científica y volvamos a evidenciar la absoluta necesidad de profundizar seriamente en el debate de la ética y valores que necesitamos para afrontar nuestro final de siglo y de milenio.

El Director

Notas

1 El País, 4 de agosto de 1998.

2 Véanse los artículos «Una ética para la comunicación científica» de Hélène Ahrweiler (Quark. Ciencia, Medicina, Comunicación y Cultura 1995; núm. 1: 22-28) y «La difusión del saber. Declaración oficial del Comité de Ética para las Ciencias (CNRS)» de Hourya Sinaceur y Dominique Wolton (Quark. Ciencia, Medicina, Comunicación y Cultura 1995; núm. 5: 44-52).

3 Gérard Toulouse: Éthique pour les sciences, París, Hachette, 1998.

4 Véase la nota 2.

5 El artículo original, firmado por David Hanners, «Scientist were paid to write letters» puede ser consultado directamente en Internet:

http://www.pioneerplanet.com/search?NS-search-page=document&NS-rel-doc-name=/special/docs/tob0804.htm&NS-query=Tobacco+industry&NS-search-type=NS-BOOLEAN-QUERY&NS-collection=PioneerPlanet&NS-docs-matched=20&NS-doc-number=17

El diario francés Le Figaro publicó en su edición del 17 de agosto de 1998 (pág. 28) un amplio artículo sobre este mismo tema.

 

La reestructuración de nuestra revista ha motivado una demora en la publicación desde el número 10 (enero-marzo 1998). Antes de enero de 1999 nos pondremos al día, pero hemos querido mantener la numeración lógica de la revista. Por ello el lector tiene entre sus manos el número 11 correspondiente al trimestre abril-junio de 1998, pero la edición, y por tanto sus contenidos, no ha sido cerrada hasta final del verano.