Los malentendidos de la divulgación científica

Misunderstandings in popularising science

Franco Prattico

 

To understand the mechanisms which come into play in the communication of science, it is first necessary to understand the bases of human knowledge. Each language is linked to a perception of the world. The task of the populariser is, then, to build a bridge between these two worlds. The author puts forward the role of populariser as a new intellectual figure which must become the piece which makes possible the reconstruction of our points of reference. He advocates the European modus operandi, i.e., bringing science closer to the reality which surrounds human beings.

 

Para comprender los mecanismos que intervienen en la comunicación de la ciencia, en primer lugar es necesario desvelar cuáles son las bases del conocimiento de los seres humanos. A cada lenguaje se encuentra ligada una percepción del mundo. El trabajo del divulgador es, pues, tender un puente entre estos dos mundos. El autor postula el papel del divulgador como una nueva figura intelectual que debe convertirse en la pieza que permita la reconstrucción de nuestros puntos de referencia. Reivindica, pues, recuperar el modo de hacer europeo, es decir, de acercar la ciencia a la realidad que envuelve al ser humano.

 

Importancia y especificidad de las formas escritas de la transmisión y de la difusión de los saberes científicos en la cultura general

Sería interesante comprender cómo el hombre de Cromañón y sus contemporáneos resolvían el problema de transmitir a sus compañeros de clan y a sus descendientes las nuevas técnicas elaboradas con el fin de hacer más cortantes sus hachas de sílex, o bien cómo elaboraban y encerraban en el tesoro de los conocimientos de la tribu las causas de un fenómeno natural (una inundación, una erupción, un temblor de tierra) y, eventualmente, qué acciones eran necesarias para evitar consecuencias catastróficas. O comprender además cómo analizaban la muerte aparentemente inexplicable infligida al cazador más valeroso del grupo por un enemigo invisible. En otras palabras, cómo transmitían informaciones sobre las tecnologías adquiridas y cómo construían su visión de los fenómenos naturales. En suma, cómo explicaban la realidad. Haría faltar comprender entonces, antes de examinar el problema de la divulgación científica hoy, si existe un fundamento antropológico común a nuestra especie para la transmisión de informaciones, y en qué medida, si este instrumento existe, tiene influencia sobre la construcción de la realidad que representa el resultado final.

Mi convicción (que no pienso sea particularmente original) es que la palabra, el lenguaje articulado, los mecanismos de la abstracción, no solamente representan el instrumento de base, la materia prima para vehicular las informaciones, sino también el reservorio que encierra en sí mismo, en la articulación de los lenguajes históricos y en su reflejo sobre el espíritu y el cerebro, una serie de «normas fósiles», que se han ido estratificando a lo largo de la evolución cultural del hombre, una serie de procesos mentales inconscientes, pero determinados históricamente, que inducen a construir esferas orientadas. Estos procesos modelan así las informaciones a partir de su propia imagen y construyen los comportamientos, las constelaciones a las que nos referimos, las angustias, los deseos y las necesidades, las emociones y los sentimientos que conforman al hombre, individualmente y en masa. La imagen del mundo que se deriva y que es transmitida es, entonces, el producto del lenguaje como constructor del espíritu y guardián de la percepción, en cierto sentido en calidad de mitología.

Recuerdo una noche, hace mucho de ello, en que acompañaba en las calles de Roma, a un viejo e ilustre historiador de la decadencia del Imperio romano, Sante Mazzarino, ya desaparecido, que indicándome un helicóptero volando por encima de nuestra cabeza afirmaba: «Todo lo que hace parte de nuestra imagen del mundo es verdad; ve usted ahora un helicóptero: el hecho de que un objeto más pesado que el aire se mueva en el cielo no le sorprende, ya que usted es un hombre de esta época, de la civilización tecnológica. ¿Por qué los hombres de hace dos mil años no debieron haber considerado como posible el hecho de ver ángeles dando vueltas por encima de su cabeza? Lo creían posible y, por tanto, lo veían».

Pero mientras que en el mundo antiguo, y en general precientífico, los lenguajes no estaban nunca completamente separados y la transmisión de las informaciones se servía principalmente (o en gran medida) de la lengua cotidiana, aún más de la lengua poética (La Ilíada y La Odisea, la Epopeya de Gilgamesh, las Veda, etc., han representado durante alrededor de un milenio una suma de saberes científicos, religiosos, incluso técnicos), en nuestra época los lenguajes han empezado a divergir, acentuando y haciendo definitiva una separación que, de manera subterránea, había empezado ya a dibujarse con la invención de la escritura. Hoy, treinta mil años después del glorioso renacentismo paleolítico (del que los más grandes testimonios se encuentran en Francia y España) y cinco mil años después de la invención de la escritura, esta separación se ha estructurado definitivamente en lenguajes separados, difícilmente traducible el uno hacia el otro, justamente porque entre cada uno de ellos se encuentra arraigada una percepción del mundo. Hasta el punto que en el marco de las neurociencias algunos hacen hipótesis o estiman poder demostrar que la elaboración de los diferentes lenguajes (científico, poético, visual, musical) ocurre en áreas cerebrales diferentes.

Por esta razón estoy convencido de que el trabajo del divulgador, del periodista científico, debe representar un ejemplo difícil que haga de puente intelectual (aunque lo consigue raramente) entre las dos extremidades de estas islas, sin traducir el lenguaje inicial del sabio en un lenguaje vulgar y ambiguo de las masas, sino por el contrario buscando identificar los puntos comunes, los viaductos y los istmos a través de los cuales dos imágenes del mundo pueden llevar a una raíz común. Debería actuar, en cierto sentido, por fuera y más allá de la separación, más sobre la enunciación simple y pura de resultados (más o menos fantástica desde el punto de vista periodístico) y de derrotas (presentadas casi siempre como simples retrasos). En definitiva, se trata de comunicar (incluso dentro de la comunidad científica, ella también se halla fragmentada en un mosaico de disciplinas comunicándose muy poco entre ellas) las «expectativas» y las direcciones de la empresa científica, reconduciéndolas a un núcleo común, es decir, yendo en la dirección (deseable) de reconstrucción de una imagen unitaria del mundo y del hombre. Para ello deberemos tener en cuenta dos factores que la hacen única en la historia de la humanidad. En primer lugar, el hecho de que la investigación solitaria y artesanal haya desaparecido prácticamente, al igual que la figura romántica del investigador encerrado en su cocina-laboratorio. Es la formulación de preguntas, es decir, la construcción de teorías en las que sólo la experiencia, interrogar la naturaleza, tiene un sentido, que pide todavía en ciertos límites el esfuerzo intelectual solitario del investigador: pero éste también está fuertemente determinado por un lenguaje que él emplea y por el instrumento (el ordenador) en el que debe contar.

De todas maneras, actualmente, la investigación (no solamente para la física de altas energías o para la biología molecular, sino también para disciplinas menos notorias) exige medios gigantescos, inmensos recursos económicos, centenares de hombres, grandes inversiones, y comporta crecientes inversiones económicas. Debe tener el consenso de los que gobiernan estos recursos. Detrás de la «máquina» de la investigación actúan intereses gigantescos, frente a los cuales la curiosidad y el ansioso deseo de conocer del sabio cuentan bien poco, mientras que pesan cada vez más los intereses financieros, industriales y de poder, incluso militar.

Otro punto crucial viene dado por la tecnociencia, la utilización productiva de los conocimientos científicos, que modela el mundo profundamente. No es una característica propia de nuestra época, ya que los conocimientos siempre han marcado la vida del ser humano, y en todas las civilizaciones han sido el instrumento de la «humanización» progresiva del planeta. Pero con el industrialismo, y especialmente durante este siglo, los conocimientos científicos y su traducción en la construcción de un medio artificial han penetrado por doquier, determinando comportamientos y maneras de vivir de un modo que no tiene precedentes. Hablar (escribir) sobre la ciencia (sin ser un sabio) exige atención, una vigilancia crítica y una conciencia de las consecuencias profundas que tiene sobre la vida de cada uno y sobre la de las sociedades, comprendida la división creciente de la humanidad en ricos y pobres. También hay que tener en cuenta el hecho de que los objetos de la tecnociencia son empleados y vividos por la masa con la total inconciencia de lo que se esconde detrás del «genio de la lámpara» que los hombres han aprendido a frotar para formular sus deseos (construidos artificialmente en la mayoría de los casos por el poder económico), pero cuya sustancia sigue siendo desconocida, mágica. Las palabras del lenguaje común que describen estos objetos (de la televisión al ordenador, del teléfono a Internet, las naves espaciales) se refieren a los efectos, dejan de lado las causas o más bien las confían a la asamblea de «sabios», de «señores de libros» de la época medieval que, manipulando fórmulas indescifrables, modernos abracadabra, pliegan la naturaleza a los deseos de sus clientes.

De este comportamiento surge un equívoco pesado y peligroso que, por desgracia, impregna una gran parte de la divulgación, especialmente la de los periódicos: la convicción (sostenida por los editores, los directores de periódicos y de programas de televisión, e incluso por grandes nombres, al menos en Italia) según la cual hablar de ciencia significa ser únicamente la caja de resonancia de lo que dicen los maestros del «Verbo» (comportamiento acompañado de una suficiencia académica), los especialistas, sobre todo aquellos cuyo nombre tiene una consonancia anglosajona. La información se convierte de este modo en una primicia informativa: descubrimiento del gen de la inteligencia (o como ha ocurrido recientemente en los medios de comunicación italianos, «el gen de la mala suerte»), de la energía a bajo precio, del milagroso tratamiento contra el cáncer; descubrimiento de trazas de materia orgánica de origen vital en planetas internos, y así sucesivamente. La técnica de la divulgación se encarga de todos los vicios y se apropia de las tonterías de los medios de comunicación hasta imitar las deformaciones de la información política: cotilleos, parcialidades, imbecilidades vendidas como revelaciones, títulos sacados de la nada, sensación a todo precio.

Todo esto comporta una pérdida de la conciencia de que la ciencia, para bien y para mal, es esencialmente cultura, la cultura dominante de nuestra época, sobre todo cultura antropológica, es decir, el modo en que los hombres de nuestro siglo miran, manipulan interpretan y contaminan el mundo. Los hombres actúan el mundo, pero no lo hablan: una dicotomía esquizofrénica que está en la base de una parte de los males de nuestra época. Hay que oponer a esta tendencia (algunos lo hacen pero son pocos) el esfuerzo de interpretar la ciencia relacionándola con los problemas y con el mundo real. Intentando comprender sus líneas de desarrollo, sus direcciones potenciales, las fuerzas y los intereses que la condicionan, su significado respecto a sus resultados y a su impacto sobre la sociedad.

Este esfuerzo pide algo más que un simple cronista: para afrontarlo hay que construir una nueva figura de intelectual que disponga de una vasta formación no sólo científica y filosófica, sino también literaria y artística, que sea capaz de leer de manera crítica nuestra era, sin prejuicios. Esta nueva figura debe convertirse en el portavoz de una toma de conciencia según la cual la penetración de la tecnología concierna también a lo imaginario; requiere, entonces, una reconstrucción de nuestros puntos de referencia y de sus valores. Es lo que intentamos hacer desde la Escuela de Comunicación de la Ciencia, la SISSA de Trieste (Italia), donde nos esforzamos en formar a nuestros alumnos (generalmente jóvenes y brillantes diplomados en disciplinas científicas, a los que se concede un máster al término de dos años de estudios y después de la presentación de una memoria final), en una visión global de la empresa científica, de sus significados generales, de la historia de la formación de los problemas en cada disciplina, de su vínculo con la evolución de la sociedad y con los otros campos de la cultura.

Desgraciadamente, se trata, por el momento, al menos en Italia, de un esfuerzo aislado. La realidad es que la escuela que hemos heredado suministra (y creo que no sólo en Italia) una imagen edulcorada, pasiva, como algo que se encontraba aquí de la que sólo hacía falta percatarse: ignoramos, por ejemplo, lo que hay de arbitrario o de creativo en cada modelo científico del mundo, cuán complejo, contradictorio y dramático es el proceso del conocimiento. Así, la divulgación, a través de libros y periódicos, medios de comunicación electrónicos, televisión o escuela, tiende a reducir cada vez más el proceso dramático interno de las ideas sobre el mundo que llamamos ciencia de las «conquistas», de los «descubrimientos», a la afirmación orgullosa de un hombre que la tecnología torna maestro de lo real. Una trampa a la que incluso hombres de ciencia respetables no escapan.

El ordenador, y su filiación más reciente, la gran Red de Internet, merecerían un discurso a parte. Personalmente considero que el ordenador es un instrumento útil (y de hecho lo utilizo), intento encontrar algunas informaciones en Internet, al igual que utilizo mi coche para ir al campo cuando puedo. Pero creo que el lado místico de la Red, que pone en contacto a todo el mundo entero y hace la cultura accesible y familiar a todos, es una utopía. La cultura que Internet produce es solamente la de la simplificación: esto es volver a la utilización de la calculadora en vez de aprender a hacer divisiones. En cuanto al ordenador, es una máquina práctica para escribir y hacer cálculos. El problema de la relación entre los hombres, especialmente de los jóvenes (que tienden a utilizarlo esencialmente como juego electrónico) con la cultura y los saberes de su época se encuentra en otro terreno. No creo que el libro, la palabra impresa, esté superado ni que la imagen o la palabra efímera de la Red lo hayan sustituido.

Creo aún menos (o al menos lo espero) que en dentro de cien aÒos nos tomemos en serio nuestras discusiones demasiado serias sobre la comparación entre la inteligencia artificial y las redes neurales, sobre la posibilidad de que una máquina tenga emociones, sobre la hipótesis de que los ordenadores se vuelvan nuestros descendientes y así sucesivamente. Detrás de cada máquina, como detrás de cada altar, sólo hay hombres. Pero el periodista debe aparentar creérselo (a menudo de buena fe, como una especie de autoengaño) ya que asume el papel de trovador, de ministril del nuevo señor, la tecnociencia. Ignoramos a menudo que se trata de un avasallamiento lingüístico, de una sujeción a los módulos de expresión y de contenido impuestos por una preponderancia industrial, económica o por la moda: el hecho de que ciencia y tecnología hablen hoy únicamente el inglés de la industria americana, que las alternativas y las reorientaciones del trabajo del conocimiento sean formuladas en este lenguaje del que toman prestado las raíces profundas, tal vez nos ha hecho perder de vista el carácter fundamental de la empresa científica, que ha nacido justamente en Europa y que había construido la nueva y revolucionaria imagen del modo en que el hombre podía confrontarse con la naturaleza. Pienso que sería importante para todos nosotros (y, en primer lugar, para aquellos que se plantean el problema de «comunicar» la ciencia) recuperar nuestras raíces europeas, volver a ir ahí de donde partieron Poincaré, Einstein y Darwin, de reivindicar un modo de hacer europeo y también de comunicar la ciencia, lo que significa tal vez relacionarla con las necesidades y los problemas reales del ser humano, y no con los de la producción industrial.

 

Franco Prattico

Nacido en 1929 en Nápoles, es escritor y periodista. Ha estado a cargo de la sección de ciencia del periódico italiano La Repubblica, y colabora con diferentes medios. Es cofundador del Máster en Comunicación Científica de la Escuela Superior de Estudios Avanzados de Trieste, SISSA (School of Advanced Higher Studies) y autor de diferentes libros, como Quale energia per il futuro (Roma, 1978), Dal caos alla conscienza (Roma-Bari, 1989), La cucina di Galileo (Roma, 1994), La tribu di Caino (Milan, 1996) y el manual Ipotesi: manuale di metafisica sperimentale.