El fin del periodismo científico
The end of science journalism
Jon Franklin
From the Second World War on, science began to flood the pages of American newspapers. Since then, science journalism has gone through different stages. From the initial fascination of the public for the unknown, to the fear generated by the Cold War and the subsequent tedium, science journalists, as a translator of science, have gradually transformed their form of communicating.
A partir de la II Guerra Mundial, la ciencia inundó las páginas de los rotativos estadounidenses. Desde entonces, el periodismo científico ha pasado por diferentes etapas. Desde la fascinación inicial del público por lo desconocido, pasando por el temor que incitó la guerra fría y el hastío posterior, el periodista científico, como traductor de la ciencia, ha ido transformando su forma de comunicar.
(c) Jon Franklin, 1998. Reservados todos los derechos
Yo quería ser escritor científico por la misma razón por la que probablemente muchos de ustedes querían ser científicos. Para mi generación, por lo menos durante la juventud, la verdad y la belleza eran una misma cosa. Probé suerte con la poesía y la paleontología, la astronomía y la arquitectura. Al final me decanté por la escritura, porque me proporcionaba la oportunidad de conjugar arte y ciencia.
Cuando me inicié como periodista, le dije a mi editor que quería ser redactor científico. Puso mala cara, y me dijo que el periódico no necesitaba ninguno y me contrató para otros menesteres. Pero tenía la historia en contra, y el jovencito que había contratado tenía la habilidad de encontrar el lado científico en cada tema que se le asignaba. Muy pronto empecé a investigar sobre un programa de erradicación de ratas y lo transformé en un artículo de demografía urbana. Un tema sobre problemas escolares volvió a las manos del editor en forma de un estudio del perfil intachable de un profesor de química. El editor se quejaba, pero los lectores estaban encantados. Nunca olvidaré la gran victoria que supuso, la primera vez que mi jefe me llamó redactor científico. Ahora me pone incomparablemente triste.
Era muy joven. Todos lo éramos. Y también lo era nuestro mundo. La II Guerra Mundial fue el punto de inflexión de nuestra época. Tras ese momento la ciencia dejó de ser una práctica oscura de genios erráticos con tubos de ensayo burbujeantes y generadores Van de Graaff. La ciencia ganó la guerra y dio paso a la era industrial que nos introdujo en una época de grandes progresos. La televisión, los transistores, los antibióticos llegaban a todas partes. Con el despertar del cambio agrícola se acabó de completar la gran migración desde la granja a la ciudad. La sociedad se hacía cada vez más compleja e intrincada. Y todo ello acompañado de un radiante optimismo al más puro estilo Mary Poppins, algo cursi incluso para aquella época, que en realidad no hacía más que cubrir con una fina capa de barniz el profundo terror que en el fondo se sentía.
Ahora bien, la alta tecnología tenía una personalidad dividida. Su propia concepción estaba rodeada de misterio, de modo que existía y a la vez no existía. La ciencia quedó separada de lo que consideramos vida normal. El mundo, según nos contaban, podría desaparecer en un par de horas. En poco tiempo, los misiles teledirigidos redujeron este lapso de tiempo a quince minutos y el terror nuclear empezó a ser uno de los terrores más profundos de la sociedad norteamericana. Se nos dijo que nos metiéramos bajo la mesa cuando sonaran las sirenas. Estoy convencido de que muchas personas estaban realmente convencidas de que eso serviría de algo.
Por otro lado, esta fascinación social por el progreso también iba acompañada por el sentimiento de que estábamos acabando con nuestra tradición cultural. La sociedad norteamericana estaba cambiando. Los hijos de los que antes araban los campos ahora se ganaban la vida sentados tras un despacho, ordenando trozos de papel. Las aguas estaban envenenadas de flúor. Las mujeres cocinaban comida enlatada... ¡Dios santo, incluso se ponían pantalones!
También empezó la caza de brujas. Joe McCarthy agitaba al viento un puñado de documentos que, según decía, demostraban que el Departamento de Estado estaba lleno de comunistas... y Estados Unidos al completo le creyó.
Las dos Américas
Recuerdo el lanzamiento del Sputnik, en 1957. Por entonces, la física había seguido una curva de crecimiento que, más tarde, duplicarían otras ciencias. Cuando lanzaron el Sputnik, mi profesor de ciencias, que también era mi entrenador, reunió a todos los alumnos para asegurarnos que se trataba de una gran mentira de los «rojos». Según él, el Sputnik no existía. Y afirmaba que lo sabía porque violaba una de las leyes básicas de la física, a saber: lo que sube debe bajar. Y es que, como yo solía decir, había dos Américas.
Años más tarde, me impactó una observación realizada por un amigo llamado C.P. Snow, un físico británico que había colaborado en la construcción de la bomba y que más tarde participó en tareas burocráticas sobre armamento durante la guerra fría, y que también era escritor (y bastante bueno, por cierto). Como escritor se veía obligado a asistir a numerosos cócteles académicos. Este tipo de reuniones atraían a miembros de universidades tanto de ciencias como de humanidades. Muchos de ustedes recordarán los cócteles como eventos de un nivel de aburrimiento difícilmente superable. Snow, preso de este tedio, se entretenía observado a sus compañeros de fiesta. Y observó algo bastante raro: los científicos y los humanistas tenían una marcada tendencia a separarse. Se reunían en grupos separados, como ovejas de un mismo rebaño. No era que ambos grupos se odiaran, pero tenían poco que compartir. Tanto el lenguaje que utilizaban como sus intereses eran completamente diferentes. Era impensable que un físico y un retórico discutieran sobre la educación de los niños. Eran educados, se comían las aceitunas de sus martinis y se alejaban los unos de los otros en busca de compañeros más adecuados.
Esta división que observó Snow se iría haciendo cada vez más pronunciada durante el resto del siglo. Nuestra cultura se estaba separando en dos partes, los científicos y el resto del mundo. La mayoría de personas eran tecnológicamente ignorantes. Y el grupo de los que poseían el conocimiento se dividía en una élite cada vez más aristocrática que ostentaba el poder mediante la posesión del conocimiento contraintuitivo.
El profundo río del lenguaje
Cualquier escritor científico estará de acuerdo que en este tira y afloja, al igual que ocurre en un partido de fútbol, el laboratorio ocupaba un lado del medio campo y la redacción periodística, el otro.
La mayoría de periodistas que cubren noticias se llaman «reporteros», como en el caso de los tribunales e instituciones, o corresponsales. O por lo menos hasta que alcanzan un puesto de columnista o directivo. De modo que es curioso que el que se ocupa de temas científicos se convierta de pronto en un «periodista científico» y no en reportero. Pero la experiencia universal con respecto a la comunicación científica explica que el reportaje es sólo una parte del trabajo. Hay noticias en todas partes y siempre hay quien está dispuesto a cubrirlas. La parte más difícil es saber de qué están hablando y conseguir simplificar sus ideas.
Todo cambió cuando se traspasaron las barricadas culturales. El lenguaje se vio sometido a conversiones dramáticas, al igual que las percepciones de relevancia. Los científicos interpretaron el mundo como teorías y hechos, observación y predicción, significación estadística y probabilidad. El resto del mundo valoraba la experiencia en términos de razón y moralidad, derecho y justicia, milagros y hechos.
En algunos aspectos Walter Sullivan, que cubría temas de física en un momento en que los científicos aún eran objeto de veneración, lo tenía fácil. Si el lector no entendía los agujeros negros o la relación espacio/tiempo, no se perdía gran cosa. Pero cuando apareció una segunda generación de periodistas científicos, las ramas de moda eran la biología y la medicina. Existe una ley de la psicología que dice que nuestra perspectiva de cualquier materia en particular se ve degradada por su proximidad con nosotros mismos (que es probablemente la razón de que sepamos más de astronomía que de la naturaleza humana). En cualquier suceso en que la biología se hiciera próxima, el lector se encontraba lleno de prejuicios. Así pues, todo lo que se desconociera en el campo de la medicina por definición podía resultar dañino. Lo que no se habían parado a pensar es que muchas personas mueren por ignorancia respecto a sus propios cuerpos.
Los primeros periodistas de mi quinta aparecieron cuando los microscopios electrónicos ya ofrecían las primeras imágenes de los virus. De pronto, todo el mundo hablaba de virus. Eran importantes porque contenían todos los elementos esenciales de la programación genética. Todo aquel que entendía algo de biología sabía que muy pronto alguien daría con la forma en que se empaquetaba el código genético. Y eran muchos los que iban detrás de este reportaje.
Ahora bien, lo que suscitaba el interés de los editores, y en definitiva de todo el mundo, era conocer si los virus estaban vivos o no. La cultura popular estaba unos cien años por detrás de los biólogos moleculares y pensaba en términos de principios vitales. Los virus podían ser cualquier cosa entre un cristal y una forma de vida, y el público quedaba asombrado ante las implicaciones maquinales del descubrimiento. A mediados de los años cincuenta, la prensa popular publicó análisis interminables sobre la vida de los virus. Los periodistas acudían a los científicos más acreditados y los desacreditaban con sus inadecuadas preguntas.
Años más tarde, el descubrimiento del código genético del DNA fue una auténtica sorpresa para el público. Así era. La bioquímica estaba desmontando la vida. La gente quería saber más. Exigían, por ejemplo, saber si el flúor era de verdad un veneno (muchos aún quieren saberlo). Ahora bien, resultaba difícil para los periodistas satisfacer las expectativas de este público. Los periodistas científicos mencionaban la vida en el universo y la gente de a pie pensaba en ovnis. Queríamos hablar de las investigaciones sobre el cáncer, pero lo que el público quería eran esperanzas y curas milagrosas.
Los científicos siempre se han quejado de que no se les entiende y se les malinterpreta. Y estoy de acuerdo. Pero pensemos también en el periodista, como un individuo que se sitúa en medio, atrapado en el proceso de distorsión, luchando apasionadamente por conseguir una mayor precisión en un tema sobre, por ejemplo, ovnis o la fusión fría. No éramos periodistas científicos, sino escritores científicos, y nuestro trabajo consistía en la interpretación. Los escritores científicos aprendíamos cómo se hacían las salchichas y trabajábamos inmersos en el sistema para comunicarlo con mayor claridad y precisión, si no con mayor veracidad. Pero la distorsión empezaba tan pronto como la pieza salía de nuestras manos. Mejor dicho, la distorsión empezaba en el mismo momento en que concebíamos el artículo, puesto que establecíamos nuestro enfoque de modo que nuestros directores estuvieran contentos. En cuanto cogíamos el teléfono empezábamos a censurarnos a nosotros mismos, dándole la vuelta a la historia, intentando de algún modo convertirla en algo útil. Muchos de mis colegas lo niegan, pero yo creo que el resultado habla por sí mismo.
La ciencia, a pesar de sus quejas sobre el periodismo, casi siempre salía a la luz cuando se le dedicaba un reportaje. Por eso podía resistir la lucha. Nuestra tendencia, salvo algunas excepciones, era la de idealizarla, porque es lo que el público quería. La ciencia era la verdad, algo sacrosanto en todas las redacciones.
En mi época no hacíamos periodismo de investigación con la ciencia. Las redacciones son lugares fuertemente politizados y la conspiración es un arma que sólo acaba con los periodistas cuando éstos se enfrentan a fuertes objetivos políticos. Los científicos se consideraban apolíticos. Pero en nuestro sistema político nada es apolítico. En cuanto la ciencia empezó a ser financiada con dinero público, se convirtió en política. Era el caramelo deseado por todos los partidos políticos. En Estados Unidos, los liberales habían dado apoyo a la ciencia desde el principio de la Ilustración y los conservadores habían acudido a ella con motivo de la guerra fría. Los científicos, inocentes como eran, confundían disfrutar del favor político con ser apolíticos.
En la edad Media creíamos que el mundo era una ilusión, creada por Satán, y que la fe, la sabiduría del corazón, era lo único realmente puro. Ahora creemos que el mundo es la realidad y que la fe es una ilusión. Pero lo cierto es que nos basamos en otro tipo de dogma. Vemos a los científicos como religiosos, enfundados en sus batas blancas, con sus estetoscopios. Desde luego, en época de Newton, la ciencia comulgaba con la religión, pero con cada amén ha ido apartando a Dios un paso más de la vida diaria, hasta dejarlo en algún lugar perdido por detrás del Big Bang. La ciencia puede negar su papel religioso todo lo que quiera, pero cuando acaben de negarlo estaremos todos postrados en genuflexión. Esta atmósfera sagrada era la que respirábamos los periodistas científicos.
La década de los setenta
En los años setenta, la división cultural observada por Snow se había convertido en un abismo. Los periodistas científicos de generaciones anteriores consideraban la ignorancia un problema al que se enfrentaban con hostilidad. Por este motivo, muchos periodistas se volvieron contra la ciencia. Tenías que estar muy bien cerrado en tu propia concha para que no te afectase. Por entonces, no era extraño que los activistas de los derechos de los animales te llamasen a las tres de la madrugada para decirte qué vestido había llevado tu hija a clase ese día.
La mayoría de americanos aún afirma en las encuestas que cree en la ciencia. Ahora bien, ¿en qué ciencia creen? Lo cierto es que muchos comulgan con la astrología, el yoga y las comunicaciones extrasensoriales. En un estudio sobre cultura científica, la mitad de los entrevistados no entendía que la Tierra girara alrededor del Sol. Más de la mitad de los estudiantes del Hollins College, que también formaban parte de la muestra escogida para el estudio, creían en fantasmas y en la telepatía mental. En las conclusiones aparecía que tan sólo el 6 % de los entrevistados podía considerarse culto científicamente.
Pero la encuesta más preocupante, desde el punto de vista de un periodista, es la que se hizo en la Facultad de Periodismo de la Universidad de Columbia, una de las instituciones más respetadas de mi profesión. El 57 % de los estudiantes de periodismo creía en comunicaciones extrasensoriales, el 57 % en las limpiezas espirituales, el 47 % en la lectura del aura y el 25 % en el continente perdido de Atlantis. Pero aún hay más. En otra encuesta realizada a diferentes directores de periódicos se supo que dos tercios creían que los hombres y los dinosaurios vivieron al mismo tiempo, y que había una cara oculta de la luna, a la que nunca llegaba la luz.
A finales de los setenta me vi obligado a replantearme mi estrategia periodística. Llevaba tiempo informando y explicando descubrimientos, pero mis artículos no tenían un público amplio. No tardé en descubrir el motivo. Normalmente utilizaba la palabra ciencia al principio de cada reportaje, pensando que atraería a los lectores. Generalmente, era la última palabra del titular. Pero me di cuenta de que el efecto que producía era precisamente el contrario. Era como una señal que indicaba al lector que podía saltárselo. Las páginas de ciencia se habían convertido en un gueto para las noticias científicas.
Pero aún había algo más siniestro. Con el cambio de actitudes, los directores querían un ligero enfoque negativo en los artículos científicos. Si no te ajustabas a eso, te quedabas fuera de juego, o te hacían la existencia incómoda. Algunos periodistas científicos, especialmente los que se identificaban con el movimiento ecologista, veían la hostilidad a la ciencia como una vía hacia el éxito. El punto de inflexión para mí fue la voladura nuclear de la Isla de las tres millas. Aunque mi director sabía que como periodista científico era el indicado para cubrir el tema, no me envió a hacerlo. Temía mi partidismo hacia la ciencia, de modo que enviaron a un defensor del medio ambiente que casualmente también era un activista antinuclear reconocido. El titular resultante sugería que Baltimore estaba en peligro inminente. Años más tarde, cuando Chernóbil tuvo la avería, uno de los servicios de telégrafo comunicó que habían muerto 200 000 personas en los primeros minutos. A los directores de ese servicio la cifra les parecía razonable.
Por aquel entonces también se decía que había más científicos en activo de los que había existido en todos los años desde Newton. Muchos eran universitarios en prácticas y posdoctorados, de modo que había diez científicos para ocupar el puesto de cada uno que se jubilara.
Fuera del gueto
Una vez emprendí el camino que apartaba de la palabra «ciencia» de mis artículos, empecé a escribir sobre ella como si fuera una actividad humana normal. Estos temas se vendían sorprendentemente bien. Enseguida me dediqué a ensayos y narraciones, y empecé a conseguir una cantidad respetable de lectores. Gané algún premio, lo que hace más fácil la vida en la redacción, y empecé a pensar en la literatura.
La vida que llevaba me gustaba de verdad. Me daba acceso a todos esos cerebros que se encuentran en la cumbre del conocimiento. Una vez pedí consejo a un ganador del premio Nobel. Él tenía una reunión conjunta con diversos científicos experimentados. Les echó y se pasó las tres horas siguiente explicándome las enzimas restrictivas. ¿No es sorprendente?
Pero también soy consciente de que hay excepciones en esta imagen positiva, y son significativas. En los años setenta, el boom post-Sputnik en torno a la física había producido un mercado algo sobrecargado. Habíamos pasado ya de un extremo a otro y estábamos publicando temas sobre doctores en física que no encontraban trabajo o que conducían taxis.
La ciencia había perdido su aura y se estaba empezando a crear cierta tensión. A principios de este período se hizo un remake de Frankenstein, originalmente escrito por Mary Shelley. Frankenstein, loco por el poder, usurpaba las prerrogativas de los dioses y accidentalmente liberaba las fuerzas del mal, tan fuertes que era imposible contenerlas. Uno de los resultados fue su propia muerte. Esta última parte, la de su muerte, es un elemento clásico de los buenos guiones. Por regla general, en la tele, el malo tiene que morder el polvo antes de que caiga el telón.
Durante esta misma época, en la que los mismos periodistas se jactaban de los físicos en paro, un grupo de investigación de Pennsylvania estudió el crecimiento de las actitudes anticientíficas. Observaron que las personas que veían mucha televisión solían mostrarse en contra de la ciencia. Decidieron centrar el estudio en el seguimiento de los índices de mortalidad de los diversos grupos profesionales representados en los programas de ficción televisivos. El resultado fue que los científicos presentaban el índice de mortalidad más alto de todos los personajes de la tele, con más del 10 % de muertes antes de que apareciesen sobreimpresionados los títulos de crédito. Incluso los abogados vivían más. El mensaje está claro: la ciencia, como el crimen, no sale a cuenta. O no debería.
El cine todavía sigue la estela de Frankenstein. Pensemos, por ejemplo, en el caso de E.T. ¿Qué le querían hacer los científicos al pobre bichito caído de otro mundo? Pues... lo querían diseccionar, claro. ¿Y quién era el malo en Parque Jurásico? Por supuesto que el científico que ideó su creación.
Mientras tanto, el periodismo iba cambiando. Cada vez era más difícil, más tarde incluso imposible, sacar tiempo y espacio para publicar buenos temas sobre ciencia. Los periodistas científicos combativos ante la ciencia cada vez tenían mayor ventaja a la hora de conseguir un mayor espacio en los periódicos y promociones. Todos aquellos temas en los que se intentase sacar a alguien al descubierto, tan ausentes antes de las páginas de ciencia, tenían un espacio asegurado. Surgían noticias sobre errores científicos, abusos de competencias y actuaciones deshonestas... Recuerdo cuando el Chicago Tribune dio una gran cobertura a las batallas por la titularidad del descubrimiento del virus del sida. Trapos muy, muy sucios.
Los científicos ya estaban acostumbrados a un tratamiento libre, muchas veces inadecuado, de la ciencia por parte de la prensa. Hacía tiempo que trataban con periodistas científicos. Pero ahora los reporteros les seguían la pista y la cosa cambiaba. Muchos científicos nunca se habían encontrado con que sus investigaciones, sus informes, sus notas... fueran de dominio público. La ciencia empezó a ser el paraíso de los escarbadores de vidas ajenas. Y lo cierto es que era como pescar en un barreño, y estoy seguro de que las cosas van a seguir así en el futuro. Se trataba también de la excusa perfecta para acribillar a la ciencia. La infancia política de la ciencia había acabado. Lo que era cierto para la ciencia, empieza a ser dudoso para un periodista científico.
La ciencia, como comunidad, estaba preparada para soportar la presión. Ahora bien, los científicos nunca han sido una comunidad. Los meteorólogos desprecian a los físicos de partículas; los biólogos a los... y así de forma infinita. Los científicos son un mismo colectivo, les guste o no, aunque ellos todavía no lo saben. Y no estoy seguro de que lleguen a saberlo a tiempo.
El periodismo científico, ahora
La ciencia se ha inmiscuido en nuestra vida cotidiana y lo cierto es que cada vez ocupa un porcentaje mayor de páginas en los periódicos. Ahora bien, el porcentaje de noticias científicas escritas por periodistas científicos, o incluso «reporteros» científicos, es cada vez menor. De este modo, buena parte de estas noticias acaban siendo en gran medida imprecisas, si no en cuanto a los hechos, sí en el tono, el enfoque o el contexto.
Mis amigos científicos rabian continuamente con esto. Yo les solía decir que no juzgaran a toda una profesión por el modo en que unos cuantos cubrían los temas científicos. La cobertura política, por ejemplo, lleva mucho más en la tradición periodística. El periodismo creció con la política de la democracia e incluso ha recibido el calificativo de cuarto poder de gobierno. Muchos periodistas poseen títulos en ciencias políticas. De modo que, en principio, tienen una mayor facilidad para cubrir estas informaciones. Hoy día, con las implicaciones de la política en el campo de la ciencia, no estoy seguro de que siga ocurriendo lo mismo.
Por lo que a mí respecta, cuando vi las señales de advertencia pensé que podría resultar útil educar a la próxima generación de periodistas científicos. En 1989 acepté un empleo como jefe del Departamento de Periodismo científico en la Oregon State University (OSU), el campus de ciencias más importante de Oregón y que, por entonces, poseía el único departamento de periodismo científico universitario del país.
En cualquier caso, poco después de mi llegada, los votantes de Oregón aprobaron la adopción de medidas para recortar impuestos que afectaban de lleno a la educación superior. La OSU decidió que el periodismo científico era sacrificable. Yo sabía que la industria periodística no iba a hacerse cargo del programa, pero pensé que la científica podría hacerlo. No fue así y cerraron el departamento de periodismo científico. Ese mismo año, la universidad financió la renovación multimillonaria de su estadio de fútbol.
Mientras tanto, mis narraciones funcionaban bastante bien. No es que me estuviese haciendo rico, pero estaba escribiendo bien, y al público le gustaba lo que hacía, así que cada vez tenía más claro cuál era mi futuro. Ya no me calificaba de periodista científico, porque eso parecía dar mala espina a la gente. Cada vez más pensaba en la gente, y no en la ciencia (en problemas humanos, y en el valor o la cobardía o la determinación o cualquier otra respuesta de los seres humanos). De modo que dejé la ciencia en segundo plano. En mi trabajo, al igual que en la vida cotidiana, la ciencia se convirtió sencillamente en una condición de la existencia. Traduciendo la ciencia, pensé que estaba ayudando a que las dos sociedades coexistieran en el mundo moderno. Pero, ya se sabe, cuando abres un cadáver y lo examinas con detalle sobre la mesa metálica es difícil ser romántico.
Les confesaré por qué decidí ser periodista científico (les aseguro que no hubo ni una gota de altruismo en mi decisión). Me gustan las ciencias. Y me gusta pensar que el conocimiento es una frontera y que la curiosidad es una fuerza. Siempre he seguido los avances científicos con la misma pasión que otras personas siguen los partidos de béisbol. Hasta ahí mi altruismo. No lo hice por la ciencia ni por la humanidad. Lo hice por mí mismo y valió la pena. También es cierto que sonaba muy bien que te llamasen «autor científico».
Por entonces, se suponía que el periodista científico tenía que ser un traductor, y a menudo se le calificaba como tal. Bueno, una de las cosas que hacen los traductores es hacer innecesario que tengamos que aprender el lenguaje de otros. También existe otro peligro. Como sabrán los que hayan participado alguna vez en una negociación internacional, el traductor siempre corre el riesgo de convertirse en el negociador de facto. Creo que los que escribimos sobre ciencia hacíamos exactamente eso. Suavizábamos la dura imagen de la ciencia y escondíamos ese aspecto de su carácter que yo llamo brillantez y que otros llaman arrogancia. Les ayudábamos a tratar con la política, y en el proceso de todo ello nos convertíamos en acólitos de una sociedad con un grave problema de personalidad desdoblada. Colaborábamos a evitar la confrontación con el problema.
Las dos culturas, y lo digo por ambas, quieren su parte del pastel, y la quieren para comérsela. La cultura humanística quiere arrojarse en brazos del romanticismo y hacerlo por Internet, viviendo un 30 % más y siendo un 80 % más ricos. La cultura científica quiere continuar situada por encima de disputas y de la política, trabajando por amor al conocimiento, es decir, en pocas palabras como un sacerdocio, pero sin las obligaciones y responsabilidades de los sacerdotes.
Para acabar, ahora no como periodista científico, sino como escritor, debo decir que mi civilización está al borde de una gran disyuntiva sobre sí misma. Es momento que los científicos acepten el hecho de que están comiendo gracias al pensamiento político y que deben esclarecer su postura política, y hacerlo de modo que el público lo entienda. También es hora de que el público acepte el hecho de que el mundo, tal como lo conocemos, es decir, el mundo que sirve de refugio para gordos apoltronados, posmodernos y humanistas críticos, existe sólo gracias a la ciencia y a la tecnología, y que se creó con mucho sacrificio no sólo económico, sino también humano, con mucho trabajo y, además, con mucha fe. La ciencia empírica no es un sustituto de la fe, es una fe, es una iglesia, no por austera menos real, y eso es algo a lo que hay que enfrentarse
La situación del artista, la del escritor, es muy diferente. Cabe mencionar que algunas de las obras mejor escritas de nuestros días se centran en la ciencia, como es el caso de The Right Stuff, de Tom Wolfe, o cualquiera de las obras de John McPhee, incluyen a la ciencia. Pero no les llamamos autores científicos. No lo hacemos, al igual que no conocemos a Hemingway como escritor bélico o a Steinbeck como autor de la pobreza, o a Mark Twain como autor infantil. Los escritores, por naturaleza, se enfrentan con los tormentos internos de la condición humana, es decir, el enigma humano.
Jon Franklin
Nacido en Oklahoma, en 1942, es un conocido pionero en obras literarias de no ficción y especialista en textos científicos. Sus innovadoras obras sobre el uso de técnicas literarias en las obras cortas de no ficción, novela y ensayo de divulgación le proporcionaron los primeros premios Pulitzer de la historia en las categorías de periodismo de actualidad (1979) y periodismo de divulgación (1985). Actualmente dirige el Programa de literatura creativa de la Universidad de Oregón, y trabaja como periodista científico y editor de temas especiales en el News and Observer de Raleigh (Carolina del Norte).
Entre sus obras se cuentan The Molecules of The Mind (Atheneum, 1987), Writing for Story (Atheneum, 1986), Guinea Pig Doctors (con J. Sutherland, Morrow, 1984), Not Quite a Miracle (con Alan Doelp, Doubleday, 1983) y Shocktrauma (con Alan Doelp, St. Martin's Press, 1980).
jonfrank@pioneer.net