Vacuna contra la ignorancia
Ignorance vaccine
Es difícil valorar cómo será recordado científicamente el siglo xx. Pero, sin duda, cuando en el futuro haya suficiente perspectiva histórica, las revoluciones del átomo, de la química fina y de la biología molecular constituirán pilares fundamentales del conocimiento que este siglo habrá aportado a la historia de la humanidad. De la misma forma que la eclosión de las telecomunicaciones y el impacto informático lo serán, con toda seguridad, en el aspecto tecnológico. Más difícil es predecir qué ocurrirá en el transcurso del siglo que pronto comenzaremos, sobre todo por el vertiginoso desarrollo que las ciencias están imprimiendo a nuestro conocimiento y cultura. Pero nadie con un mínimo de sentido prospectivo es capaz de negar que la ingeniería genética, las biotecnologías y, en general, las ciencias de la vida y sus múltiples aplicaciones, marcarán profundamente este futuro, en buena parte no muy lejano, o por lo menos mucho más cercano desde el nacimiento de «Dolly» y todas las consecuencias que se van derivando a ritmo acelerado.
Los animales transgénicos («Dolly» no lo era, pero «Polly», una de sus sucesoras, sí) no sólo producirán los nuevos fármacos del siglo xxi, sino que constituyen ya modelos de laboratorio para el estudio y diagnóstico de enfermedades en las que era imposible avanzar en la investigación con los propios seres humanos. Incluso constituirán en un futuro la materia prima para la obtención de órganos compatibles para su implantación en humanos, resolviéndose de esta forma el problema de la endémica falta de suficientes órganos de origen humano para el trasplante, al mismo tiempo que se solventará con toda probabilidad la principal dificultad que esta técnica médica comporta: el rechazo inmunológico.
La ciencia ficción se convierte poco a poco en realidad en este trascendental campo científico y es inevitable, y también deseable, que estos avances comporten un gran debate social. Una ineludible discusión sobre los riesgos que pueden conllevar estas nuevas técnicas, y consiguientes medidas de precaución que nos hemos de imponer, como debería haber ocurrido siempre cuando el conocimiento científico ha dado saltos cualitativos de singular importancia.
Todo paso adelante comporta ciertos riesgos y hay que saber valorarlos y acotarlos. El famoso dramaturgo Darío Fo hizo alusión al «hermano cerdo de Frankenstein» el año pasado en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura de 1997: «El hombre puede cambiar el código genético del organismo animal introduciéndole partículas provenientes del hombre. Se pueden tomar órganos del cerdo como el hígado o el corazón y trasplantarlos en el cuerpo del ser humano (...) Finalmente hemos producido al hombre-cerdo».
Darío Fo recurrió a un metafórico «hermano cerdo de Frankenstein» igual que el brujo de la tribu exorcizaba no hace mucho tiempo al médico blanco que intentaba curar la malaria con quinina y otros fármacos en alguna parte del África profunda.
Se puede estar o no de acuerdo con la apreciación que hizo Fo, pero es indiscutible que expresa una preocupación hoy existente en amplios sectores de nuestra sociedad.
Por una parte, constituye sin duda una llamada a una insoslayable reflexión ante iniciativas como las del inefable Richard Seed que se apresuró a anunciar a los cuatro vientos su intención de crear «una clínica de clonación humana» y que, además, él sería el primer ser humano en ser clonado.
Pero, por otra parte, las palabras de Fo pronunciadas en tan conspicuo foro y con la proyección que tuvieron nos golpean intelectualmente... ¿No constituyen también un cierto reflejo de una incomprensión hacia las ciencias, de una falta de cultura científica o la clara consecuencia de la diseminación de estereotipos e incluso tergiversaciones que las páginas o pantallas de los medios de comunicación nos brindan a diario cuando suelen hablar de los avances científicos y médicos? Hoy es evidente que las «informaciones científicas» en los medios de masas se han convertido en parte del «espectáculo y curiosidad informativos» que les caracteriza. Incluso una revista de divulgación científica como es «Newton» utiliza el lema «el espectáculo de las ciencias» para promocionarse.
Que nadie interprete que discrepamos por completo de las palabras de Fo. Son necesarias, insistimos, ante peligrosos visionarios de otra índole como Seed. Reiteramos que el paso científico que estamos dando necesita del debate público y de llamadas a la dignidad humana. Pero ese debate necesario, indispensable no ha de comportar exageraciones ni mixtificaciones, a las que lamentablemente cada vez son más propicios los medios de comunicación, pues las fomentan con su deriva hacia ese espectáculo en el que se están convirtiendo las noticias.
La ingeniería genética no es intrínsecamente ni buena ni mala. Tiene un potencial inmenso para la mejora de la salud humana, pero a la vez puede suponer un peligro. Todo depende, como casi siempre, de la forma en que sea aplicada y de los niveles de seguridad que se implanten. El hemofílico que pueda disponer de los vitales factores de coagulación sanguínea de procedencia transgénica para combatir su enfermedad hereditaria de una forma más confortable y accesible, y que incluso quizá algún día pueda llegar a curarla mediante una terapia génica, se alegrará del progreso que supone el paso que estamos dando. Por su parte, el iluso que pretenda perpetuarse mediante una hoy todavía hipotética autoclonación quizá no será consciente de que dará un paso en contra de su propia dignidad humana.
El dilema transgénico, sin duda, supone afrontar un indudable riesgo, pero no es la primera vez que ello ocurre y no será la última. La propia naturaleza hace tiempo que utiliza la ingeniería genética de forma espontánea, y los humanos han utilizado su capacidad de transformar la naturaleza en beneficio propio desde hace mucho tiempo, prácticamente desde que dejaron de ser nómadas para asentarse en tierras fértiles, cultivar los campos y criar animales para asegurar su supervivencia. Algo semejante a aquel gigantesco paso dado en el Neolítico está ocurriendo en la actualidad.
Como siempre, una parte del dilema que se presenta es un problema de información. La sociedad ha de saber valorar los pros y los contras de una determinada tecnología y actuar en consecuencia. Y en este ámbito los medios de comunicación cada vez tienen mayores responsabilidades, pero en muchos casos no parecen haberse dado cuenta de ello.
Los medios de comunicación, aquellos que aspiran a ser referentes informativos y de creación de opinión pública, pero sobre todo los que están basados en una financiación pública, como son buena parte de los canales de televisión y radio, deberían erigirse en una segura vacuna contra la ignorancia y no fomentar todo lo contrario, acultura y desinformación. ¿Hacen falta ejemplos?
El Director