Las semillas del desastre

The seeds of disaster

Príncipe de Gales

 

© The Daily Telegraph, 8 de junio de 1998.

Siempre he creído que la agricultura debería estar en armonía con la naturaleza, reconociendo que existen límites naturales a nuestras ambiciones. Ésta es la razón de que, hace más de 12 años, decidiera dedicarme al cultivo biológico, sin pesticidas o fertilizadores artificiales. A partir de mi propia experiencia he llegado a la conclusión que el sistema de cultivo biológico puede ser económicamente viable, que ofrece una amplia gama de ventajas medioambientales y sociales y, lo que es más importante, que permite que los compradores puedan escoger el tipo de alimentos que compran.

Pero aun cuando las ventas de alimentos biológicos crecen como la espuma, el desarrollo de la agricultura intensiva está eliminando la posibilidad fundamental de elección de los alimentos, y está planteando cuestiones cruciales sobre el futuro de nuestros productos alimenticios y de nuestro medio ambiente que están aún a la espera de respuestas. Los cultivos transgénicos se presentan como un producto del desarrollo esencialmente avanzado que aumentará el rendimiento a través de técnicas que no son más que una extensión de los métodos tradicionales de cultivo. Me temo que no puedo aceptar este planteamiento.

La diferencia fundamental entre los cultivos vegetales tradicionales y los transgénicos se basa en que, en los segundos, el material genético de una especie de planta, bacteria, virus o animal se inserta literalmente en otra especie, con la que nunca podría haberse reproducido de forma natural. El uso de estas técnicas plantea, según mi opinión, consideraciones éticas y prácticas de capital importancia.

Personalmente creo que este tipo de modificación genética pone a la humanidad en un lugar que pertenece a Dios, y sólo a Dios. Aparte de determinadas aplicaciones médicas muy beneficiosas y específicas, ¿tenemos derecho a experimentar y a comercializar con las bases estructurales de la vida? Vivimos en una era de reivindicación de derechos; yo diría que ya es hora de que se le concedieran algunos también al Creador.

Sencillamente no sabemos las consecuencias que puedan suponer a largo plazo para la salud humana y el entorno más amplio el hecho de reproducir especies de plantas cultivadas de este modo. Se nos asegura que estas nuevas plantas han sido sometidas a completos análisis y a estrictas regulaciones, pero el procedimiento de evaluación parece indicar que a menos que se pueda demostrar que una cosecha transgénica es nociva, no hay razón para interrumpir su uso. La lección de la ESB y de otros desastres de origen enteramente humano relacionados con los «piensos baratos» es, sin duda, que las consecuencias imprevistas son las que deben provocar la mayor preocupación.

Se dice que las cosechas transgénicas precisarán un uso menor de productos agroquímicos. Aun en el caso de que ello sea cierto, se trata de una información parcial. Lo que no toma en consideración es el total del impacto ecológico y social del sistema de cultivo. Por ejemplo, la mayoría de las plantas transgénicas comercializadas hasta ahora contienen genes de bacterias que las hacen más resistentes a un matahierbas de amplio espectro producido por el mismo fabricante. Cuando se pulveriza la planta con este matahierbas, el resto de plantas del campo muere. El resultado es un campo prácticamente estéril, que no da alimento ni sirve como hábitat a la vida salvaje. En una ocasión se observó que los genes modificados de una cosecha transgénica de colza se habían extendido hasta una cosecha convencional cultivada a casi dos kilómetros de distancia. Esto supone que tanto las cosechas convencionales como las biológicas están amenazadas, y que la amenaza viene de una dirección determinada.

También se está consiguiendo que las cosechas de plantas transgénicas produzcan su propio pesticida. Con esto se provocará la rápida aparición de insectos resistentes. Y lo que es peor, se ha demostrado que estas plantas productoras de pesticida matan, junto a las plagas, a algunos insectos predadores beneficiosos. Sólo dos ejemplos: la inserción de un gen de la campanilla blanca en un cultivo de patatas las hizo resistentes al pulgón, pero también mató a las mariquitas que se alimentaban de los pulgones. Y las crisopas, predadores naturales de la oruga del maíz y alimento de los pájaros que habitan en los cultivos, mueren al alimentarse de las plagas de insectos que crecen entre el maíz transgénico.

A pesar de la enorme cantidad de campos que parecen estar afectados, no existen regulaciones oficiales que obliguen a controlar los cultivos modificados genéticamente para observar exactamente lo que está pasando. Pensemos en los desastres agrícolas del pasado originados a causa de un exceso de confianza en una sola variedad de cultivo. Y esto es lo que provocará la modificación genética. Es absolutamente posible que en diez años prácticamente toda la producción de los cultivos de productos como la soja, el maíz, el trigo y el arroz sean de unas pocas variedades transgénicas, a menos que la presión de los consumidores provoque un cambio de tendencia.

English Nature y otros organismos oficiales han dado la voz de alarma sobre las potenciales consecuencias dañinas para el medio ambiente de la introducción de cosechas transgénicas a gran escala. Estas instituciones han solicitado una moratoria en el uso de por lo menos una de estas cosechas.

Una vez liberado material genético en el medio ambiente, no se puede recuperar. La probabilidad de que provoque un problema grave puede ser pequeña, como algunos sugieren, pero, si pasara algo así, nos encontraríamos con el problema de tener que limpiar un tipo de contaminación de progresión automática. No creo que nadie tenga idea de cómo se tendría que hacer, ni siquiera de quién tendría que pagarlo.

También hemos oído que las técnicas transgénicas ayudarán a «alimentar al mundo». Éste es un tema de preocupación para todos. Pero, ¿obtendrán algún día las compañías que controlan estas técnicas beneficios que puedan juzgar suficientes a cambio de la venta de sus productos a los pueblos más pobres del mundo? Tampoco creo que el problema básico sea siempre tan simple. En los casos en que el problema es la falta de alimentos, más que el dinero para comprarlos, pueden buscarse siempre vías mejores para conseguir los mismos objetivos. Las investigaciones recientes nos han demostrado, por ejemplo, que los rendimientos de algunos sistemas tradicionales de cultivo se pueden doblar, o incluso triplicar, utilizando técnicas que preservan los recursos naturales al tiempo que se hace el mejor uso de los métodos de labranza y gestión del cultivo.

¿Necesitamos las técnicas de modificación genética? La tecnología ha aportado mejoras importantísimas a la humanidad, pero existe el peligro, especialmente en áreas tan sensibles como la alimentación, la sanidad y el futuro a largo plazo de nuestro entorno, de que pongamos todo nuestro empeño en establecer lo que es técnicamente posible sin pararnos a pensar antes si debemos hacerlo o no. Creo que deberíamos detenernos y plantearnos esta cuestión, a través de un amplio debate público de los asuntos y principios que no pueden tratarse de forma efectiva desde un punto de vista científico y legal exclusivamente. ¿No sería mejor examinar en primer lugar lo que queremos de la agricultura en cuestión de abastecimiento de alimentos y seguridad, empleo rural o protección del medio ambiente y paisajística antes de pasar a considerar el papel que quizá podría desempeñar la modificación genética en la consecución de estos objetivos?

Evidentemente, todos tenemos que decidir qué pensamos sobre estos temas tan importantes. Personalmente, no tengo ningunas ganas de comer nada producido mediante modificación genética ni ofrezco a sabiendas este tipo de productos a mi familia o invitados. Existen cada vez más pruebas de que gran cantidad de personas piensan lo mismo. Pero aunque sean tantas las personas que comparten este punto de vista, no podremos poner nuestros principios en práctica hasta que se produzca una discriminación efectiva de los productos transgénicos, apoyada por un procedimiento de etiquetado coherente basado en los procesos que sigue la cadena alimentaria.

Las excusas de que esto es o bien imposible o bien irrelevante no resultan creíbles. El día en que los consumidores estén bien informados y puedan, a partir de esa información, elegir si quieren o no comer productos que contengan ingredientes genéticamente modificados podrán enviar un mensaje directo e incontestable sobre sus preferencias. Espero que los fabricantes, vendedores y legisladores estén preparados para tomar la responsabilidad que supone asegurar que esto sea factible.