¿Quién le tiene miedo a la ingeniería genética?

Who’s afraid on genetic engineering

Jimmy Carter

 

© The New York Times, 26 de agosto de 1998.

Atlanta: imagínense un país que establece unas restricciones tan rígidas sobre las importaciones que no se pudieran conseguir vacunas o insulina. E imaginen esas mismas restricciones aplicadas a los alimentos, al detergente para lavadoras y al papel.

Por descabellado que parezca, muchos países en vías de desarrollo y algunos industrializados pueden dar ese paso ya el año que viene. Llegan a conclusiones erróneas creyendo que los organismos modificados genéticamente, desde el grano a los animales vivos, así como los productos obtenidos de éstos, son amenazas potenciales para la salud pública y el medio ambiente.

Las nuevas propuestas de importación se están gestando bajo los auspicios del Tratado de Biodiversidad, acuerdo firmado por 168 naciones en la Cumbre de la Tierra celebrada en 1992 en Río de Janeiro. El principal objetivo de este tratado es el de proteger de la extinción a plantas y animales.

En 1996, las naciones que habían ratificado el tratado pidieron que un equipo designado especialmente al efecto determinara si los organismos modificados genéticamente podían suponer una amenaza para la biodiversidad. Debido a la presión ejercida por los ecologistas, y sin datos que apoyaran su conclusión, el equipo decidió que cualquier organismo de ese tipo podría eliminar especies de plantas y animales existentes.

El equipo, cuyos miembros proceden principalmente de ministerios de medio ambiente de más de 100 gobiernos diferentes, debería acabar su investigación en los próximos seis meses y presentar sus recomendaciones finales a todas las naciones que ratificaron el tratado (Estados Unidos no está entre ellas). Si se aprueban, estas regulaciones se incluirían en un acuerdo internacional vinculante a principios del año próximo.

Pero el equipo se ha excedido en sus competencias. En vez de limitar el acuerdo a las modificaciones genéticas que podrían amenazar a la biodiversidad, los miembros también están intentando regular el comercio de todos los organismos modificados genéticamente y de los productos obtenidos de ellos.

Esto significa que el grano, los productos frescos, las vacunas, las medicinas, los cereales para el desayuno, el vino, las vitaminas (la lista es interminable) precisarían el consentimiento por escrito del país importador antes de abandonar el puerto de partida. Este consentimiento podría tardar meses en otorgarse. Mientras tanto, los costes portuarios irían aumentando y las vacunas y la comida se echarían a perder.

¿Cómo puede ser que unas regulaciones que tenían por finalidad proteger especies y conservar sus genes se hayan apartado tanto de su objetivo? La causa principal es la acción de los grupos ecologistas contrarios a la biotecnología que exageran los riesgos de los organismos modificados genéticamente y desestiman sus ventajas.

Los activistas antibiotecnología argumentan que la ingeniería genética es tan nueva que no se pueden prever sus riesgos sobre el medio ambiente. Esto es inexacto. De hecho, durante cientos de años casi toda la comida ha experimentado mejoras genéticas llevadas a cabo por los propietarios de los cultivos. Los antibióticos, las vacunas y las vitaminas alteradas genéticamente nos han ayudado a mejorar nuestra salud, mientras que los detergentes con enzimas y las bacterias lipófagas han colaborado en la protección del medio ambiente.

En los últimos 40 años, los granjeros de todo el mundo han modificado genéticamente sus cosechas para que resultaran más nutritivas y más resistentes a los insectos, las enfermedades y los herbicidas. Las técnicas científicas desarrolladas en los años ochenta, y conocidas en general como ingeniería genética, permiten equipar a las plantas con útiles genes adicionales. El maíz, las semillas de soja y el algodón transgénicos se empezaron a comercializar en Estados Unidos en 1996, entre otras, en las plantaciones de la granja de mi familia. Esta temporada, más de un tercio de la soja consumida en Estados Unidos y más de una cuarta parte del maíz serán transgénicos. El número de acres dedicados a las cosechas transgénicas en Argentina, Canadá, México y Australia se ha multiplicado por diez de 1996 a 1997.

Un grupo de expertos de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y del Banco Mundial ha estudiado los riesgos de la ingeniería genética moderna y han llegado a la conclusión de que podemos predecir los efectos ambientales analizando las experiencias pasadas con las plantas y animales producidos a través de la crianza o el cultivo selectivos. Ninguno de estos productos de cultivo selectivo han producido ningún daño ni sobre el medio ambiente ni sobre la biodiversidad.

Y sus ventajas son múltiples. Al aumentar el rendimiento de las cosechas, los organismos modificados genéticamente reducen la necesidad constante de adaptar más terreno para cultivos. Las semillas diseñadas para resistir sequías y plagas son especialmente útiles en países tropicales, donde las pérdidas de las cosechas en muchos casos son graves. Hoy día los científicos de los países industrializados ya están trabajando con individuos de países en vías de desarrollo para aumentar los rendimientos de las principales cosechas, para mejorar la calidad de los productos exportados y para diversificar la economía creando productos para la exportación como el aceite de palma transgénico, que algún día puede sustituir a la gasolina.

Otros organismos modificados genéticamente que se verán afectados por las regulaciones propuestas son herramientas de investigación esenciales en estudios científicos sobre medicina, agricultura o medio ambiente.

Si las importaciones de este tipo se ven sometidas a regulaciones innecesariamente, quien en realidad va a salir perdiendo son los países en vías de desarrollo. En vez de cosechar los beneficios de décadas de investigaciones y descubrimientos, los pueblos de África y el Sudeste asiático quedarán prisioneros de una tecnología anticuada. Sus países pueden sufrir mucho más durante los próximos años. Es crucial que rechacen la propaganda de los grupos extremistas antes de que sea demasiado tarde.

Jimmy Carter, 39º presidente de Estados Unidos de América, es presidente del Carter Center, sociedad sin ánimo de lucro.