De los sueños de los científicos al mundo de los consumidores
From the dreams of scientists to the world of consumers
Bjorg Edlund
Tomates modificados genéticamente para que permanezcan frescos más tiempo... Plantas resistentes a plagas de insectos perjudiciales... Hemos entrado en la era en la que el mundo de la ciencia es capaz de manipular la genética de los animales para convertirlos en «fábricas de medicamentos» y en futuros «donantes» de órganos con destino al implante en humanos y combatir la penuria actual de procedencia humana.
Tomatoes genetically modified to remain fresh for longer, plants resistant to insect pests... We have entered the era in which the world of science is capable of manipulating the genes of animals in order to turn them into «drug factories» and future «donors» of organs destined for implanting in humans, thus compensating the current scarcity of human organs It is therefore natural that we have entered into an increasingly public debate involving academics, journalists and social activists, as well as a growing number of members of the general lay public who are concerned about the subject.
Es natural que hayamos entrado en un debate, cada vez más público, que involucra a académicos, periodistas, políticos y activistas sociales, así como a un número creciente de personas profanas preocupadas por el tema. En un momento en que el progreso en la biotecnología abre la posibilidad de que los científicos «jueguen a ser Dios» en la investigación genética, ¿cómo puede la sociedad redefinir los límites de la conducta científica, del riesgo aceptable y de la ética de la investigación?, ¿quién decide lo que es bueno o malo, para la humanidad, y qué beneficio se exigirá para tolerar un riesgo concreto?
De las respuestas que encontremos a las preguntas planteadas anteriormente dependen diferentes aspectos como, por ejemplo, el futuro de ciertos proyectos y resultados de investigación, un nuevo tratamiento médico para una enfermedad hasta ahora incurable, alimentos menos perecederos o una nueva forma de tratar los residuos industriales. Actualmente, el debate sobre la biotecnología está cobrando cada vez más fuerza en Europa, Estados Unidos o Japón, donde la tecnología disfruta de una mayor aceptación pública.
La atracción de la biotecnología
¿Se puede sintetizar la respuesta en una línea de pensamiento sencilla, directa? No, pero podemos vislumbrar algunas respuestas si examinamos la atracción que suscita la biotecnología. Después de trabajar durante casi diez años en la comunicación científica, en la que los negocios y la ciencia se mezclan con la política, creo que una gran parte de la respuesta se encuentra en nuestra fascinación colectiva por la promesa que nos proporciona la biotecnología.
¿Cómo podría dejar de cautivarnos la posibilidad de ampliar los límites del conocimiento? Es difícil permanecer indiferentes ante el vértigo que sentimos cuando cada nuevo descubrimiento nos obliga a considerar si la persecución despreocupada del progreso acabará un día por destruir irreversiblemente el equilibrio biológico de la naturaleza.
El problema principal en este debate no es una falta de conocimiento o visión por parte de los no científicos, tal como dicen los especialistas en el tema. El problema principal es una falta de comprensión, una falta de comunicación entre todos los sectores. En pocas palabras, el problema radica en la incapacidad o falta de voluntad para ver y respetar los puntos de vista contrarios y, sobre todo, en la creación de una cultura suficiente para entender cuáles son los avances y el porqué se hacen.
A estas alturas seguramente resultaría popular (y completamente factible) culpar a los medios de comunicación. Eso sería injusto. Ningún grupo o fuerza social tiene la culpa, sino que la biotecnología y las incógnitas planteadas por sus prometedores beneficios científicos están cuestionando nuestra capacidad de encontrar un consenso general.
Una nueva dimensión del progreso
¿Por qué es el debate tan acalorado? En primer lugar, la intensidad emocional de la controversia es, de hecho, una señal saludable. Demuestra que, aunque no lo expresamos muy a menudo, nos damos cuenta de que nos enfrentamos a una nueva dimensión del progreso, hemos entendido que estamos ante un horizonte tecnológico totalmente nuevo.
A veces, mis colegas de relaciones públicas en la industria, así como nuestras asociaciones que ayudan a canalizar la dimensión política del discurso, usan lo que yo llamo analogías «empequeñecedoras» para intentar calmar las preocupaciones que surgen en el debate. Decimos que desde los egipcios (o los babilónicos, o alguna otra civilización situada a una distancia conveniente en el tiempo) las personas que elaboraban cerveza o que cultivaban plantas o criaban animales domésticos han usado la biotecnología y la genética.
Pero es un hecho que tales analogías pueden provocar a aquellos que están preocupados. Tampoco podemos negar que otras tecnologías (o, en definitiva, cualquier progreso) haya traído nuevos riesgos. Además, debe ser obvio que la tecnología es casi una etiqueta empequeñecedora para una ciencia que aumentará de forma espectacular nuestro control sobre la genética de plantas, animales y seres humanos. Y las personas, los hombres y mujeres de la calle, deberían ser conscientes de ello.
A modo de ejemplo, la sociedad percibe una dimensión diferente entre los posibles logros de la biotecnología y otros avances tecnológicos como podría ser la revolución de movilidad aportada por el motor de explosión o el combustible barato. También afirmaría que se percibe un riesgo distinto entre los problemas ambientales causados por las emisiones de combustible y el temor ante lo que podría suceder si la biotecnología no progresara con cautela.
A las personas, e incluso más a los periodistas cuyo trabajo es hacer interesantes los sucesos importantes, les atrae la novedad, pero también el drama. Al mismo tiempo, necesitamos sencillez y certeza para estar seguros de que nuestro mundo está en la mejor forma posible. Para poder procesar la información necesitamos familiarizarnos con ella; buscamos y recordamos la información que, además de drama y certezas sencillas, refuerza nuestras opiniones.
Esta fórmula sencilla gobierna la estructura y el contenido de las noticias, pero también sirve como filtro. En ocasiones, ello también hace difícil absorber, entender, procesar y aceptar una dimensión verdaderamente nueva del esfuerzo humano. Y es aquí donde radica, a mi parecer, una gran parte del debate actual sobre la biotecnología. Ni los científicos ni la industria ni aquellos que trabajamos en las diferentes áreas de la comunicación podemos asumir plenamente una verdad sencilla: el hecho de que quien determina la eficacia de la comunicación es el público receptor. La comunicación sólo tendrá éxito si tomamos plena conciencia de las necesidades de dicho público.
Información y educación
Los que estamos comprometidos a mantener abierta la puerta hacia el progreso científico porque pensamos que los beneficios de mejorar la asistencia médica, los métodos de cultivo y los alimentos superan los riesgos conocidos actualmente, tendremos que reflexionar y mejorar nuestra manera de comunicarnos. De otra forma, el intento de informar y educar a los políticos, activistas, medios de comunicación y consumidores sobre los aspectos científicos de la biotecnología estará destinado al fracaso.
Las personas no pueden tomar decisiones fundamentadas sobre una tecnología que les perturba, pero sí pueden aprender a confiar en aquellos que pueden tomar estas decisiones. Los científicos y los que financian su investigación deben compartir con los consumidores las razones por las cuales sienten confianza, en vez de vértigo a la hora de mirar hacia el horizonte de la biotecnología.
El público mayoritario desconoce muchos aspectos de la biotecnología y los límites que nos hemos impuesto racionalmente. Por ejemplo, hay que recordar que 186 países ya han prohibido la clonación humana. También es necesario preguntarse cuántas personas saben que en todo el mundo la industria farmacéutica, basada en la investigación, y los médicos han proclamado una moratoria sobre la terapia germinal. No sabemos cuántas personas entienden la diferencia que hay entre la terapia germinal, que altera los rasgos genéticos heredados a través de las generaciones, y el tratamiento genético de un paciente que no supone cambio en las características que se transfieren a la próxima generación.
Desde la industria, centros de investigación y universidades hay que tratar de explicar a la sociedad los protocolos de investigación, la cautela con la que trabajan los científicos, la protección contra el riesgo, las estrictas condiciones de seguridad, desde la investigación animal en el caso de nuevas medicinas, hasta los experimentos en el caso de las nuevas plantas.
¿Sabe la sociedad que los procesos de investigación y estudio hasta alcanzar una nueva sustancia o introducir un nuevo concepto de la ciencia ocupan a los científicos un largo período de tiempo en investigación, de estudio y de inversión? Todo esto hay que saber explicarlo y transmitirlo a la sociedad y no presuponer que se entiende por el mero hecho de que proceda de los científicos.
Una mayor comprensión, o la voluntad de emprender nuevos proyectos científicos, no surgirá de un día para otro. Los valores sociales son como los diamantes, se forman tras un largo período de tiempo y bajo una gran presión. Si aprendemos a compartir la cautela y el escepticismo inherentes al trabajo científico y si la sociedad está dispuesta a continuar otorgando a la industria su «licencia para innovar», el tiempo seguramente resolverá los problemas que afrontamos actualmente.
Hemos de detenernos un momento para reflexionar: debemos guiarnos por el respeto hacia las necesidades de aquellos a los que deseamos convencer. Intentemos entender y aprender a calmar sus miedos abordando directamente sus profundas preocupaciones. Si fracasamos, la promesa de la biotecnología puede convertirse en un sueño lejano sin realizar. Y eso sólo se consigue con información y educación cultural. Todos estamos involucrados.
Bjorg Edlund
Sueco de 48 años de edad, casado con Veronika y padre de Rebekka. Después de estudiar ciencias políticas y de ejercer durante un año de profesor en un colegio en Basilea (Suiza), entra a trabajar como redactor en Karger Verlag en 1977. Desde 1979 hasta 1983 trabaja en United Press International donde ocupa diversos cargos (corresponsal para los países nórdicos, editor de noticias de Alemania y jefe de la delegación de España y Portugal). En 1983 entra en Reuters, donde también ocupa distintos puestos (subeditor senior de Londres, jefe de la corresponsalía de México, editor de noticias para Latinoamérica y el Caribe, y jefe de la corresponsalía de Alemania). En 1989 pasa a ser consultor senior de la Rowland Company. Desde 1992 hasta 1996 ocupa el cargo de vicepresidente y jefe de comunicaciones de Sandoz. Desde 1996 dirige Edlund Consulting Ltd., y desde octubre de 1998 es vicepresidente senior y jefe de comunicaciones de ABB (Asea Brown Boveri).