Una votación para la historia de las ciencias

A vote for the history of the sciences

Vladimir de Semir

 

El pueblo suizo ha decidido en referéndum no frenar los avances de la ingeniería genética y de la biotecnología. La iniciativa popular contra las manipulaciones genéticas sólo fue apoyada por el 33,4 % de los votantes, mientras el 66,6 % decidió dejar abierta la puerta a la producción y utilización de animales transgénicos, al cultivo de plantas genéticamente modificadas y a la concesión de patentes tanto para la modificación genética de animales y vegetales como para los productos que se pudieran derivar.

The Swiss people decided in a referendum not to halt the progress of genetic engineering and biotechnology. The popular movement against genetic manipulation was supported by only 33.4 % of the voters, whereas 66.6 % decided to leave the door open to the production and use of transgenic animals, the cultivation of genetically modified plants and the granting of patents both for the genetic modification of animals and plants and for the products which may be derived from them.

 

Por primera vez en la historia, la ciudadanía directamente decidió no impedir el progreso de la ciencia, aunque este progreso pueda comportar ciertos riesgos, que lógicamente deberán ser valorados en cada etapa de su desarrollo en virtud del principio de precaución.

Esto es lo que ha ocurrido en Suiza, donde el sufragio universal dio una clara respuesta a la iniciativa popular, avalada por 110 000 firmas, que en 1993 impulsó un referéndum («referéndum cienciófobo», lo califició la revista Médecine-Sciences) para dilucidar la oportunidad o no de proceder a «la protección de la vida y del medio ambiente contra las manipulaciones genéticas», iniciativa explícitamente contraria al avance y desarrollo en el campo de la ingeniería genética. «¿Victoria del positivismo o del pragmatismo?» se interrogaba la revista Le Nouvel Observateur en un amplio dossier sobre «la revolución genética» en su edición de la semana del 9 al 15 de julio de 1998. La realidad es que unos y otros llevaron al límite sus argumentos, ya sea por el miedo extremo de que las nuevas ciencias biotecnológicas se conviertan en una seria amenaza para la identidad humana o por la confianza, también extrema, de que estas técnicas se conviertan en todopoderosas para resolver problemas planteados.

Tras años, meses y semanas de debate público, el 7 de junio de 1998 se plesbicitó en la Confederación Helvética la prosecución o no de la investigación genética y biotecnológica en el país en el que están radicadas la mayoría de las principales industrias farmacéuticas y agroalimentarias de Europa (y, en buena parte, del mundo). Este inédito, y hasta cierto punto insólito, referéndum, en el que se debatía tanto el conocimiento (o quizá mejor: desconocimiento) de las técnicas más avanzadas de la ciencia actual y sus importantes aplicaciones futuras, como las convicciones más personales de los ciudadanos, se saldó finalmente con un voto cuyo resultado fue favorable en un 66,6 % a proseguir con las investigaciones científicas derivadas de la biología molecular y genética, mientras un 33,4 % de la población de la totalidad de los cantones suizos eran partidarios de la interdicción de continuar con la producción y utilización de animales transgénicos, el cultivo de plantas genéticamente modificadas y la concesión de patentes tanto para la modificación genética de animales y vegetales como para los productos que se pudieran derivar de ellos, incluidas las posibles vacunas biotecnológicas.

 

Lo que estaba en juego

Naturalmente, no sólo estaban en juego concepciones opuestas de lo que significa el desarrollo del conocimiento científico, sus aplicaciones y un determinado modelo de futuro, sino que el envite que la conocida y singular democracia directa suiza ha afrontado y resuelto en las urnas suponía el freno y casi segura deslocalización de medio millar de proyectos de investigación que están en curso en las aproximadamente 180 empresas especializadas existentes en Suiza, que apadrinan industrias como Novartis y Roche, que se encuentran entre los grupos líderes mundiales en investigación farmacéutica y agroalimentaria. Además de los enormes intereses económicos en juego, se calcula que entre 4500 y 5000 científicos, y en total unos 40 000 empleos estaban en la cuerda floja. Por otro lado, las patentes industriales hubieran ido a parar ineluctablemente a Estados Unidos, aunque ello no quiera decir que las citadas industrias europeas hubieran quedado ajenas a ellas, ya que hace algunos años que empresas como Novartis o Roche han procedido a acuerdos (compras o fusiones) con competitivas empresas norteamericanas líderes en la investigación de las nuevas fronteras de la biología.

Los partidarios de proseguir con las investigaciones en curso también argumentaban que una prohibición hubiera comportado la rápida fuga de los mejores cerebros científicos --y no sólo los que trabajan en la industria privada, sino incluso los que realizan investigación básica en las universidades públicas-- hacia otras latitudes y un empobrecimiento general de la ciencia europea, ya que se hubiera podido «contagiar» el proceso «retrógrado», según palabras textuales de los partidarios de no poner puertas al conocimiento científico y a sus posibles aplicaciones, en otros países del continente europeo. «Está claro --argumentaba a la agencia Associated Press el domingo 7 de junio por la tarde, al cierre de las votaciones, el máximo responsable de investigación del Grupo Novartis, Paul Linus Herrling-- que el pueblo ha escuchado y comprendido nuestros argumentos».

De lo que no hay duda es que la industria que impulsa la introducción de las biotecnologías en nuestra vidas cotidianas no ha sido ni mucho menos ajena al resultado de este singular e histórico referéndum. La industria desencadenó una amplia estrategia comunicacional para convencer a la opinión pública de que no se debía frenar el avance científico e impulsó que sus científicos se convirtieran en portavoces de sus argumentos ante la sociedad.

Por su parte, el partido y los movimientos ecologistas y organizaciones de consumidores (algunos con la fuerte presión social que poseen grupos como Greenpeace o la World Wildlife Fund) consideraban que, a pesar de que su propuesta había perdido, se había sensibilizado a buena parte de la ciudadanía sobre los riesgos que comporta el desconocimiento de cómo puede afectar a la cadena alimentaria la introducción de organismos modificados genéticamente. La diputada ecologista Ruth Gonseth, una de las autoras de la petición que fue votada en el referéndum, reconocía a la agencia France Press que «la población cree en el progreso de la medicina», pero estimaba que de los debates se ha inferido que «las cosas están menos claras en el campo de la alimentación transgénica».

 

Los científicos salen a la calle

Por primera vez, una población ha tenido que definirse sobre una elección de modelo de sociedad con la ciencia como eje del conflicto y también por primera vez los propios científicos han tenido que salir a la calle con sus batas blancas, metafóricas o no, para intentar establecer puentes de entendimiento entre sus conocimientos especializados y las actitudes y prevenciones de una población que difícilmente puede seguir y comprender el acelerado ritmo que los descubrimientos científicos han dado a este final del siglo. Certezas y dudas han debido ser contrastadas y discutidas públicamente y los medios de comunicación han tenido que desempeñar una responsabilidad que cada día adquieren con mayor fuerza: la formación cultural de la población. Un científico involucrado en el debate reconocía a Le Monde (27 de mayo de 1998) que «actualmente dedicamos entre un 30 y un 40 % de nuestro tiempo de trabajo a explicar lo que hacemos y por qué lo hacemos». Incluso el premio Nobel de Medicina de 1996, Rolf Zinkernagel, no dudó en mantener una sección de opinión en el periódico más popular de la Confederación Helvética, Blick, para apoyar la continuación de la investigación científica en Suiza. Este hecho también fue destacado en el artículo «The swiss vote on Gene Technology», publicado en la revista Science del 18 de setiembre (Science 1998; 281: 1810-1811).

La realidad es que las discusiones han demostrado que unos conocimientos tan complejos como los que se derivan de los avances genéticos, que en muchas ocasiones son descontextualizados por algunos medios de comunicación cuando exponen pretendidos descubrimientos de genes «antienvejecimiento» o «portadores de la infidelidad», son un sujeto de debate harto difícil y se prestan mal a un ejercicio democrático, ya que los ciudadanos se han visto obligados a definirse sobre temas que sin duda escapan a su competencia y que han llevado a la sociedad suiza a una confrontación dialéctica más emocional que conceptual.

La realidad es que los votantes suizos no se han dejado llevar por los miedos --fundados o no, la verdad es que nadie puede afirmar tajantemente que en determinados casos no haya algún tipo de peligro-- y han optado por dejar que se prosiga adelante a pesar de los riesgos que pueda comportar la expansión de una ciencia nueva y de los problemas éticos inherentes, unos conocimientos que indudablemente necesitan un avance controlado y sobre todo responsable, y no basado únicamente en la perspectiva de las importantes consecuencias económicas que tendrán en un futuro los diagnósticos y terapias médicas y las aplicaciones agroalimentarias derivadas de la capacidad humana para transformar la naturaleza, animal y vegetal, con la ingeniería genética. («Las instituciones científicas, responsables del marco moral en que sus investigadores trabajan --afirmaba Georges Kutukdjian, director de la Unidad de Bioética de la Unesco en un artículo sobre los límites del progreso científicos en El Correo de la Unesco de mayo 1998--, deben velar por que el afán de lucro no sea el motor exclusivo de la investigación, en perjuicio de objetivos más nobles como el deseo de preservar la vida y de mejorar el destino de la humanidad».)

 

«Un reino que pertenece a Dios»

Uno de los diarios influyentes de Suiza, La Tribune de Genève escribía en su editorial del día siguiente del referéndum (o sea, el lunes 8 de junio de 1998) que «Suiza ha sentado ayer algunas bases importantes de su futuro. Ha dado de sí misma una imagen a la vez responsable y abierta. Suiza, que ofrece voluntaria una cara timorata y celosa de sus prerrogativas, ha osado abrirse a la investigación puntera, en el marco de las limitaciones de los riesgos gracias a un marco legislativo en plena evolución».

La casualidad quiso que ese mismo lunes en la portada del también influyente diario británico The Daily Telegraph se anunciara un artículo en páginas interiores del mismísmo Carlos de Inglaterra bajo el elocuente título «Semillas del desastre» (que Quark reproduce íntegramente en este mismo número, en la sección de Tribuna). El príncipe de Gales dejaba bien evidente su posicionamiento: «Creo que la modificación genética de plantas o animales lleva a la humanidad a un reino que pertenece a Dios, y sólo a Dios». A estos extremos llegan los posicionamientos ante los actuales avances de la biología molecular.

Esta claro que el debate continuará en Suiza y en todo el mundo. Por ahora, por lo menos en Suiza, la «cienciofilia» ha ganado por 2 a 1 a la «cienciofobia», pero no debemos olvidar que estamos involucrados en uno de los mayores retos que nuestra capacidad de transformación de la naturaleza (y que nos define como especie) nos ha planteado: la posibilidad de intervenir en la esencia misma de la vida. Debemos ser conscientes de que es la primera vez en la historia que los humanos podemos ser dueños de nuestro propio futuro como seres vivientes, y ello es un salto cualitativo que nunca antes habíamos podido imaginar cuando estamos a punto de traspasar el umbral de un nuevo siglo.

 

El nacimiento del poder tecnológico-civil

Existe una aproximación evidente de la historia reciente de las ciencias que considera que el siglo xx empezó marcado por la física y que lo acaba inmerso en la biología. Y ello es cierto, pero no de una forma tan taxativa y excluyente. Cuando se formulaban las bases de las revoluciones cuántica y de la relatividad, los seres humanos ya trabajaban en la herencia intelectual que nos había legado un monje agustino austríaco, Gregor Mendel, fundador en 1865 de la ciencia de «dar nacimiento a», que es el significado de la palabra griega genética. En el alba de nuestro siglo ya se formuló que los cromosomas eran los factores que determinaban la herencia y que contenían las características de cada uno de los progenitores (vegetales o animales). Por lo tanto, las bases de los conocimientos de la física y de la biología con la que acabará el siglo xx nacían prácticamente en la misma época y han evolucionado durante todos estos casi cien años en paralelo. Fueron otros factores los que marcaron el predominio de la física sobre el resto de ciencias y que, sobre todo, han determinado la historia de nuestro siglo.

Hoy ya lejos, aunque nunca olvidada, aquella guerra mundial que acabó tras una de las exhibiciones más brutales de poderío tecnológico-militar emerge con singular fuerza el poder tecnológico-civil que se deriva de uno de los descubrimientos que han marcado el siglo xx y que marcarán los siglos venideros: el conocimiento de que el código genético está contenido en las moléculas del ácido desoxirribonucleico (Oswald Theodore Avery, 1944) y la determinación de la estructura en doble hélice del DNA (James Watson y Francis Crick, 1953), las claves que han permitido que el ser humano vislumbre la posibilidad de intervenir en su más íntima esencia y poder llegar a modificar y determinar su propia evolución.

 

¿Qué queremos hacer?

El dilema que nos plantea avanzar en las posibles aplicaciones de la ingeniería genética supone, sin duda, afrontar un indudable riesgo, pero no es la primera vez que ello ocurre y no será la última. La propia naturaleza hace tiempo que usa «la ingeniería genética» de forma espontánea, y los humanos han utilizado su capacidad de transformar la naturaleza en beneficio propio desde hace mucho tiempo, prácticamente desde que dejaron de ser nómadas para asentarse en tierras fértiles, cultivar los campos y criar animales para asegurar su supervivencia. Algo semejante a aquel gigantesco paso dado en el neolítico está ocurriendo en la actualidad. Pero es la primera vez en la historia que los humanos podemos ser dueños de nuestro propio futuro como seres vivientes, y ello es un salto cualitativo que nunca antes se había producido.

Sabemos que el ser humano avanza a pasos agigantados en este final de siglo. Sus conocimientos se desarrollan con suma rapidez; su capacidad de desentrañar la complejidad del mundo parece tener unos límites muy lejanos... Lo imposible se hace posible... Ni siquiera han pasado 50 años desde que el ser humano consiguió descifrar la estructura de la molécula de la vida y ya ha sido capaz de clonar un mamífero adulto. El ser humano se siente intrépido, seguro de sí mismo. Sus objetivos son nobles: la lucha contra la enfermedad y la búsqueda de alimento para una población humana cada vez mayor. Sueña con una vida cada vez más larga. Una vida mejor. Su curiosidad se hace infinita, mira al cielo, observa los cometas, predice su vuelta dentro de varios milenios. El límite para el conocimiento no existe, nadie puede establecer sus últimas fronteras. Pero debemos ser conscientes, como ha recordado el filósofo Fernando Savater, de que «hay una pregunta más allá de la cual en modo alguno puede descenderse y sobre la cual la ética se asienta con toda su firme fragilidad: ¿qué quiero hacer?».

El referéndum suizo es un paso inequívoco de lo que queremos hacer, pero al mismo tiempo un elocuente eslabón de que estamos en una etapa inédita del desarrollo del conocimiento humano. Por primera vez, los avances científicos, sus pros y sus contras, se argumentan, se discuten, se publicitan e incluso se votan. Sin duda, es todavía insuficiente ya que las posibles consecuencias son de gran envergadura y es muy difícil que la opinión pública llegue a poseer todos los elementos necesarios para una inteligibilidad completa del reto que nos estamos planteando, pero lo más importante es que todos sepamos que hay una barrera que no podemos transgredir: la dignidad humana, y esta conciencia sólo se puede alcanzar si la ciencia se hace transparente a la sociedad, si los medios de comunicación colaboran con rigor como vehículos de la transmisión del conocimiento y si cada individuo hace el esfuerzo de mejorar su capacidad de discernimiento y de crítica.

Lord Snow en Las dos culturas y un segundo enfoque ya nos advertía que «es muy probable que esta rama de la ciencia, la biología molecular, cambie la imagen que el ser humano tiene de sí mismo más profundamente que ningún otro descubrimiento científico desde Darwin». En esos estamos...

 

Vladimir de Semir

Periodista, director editorial de La Vanguardia Publicaciones y profesor de Periodismo Científico de los Estudios de Periodismo de la Universidad Pompeu Fabra (UPF), de Barcelona. Director del Observatorio de la Comunicación Científica y del máster de Comunicación Científica (UPF). Director de la revista Quark, Ciencia, Medicina, Comunicación y Cultura.

vladimir.semir@peca.upf.es