Una historia reescrita
Juan V. Esplugues
El lunes día 12 de octubre, la Academia Sueca de Ciencias anunció la concesión del premio Nobel de Medicina y Fisiología a los científicos norteamericanos Robert F. Furchgott, Louis J. Ignarro y Ferid Murad por sus contribuciones en el esclarecimiento del papel en el sistema cardiovascular de una nueva molécula biológica, el óxido nítrico. Con este reconocimiento los premiados consiguen que la historia de la ciencia los oficialice como los padres del campo y, a poco que los años consoliden los beneficios terapéuticos del descubrimiento, los encumbre en un pedestal sólo compartido con un muy reducido número de nombres ilustres. Esa es la evolución habitual del proceso pero, sin embargo, quien haya seguido en los medios informativos de estos últimos días las múltiples declaraciones de protesta se dará cuenta de que una significativa parte de la comunidad científica europea discrepa con la versión refrendada por el comité Nobel. Muchos colegas y yo mismo consideramos que un científico hispanoamericano, el hondureño Salvador Moncada, ha sido injustamente olvidado y se concede un protagonismo desmedido a los premiados. Se debe entender que ésta no es meramente una opinión personal basada en preferencias individuales, sino una afirmación sustentada en criterios objetivables. No estamos hablando de un premio literario sometido a las tendencias estéticas del momento, sino de un área en la que existen artículos publicados en fechas concretas que documentan quién hizo qué y cuándo lo hizo. En ciencia ser segundo no es lo mismo que ser primero o enunciar hipótesis no es lo mismo que probarlas, y por ello para muchos de los que conocemos el tema nos ha causado una gran sorpresa la exclusión del primer hombre que demostró de forma fehaciente la mayoría de los enunciados por los que se concede el premio Nobel de 1998. Visto con cierta perspectiva histórica, éste era un problema que se podía anticipar, ya que en los dos o tres últimos años y conforme aumentaba la importancia del tema en el que Moncada fue pionero, en ciertos círculos norteamericanos se venía produciendo un creciente y sospechoso olvido público de su protagonismo. Como se ha podido comprobar, a base de repetirlo, se ha conseguido que se lo crea mucha gente y esto ahora ha cristalizado en su exclusión del premio Nobel.
Sin pecar de exagerado la única explicación que existe para una conducta semejante radica en el poder que posee hoy día la ciencia básica norteamericana, cuyo enorme volumen y el dominio preferencial ejercido sobre los medios de comunicación científicos les permiten primero crear una opinión, y finalmente reescribir la versión oficial de la historia. No estoy comentando un hecho aislado, estamos hablando de una actuación continuada y reiterada a lo largo del tiempo y, como ejemplo y sin entrar en largas listas, permítanme recordarles que sólo en fecha reciente se ha desmentido la ya institucionalizada versión norteamericana que atribuía a su compatriota R. Gallo el hallazgo del virus del sida. El verdadero descubridor, el francés L. Montagnier, a pesar de la clara evidencia a su favor, ha necesitado nada menos que un proceso judicial para ver confirmada su autoría, y ello sólo gracias a que la potencialidad económica de sus descubrimientos hicieron posible agrupar con la suficiente rapidez intereses industriales para sufragar los elevados gastos legales. Por el contrario, cuando la aplicabilidad comercial no es tan clara, la disputa se circunscribe a un hombre o institución frente a todo un sistema y, desgraciadamente --como en este caso-- por mucho que les acompañe la razón o la excelencia intelectual pierden los primeros. No piensen, sin embargo, que estoy comentando una dolorosa situación personal. Estoy hablando de un serio problema español y europeo. La labor de Moncada se ha realizado en Londres, nunca ha trabajado en Estados Unidos y siempre se ha posicionado explícita y públicamente como una persona con un compromiso inequívoco con sus raíces hispanoamericanas y con una clara vinculación a un modelo original y europeo de ciencia y cultura.
Su falta de reconocimiento nos manda un mensaje muy amargo a todos los que nos dedicamos aquí a la investigación y refleja muy bien la situación de la ciencia española y europea: potencialmente brillante, pero muy fragmentada y carente, por tanto, de la capacidad de defender sus intereses más esenciales frente al rodillo bien engrasado de los norteamericanos. Es una dinámica que trae inmediatas analogías con la realidad existente en otros ámbitos culturales y que, por elevación, no es más que un nuevo reflejo de la relación de poderes actual en el mundo. No me gustan las especulaciones, pero estoy seguro de que si Moncada estuviera trabajando hoy en una institución de Estados Unidos la concesión del premio Nobel hubiera sido diferente, y se nos presentaría como un nuevo ejemplo de la pujanza norteamericana y la excelencia de su modelo científico-tecnológico y educativo. Desgraciadamente para él, su trayectoria no le permitía integrarse en ese esquema y, tras un cúmulo de vicisitudes, ha visto cómo son negados en público sus hallazgos personales. Una nueva historia ha sido reescrita, pero espero que las múltiples quejas expresadas desde la concesión del Nobel en importantes periódicos europeos permitan crear las condiciones para que esta vez la versión oficial no sea tan fácilmente aceptada y, además, para que cristalicen mecanismos que dificulten la repetición de ejemplos similares.
Juan V. Esplugues
Catedrático de Farmacología, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia. Su área de investigación se sitúa en el ámbito de la farmacología clínica, enmarcada sobre todo en torno a la gastroenterología. Entre sus muchas publicaciones, además de artículos científicos, se encuentran los libros Impacto de los problemas nutricionales en la salud pública, para la agencia Española de Cooperación Internacional, y Bases para la terapéutica gastroesofágica, para la Universidad de Valencia. También ha publicado, junto a Salvador Moncada, varios artículos entre ellos «Cerebral nitric oxide mediates the inhibition by stress of gastric acid secretion», en Biology of Nitric Oxide.