Sociedad, medios de comunicación y ciencia
Society, the media and science
David Sharp
Los medios de comunicación de masas y, en especial la televisión, han permitido que en los últimos años se haya establecido una nueva vía a través de la cual la sociedad puede invertir directamente en investigación médica. Habitualmente se trata de jornadas, promocionadas por alguna emisora de televisión, en las que los espectadores realizan donativos destinados a la investigación o a la asistencia sanitaria. En cada jornada se decide un objetivo concreto, la construcción de un hospital, la investigación en un campo determinado de la medicina, etc. En el caso de la investigación, podría decirse que la recaudación se invierte primero en la adquisición de conocimientos médicos, para revertir de nuevo en beneficio de la propia sociedad. La Telethon de la BBC, la de la TWW o la Marató de TV3, son buenos ejemplos de este medio de obtención de fondos.
Con motivo de la entrega de los premios a la investigación médica concedidos por la Fundació Marató de TV3 el 17 de noviembre de 1998, David Sharp, subdirector de la revista The Lancet, fue invitado a pronunciar el discurso inaugural de la ceremonia. Reproducimos aquí dicho discurso.
The media, in particular television, have made it possible in recent years to establish a new formula by which society can invest directly in medical research. This usually involves seminars promoted by a television station, where the audience make donations to research or healthcare. In each seminar a specific goal is decided on --the construction of a hospital, research into a specific area of medicine, etc. In the case of research, it can be said that the funds collected are first invested in acquiring medical knowledge and then reinvested in benefit of society. The Telethons of the BBC and TWW or the Marató of TV3 in Catalonia are good examples of this means of obtaining funds.
On the occasion of the prizes for medical research awarded by La Fundació Marató de TV3 on 17 November 1998, David Sharp, deputy editor of the journal, The Lancet, was invited to give the opening speech of the ceremony. The text of this article is mostly taken from that speech.
El dinero que hoy se ha recaudado de la sociedad a través de los medios de comunicación (concretamente de un medio, la televisión) se invertirá en la adquisición de conocimientos médicos que se publicarán en revistas científicas. De aquí a un cierto tiempo, parte de estos conocimientos, filtrados, seleccionados y revisados por las revistas científicas y vueltos a filtrar, simplificar y reeditados por los medios de comunicación, volverán a la sociedad. Entonces el ciclo se habrá completado.
El árbol de los conocimientos científicos nutre a la sociedad a partir de muchas ramas. La directa --por ejemplo, un artículo de The Lancet aparece publicado como noticia en El País o La Vanguardia, informando al público español-- es muy pequeña, tanto que quizá sería más propio denominarla «ramita». A pesar de ello se trata de una rama importante y, según mi forma de entender (sin duda subjetiva), se trata de una fuente que podría ser utilizada más a menudo. No hay duda que para ello se debería conocer mejor el proceso que utilizan las revistas, primero, y los medios de comunicación, después, para filtrar los conocimientos médicos.
Fuentes médicas de los medios de comunicación
En la figura 1 se presentan los resultados de un estudio que realicé el año pasado durante una semana sobre las fuentes de los reportajes de los principales diarios de prestigio de ámbito nacional del Reino Unido. Al final de la semana, cuando se publican las revistas como la mía o el British Medical Journal (BMJ), éstas tienen un papel muy importante. Por descontado, en la prensa diaria hay cuestiones de mucho más interés humano que científico; puede ser que en el momento de informar sobre las mismas no exista todavía ninguna publicación médica que las acompañe. Si una mujer de 60 años tiene un hijo, esto es noticia desde el punto de vista periodístico, pero dudo que tenga importancia desde el punto de vista sanitario. Si un médico actúa de forma incorrecta (estafa el dinero de los contribuyentes o se entiende con uno de sus pacientes, por ejemplo), se trata de una «noticia», pero no incluye ningún elemento científico. El caso de una sola persona que se recupera de una enfermedad grave, a pesar del pesimismo de los médicos que le atendían, quizá no puede explicarse desde el punto de vista científico y puede, incluso, generar un optimismo equivocado en otros pacientes con afecciones similares. Sin embargo, no intentaría impedir que los medios se hicieran eco de este tipo de noticias reconfortantes. Sería ingenuo pensar que la única fuente de información médica es la prensa médica.
Por tanto, cuando hablo de conocimientos médicos, me refiero a la investigación y a la manera en que informan los medios de comunicación. Normalmente, de segunda mano. El interés humano ocupa un lugar destacado en el periodismo, pero no hablaré de ello.
Así, pasaré a explicar primero el filtro que hacen los medios de comunicación y luego el que realizan las revistas médicas, a pesar de que, cronológicamente, el orden es inverso.
En el estudio que he comentado antes, una minoría de las noticias partía de una revista científica. Las revistas más importantes se publican en inglés. Nos guste o no, es así. De tanto en tanto, los periodistas médicos escogen un artículo de una revista en otros idiomas (un artículo publicado en la revista científica de una sociedad médica española, por ejemplo, puede ser que sólo sea pertinente para los servicios sanitarios de España). En el ámbito médico, los periodistas suelen basarse en las «cuatro grandes», es decir, NEJM, JAMA, BMJ y, naturalmente, The Lancet. Todas ellas son revistas semanales. Si hablamos desde el punto de vista técnico y legal, The Lancet es un diario y contiene noticias y artículos de opinión; sin embargo, lo consideramos más como una revista científica y seguro que no se contempla como una revista de carácter general.
En cuanto a las ciencias físicas, al menos según me dice mi experiencia, los periodistas científicos suelen citar una fuente secundaria, como el New Scientist en el Reino Unido o el Scientific American en Estados Unidos. Hace falta un artículo excepcional, como el de «La vida en Marte», para atraer a los periodistas hacia los datos originales de las ciencias físicas.
A veces, en medicina y también en ciencia, se habla de una revista especializada inicial. La «fusión fría», que parecía desafiar las leyes de la conservación de la energía, apareció publicada en una revista que no forma parte de mis lecturas de ocio, y supongo que tampoco de las de ustedes. Los recientes titulares sobre la «célula universal» se basaban en un artículo de la revista científica Science.
Así pues, las principales revistas médicas semanales continúan siendo la principal fuente de información en todo el mundo. Seamos generosos e incluyamos a Nature (junto a Nature Medicine) y a Science. Concedamos al público español, además, dos publicaciones médicas nacionales. Con esto hemos llegado a un número de ocho, una cifra todavía de un solo dígito. ¿Cuántas revistas médicas se publican en el mundo? Millares.
Aunque nos limitásemos a las que la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos tiene catalogadas, la cifra es de 3900. No obstante, a través de los medios de comunicación, el público sólo tiene acceso regular a cuatro. Esto implica un gran filtro de los conocimientos médicos. No quiero decir con esto que cada mes los periodistas se tuvieran que leer las 3896 revistas restantes (la mayoría se publican con periodicidad mensual). Yo mismo sólo tengo tiempo de leer tres y ojear media docena más. Admito además que, por regla general, los artículos de las revistas médicas que más citan otros científicos están publicados en mi lista de cuatro. La revista que más citan los investigadores biomédicos es Cell, la cual pocas veces atrae la atención de los medios de comunicación.
Las revistas científicas también publican artículos de revisión. Éstos representan una manera de atraer la atención de los periodistas y lectores hacia trabajos publicados en revistas menos prominentes. Sin embargo, los medios de comunicación no suelen interesarse demasiado, pues por mucha imaginación que se le ponga, difícilmente estos artículos pueden considerarse «noticia», de modo que el olvido no resulta nada sorprendente.
Una técnica nueva, más aún que la práctica de artículos de revisión, consiste en reunir diferentes estudios en un metaanálisis estructurado, como una revisión pero con nombres incluidos. Estos artículos comienzan a atraer la atención de la prensa, pero sólo cuando detrás existe una máquina publicitaria. Una organización internacional denominada Cochrane Collaboration, a la cual puede accederse fácilmente por Internet, realiza una labor excelente en este sentido. En algunos países se han creado organizaciones nacionales similares. La labor principal de estas organizaciones consiste en determinar la «eficacia». Cochrane Collaboration y otras organizaciones similares se cuestionan cuáles son las técnicas o los tratamientos que verdaderamente funcionan. Las respuestas que obtienen estos grupos son de gran interés para la toma de decisiones en política sanitaria y de posible interés público. Sin embargo, ¿cada cuánto tiempo los medios de comunicación escogen una revisión del tipo Cochrane y la utilizan como noticia?
Es cierto que cada uno de los componentes de un metaanálisis pudo haber sido, por separado, una noticia antigua. Sin embargo, la compilación de los mismos aporta una parte de novedad y, a veces, les confiere un valor de noticia. Esta forma de presentar una acumulación de datos médicos, a pesar de su importancia, no suele generar titulares, ni siquiera cuando en algunos casos los componentes individuales (ensayos de un fármaco concreto, por ejemplo) sí lo hicieron cuando se publicaron por primera vez. Este olvido del conjunto, cuando una o más partes había llamado la atención, resulta preocupante.
Imaginemos que toda la investigación médica finalizada se publica, aunque lamento decirlo es mucho suponer. Algo que preocupa a los que deben tomar decisiones en política sanitaria (por ejemplo, cuando deben decidir si es mejor adoptar un tratamiento A o una estrategia preventiva B) es la parcialidad de la publicación. Por esta razón, los artículos de revisión y los metaanálisis están sometidos a tantas normas con relación a la investigación de todos los indicios y no sólo los de The Lancet. Los estudios negativos (por ejemplo, los que demuestran que el fármaco A y el B son iguales) no son tan interesantes para los editores como aquellos que demuestran que el nuevo fármaco C es mejor y más inocuo que el antiguo fármaco D. Y si esto sucede con los editores médicos, ¿por qué tendrían que interesarse más el director de un diario o un productor de televisión en los descubrimientos negativos?
Las revistas científicas como NEJM y The Lancet tienen índices muy altos de rechazo (más de un 90 % en mi revista). Los artículos rechazados probarán en otro editor, y en otro, y así sucesivamente. Aunque una gran parte acaban siendo publicados en alguna revista científica, algunos, finalmente, abandonan. Era tal la preocupación por que los ensayos negativos sobre fármacos no llegaran a publicarse, o que ni tan siquiera se presentaran a los editores, que un grupo erradicado en Londres propuso una «amnistía» en la que se invitaba a presentar detalles de cualquier ensayo no publicado del que se tuviera noticia. La última cifra a la que se llegó era de 163. Los organizadores estaban decepcionados, pues suponían que la cantidad real tenía que ser muy superior. Particularmente, desconozco la calidad de estos ensayos, quizá no merecían ser publicados.
No es probable que los artículos rechazados por las principales revistas científicas, sea cual sea su futuro, se beneficien de la misma publicidad que habrían conseguido en el caso de haber aparecido en alguna de ellas. También es poco probable entonces que esta parte de los conocimientos llegue a la sociedad a través de los medios de comunicación. Por otra parte, el hecho de que un artículo se publique en una revista supone que al artículo original se le ha sometido a un proceso de revisión y mejora. Aunque el ensayo clínico de un fármaco publicado en una de las principales revistas científicas cuesta más de leer y entender que el comunicado de prensa de la empresa que lo fabrica, el periodista tendrá que recurrir a la fuente básica siempre que le sea posible. No puede conformarse con la vía más fácil.
El proceso de selección, por medio de la inspección editorial y el escrutinio arbitral con una negociación posterior con los autores, no es perfecto pero implica la imparcialidad de la información presentada.
Competición por el espacio periodístico
Este público considera que los conocimientos médicos son importantes. Yo también lo pienso. Pero los medios de comunicación adoptan otro punto de vista. Me remito al caso inglés. Con ocasión de mi estudio sobre los artículos médicos en la prensa británica, elegí el medio escrito y, en concreto, la prensa diaria, pues me resultaba más sencillo comprar todos los diarios de un día que gravar todos los informativos televisivos de un día. En la redacción de The Lancet no hay televisor, y aunque lo hubiera, creo que no se me permitiría estar todo el día sentado delante de la pantalla.
En cuanto a la fecha, escogí el viernes día 30 de octubre porque, como he dicho antes, el viernes es el día de la semana en el que los diarios contienen la información de las revistas médicas semanales. En la figura 2 puede observarse lo que la prensa consideró suficientemente importante como para ser incluido en los titulares de aquel día. En la figura 3 se ha recogido lo que las páginas interiores trataron como importante, desde el punto de vista médico, en el mismo día. Como puede verse, sólo hay un artículo de una revista médica (el artículo de The Lancet sobre los indicios, en exploraciones encefálicas, de que la droga éxtasis puede dañar el cerebro). Ocho diarios, pero sólo se menciona un único artículo de revista médica.
A mi entender, entre los temas publicados aquella semana en las cuatro revistas científicas principales podían encontrarse algunos que eran de interés público. Con esto, no quiero criticar a los diarios por su selección; únicamente quiero llamarles la atención de los que podrían haber sido incluidos. No quiero decir que los diarios o la televisión seleccionen de forma incorrecta. Únicamente deseo remarcar el filtro que los medios de comunicación ejercen antes de que la sociedad (el público) pueda compartir los conocimientos médicos.
Filtro de las revistas científicas
Decidir la publicación del artículo sobre el éxtasis no fue fácil. ¿Consiguió la publicidad consiguiente que los jóvenes de Gran Bretaña dejaran de tomar esta droga la noche del 31 de octubre, en las fiestas que duraron hasta el amanecer para celebrar Halloween? Lo dudo. Pero nos pareció que los resultados tenían suficiente interés para la sanidad pública como para publicarlos. El interés clínico no es tan obvio y tampoco creo que este artículo abra nuevas perspectivas científicas. Sin embargo, el artículo superó el filtro.
Aquella semana sólo 10 artículos superaron el filtro de la revista. Cada semana recibimos una media de más de 120 artículos de toda clase, no sólo de investigación. Excluyo de esta cifra las cartas (que suman más de 6000 escritos más). A lo largo del mes pasado recibimos 555 cartas, de las cuales sólo publicamos entre 40 y 50. Estos números ponen en evidencia otro enorme filtro de los conocimientos médicos que recibe la revista. En Boston, Filadelfia o Chicago, otras revistas científicas efectúan filtros similares.
Las decisiones que se toman combinan la valoración editorial con la opinión de los expertos externos y de un grupo de estadísticos. En The Lancet, como en NEJM, tenemos suerte: los mejores artículos que se escriben nos suelen llegar en primer, o quizá, segundo lugar. El sistema de selección descarta los malos o poco originales, mientras que el arbitraje de los expertos mejora los que quedan. Aun con eso, que un artículo se publique en una revista científica no implica que sea «verdad». Un mes después, el mismo proceso de selección de la misma revista acabará publicando un artículo con conclusiones totalmente opuestas. Los dos estudios pueden ser honestos, pero es imposible que sean «verdad» al mismo tiempo.
The Lancet tiene 16 correctores y seis correctores de manuscritos. Contamos con una base de datos de asesores expertos que contiene 7000 nombres. Filtramos el 65 % de los 6000 artículos que recibimos leyéndolos en nuestras oficinas. Los 2000 restantes, los enviamos fuera, a expertos: dos, tres o cuatro por cada artículo. Algunos artículos se envían también a un experto en estadística.
A veces, el equipo de selección ha rechazado un artículo tres o cuatro veces (el jueves pasado nos llegó uno por sexta vez y, como nadie quería verlo nunca más, lo aceptamos). Este filtro consume mucho tiempo y resulta complicado y caro (como mínimo, nos gastamos 500 000 libras al año, unos 120 millones de pesetas). El sistema no es perfecto y las revistas científicas prueban a mejorarlo constantemente.
¿Qué es el interés público y qué obligación tienen los científicos clínicos de satisfacerlo?
Permítanme que comience con un poco de historia. Tengo un libro, publicado por primera vez en el año 1780. Por desgracia, es demasiado frágil para fotografiarlo. Lo escribió un médico e iba dirigido al público general, cosa que hace 200 años debió causar un gran impacto. En la decimoséptima edición, el autor afirma en el nuevo prefacio haber sido muy criticado por escribir la obra. Escribir para el público general estaba muy mal visto por dos razones: en primer lugar, esto implicaba compartir los «misterios» de la ciencia médica y, en segundo, parecía hacer propaganda y la ética médica lo prohibía. Al menos, en aquella época.
Dos generaciones después, en mi revista se presenta un estudio de un café contaminado deliberadamente con ingredientes que no le pertenecen, como la achicoria, para hacerlo más rentable. Por entonces, The Lancet disponía de su propio laboratorio donde se practicaban las pruebas en el pan, el agua, el café, el té e, incluso, en el vino. Es decir, toda clase de productos para poder informar con detalle. Pero los resultados aparecen en la revista. The Lancet no publicaba los resultados para colgarlos en la puerta del equivalente a los supermercados del siglo xix y que los leyeran los compradores. En aquella época, los diarios (naturalmente, ni la radio ni la televisión) recogían cosas tan espectaculares como la primera vez que se utilizó la anestesia en los campos de la odontología y la obstetricia, pero no había cobertura sistemática de los avances médicos. La intensidad del interés, tanto de la prensa como del público, tampoco era como la actual.
Todo esto ha cambiado. Ahora ya no se considera «hacer propaganda» que los médicos escriban sobre problemas médicos para el público o que aparezcan en la televisión. Muchos diarios dedican unas cuantas páginas a la medicina cada semana. Las revistas están llenas de consejos para las pecas, las enfermedades venéreas, las inmunizaciones o las enfermedades psicosomáticas. Conocen con detalle cómo tener hijos, cómo hacerlos y cómo evitar hacerlos. La prensa incluye tratamientos alternativos o complementarios, entre los que figura últimamente en Reino Unido la glucosamina para los dolores de tipo reumático. Y ahora tenemos también Internet, donde haría falta una advertencia sanitaria. Así, por ejemplo, en una carta publicada en The Lancet el 7 de noviembre se explicaba cómo a un paciente ficticio, con un sistema inmunológico deficiente y una infección por herpes zóster se le había recomendado que bebiera mucha agua de lluvia y comiera tréboles rojos y dientes de león. Desde el 1 de setiembre de este año, 44 millones de personas se han conectado a Internet.
Este interés público no se desvanecerá, sino que aumentará. Para los medios de comunicación, para los médicos y para el público, el dilema es que tratar los descubrimientos médicos como noticias distorsiona la imagen de los mismos.
Cómo mejorar
Si me han seguido hasta ahora, habrán visto que los artículos de los medios de comunicación sobre cuestiones médicas no siempre se basan en hechos científicos y que, aunque lo hagan, puede ser que estos hechos no hayan aparecido en ninguna revista científica. El periodista puede haberlos obtenido en una conferencia, en alguna información de Internet o en la publicidad que envuelve al lanzamiento de un nuevo fármaco, por ejemplo. También habrán visto que la cobertura de los medios de comunicación se suele concentrar, por motivos prácticos, en unas pocas revistas científicas. Sabrán, además, que las decisiones editoriales de las revistas médicas son, a menudo, difíciles de tomar y que hace falta más de un artículo o de un estudio para modificar la práctica clínica. También he indicado que el interés de la sociedad por los conocimientos médicos no desaparecerá.
Cuando se cometen errores a la hora de informar de los conocimientos médicos es fácil culpar a los medios de comunicación. Demasiado fácil. Otras personas, sin embargo, tendrían que compartir la culpa: los autores, los jefes de los autores o la organización que haya pagado la investigación e, incluso, los directores de las revistas científicas.
Me gustaría acabar comentando que, cuando se informa de las noticias que se basan en revistas médicas, puede salir mal, con lo que habría que intentar aportar soluciones constructivas. Continúo hablando de las revistas científicas, pero los principios son los mismos para cualquier fuente de información.
Por muy rápido que vayan las publicaciones, a veces tardan meses e, incluso años en salir a la luz, mientras que la cobertura en la prensa se hace en segundos o, incluso, de forma inmediata.
Este hecho viene condicionado, en primer lugar, por la presión del tiempo, el límite de tiempo. Unos cuantos días en el mejor de los casos. Horas o minutos cuando se trata de la televisión o la radio. Esto favorece la superficialidad, la «frase sensacionalista». Cuando The Lancet publicó un editorial crítico pero equilibrado de sólo 700 palabras donde se comentaba que el gobierno del Reino Unido había podido actuar mejor durante la crisis de la encefalopatía espongiforme bovina (EEB), concedí una entrevista a un informativo de televisión por cable. Vinieron a casa con las cámaras. Les di explicaciones durante minutos, pero lo encontraron demasiado largo y lo tuvimos que repetir. Lo siguieron encontrando demasiado largo, y así una y otra vez. Lo único que querían era una frase sensacionalista. «The Lancet acusa de incompetente al gobierno» habría sido ideal. Este tipo de experiencias hace que muchos investigadores (sometidos a la presión de los límites del tiempo) sean muy cautos cuando tratan directamente con la prensa. Igual de descorazonadoras son las horas dedicadas a explicar un trabajo para que al final resulte que no se utiliza nada de lo que se ha grabado o sólo una mínima parte (y, además, fuera de contexto).
¿Cuál es la solución? Se ha propuesto formar a los científicos en relaciones públicas. Esto está muy bien, pero enseñar a la prensa que es imposible tratar algunas cuestiones con el formato de flash informativo de cinco segundos sería también un buen corolario.
El comunicado de prensa (de la revista científica o, más a menudo, de la universidad o la organización que aporta las fuentes) o la rueda de prensa son sistemas cada vez más utilizados, pero comportan algunos riesgos. Las ruedas de prensa, concretamente, centran la atención en aquello que los autores quieren decir. Un periodista que acuda podrá pensar que tiene todo lo que necesita, pero, muchas veces, los temas que se publican en las revistas médicas necesitan ser contrastados por otra opinión. Solución: el periodista tendría que leer por teléfono el resumen de un artículo o enviarlo por fax a un experto independiente para obtener un comentario. Esta práctica no suele ser habitual.
Diversas revistas científicas emiten comunicados de prensa. ¿Es ésta una práctica peligrosa?. Todo lo que tengo que decir es que el comunicado de prensa es otro filtro que realiza la revista científica. Del gran número de temas tratados en The Lancet cada semana, sólo escogemos cinco que merezcan más atención, entre las cuales se incluyen cartas, editoriales e, incluso, artículos de revisión, no sólo de investigación. Un estudio realizado en Barcelona1 confirma que los periodistas consideran importantes estos comunicados. Es muy probable que un diario recoja una historia de una revista científica si se ha hecho un comunicado de prensa. Una posible interpretación a esta observación es que las revistas científicas aciertan cuando escogen los artículos a los que dar publicidad entre los que deciden publicar. Otra interpretación sería que los periodistas prefieren leer los comunicados de prensa antes que los artículos enteros.
Hace unos cuantos años, un artículo polémico sobre el enfoque alternativo del cáncer que apareció en mi revista, provocó algunos problemas. Quizás el artículo no era impecable, pero estaba escrito con precisión y equilibrio. Se convocó una rueda de prensa y los autores perdieron los nervios. Esto fue lo que dictó el tono de las informaciones, dudo mucho que los periodistas se molestasen en leer el artículo. Los periodistas no confían en las notas de prensa que les dan los expertos en relaciones públicas. Hace falta el mismo escepticismo delante de la publicidad favorable a las organizaciones que financian los proyectos. Actualmente, las fundaciones benéficas del Reino Unido dedicadas al cáncer disponen de departamentos de comunicación muy profesionales, pero la prensa debería ir con cuidado.
¿Existen los grandes avances? Si cada gran avance en la lucha contra el cáncer que he leído en los últimos 20 años hubiera sido cierto, a estas alturas el cáncer se habría erradicado. A los medios de comunicación les gusta el blanco y el negro, pero el color real de la investigación suele ser el gris. Hay pacientes y familias desesperadas que leen estos «grandes avances» o los ven por televisión. La mayor parte de las veces, incluso cuando el tratamiento ya ha dejado de ser únicamente experimental, aún no está disponible. El tiempo que tiene que pasar para que los nuevos conocimientos científicos básicos se conviertan en aplicaciones clínicas aplicables es muy largo. En el año 1953 se descubrió la estructura del DNA en un laboratorio subvencionado por el Consejo Británico de la Investigación Médica, pero hasta la década pasada no hemos visto las aplicaciones del DNA en el campo de la medicina y su contribución útil en la práctica clínica en la eliminación de enfermedades continúa siendo muy pequeña.
La formación periodística debería incluir los elementos con los que trabaja la epidemiología. Si hubiera hecho caso de cada advertencia fruto de las investigaciones sobre factores de riesgo hace tiempo que habría muerto de hambre o de aburrimiento. Se ha de reconocer la diferencia entre «causa de» y «asociado a», o entre los riesgos absolutos y los relativos. ¿Qué quiere decir «razón de posibilidades»? Cuando se comentan riesgos en salud pública se generan muchos problemas. Entre los ejemplos recientes se encuentran los riesgos de los anticonceptivos orales o de comer carne de ternera (concretamente, británica). Quizá los que explican las cosas lo deberían hacer mejor, pero iría muy bien que los medios de comunicación conocieran la terminología que se utiliza. Mi revista intenta trabajar en contacto estrecho con los autores y otras personas, con el fin de que la publicidad que acompaña a una afirmación política se produzca en el momento de la publicación de los indicios científicos en que se basa tal política. Es más fácil de decir que de hacer pero, al menos, lo intentamos. La publicación NEJM, que durante mucho tiempo se ha preocupado por la publicidad que la prensa daba a los descubrimientos científicos antes de que éstos se publicasen, ha relajado esta actitud cuando se trata de una investigación de un enorme impacto sobre la salud pública.
Una novedad importante son las páginas especiales o, incluso, los suplementos semanales que los diarios dedican a la salud o la medicina. Esto ofrece la posibilidad de comentar con más equilibrio y profundidad los avances médicos. España es pionera en cuanto a la creación de estos suplementos, por esto me supo muy mal que uno de estos excelentes suplementos dejara de publicarse. Atraer anuncios para financiar estas iniciativas cuesta mucho; incluso en The Lancet, que emite seis suplementos al año, nos cuesta conseguirlo. En gran parte de Europa no están permitidos los anuncios farmacéuticos que se dirigen directamente a los pacientes, a diferencia de lo que sucede en Estados Unidos. Asimismo, a veces mi revista y otras incluyen anuncios genéricos o de empresa de los laboratorios farmacéuticos. Es una solución posible.
Ya he mencionado la formación como solución. Aquí, en Cataluña, no hace falta que recalque más, porque los cursos de periodismo científico se toman de forma muy seria. Ayer, por ejemplo, tuve el placer de dar una conferencia para los estudiantes del Máster de Comunicación científica de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona. No es tan frecuente en el resto de lugares. Si los directores de las revistas científicas explican a los diarios y otros medios de comunicación cómo seleccionan los artículos de las revistas, los periodistas entenderán mejor el proceso y tendrán un punto de vista diferente sobre qué es una «noticia» médica y cómo se debería presentar al público. Si los periodistas aprendiesen más sobre las herramientas de la investigación médica, como por ejemplo conocimientos básicos sobre ciencia y epidemiología y técnicas como el metaanálisis, quizá podrían hacer mejor su trabajo. ¿Cuántas veces, por ejemplo, vuelven los medios a tratar un tema cuando la columna de correspondencia de una revista científica demuestra que un artículo destacado tiene defectos o cuando otro grupo, con un artículo completo y un estudio independiente, no consigue confirmar aquel descubrimiento inicial que parecía tan apasionante?
Conclusiones
Las subvenciones que hoy se conceden han pasado un filtro. Doy por hecho que ha habido muchas más solicitudes que fondos. Las personas que se dedican a la investigación con dinero público tienen el deber de publicar su trabajo, aunque los directores de las revistas les hagan la vida difícil diciéndoles que no o pidiéndoles cambios. Hay otras maneras de llegar a todos aquellos que aportaron dinero, pero la revista científica, según mi parecer siempre será importante. Los filtros seguirán existiendo, incluso aunque se llegue al caso, como alguien ha sugerido, de que cambiemos a un formato de publicación sin papel.
El año pasado en Praga, en una convención de directores de revistas científicas, uno de los ponentes declaró que las revistas científicas en soporte papel morirían antes del año 2020. El actual director de BMJ tiene una visión más optimista. Considera que leer las revistas científicas en soporte papel es conveniente: «Las puedes leer en el tren o durante reuniones aburridas, por ejemplo, o, incluso en la bañera. Conectarse a la red eléctrica para acceder a Internet mientras estás dentro del agua puede ser la última cosa que hagas».
Deseo a los receptores de estos premios buena suerte en sus proyectos y espero que de aquí a tres, cuatro o cinco años, cuando sus proyectos hayan finalizado y estén a punto para publicarse, los científicos españoles sepan explicar sus descubrimientos aún mejor que ahora y que los medios de comunicación españoles entiendan las investigaciones y las interpreten para sus lectores todavía mejor que ahora.
Notas
1
Vladimir de Semir, Cristina Ribas y Gemma Revuelta: «Press release of science journal articles and subsequent newspaper stories on the same topic», JAMA 1998; 280: 294-295. Se puede consultar la traducción de este texto en: Quark, Ciencia, Medicina, Comunicación y Cultura 1998; 11 (abril-junio): 68.
David Sharp
David Sharp estudió Ciencias Naturales (química) en la Universidad de Cambridge, Reino Unido. Trabaja en The Lancet desde 1965; nombrado Deputy Editor de la revista en 1976, actualmente es el subdirector de la misma. Es presidente de la European Association of Science Editors (1997-2000), miembro del Consejo Asesor del JAMA/AMA Congresses on Peer Review in Biomedical Publications y escribe para Science Watch, del Institute of Scientific Information de Filadelfia. Ha escrito numerosos artículos y pronunciado conferencias sobre diversos aspectos de la edición en revistas biomédicas, incluyendo el proceso de peer review, el fraude científico y los procedimientos de selección de las revistas.
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