Editorial

Periodismo basado en la evidencia

Evidence-based science journalism

La cultura universal celebra este año el bicentenario del padre de La comedia humana. A la inmensa pluma de Honoré de Balzac se deben también varias obras en las que el impulsor del realismo romántico de mitad del siglo xix retrata la práctica del periodismo: Ilusiones perdidas, Los periodistas, Monografía de la prensa parisina..., en las que realizó un auténtico y demoledor proceso crítico al periodismo. No exageramos, Balzac dejó escrito que «el periodismo es la gran plaga de este siglo».

¿Cómo valoraría hoy el gran literato francés a la profesión periodística que intenta hacer malabarismos para salvar su dignidad sobre una cuerda floja cada vez más delgada? Cuerda funambulista en la que en un extremo se encuentra el fast thinking que nos imponen los politizados y voluntariamente poco documentados programadores de los medios audiovisuales –sobre todo de los de carácter público–, y que se extiende como mancha de aceite por todas las redacciones, incluso en las materializadas en papel que antaño tradicionalmente eran consideradas como mucho más rigurosas. En el otro extremo de la cuerda, los periodistas de hoy deben intentar no caer irremisiblemente en un definitivo no thinking determinado por la rivalidad entre empresas y que, en contra de lo que se derivaría de una lógica competencia por dar más y mejores noticias, es delimitada casi exclusivamente por las estrategias de los directores de márketing.

Algo de todo esto debía intuir Balzac en su época ya que en una de sus obras sentenciaba que «un periodista es un acróbata», sin imaginar que su metafórico retrato del siglo xix podría evolucionar mucho más hasta llegar al actual funambulismo. Balzac argumentaba que la relación de un periodista con la verdad es perversa porque «para un periodista, todo aquello que es probable es verdad». Independientemente de los muchos otros condicionantes que han ido convirtiendo a las noticias en una mercancía que obedece a las leyes del mercado –como también ya valoró en su tiempo el propio Balzac–, quizá la clave de muchos de los problemas que hoy padece la práctica del periodismo radique precisamente en esta sentencia crítica de Balzac: «Para un periodista, todo aquello que es probable es verdad». ¿Hay periodistas que se sientan aludidos en el bicentenario de Balzac?

Seguramente en esta aseveración de Balzac radique uno de los grandes problemas que el periodismo tiene planteado, sobre todo cuando abordamos el relacionado con la información científica y médica.

Vayamos por partes. ¿Cuáles son las verdades de la ciencia y cuáles las del periodismo? La ciencia contemporánea, salvo muy grandes excepciones vinculadas con alguna genialidad, avanza eslabón a eslabón en los que un equipo se basa en los descubrimientos de otros anteriores para profundizar en una determinado conocimiento. Por ello, y casi podríamos decir que por definición metodológica, las verdades de la ciencia son siempre verdades relativas que son sometidas, incluso por el propio equipo descubridor, rápidamente a nuevos análisis y validaciones. Son verdades que en el tiempo científico evolucionan, se interpretan, se contrastan continuamente y pueden llevar con el tiempo incluso a otras conclusiones. Por ello un científico siempre hablará de que «hoy, aquí y con la información que en estos momentos tenemos puede ser que...».

Las verdades científicas son verdades relativas que evidentemente admiten aplicaciones prácticas, pero que pueden ser revisadas y reconsideradas con el paso del tiempo. Por tanto, en el conocimiento científico siempre se debe incluir una cierta dosis de incerteza. Además, la ciencia nos ha acostumbrado a avanzar con resultados parciales que marcan direcciones y objetivos de investigación, pero que no pueden ser extrapolados para una aplicación inmediata. Así, en los últimos años nos hemos acostumbrado a ver publicadas noticias científicas en revistas de referencia que, por ejemplo en el caso de la medicina, ofrecen soluciones in vitro o en animales de experimentación, y que abren grandes esperanzas en muchos de los retos científicos que tenemos planteados: cáncer, sida, enfermedades degenerativas y genéticas, etc., pero que no admiten una transposición al caso humano. Son, en suma, vías de investigación que ofrecen una probabilidad futura de solución a los problemas planteados, pero que evidentemente no pueden ser tratadas como verdades absolutas y definitivas.

En el caso del periodismo ocurre todo lo contrario, la probabilidad no es buena fuente de noticias salvo en contadas excepciones en las que el periodista es capaz de situar en contexto y en perspectiva la noticia en cuestión y efectuar un análisis y valoración de la propia noticia, cosa que no suele ser lo habitual. El periodista necesita titulares taxativos, verdades absolutas..., aunque no lo sean (!)

Por otro lado, los respectivos tiempos, el científico y el periodístico, no coinciden e incluso pueden ser divergentes. El tiempo científico para el análisis de una noticia, de una probabilidad, no es de uno ni de dos ni de tres días. El científico se toma todo el tiempo que necesita para reflexionar, para contrastar, para profundizar, para llegar a una conclusión que casi siempre será parcial. En cambio, para el periodista, el tiempo es inexorable. Ha de ofrecer cada día nuevas noticias, muy pocos pueden permitirse todavía el lujo de trabajar durante días un determinado tema como era mucho más frecuente en el pasado y en la buena práctica del periodismo. Hoy el tiempo del periodista viene marcado por el impacto inmediato, casi siempre procedente de los medios audiovisuales. Una vez un tema ha sido disparado –una metáfora que se ajusta muy explícitamente a la realidad– pocos medios pueden permitirse el no abordar aquella noticia, pues saben que la mayoría va a seguir el disparo inicial, como si se tratara de un fenómeno físico de explosión por simpatía. Y cada vez la situación es peor, ya que es una dinámica muy difícil de romper en las actuales circunstancias.

Podríamos poner muchos ejemplos en el campo del conocimiento científico y médico de noticias que de ser simples probabilidades, que los periodistas convirtieron inmediatamente en verdades noticiables, han acabado en el rápido olvido con el paso del tiempo (el periodístico, no el científico). ¿Alguien se acuerda de la muy publicitada bacteria jurásica o de la no menos famosa bacteria «come carne humana» que se extendía por los hospitales? ¡Cuántos telediarios abrieron con estas noticias! ¡Cuántas portadas y páginas de periódicos se llenaron! Y para no dejar el mundo de las bacterias aunque en otro ámbito científico, ¿qué ha sido de la bacteria fósil de origen marciano que la NASA anunció haber descubierto en las nieves antárticas a bombo y platillo y que llenó minutos de telediario y portadas de medios de comunicación de todo el mundo, ya que creyeron tener por fin la primera prueba de la existencia de vida extraterrestre?

Deberíamos aprender y reflexionar sobre estos conceptos de la verdad y del tiempo, y sacar conclusiones para poder armonizar informativamente el hecho de que no son equivalentes en el mundo de la ciencia y en el del periodismo. Sólo si somos capaces de resolver este problema podremos hablar en el futuro de buen periodismo científico, un periodismo basado en la evidencia y no en la probabilidad tergiversada. Y quizá para ello nos pueda ayudar la relectura de las obras de Honoré de Balzac, una forma de rendirle homenaje en su bicentenario y de profundizar en la existencia de una única cultura universal.

El Director