¿Referees o lingüistas?

Referees or linguistics?

Antonio J. Herrera

 

El desarrollo de una carrera científica profesional se basa en la capacidad de publicación en revistas especializadas. El autor, desde una perspectiva no anglosajona, presenta su punto de vista sobre el método de revisión por pares peer review; la teoría y la práctica, planteando la influencia del factor humano en este proceso. En una carta publicada en Nature, el autor propuso la creación de un instituto para la corrección del estilo inglés, un ICES (Institute for Correction of English Style), para certificar que esta parte de la revisión debería dejarse en manos de traductores profesionales o de lingüistas, no de profesionales.

The development of a scientific career is based on the capacity of the publications in specialised journals. The author presents his point of view about the method of revision of peer-view, the theory and the practise establishing the influence of the human factor in this process. In a letter published in Nature, the author proposed the creation of the ICES (Institute for Correction of English Style). This proposal supports his main idea: English style should be reviewed by professional translators or linguistics, not by scientists.

 

Vivimos inmersos en una sociedad cada vez más compleja, una sociedad que tiende inevitablemente hacia la «aldea global», una sociedad tecnificada que depende cada vez más del desarrollo científico. Esta nueva sociedad se caracteriza por el flujo continuo de información (Internet es un ejemplo) y por la popularización de ciertos contenidos informativos que antes pertenecían al ámbito de lo privado. La vida de artistas, políticos o deportistas ocupa la punta de un enorme iceberg divulgativo en el que la ciencia tiene también una pequeña representación. A los medios de comunicación de masas llegan noticias sobre ciencia, siempre las más espectaculares. Pero la parte oculta del iceberg científico (mucho más de las nueve décimas partes de los tradicionales icebergs de hielo auténtico) ve la luz en la forma de revistas especializadas, no aptas para el público de a pie, que recogen los progresos acumulados pacientemente por una comunidad científica en crecimiento. Estas revistas utilizan para la selección de sus contenidos el llamado «sistema de revisión por pares»; los trabajos enviados para su publicación son evaluados por expertos en el tema, otros científicos (pares en el sentido de iguales a los autores), que recomiendan o no la publicación de los manuscritos, basándose en criterios de interés y excelencia científica. El sistema de revisión por pares está tan profundamente implantado en el proceder científico actual que resulta difícil de imaginar un mecanismo que pueda sustituirlo con ventaja, y de facto podríamos considerarlo como parte del método científico. Lamentablemente, el factor humano hace que este sistema se aleje de su línea ideal de acción.

En condiciones normales, la progresión en la carrera científica profesional se basa en la capacidad de publicación. Este procedimiento está tan sólidamente establecido que la necesidad de publicar los resultados de la investigación origina un mecanismo de oferta/demanda; en este caso, la demanda (la necesidad de publicar) supera con mucho a la oferta (disponibilidad de espacio en las revistas), con lo cual publicar se convierte en un proceso muy costoso. Inevitablemente, esto resulta ser un enorme aumento del poder depositado en manos de los editores de las mejores revistas, y por extensión, en la de sus revisores.

En teoría, el método de revisión por pares asegura que todos los científicos puedan competir en igualdad de condiciones a la hora de dar a conocer su trabajo; sólo la calidad científica condicionaría la publicación o no de un manuscrito. La realidad traiciona esta imagen idílica. La revisión por pares recibe fuertes acusaciones: es sexista, etnocéntrica y clasista. Depende en exceso del factor humano y esto conduce directamente al error y la discriminación. Siempre ha existido la sospecha de que algunos revisores pueden utilizar en beneficio propio la información contenida en los manuscritos que revisan. Esto se deriva directamente del hecho de que los revisores son expertos en el mismo campo que los autores y, por tanto, competidores. Un revisor puede querer rechazar o retrasar la aparición de una idea que contradice o mejora la suyas propias.

Un punto ciertamente criticable es la inflexibilidad que muestra el sistema en lo concerniente a la segunda revisión de un artículo. Es cada vez más infrecuente que un manuscrito sea directamente aceptado por una revista sin incluir algún tipo de corrección. Esto hace que el proceso de publicación se alargue innecesariamente. El proceso de revisión se parece al regateo que se producía antiguamente en los mercados. La diferencia es que en aquel regateo la aproximación se hacía más rápidamente. Las posturas se acercaban de una forma muy interactiva, y ambas partes llegaban a un consenso. El sistema de revisión es un regateo lento. Al estilo del ajedrez por correspondencia, cada movimiento requiere una verificación que consume mucho tiempo. La revisión de un manuscrito de acuerdo con las «sugerencias» de los revisores supone un retraso aproximado de tres meses en la toma de una nueva decisión por parte de los editores. A la velocidad a la que se mueve el mundo de la ciencia, esto puede significar que un trabajo pierda interés, o incluso sea publicado por otro grupo. En este sentido, los laboratorios españoles difícilmente pueden competir con las grandes instituciones americanas, por poner un ejemplo. En estas últimas, la producción en cadena de manuscritos y la cantidad de medios que poseen hacen que cualquier idea interesante no publicada pueda ser abordada, repetida y mejorada con suma rapidez.

Con el sistema actual, la opinión del revisor tiende a convertirse en una demanda ineludible. Los autores que no cumplen estas demandas son rechazados. Creo que esto supone una desvirtuación del concepto de revisión por «pares», y me pregunto si todos los autores son tratados de la misma manera. Propongo un sistema de revisión más ágil, en el que intervengan autores, revisores y editores. El correo electrónico sería el medio de comunicación ideal y las nuevas revistas que aparecen sólo en formato electrónico el campo perfecto para ensayar esta idea. Las tres partes, de forma interactiva, cerrarían un acuerdo sobre los puntos que se consideran necesarios para que el manuscrito adquiera las características buscadas. De esta forma, editores y revisores mejorarían la calidad de los manuscritos, y los autores serían parte activa y no simplemente «víctimas» del proceso de revisión. Se evitarían algunas situaciones absurdas, como el caso en que dos revisores presentan «sugerencias» opuestas. En estos casos, los autores deberían contar con la ayuda adicional de un comentario aclaratorio por parte de los editores.

Uno de mis profesores en la Facultad decía que la ciencia se basa en la repetitividad. En mi experiencia personal como autor de literatura científica, hay un hecho que se ha repetido como una constante universal a lo largo de los años: «El manuscrito debe ser revisado por un nativo angloparlante». Esta sencilla frase añade otro grado de separación entre el revisor y el autor. Una opinión basada en no se sabe qué criterio (no científicos, desde luego) se transforma en orden perentoria cuando el editor rechaza nuestra petición de publicación. Tanto poder, administrado de una forma tan poco reglada, recuerda a la Edad Media; a la Baja, por supuesto.

Quiero compartir con los lectores mi experiencia personal como autor de manuscritos científicos sometidos a la revisión por pares. De forma general, podemos aceptar que casi todos los artículos que escribimos merecen un comentario descalificativo, por parte de los revisores, hacia el estilo en que están escritos. Esto es debido al hecho de que para la inmensa mayoría de los científicos de países no anglófonos, el inglés es una segunda lengua aprendida normalmente en edad adulta, por lo que nunca conseguimos el nivel de dominio que tiene un nativo. La situación en líneas generales en las siguiente: escribimos nuestros artículos en inglés, un inglés de mejor o peor calidad según la capacidad de cada uno. Los manuscritos son revisados por los nativos angloparlantes (en mi caso, he utilizado los servicios de un británico licenciado en farmacia y de una escritora profesional americana) y enviados a las revistas. La respuesta es siempre la misma: «el inglés es pobre»; «la expresión pesada»; «debe ser revisado por un nativo»... Decidí poner a prueba al sistema. De mi estancia posdoctoral en Inglaterra conservo, entre otras cosas, buenos amigos. Pedí a uno de ellos que corrigiera la gramática y el estilo de uno de mis artículos. Mi amigo es profesor en la Universidad de Oxford, es editor de una revista bastante conocida y de varias series de libros, autor de más de 250 artículos científicos, en definitiva, un experto en su campo y en el de la literatura científica. Debo decir que hizo una profunda revisión del trabajo, tan profunda que yo no lo reconocía como propio cuando me lo remitió. Envié el trabajo a una revista internacional de reconocida reputación, y aguardé. ¿Adivinan cuál fue el comentario de uno de los revisores? «El texto debería ser revisado por un nativo.» Esta fue la primera que vez que la palabra discriminación vino a mi mente. La historia es bastante significativa, pero aún hay más. A pesar del controvertido sistema de enmascaramiento de los revisores, éste dejó algunas pistas (curiosamente, pedía que incluyéramos cinco citas del mismo autor) que me permitieron identificarlo. Algún tiempo después coincidí con él en un congreso internacional. Él conocía bastante bien la línea de trabajo de mi grupo y, después de un buen rato de animada charla, admitió haber revisado mi artículo; el aspecto científico le había parecido muy interesante, pero opinaba que el inglés del manuscrito no era bueno. En este caso no me atrevo ya a hablar de discriminación simplemente, si no que surge una nueva definición para este comportamiento: incompetencia.

Admito que el caso es un poco usual, pero creo que puede ilustrar perfectamente la situación general: revisores que son expertos en ciencia, pero no en la evaluación y corrección de textos en inglés, realizan críticas vagas e insostenibles, y no son capaces de reconocer si un manuscrito de autores no anglófonos ha sido revisado por un nativo. Ningún editor admitiría este tipo de comentarios indefinidos dirigidos a los aspectos científicos de un trabajo; como «no me gustan las técnicas» o «la presentación de resultados es fea» no tendrían cabida en una revista seria. Entonces, ¿por qué se admiten cuando se evalúa el estilo de un texto? ¿Cuántos de los revisores que actúan en las revistas científicas son competentes para evaluar el estilo empleado en un manuscrito? Me temo que muy pocos. Cuando un científico especializado en un campo del saber (pongamos por ejemplo la biomedicina), sin estudios específicos sobre lengua inglesa, evalúa el inglés de un manuscrito, nos encontramos ante un caso de intrusismo. ¿Admitiría un experto en biomedicina que un químico inorgánico evaluara los aspectos científicos de su trabajo? Si los editores admiten que un revisor no especializado en lengua inglesa haga una valoración sobre estos contenidos en un manuscrito, están devaluando la importancia de una expresión correcta en un trabajo e introduciendo un elemento no objetivo de la evaluación. El sistema de revisión por partes pierde objetividad en este punto y cae en la discriminación. Me pregunto si el sistema puede permitírselo.

Existen varias soluciones posibles al problema de discriminación lingüística en el sistema de revisión por pares, pero desde mi punto de vista todas pasan por un punto común: la eliminación del enjuiciamiento de la calidad literaria de un manuscrito por parte de los revisores científicos. Evidentemente, surge una nueva cuestión: ¿quién puede realizar esta revisión? Las revistas no cuentan con los medios necesarios para costear revisores profesionales cualificados para abordar este aspecto. En una carta publicada en la revista Nature,1 propuse la creación de un instituto que velara por la corrección del lenguaje utilizado en las publicaciones científicas. Este instituto, que tentativamente bauticé como ICES (Institute for Correction of English Style), no se encargaría de la corrección directa de los manuscritos (una tarea abrumadora), sino de certificar que ciertos correctores y traductores profesionales son plenamente competentes para llevar a cabo esta corrección, sin necesidad de una posterior evaluación por parte de los revisores científicos no especializados en la lengua. El ICES extendería un certificado de calidad que aseguraría un nivel de excelencia en el trabajo de los profesionales. Un manuscrito corregido por un profesional avalado por el ICES extendería un certificado de calidad que aseguraría un nivel de excelencia en el trabajo de estos profesionales. Un manuscrito corregido por un profesional avalado por el ICES no requeriría ninguna revisión posterior en sus aspectos lingüísticos. Llevar a cabo esta idea pasa, necesariamente, por conseguir que las revistas acepten sin reservas el trabajo realizado por los revisores del ICES. El prestigio y fiabilidad que pueda tener esta institución va a depender directamente de quién se involucre en el proceso de creación. Si la literatura científica internacional se escribiera en español el equivalente al ICES dependería de la Real Academia Española de la Lengua. Lamentablemente, no existe nada parecido en el mundo anglosajón. Las universidades de Oxford y Cambridge tienen el prestigio internacional necesario y cuentan con los departamentos dedicados a la enseñanza del inglés como lengua extranjera. The British Council podría ser un elemento aglutinador de esfuerzos. Dado el predominio de la ciencia norteamericana dentro del panorama internacional, sería necesario contar con alguna institución de este país entre los fundadores del ICES. Alguna de las universidades pertenecientes a la Ivy League serían buenos candidatos. Quizá sería interesante contar con los criterios de las diferentes asociaciones internacionales de traductores, ya que estos profesionales serían los primeros destinatarios de los certificados de excelencia ICES.

No hay que olvidar a las revistas científicas; si éstas no aceptaran los criterios del ICES, todo el trabajo inicial de la fundación de esta institución, de control y evaluación de los correctores profesionales sería inútil. Las «grandes» revistas dentro de cada campo son llamadas a liderar estos cambios y sus editores deberían estar involucrados en el proceso de la fundación de esta institución.

Sé que la idea del ICES puede parecer utópica para muchos, pero no tengo dudas sobre la enorme utilidad que representaría contar con una organización de estas características. El problema de la discriminación lingüística quedaría completamente eliminado y los científicos de los países no anglófonos competirían con sus colegas anglófonos en condiciones más equitativas.

Existe otra posible solución que evitaría las enormes tareas burocráticas que acarrearía la fundación y gestión del ICES. Es la utilización de programas informáticos expertos en la traducción y/o corrección de textos. Debo confesar que no manejo una información actualizada sobre las capacidades de este tipo de software, por lo que no sé si esta segunda idea es aún más utópica que la primera, pero es una apuesta que mira al futuro. De nuevo, son las revistas científicas las que tendrían que aceptar estos nuevos criterios, admitiendo como correctamente escrito un manuscrito procesado por uno de estos programas.

El ámbito científico debería ser un espacio abierto que permitiera el desarrollo de las mejores cualidades del ser humano: la curiosidad sin límite, la lucha contra las adversidades, la capacidad de colaboración con otros para conseguir un resultado mejor... La ciencia ha ampliado las fronteras de nuestro pensamiento, ha desterrado viejos mitos, libera una batalla continua contra la superstición, ayuda al hombre a mejorar sus condiciones de vida. Lamentablemente, este espacio aparece lastrado por algunos de los defectos propios de nuestra especie, entre los que se encuentra la discriminación. El sistema de revisión por pares necesita eliminar este elemento indeseable y recuperar la credibilidad que requiere llevar a cabo su labor de impulsor del avance científico en igualdad de condiciones para todos. Creo que nos los merecemos.

 

Bibliografía

1 Herrera, Antonio J.: «Carta al director», Nature 1999; 397 (febrero): 467.

 

Antonio J. Herrera

Doctor en ciencias biológicas por la Universidad de Sevilla en 1990 y becario Fleming en la Universidad de Oxford en el período 1991-1993. Tras disfrutar de varios contratos de reincorporación a España para doctores y tecnólogos, en la actualidad trabaja en una beca del Plan propio de Formación de la Universidad de Sevilla. Es miembro del Departamento de Bioquímica, Bromatología, Toxicología y Medicina Legal de la Universidad de Sevilla. En el campo de la neurociencia su interés se centra en los mecanismos que conducen a la degeneración y muerte de las neuronas dopaminérgicas de la vía nigroestriada, punto central de la enfermedad de Parkinson. Trabaja en la búsqueda de modelos animales de utilidad para el estudio de esta enfermedad.

ajherrer@cica.es