Entrevista
Alan Sokal
«Mi parodia sólo fue la chispa que hizo estallar el debate»
«My parody was the spark that started the debate»
Mónica Solé
Desde hace algunos años, ciertos sectores académicos norteamericanos, del ámbito de las humanidades y las ciencias sociales, han evolucionado hacia la corriente intelectual conocida como posmodernismo, corriente «caracterizada por el rechazo más o menos explícito de la tradición racionalista de la Ilustración, por elaboraciones teóricas desconectadas de cualquier prueba empírica, y por un relativismo cognitivo y cultural que considera que la ciencia no es nada más que una ´narración´, un ´mito´ o una construcción social». Alan Sokal decidió hacer frente a este fenómeno publicando un artículo paródico, cargado de citas absurdas (desgraciadamente auténticas), extraídas de obras de renombrados intelectuales franceses, con una retórica posmodernista, en una revista cultural norteamericana de moda, Social Text. El escándalo que desató la aceptación y publicación de tal artículo ha generado un debate de dimensiones imprevisibles. Ahora Alan Sokal y Jean Bricmont culminan este debate con el libro que acaban de publicar, Imposturas intelectuales.
Con la publicación de su artículo paródico, la ya famosa «broma Sokal», a la que esta revista dedicó un artículo,1 Alan Sokal quiso dar una prueba de la ligereza con que son juzgados los trabajos de los intelectuales «posmodernos». Dicha publicación, y contra todo pronóstico, generó un revuelo tal que no quedó circunscrito a los círculos académicos sino que trascendió a los medios de comunicación en general. A raíz de este salto inesperado y debido a que sólo una pequeña parte del dossier reunido por Sokal en su investigación bibliográfica pudo ser incluida en la parodia, Sokal y su colega Bricmont decidieron escribir un libro dirigido a un público no necesariamente académico. Su intención era explicar, en términos no técnicos, por qué las citas eran absurdas o, en muchos casos, carentes de sentido, así como examinar las circunstancias culturales que hicieron posible que esos discursos alcanzaran tanta fama sin que nadie pusiera en evidencia su vaciedad. Imposturas intelectuales, que acaba de ser publicado, en traducción al castellano, por la editorial Paidós y, al catalán, por Edicions 62, se ocupa de la mistificación, del leguaje deliberadamente oscuro, la confusión de ideas y del mal uso de conceptos científicos que se dan en ciertos círculos intelectuales posmodernos.
En el prefacio de su libro Imposturas intelectuales subraya el hecho de que en realidad se trata de dos libros con una misma cubierta. ¿Cuál es la relación entre estas dos obras?
Es muy importante subrayar el hecho de que nuestro libro es la combinación de dos libros con una misma cubierta, que se trata de dos niveles de argumentación muy distintos y que han de ser evaluados de forma separada. Por un lado, está la crítica de ciertos abusos groseros de terminología científica por parte de ciertos renombrados intelectuales franceses como Lacan, Kristeva, Irigaray, Baudrillard, etc. Aquí no hay mucho que decir, tan sólo que lo que hacen es lanzar palabras eruditas a la cara del lector sin la más mínima preocupación por el significado de los conceptos o por explicarle al lector su relevancia en relación con los temas que pretenden estudiar. Tan sólo esta parte del libro merece el título de «imposturas». En la otra parte, tratamos temas más sutiles y delicados sobre filosofía de la ciencia y ciertos malentendidos, a nuestro parecer, sobre las implicaciones filosóficas de la ciencia contemporánea, sobre todo de la mecánica cuántica y la teoría del caos. En esta parte del libro nuestras críticas no van dirigidas a intelectuales franceses, sino a intelectuales norteamericanos y británicos. Aquí, no los acusamos de imposturas, sino de ambigüedad y errores de lógica.
Respecto a la relación entre estos «dos libros», hay que decir que no es una relación lógica sino sociológica: los autores franceses de las imposturas están de moda en muchos de los círculos académicos norteamericanos donde el relativismo cognitivo y ciertos malentendidos sobre la teoría del caos están de moda.
¿Por qué dos físicos matemáticos se aventuran a escribir un libro de crítica en el campo de las humanidades?
Es cierto que Bricmont y yo somos físicos matemáticos de profesión pero tenemos muchos otros intereses, entre los que se encuentran la filosofía y la política. Nunca planeé escribir un libro de estas características, pero descubrí, casi por azar, la existencia de los textos de las imposturas y pensé que si un físico matemático como yo no desvelaba esos abusos, quién lo haría. Me sentía con la obligación moral de hacer disponibles mis propias competencias para los lectores no científicos de estos autores. Respecto a la parte filosófica del libro, Bricmont y yo estamos interesados desde hace mucho tiempo en la filosofía de la ciencia y pensamos que podíamos hacer una pequeña contribución. Creemos que nuestro capítulo sobre el relativismo cognitivo no contiene muchas novedades para los filósofos de la ciencia serios. Se trata más bien de una buena divulgación de ideas conocidas que desvela confusiones bastante difundidas, no tanto en los círculos de la filosofía, o por lo menos no en Estados Unidos o Reino Unido, sino en ciertos círculos de estudios culturales, sociología y antropología.
¿Cuál fue su propósito al publicar el artículo paródico en la revista Social Text?
Había varios propósitos pero el principal fue desbloquear un debate sobre cuestiones de posmodernismo y relativismo que a mi parecer estaba bloqueado en determinados círculos académicos norteamericanos. En realidad, en ese momento no me di cuenta de que el debate ya existía, que estaba latente. Fue a posteriori cuando comprendí que mi parodia tan sólo había sido la chispa que lo hizo estallar. Hacía tiempo que muchas personas pertenecientes a esos círculos (estudiantes y profesores) se oponían a las corrientes posmodernas y relativistas, pero se sentían cohibidas a la hora de hablar o no eran escuchadas. Con esto no quiero decir que haya una hegemonía del posmodernismo en todas las universidades norteamericanas, pero sí en ciertos departamentos de algunas universidades.
¿Preveía usted el impacto que iba a tener su artículo paródico en los medios de comunicación?
Un mes antes de la publicación del artículo en Social Text unos amigos y yo estuvimos haciendo previsiones sobre el impacto que tendría el artículo una vez que desvelara su naturaleza paródica. Mi previsión fue que sería un escándalo significativo en el ambiente universitario y que como mucho saldría en la revista Higher Education (una revista de educación universitaria muy aburrida) y tal vez saliera una reseña en la página de educación de The New York Times. Jamás imaginé que llegaría a estar en la portada de periódicos tales como The New York Times, The Tribune o The Observer. Nunca supuse, ni tampoco quise, que el asunto llegara a la prensa popular; me dirigía a un público académico. La única ventaja de haber aparecido en la portada de The New York Times es que, después, ningún profesor de sociología podía decir que desconocía el caso.
Usted se queja de que nadie ha intentado rebatir sus argumentaciones sobre las imposturas, ¿por qué cree que los autores aludidos no han defendido sus textos?
Respecto a la parte del libro de las imposturas, si los autores o sus discípulos hubieran querido defender sus textos, lo hubieran podido hacer de una forma muy sencilla: ante la afirmación de que cierto texto carece de sentido, bastaría explicar cuál es el sentido del texto. Hay sólo dos casos, entre el aluvión de artículos de crítica a nuestro libro publicados en Francia, que abordaron nuestros argumentos y trataron de refutar alguno de ellos. En la introducción de la edición en castellano del libro incluimos una serie de respuestas a las principales críticas que hemos recibido y las clasificamos en tres tipos.
En primer lugar, están aquellas personas, muy minoritarias, que abordan nuestros argumentos y tratan de refutarlos. En segundo lugar, están aquellas que hacen objeciones, a menudo válidas, pero contra ideas que no son las nuestras y que a veces hemos rechazado explícitamente en el libro. Y en tercer lugar, están aquellas que pretenden hablar de nuestro libro, pero que en realidad hablan de irrelevancias, como por ejemplo nuestras supuestas motivaciones a la hora de escribirlo. Se ha dicho que somos francófobos, científicos arrogantes, ignorantes en filosofía, que somos de derechas o que somos marxistas puros y duros, que estamos frustrados sexualmente, etc. Pero, incluso si admitiéramos que todos esos argumentos son ciertos, ¿en qué medida afectarían a la validez o invalidez de nuestros argumentos? En realidad no tienen nada que ver. Desgraciadamente hay pocos ejemplos de críticas al libro realmente pertinentes. La conclusión que se puede sacar de todo esto es que no tienen mucho que decir contra las imposturas porque en realidad son indefendibles.
Stanley Fish publicó un artículo en The New York Times en mayo de 1996 en el que decía que usted confunde el concepto de «construcción social» con el de «no real». ¿Qué tiene usted que decir respecto a esta afirmación?
Él estaba respondiendo no a lo que yo había escrito, sino a las ideas que él me atribuía.
Admito que las teorías científicas que se leen en los libros son construcciones sociales, pero no son meras construcciones sociales. Son construcciones sociales en el sentido de que fueron inventadas y escritas por seres humanos trabajando en un contexto social, pero son también afirmaciones a propósito del mundo que pueden ser objetivamente verdaderas o falsas, en algunos casos falsas, en otros verdaderas y en muchos casos aproximadamente verdaderas, porque no es razonable creer que nuestras teorías científicas actuales son verdades exactas. Por ejemplo, tenemos muchas razones para creer que la electrodinámica cuántica es una aproximación extraordinariamente exacta a un gran número de fenómenos en un amplio espectro de contextos. En el libro citamos el ejemplo del momento magnético del electrón, en el que la previsión teórica y una medición experimental coinciden con una exactitud de once cifras decimales. Esta es quizá la predicción científica mejor confirmada por experiencias.
Por otro lado, su artículo fue un tipo de repliegue táctico. Decía que los sociólogos de la ciencia no niegan la validez objetiva de ciertos descubrimientos científicos, sino que solamente quieren estudiar cómo se llega a descubrir esas verdades objetivas y dibujar un cuadro del proceso del descubrimiento científico. Yo estaría totalmente de acuerdo con tal sociología de la ciencia, pero él debería saber que muchas corrientes en la sociología de la ciencia contemporánea van mucho más allá de esa modesta sociología de la ciencia y que realmente niegan la validez objetiva de los descubrimientos científicos.
Es importante diferenciar los distintos sentidos de construcción social y no simplemente repetir esa expresión como si fuera un mantra.
¿No cree usted que con un diálogo abierto entre las dos partes en conflicto, la «guerra de las ciencias» se podría convertir en el «debate de las culturas»?
La expresión «guerra de las ciencias» fue inventada por el editor de la revista Social Text, pero a mí no me gusta porque en una guerra hay enemigos y hay un propósito de herir, y ese no es mi caso.
En realidad hay muchas posiciones razonables y no tiene por qué haber una correlación perfecta entre las ideas de uno y su profesión. De hecho, recibimos críticas procedentes de físicos franceses y un estadounidense. Tampoco se trata de un solo debate, sino de varios debates ligeramente relacionados: forma de escribir, filosofía de la ciencia, etc. Todo el mundo tiene derecho a participar en el debate independientemente de su profesión. El valor intelectual de una intervención depende de su contenido, no de la identidad de quien la hace, y mucho menos de sus títulos. La evaluación en cualquier caso ha de hacerse únicamente con los criterios propios del campo.
¿Cuál es su opinión sobre el papel que están ejerciendo los medios de comunicación en la percepción social de la ciencia?
Varía mucho. Hay buena divulgación y mala divulgación. Por ejemplo, The New York Times publica cada martes una sección de ciencia, en la que hay buenos y malos artículos. A veces los medios de comunicación insisten en las teorías más rebuscadas y especulativas, que no tienen una fundamentación experimental. Me disgusta mucho cuando esto ocurre y no se marca la diferencia entre teorías especulativas y teorías más establecidas. Por ejemplo, a veces hay reportajes de estudios de medicina y biología que cuentan los últimos trabajos presentados en congresos científicos, trabajos que aún no han pasado el proceso de filtración que elimina en torno al 90 % de las teorías propuestas. Es muy importante que los periodistas enfaticen la diferencia entre ciencia puntera y ciencia establecida, sobre todo en lo referente a la salud. En conclusión, se puede decir que hay buena divulgación, pero hay mucha mala divulgación.
Otro problema es que se suele presentar al científico como alguien cuyas afirmaciones no se pueden cuestionar, como si se tratara de un hechicero o un cura, y, por el contrario, se insiste demasiado poco en los métodos del científico, en las pruebas experimentales y en la lógica y la coherencia de las teorías. Por ello el público a veces no sabe distinguir entre pseudociencia y ciencia, porque nunca le han explicado la diferencia, ni sus maestros ni los periodistas que hacen divulgación científica.
Notas
1 Véase Pérez García, C.: «La guerra de las ciencias», Quark, Ciencia, Medicina, Comunicación y Cultura 1998; 10 (enero-marzo): 38-46.
Alan Sokal
Se licenció en ciencias físicas y matemáticas en la Universidad de Harvard en 1976 y alcanzó el título de doctor por la Universidad de Princeton en 1981. Desde entonces, ejerce como profesor en la Universidad de Nueva York, primero en el Departamento de Matemáticas y después en el de Física. Desde 1991 es catedrático de física en esa misma universidad. Ha realizado estancias en diversas universidades de Europa, América latina y Australia, y ha trabajado como profesor voluntario de matemáticas en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua --se declara parte de la infinitesimal izquierda estadounidense-- en los veranos de 1986, 1987 y 1988.
Su área de trabajo es la física matemática y la física computacional, concretamente la resolución de problemas de mecánica estadística y teoría cuántica de campos.