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Las cosas del decir
Las cosas del decir
Manual de análisis del discurso
Helena Calsamiglia Blancafort
Amparo Tusón Valls
Editorial Ariel - Lingüística
Barcelona, 1999
Ferdinand de Saussure, hacia 1915, sentó las bases de la lingüística moderna, con la famosa distinción entre dos aspectos del lenguaje: lengua y habla, y con su propuesta de tomar la lengua como objeto de estudio. De esa dicotomía inicial partió toda una línea de investigaciones centradas, pues, en el sistema (fonética, fonología, morfología, sintaxis). Esta propuesta teórica, si bien explicaba coherentemente el sistema de la lengua, no daba cuenta de una serie de fenómenos que se atribuían a cuestiones de uso, y que no constituían parte de su objeto, como la ironía o el malentendido. A mediados del corriente siglo, comenzó un giro que reorientaría los estudios: ya no sólo interesaba el sistema (la lengua), sino también el discurso, esto es, el uso de la lengua en contexto y, por tanto, la producción de sentido y la presencia de los sujetos implicados en esa producción. La teoría de la enunciación y la lingüística del texto, aunque desde posiciones distintas y en diferente medida, dan cuenta de ese giro.
Pero el discurso no sólo era, ni es, preocupación de la lingüística. Otras disciplinas, dentro del campo de las ciencias humanas y sociales, lo han tomado como objeto en la medida en que es un hecho social que se realiza en el marco de la cultura a la vez que la organiza, así como organiza nuestra percepción del mundo y de los otros. La sociología, la psicología cognitiva, la filosofía del lenguaje y la etnografía de la comunicación, entre otras disciplinas, han investigado aspectos diversos del fenómeno. El análisis del discurso nació entonces como una corriente de trabajo necesariamente interdisciplinaria y, por ello, compleja desde los puntos de vista teórico y metodológico.
En Las cosas del decir, las doctoras Helena Calsamiglia Blancafort y Amparo Tusón Valls han logrado, con entusiasmo y seriedad, el triple objetivo de presentar un panorama actualizado de las propuestas construidas por varias de las disciplinas que intervienen en el análisis del discurso, sistematizarlas y, a la vez, ofrecerlas de un modo accesible para un amplio espectro de interesados.
Las autoras presentan un conjunto de aportes, cuya selección ha combinado de modo inteligente dos criterios: por un lado, la productividad de los desarrollos para la comprensión de los fenómenos discursivos y, por el otro, la adecuación de esos aportes a la finalidad didáctica (pero no escolar) del manual, y a sus destinatarios: estudiantes y profesionales «que tienen en el habla y la escritura sus instrumentos de trabajo y sus vehículos de expresión».
La sistematización, es decir, la organización de estos saberes y su articulación, ha seguido criterios claros: los tipos de discurso (oral y escrito), el contexto en que se produce, las personas implicadas y su modo de inscribirse en los enunciados, las finalidades y la interpretación, los géneros y las estructuras discursivas, y por último, los diferentes modos de expresarse y la retórica. Así, las autoras dan cuenta cabal de los distintos aspectos que ofrece el fenómeno discursivo.
También congruente con la finalidad de llegar a un público amplio, las autoras han elegido recuperar «la dignidad sencilla del manual» y lo han conseguido. Y en tal sentido, cabe señalar que el género manual se considera habitualmente un género menor, en la medida en que se lo ve ligado más con la función didáctica que con la investigación científica. Sin embargo, no hay que confundir: un manual digno ofrece sólo una apariencia de sencillez, pero no es un género sencillo. Exige una serie de decisiones teóricas y metodológicas en función de lectores no especialistas en el tema y, por la misma razón, obliga al autor a realizar un arduo esfuerzo de claridad, a pensar estrategias explicativas adecuadas a los potenciales lectores, a seleccionar cuidadosamente los ejemplos y a ponerlos en relación explícita con los conceptos desarrollados. Y la elección de este género tiene otras implicaciones: la existencia misma de un manual de una disciplina es signo de que los desarrollos de esa disciplina constituyen ya un cuerpo importante de resultados; un cuerpo articulado, bien establecido, que reclama un lugar en la transmisión del conocimiento en una sociedad. Y esto último adquiere especial relevancia si se tiene en cuenta que no había en castellano un manual de estas características y que, en otras lenguas, hay manuales que o bien responden a un único marco teórico o que se dedican a sólo algunos de los aspectos del fenómeno discursivo.
En suma, en la época de las comunicaciones globales y de una gestión del poder que se pretende democrática y que, por tanto, se apoya en el discurso, es fundamental contar con herramientas para comprender mejor las palabras y las intenciones que conllevan. Esta obra está a la mano de quien quiera comenzar con esa tarea.
Dante A. J. Peralta
Los genes nos dictan el comportamiento
Consilience. La unidad del conocimiento
Edward O. Wilson
Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores
Barcelona, 1999
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Los intelectuales, cuando abordan el estudio del comportamiento y de la cultura, tienen la costumbre de hablar de diversos tipos de explicaciones: antropológicas, psicológicas, biológicas y otras, apropiadas a las perspectivas de cada una de las disciplinas. He argumentado que intrínsecamente existe sólo una clase de explicación. Atraviesa las escalas del espacio, del tiempo y de la complejidad para unir los hechos dispares de las disciplinas mediante consilencia, la percepción de una red inconsútil de causa y efecto.»Tras su excelente obra sobre
La diversidad de la vida (publicada en 1994 por Crítica y que sigue siendo de muy recomendable lectura), el entomólogo Edward O. Wilson nos sorprende ahora con una obra que sin duda tendrá la gran virtud de abrir un debate, nunca desdeñable, para profundizar en la eterna polémica sobre la dicotomía entre humanidades y ciencias, la interconexión de todo el saber humano, su procedencia, su jerarquización y su conciliación. Para empezar el propio título de la obra Consilience ya ha abierto la necesidad de una definición, puesto que es un concepto que sólo recoge el famoso Diccionario de Oxford con el significado de «el traspaso de las causas y efectos de una rama del saber a otra». No tiene un equivalente exacto en lengua castellana (tal como nos recuerda el traductor de la obra, el catedrático de ecología Joandomènec Ros, y es además justo citarlo pues es una obra difícil y en la que el traductor habitual de Wilson ha realizado una excelente labor).Como se discute en la propia obra de Wilson, «consiliencia» está emparentada con la coherencia, pero es mucho más precisa. William Whewell, en su síntesis Historia de la ciencias inductivas de 1840, fue el primero en hablar de consiliencia, literalmente «un saltar juntos del conocimiento mediante la conexión de sucesos y de teorías basadas en hechos de varias disciplinas para crear un terreno común de explicación». Whewell decía: «La consiliencia de las inducciones tiene lugar cuando una inducción obtenida a partir de una clase de hechos coincide con otra inducción obtenida a partir de otra clase distinta. Dicha consiliencia es una prueba de la verdad de la teoría en la que se presenta».
Wilson, desde su laboratorio del Museo de Zoología Comparativa de la Universidad de Harvard, es hoy la mayor autoridad mundial en el estudio de las hormigas. Por dicho estudio se le concedió, en 1990, un premio Pulitzer, sin olvidar que, en 1978, ya había ganado su primer Pulitzer por una investigación sobre la naturaleza humana. La biodiversidad y la sociobiología son los caminos por los que ha desarrollado durante su vida su discurso científico. Ahora --como recordaba La Vanguardia en una amplia entrevista publicada el 30 de abril en su sección de Libros-- Wilson intenta crear una nueva visión unitaria de las ciencias y de las humanidades, o sea del conocimiento, siguiendo la tradición científica de Newton y de Einstein, al tiempo que se considera heredero de Comte, Condorcet y Bacon. Su obra sobre la unidad del conocimiento ya ha abierto la polémica entre los humanistas, que se niegan a subordinar la mente del ser humano a los dictados de la física, de la química y de la biología, como postula Wilson, que no duda en afirmar categóricamente que «los genes nos dictan el comportamiento».
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La idea central de la concepción consiliente del mundo, afirma Wilson en su obra, es que todos los fenómenos tangibles, desde el nacimiento de las estrellas hasta el funcionamiento de las instituciones sociales, se basan en procesos materiales que en el último término son reducibles, por largas y tortuosas que sean las secuencias, a las leyes de la física. En apoyo de esta idea está la conclusión de los biólogos de que la humanidad está emparentada con todas las demás formas de vida por descendencia común. Compartimos esencialmente el mismo código genético de ADN, que es transcrito a ARN y traducido a proteínas con los mismos aminoácidos.»No hay duda de que Wilson abrirá una nueva brecha en una secular discusión sobre el conocimiento humano, al que en este fin de siglo se suma la preponderancia, casi omnipresencia, de «la dictadura de los genes». Si no fuera porque es indiscutible su importancia en el avance del conocimiento científico muchos podrían pensar que es una moda pasajera o por lo menos que estamos abusando de «la determinación genética», por lo menos desde el punto de vista de la divulgación científica. Pero la realidad es que, buena o mala, la información nunca sobra y vale más pecar de los excesos a los que nos hemos acostumbrado siguiendo a diario los medios de comunicación, y del que quizá para algunos críticos mayoritariamente humanistas, claro se haya impregnado también el propio Wilson.
Aunque haya indudables desviaciones, la información es el único antídoto para combatir la mixtificación cultural. Como decía Edward O. Wilson en la citada entrevista de La Vanguardia, «lo que hace falta es sabiduría; hablamos de entender la naturaleza humana, algo que la educación ignora completamente. La mayoría de líderes políticos ignoran todo del asunto. ¿Por qué? Porque, al menos en este país [Estados Unidos] y no creo que sea muy diferente en España, los políticos y los líderes de opinión raramente tienen una preparación científica. Suelen tenerla en ciencias sociales. No saben nada de ciencias naturales, aunque la realidad es que sólo saldrán adelante aquellos que más sepan de ciencia y tecnología».
Aunque no estemos del todo de acuerdo con Wilson, leamos su libro y discutamos... No en vano de la discusión sale la luz.
Vladimir de Semir
Frankeinstein, el biólogo
Frankeinsteins Footsteps
Science, Genetics and Popular Culture
Jon Turney
Yale University Press
New Haven y Londres, 1998
Hasta ahora, la gran parte de los estudios sobre percepción pública de la ciencia han centrado sus esfuerzos en evaluar el conocimiento que de ella tiene la sociedad, tanto en su sentido más general como en determinados aspectos (áreas temáticas concretas, matices relacionados con la metodología y el método científicos, etc.). Otro gran foco de atención han sido las actitudes del público hacia determinados ámbitos de la actividad científica o de sus aplicaciones. Esto es, ¿está o no a favor una población concreta de determinada tecnología o práctica científica?
Una de las grandes conclusiones de estos estudios --y, casi, del sentido común-- es que el conocimiento está asociado a la actitud, pero no es, ni mucho menos, el único factor determinante. En el hecho de que una persona tome una actitud «a favor» o «en contra» (o «ni a favor ni en contra») influyen otras muchas variables. Esta es la reflexión que ha llevado a numerosos estudiosos de la percepción pública de la ciencia a plantearse nuevas orientaciones en su trabajo. No se trata sólo de determinar información, conocimiento, intereses o actitud a favor o en contra, sino de ampliar sus objetivos de estudio hacia un campo mayor en el que se incluyan imágenes, estereotipos, símbolos y representaciones sociales. Y en este sentido, precisamente, el libro de Jon Turney, Frankenstein's footsteps, resulta particularmente atractivo.
La obra gira en torno al papel de una imagen, en este caso el mítico personaje creado de la mano de Mary Shelley, Frankeinstein. La reflexión de Turney se centra en cómo el mito de Frankeinstein ha influido durante más de 200 años en las actitudes del público general hacia la ciencia y los científicos. Y aún más concretamente, en las actitudes hacia las ciencias de la vida. Como el propio autor indica, «este libro es acerca de Frankeinstein, el biólogo». Pues, el mítico monstruo precisamente plantea temas relacionados con el origen y el final de la vida, con el potencial que representa el avance científico en la manipulación de la propia vida.
En los primeros capítulos, se revisa cómo la joven Mary Shelley creó la imagen de Frankeinstein. A diferencia de otros estudiosos del mito, los cuales suelen dedicar toda su investigación a analizar los detalles e intenciones del relato original, Turney enfoca el mito no sólo desde su concepción inicial, sino desde la perspectiva que le proporciona el conjunto de réplicas y adaptaciones de la obra en textos escritos o en medios audiovisuales. Un mito que ha ido incorporando durante estos 200 años una apariencia cada vez más monstruosa, a la vez que se ha ido adaptando a los avances científicos y a las preocupaciones más profundas de cada época. El autor insiste en que «las actitudes hacia la biología son una clave para entender el mito Frankeinstein, y viceversa».
La influencia del imaginario en la percepción de la ciencia, en la actitud hacia determinados avances, tales como la descripción de la molécula de DNA, las primeras experiencias en el campo de la reproducción asistida, la ingeniería genética o la clonación, quedan perfectamente dibujados en los capítulos siguientes. Quizá no puede hablarse de una obra de investigación, sino más bien de reflexión, pero es indudable que el libro de Turney constituye uno de los primeros representantes de esta nueva orientación en el estudio de la percepción pública de la ciencia.
Gemma Revuelta