Editorial
«Don't die for ignorance»
No muera de ignorancia
Cuando en los años ochenta irrumpió la epidemia del sida y quedó determinado que un virus era el agente transmisor de la enfermedad, para las autoridades sanitarias de todo el mundo quedó bien claro que la única arma eficaz para la lucha contra su progresión era la educación pública sobre las formas de su propagación. Hoy, cuando vamos a acabar los años noventa, y a pesar de los cócteles de fármacos que pueden inducir una posible cronicidad y ligeras esperanzas depositadas en las reacciones de inmunidad de algunos prototipos de vacuna, la información continúa siendo la única y auténtica prevención total contra la infección.
En paralelo con esta evidencia, se han construido los más diversos discursos desde las respectivas Administraciones públicas para crear una adecuada cultura de la prevención. En cada caso, de los correspondientes mensajes además de la finalidad última que era y es crear, con mayor o menor fortuna, una adecuada sensibilidad ciudadana para afrontar la epidemia se deriva un indisociable contexto cultural y una clara evidencia del entorno intelectual en el que se enmarcan los mensajes en cuestión. Dejamos para los analistas del discurso la interesante comparación entre los diferentes mensajes y las posibles conclusiones que se derivarían de su estudio lingüístico-textual, por ejemplo el «Pónselo, póntelo» de España o el «Dont die of ignorance» (No muera de ignorancia) de Gran Bretaña.
Este relativamente largo preámbulo nos sirve para explicar la expresión que acudió espontáneamente a nuestra mente en julio pasado cuando clausuramos el interesante Seminario «Salud y opinión pública» que se desarrolló en la Universidad Menéndez y Pelayo de Santander, bajo la dirección de Annette Flanagin (JAMA), la coordinación del Observatorio de la Comunicación Científica (Universidad Pompeu Fabra, Barcelona) y el patrocinio de MSD. Tras una semana de debates quedó claro que hoy todos tenemos una asignatura pendiente para poder afrontar con garantías el mundo en el que nos hemos embarcado: la información y el conocimiento. Todos hemos de combatir los diferentes tipos y grados de ignorancia, desde la que puede implicar contraer una enfermedad incurable por desconocimiento de unas elementales medidas de precaución a la ignorancia que posibilita la manipulación de las gentes.
Nadie duda que la aceleración que ha experimentado nuestra forma de vida implica que la ciudadanía esté realmente preparada para asimilar los cambios constantes a los que nos somete nuestro estilo de civilización. La única forma de estar siempre preparados para afrontar las decisiones de nuestras vidas cotidianas es luchar contra esa ignorancia que puede aparecer en cuanto perdamos terreno frente a la información. Y en este sentido las responsabilidades son de todos, desde el propio individuo a los gestores públicos y privados, sobre todo cuando estamos pensando en la salud. Sin olvidar que el campo de batalla del conocimiento está cercado por todo tipo de intereses que pueden desvirtuar mensajes, criterios y las propias decisiones.
Sin duda, una vez más, los medios de comunicación desempeñan un papel decisivo para bien y para mal. Mayoritariamente son ellos los que delimitan el campo del conocimiento en la sociedad en que vivimos. Y se producen paradojas. Por un lado, no hay duda alguna de que los nuevos medios del mundo de la telecomunicación posibilitan la circulación de ingentes flujos de información, pero al mismo tiempo no nos cansamos de observar que los propios medios de comunicación no evolucionan con suficiente rapidez para dar adecuada respuesta a las necesidades de sus usuarios, quizás excesivamente dominados por criterios de márketing y no por auténticos criterios informativos. Es aquí donde la información se convierte en comunicación en la que el bosque no nos deja ver los árboles, con el enorme peligro de que esta bulimia comunicativa implique la aparición de una ciudadanía anoréxica de conocimiento. Dos ejemplos serán suficientes para ilustrar estas aseveraciones.
Primer ejemplo: The New York Times publicaba en 1996 un informe1 en el que advertía sobre los problemas que podía comportar la aparición de enormes cantidades de información médica y sanitaria en Internet; y corroboraba su información con el hecho de que un rápido estudio de los links que ofrecía en aquellos momentos Yahoo (el portal más famoso de Internet): este remitía desde su cabecera de «Salud» a 983 webs con la entrada Enfermedades, 346 sobre Salud mental, 1633 de Medicina y 389 de Farmacología, por poner sólo algunos ejemplos. En un ejercicio comparativo realizado a finales de noviembre de 1999, las cifras respectivas fueron las siguientes: 7314, 626, 4934 y 1046. En poco más de tres años, las cifras se habían duplicado y en algunos casos septuplicados.
¿Puede alguien afirmar realmente que es capaz de gestionar informativamente esta ingente cantidad de comunicación? ¿Quién puede valorar realmente la calidad del contenido de toda esta masa informativa?
Segundo ejemplo: El País publicaba recientemente2 la ya típica entrevista con un-científico-español-de-éxito-afincado-en-el-extranjero-que-explica-las-maravillas-de-allende-y-las-carencias-autóctonas..., en este caso con Carlos Cordón Cardo. El artículo en cuestión provocó un aluvión de réplicas, parte de las cuales fueron insertadas en un posterior número,3 de las que resaltamos sólo dos párrafos: «Es cierto que hay que mejorar muchos aspectos en la sanidad española, pero la mejor forma de empezar no es transmitir a los enfermos españoles con cáncer la alarmante y falsa idea de que la única forma de recibir un tratamiento adecuado es ir al Memorial Sloan Kettening Cancer Center de Nueva York»4 y «Quisiera hacerle una pregunta al doctor Cordón: ¿tiene algo que ver usted con el proyecto de fusión del Memorial Sloan Kettening Cancer Center de Nueva York con la Clínica Teknon de Barcelona?».5
¿Son conscientes los medios de comunicación de las expectativas que pueden crear y están preparados los periodistas para valorar y contextualizar los intereses cruzados que pueden existir en sus informaciones?
Es difícil considerar en qué campo del conocimiento es más complicado gestionar la información, pero, sin duda, el mundo de la salud es uno de los que hay mayor responsabilidad en juego. La cadena de la transmisión del conocimiento médico y sanitario es muy amplia hasta que configura la opinión pública y el peligro de la desinformación acecha en todos los eslabones. Ya en la fuente primera, las revistas científicas de referencia, se pueden producir los primeros problemas. El caso más reciente se materializó con el cese del carismático director de la poderosa New England Journal of Medicine, Jerome P. Kassirer, por un conflicto con la sociedad propietaria de la publicación.
Precisamente, Kassirer reflexionaba recientemente en un artículo publicado en la portada de Le Monde y titulado «Información médica y conflicto de intereses»6 en general y, entre otras cosas decía: «Consideramos que es difícil creer que haya una necesidad más importante que la exactitud de la información, pero nunca en nuestra historia tanta información ha sido ofrecida en tal magnitud. Tratándose de la medicina y de la salud, al interés público por su conocimiento se ha correspondido un aumento de los vectores de la información. Si hace unos diez años las revistas médicas eran las fuentes principales de las noticias, hoy los comunicados de los servicios de prensa de empresas y sociedad médicas, de centros universitarios y de institutos médicos se disputan la atención del público. Esta voracidad de información médica está estimulada por la proliferación de miles de páginas web sobre medicina. Algunas son dignas de crédito, otras no (...). Nos espera un inmenso desafío: la evaluación de las informaciones clínicas a medida que sus fuentes irán proliferando de forma exponencial, como es presumible».
El problema esencial va a ser que el público tome conciencia de que ha de reaccionar ante una sociedad que impulsa la pasividad ante la comunicación para convertirse en un agente activo para desarrollar su capacidad de adquirir conocimiento. En principio, los poderes públicos deberían contribuir a que ello fuera posible, pero lamentablemente esta no parece, hoy por hoy, una de sus principales preocupaciones. Esta era también la visión de Jesús Villar, investigador biomédico, que en un artículo en la sección Futuro de El País, titulado «Las lagunas del conocimiento»,7 concluía: «Sólo cuando el público mejore su participación y percepción de la importancia crucial que la ciencia tiene para el progreso de los pueblos, descubriremos las ventajas y las oportunidades que ofrece la promoción del conocimiento para mejorar nuestra calidad de vida. Si la sociedad no recupera ese interés y compromiso, seguiremos estando en manos de políticos y visionarios en lugar de personas expertas, preparadas y comprometidas con las exigencias que demandan los años en que vivimos».
Unas consideraciones que son extensibles a muchos otros eslabones de la responsabilidad de que la información y el conocimiento conformen una sociedad y unos ciudadanos y ciudadanas preparados para tomar decisiones correctas. Está claro que si no nos mantenemos alerta corremos el peligro de construir entre todos «una sociedad de la ignorancia» en vez de una «sociedad del conocimiento», inundados por una aparente «sociedad de la información».
El Director
Notas
1
«Web gets a flood of medical data», The International Herald Tribune, 25 de junio de 1996. El País Semanal número 1206, 7 de noviembre de 1999. El País Semanal número 1209, 28 de noviembre de 1999. Extracto de la carta firmada por Ricardo Ruiz, jefe de Dermatología de la Clínica Ruber de Madrid. Extracto de la carta firmada por Albert Grañena, jefe del Servicio de Hematología, Instituto Catalán de Oncología. «Information médical et conflits d'intérêts», Le Monde, 29 de octubre de 1999, y http://www.lemonde.fr/article/0,2320,00.html. «Las lagunas del conocimiento», El País, 8 de diciembre de 1999 y http://www.elpais.es/p/d/suplemen/futuro/12fut8a.htm.