¿QUE INVENTEN
ELLOS?
JUST
LET OTHERS RESEARCH?
Ángel de
la Fuente
La ciencia
y la tecnología no han sido nunca actividades prioritarias en España. Aunque esto sigue
siendo cierto, en los últimos tiempos parece que por lo menos estamos empezando a
percibir este hecho como un problema. Una razón importante de este gradual cambio de
actitud es la conciencia de que en una economía globalizada y abierta a la competencia
internacional, la inversión en ciencia y tecnología se perfila cada vez más claramente
como uno de los principales determinantes de la competitividad y el crecimiento. El
déficit español en este campo, por lo tanto, aparece como un hándicap importante en la
carrera de nuestro país hacia la «convergencia real», esto es, en el proceso de
acercamiento a los países de nuestro entorno en términos de renta y bienestar.
Science and technology have never been a priority in
Spain. Although this may still be considered to be true, things seem to have been changing
in recent years and Spaniards appear to have become aware of the problem. One of the
reasons for this change is the realization that, in a global economy open to international
competition, investing in science and technology is considered a determining factor in
achieving competitiveness and growth. Spanish inadequacy in this area is considered a
hindrance on the road to «real convergence», that is, to closing the income and welfare
gap that separates Spain from its neighboring countries.
Un estudio
reciente, realizado por el Instituto de Análisis Económico del Consejo Superior de
Investigaciones Científicas (CSIC) para la Fundación COTEC para la Investigación
Tecnológica, intenta cuantificar el coste económico del bajo esfuerzo inversor español
en actividades de investigación y desarrollo (I+D). Tras constatar el retraso de nuestro
país en relación con otras economías industriales en este campo, el estudio analiza la
incidencia de la inversión tecnológica sobre el crecimiento económico y concluye que,
en el caso español, la contribución del gasto en I+D al diferencial de crecimiento con
respecto al promedio de los países industrializados durante el período comprendido entre
los años 1970 y 1995 ha sido de menos de medio punto anual. Esto es, la tasa de
crecimiento anual de la economía española habría sido medio punto mayor si nuestro
nivel de inversión tecnológica hubiese sido similar al promedio de los países de la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Acumulado sobre los
25 años del período considerado, este diferencial supone más de 13 puntos en términos
de renta per cápita, lo que equivale, aproximadamente, a la mitad del diferencial de
renta que todavía nos separa del promedio de la OCDE.
El retraso
español en inversión tecnológica
Según los
últimos datos de la OCDE, el gasto español en actividades de I+D supuso en 1995 un 0,80
% del producto interior bruto (PIB). En el mismo año, el gasto por este concepto en
Alemania, Francia e Inglaterra excedía el 2 % del PIB. En la figura 1 se muestran los
niveles de gasto tecnológico de las principales economías de la OCDE durante el
quinquenio 1985-1989. En este período, España ocupa el antepenúltimo lugar en términos
de esfuerzo tecnológico, por delante de Grecia y Portugal, con un nivel de gasto que es
aproximadamente la mitad del correspondiente al promedio de la muestra. Por su parte, en
la figura 2 se muestra la evolución del diferencial de esfuerzo tecnológico entre
nuestro país y el promedio de la OCDE durante las últimas décadas. Aunque el nivel de
inversión en España aumenta de manera muy significativa, y esto permite reducir algo la
brecha en términos porcentuales, el diferencial total de gasto se mantiene casi constante
a un nivel en torno a las ocho décimas de PIB.
Los
determinantes del crecimiento económico
La
constatación del bajo nivel de esfuerzo tecnológico en España resulta especialmente
preocupante por cuanto parece existir un consenso creciente, tanto entre economistas
académicos como entre gestores públicos, sobre la importancia de esta variable como
determinante de la capacidad de crecimiento de una economía y, en última instancia, de
su nivel de vida. Resulta por tanto de interés intentar cuantificar la contribución de
la inversión tecnológica al crecimiento económico. La cuestión es complicada, sin
embargo, porque el incremento de la renta per cápita de una economía refleja también
una larga serie de otros factores, incluyendo la acumulación de otros recursos
productivos (fundamentalmente el capital físico y humano) y la evolución de las tasas de
actividad y empleo. A la hora de intentar cuantificar la contribución de la inversión
tecnológica al crecimiento, por tanto, resulta necesario partir de un modelo que
incorpore, en la medida de lo posible, todos los factores relevantes. En caso contrario,
correríamos el riesgo de atribuir erróneamente a la variable de interés parte del
impacto de las variables omitidas.
La teoría
económica sugiere que el estudio del crecimiento debería centrarse en dos factores
fundamentales: el comportamiento inversor de los distintos países y el impacto de dos
posibles mecanismos de convergencia que limitan
en alguna medida el grado de desigualdad internacional. En cuanto al primero de estos
factores, si bien el ahorro y la inversión siempre han desempeñado un papel central en
la teoría del crecimiento como fuentes fundamentales del aumento del producto, la
literatura reciente sobre el tema se caracteriza por una concepción cada vez más amplia
de la inversión. Así, mientras que los modelos tradicionales destacaban el papel de la
inversión en capital físico, los estudios más recientes atribuyen también una
importancia crucial a la inversión en formación (capital
humano) y al desarrollo y adopción de nuevas técnicas productivas (inversión en capital tecnológico). El mensaje central, sin
embargo, no ha variado: aquellos países que ahorran e invierten más tienden a crecer
más rápidamente y, a largo plazo, tendrán niveles de renta más elevados.
Controlando
mediante las tasas de inversión, la teoría del crecimiento también identifica dos
mecanismos que, potencialmente al menos, tienden a favorecer a los países menos
avanzados, generando así una tendencia hacia la reducción de las disparidades de renta,
es decir, hacia lo que a veces llamamos convergencia.
El primero de estos mecanismos de convergencia tiene su origen en el hecho de que el
rendimiento de la inversión tiende a ser mayor en los países en los que el capital es
relativamente más escaso. Esto implica que, a igualdad de esfuerzo inversor, el
crecimiento será más rápido en estas economías que en las caracterizadas por una mayor
dotación relativa de capital. Una rentabilidad más elevada, además, implica un mayor
incentivo al ahorro y a la inversión, así como la posibilidad de atraer capital
extranjero; factores todos ellos que reforzarán la tendencia de las economías pobres en
capital a crecer a tasas superiores al promedio. El segundo mecanismo de convergencia
funciona a través de la difusión internacional de la tecnología. Aunque el retraso
tecnológico implica un menor nivel de renta a igualdad de otras condiciones, también
ofrece la oportunidad de un rápido crecimiento a través de la adopción de tecnologías
extranjeras más avanzadas a un coste relativamente pequeño.
El efecto
neto de ambos mecanismos de convergencia es el de mitigar, aunque no eliminar, los
diferenciales de renta inducidos por las diferencias de esfuerzo inversor entre países.
Si ambos mecanismos son operativos y las tasas de inversión de las distintas economías
se mantienen relativamente estables en el tiempo, la teoría predice que la renta relativa
(por trabajador) de cada país tenderá a estabilizarse con el paso del tiempo a un nivel
que depende fundamentalmente de su nivel relativo de esfuerzo inversor y de la intensidad
de los dos mecanismos de convergencia que hemos identificado.
El modelo
empleado por los investigadores del Instituto de Análisis Económico para analizar el
impacto de la I+D sobre el crecimiento intenta traducir las ideas esbozadas en el apartado
anterior a un sistema de ecuaciones susceptibles de contrastación empírica en las que la
tasa de crecimiento de la renta per cápita aparece en función de una serie de variables
observables que recogen los factores que acabamos de discutir así como el impacto de dos
variables (las tasas de actividad y ocupación) que tienen un efecto directo sobre la
renta per cápita para valores dados del producto por trabajador. Una vez formulado el
modelo, se emplean técnicas estadísticas con el fin de obtener los valores de sus
parámetros que mejor explican la experiencia de crecimiento en una muestra de unos 20
países industriales durante el período 1960-1995. Los resultados de este ejercicio
econométrico, junto con los datos subyacentes, permiten realizar un diagnóstico bastante
detallado de las fuentes del crecimiento de los distintos países de la muestra, así como
analizar el impacto de diversos factores sobre la evolución de la distribución
internacional de la renta en este grupo de economías.1 Quizás el primer
resultado a destacar es que, en términos generales, el balance de las últimas décadas
ha sido bastante positivo desde la óptica de la convergencia real. La renta per cápita
española se incrementó en unos 20 puntos porcentuales en relación con el promedio de la
OCDE, pasando de un nivel de 55,4 en 1960 a 74,7 en 1995 (con el promedio muestral
normalizado a 100 en cada año). A nivel agregado, el nivel de desigualdad entre países
en la muestra se redujo en casi un 50 % como resultado del buen comportamiento (en
términos relativos) de las economías inicialmente más pobres. Por otro lado, las
estimaciones del CSIC indican que la reducción de las disparidades de renta se ha debido
fundamentalmente a la operación de los dos mecanismos automáticos de convergencia mencionados
anteriormente (la difusión tecnológica y los rendimientos decrecientes en el capital),
mientras que el resto de los factores considerados han tenido un efecto divergente o
neutral. El agotamiento gradual de los factores automáticos de convergencia ha hecho,
además, que el nivel de desigualdad internacional haya tendido a estancarse en la segunda
mitad del período considerado, lo que sugiere que las perspectivas futuras en este campo
no son excesivamente halagüeñas, en ausencia de un aumento importante del esfuerzo
inversor de los países más atrasados, entre los que se encuentra España.
El estudio
concluye también que el proceso de convergencia se ha visto obstaculizado por dos
factores que han tendido a perpetuar las diferencias de renta entre países ricos y
pobres. El primero de ellos tiene que ver con la negativa evolución de la ocupación en
los países más pobres de la muestra (muy especialmente en el caso español). El segundo
factor es precisamente el mantenimiento de importantes diferenciales de inversión
tecnológica entre los dos grupos de países. En el caso español, el impacto adverso
sobre la tasa de crecimiento de la renta per cápita de cada uno de estos factores ha
estado en torno al medio punto anual, lo que sugiere que las políticas tecnológicas y de
empleo deberían recibir la máxima prioridad como parte de un esfuerzo concertado por
promover la convergencia de nuestro país hacia niveles europeos de renta y bienestar.
En la
figura 3 se muestra el valor promedio (sobre el conjunto del período muestral) de la
contribución de la inversión tecnológica al crecimiento diferencial de cada uno de los
países de nuestra muestra. En el caso de España, el diferencial de crecimiento con
respecto al promedio inducido por el gasto en I+D es de casi medio punto negativo anual,
lo que nos coloca en el último lugar de los países que aparecen en el gráfico. En el
extremo opuesto de la distribución se encuentran los Estados Unidos, el Reino Unido y
Alemania, con niveles elevados de gasto en I+D que generan significativos diferenciales
positivos de crecimiento (en torno al 0,30 % anual).
En
términos generales, la contribución de la I+D al crecimiento es bastante mayor en los
países ricos que en los pobres. Esto se aprecia aún más claramente en la figura 4,
donde se observa una clara relación positiva entre el diferencial de crecimiento inducido
por la I+D y el nivel inicial de renta per cápita relativa. Esta relación implica que,
si todos los países se hubiesen comportado de la misma forma excepto por sus niveles de
inversión en I+D, aquellos que eran inicialmente más ricos habrían crecido más que el
resto, aumentando así su ventaja sobre los más pobres. Esto se hubiera traducido en un
incremento de las disparidades de renta. De acuerdo con el estudio de COTEC, la
distribución observada del gasto en I+D habría generado, otras cosas iguales, un
incremento del grado de desigualdad (medido por el coeficiente de variación de la renta
per capita) de un 18,6 %, lo que representa aproximadamente un 60 % de la reducción
observada en este indicador de desigualdad durante el período 1970-1995. La persistencia
de importantes diferencias en niveles de inversión tecnológica, por tanto, ha supuesto
un freno importante al proceso de convergencia real.
La teoría
económica sugiere que una economía de mercado tenderá a invertir demasiado poco en
actividades tecnológicas. La principal razón tiene que ver con la dificultad de
apropiación de los beneficios económicos de la investigación. El problema es
especialmente grave en el caso de la investigación básica, donde las aplicaciones
prácticas de los nuevos resultados son muchas veces inciertas y se manifiestan con un
retraso considerable. Pero incluso en campos más aplicados, parte del valor económico de
una innovación tiende a escaparse hacia
proveedores, clientes o competidores que pueden beneficiarse de los resultados sin
necesidad de invertir en su generación. En términos económicos, diríamos que la
innovación tiende a generar efectos externos
que introducen una cuña entre su rentabilidad social y su rentabilidad privada,
reduciendo el incentivo de los agentes económicos a invertir en este tipo de actividades.
En ausencia de una intervención pública correctora, el resultado final será un nivel de
inversión subóptimamente bajo.
El estudio
de COTEC confirma estas conclusiones. De acuerdo con sus resultados, la rentabilidad
social de la inversión tecnológica (medida por su contribución al incremento del
producto nacional) sería aproximadamente el doble de la rentabilidad de la inversión en
capital privado en el promedio de la OCDE. Si suponemos que esta segunda cifra no anda muy
lejos de la rentabilidad privada de la inversión en I+D (porque en caso contrario las
empresas tendrían un fuerte incentivo a cambiar la composición de sus inversiones entre
activos físicos y tecnológicos), la conclusión ha de ser que los efectos externos del
gasto en I+D son muy sustanciales. A partir de estas cifras, resulta posible calcular el
nivel óptimo de inversión tecnológica, que los investigadores del CSIC cifran en torno
al doble del gasto observado para el país medio de la OCDE. En el caso español, la
brecha entre la rentabilidad privada y la social es aún mayor y el nivel actual de gasto
se sitúa tan solo en torno a la cuarta parte del óptimo.
Aunque el
margen de error en las estimaciones que acabamos de resumir es considerable, el estudio
del CSIC y otros trabajos recientes indican con claridad que un mayor esfuerzo
tecnológico resultaría muy rentable a medio y largo plazo en términos de su incidencia
sobre la renta nacional. Este incremento del gasto habría de ser bien planificado y
gradual, con el fin de no exceder la capacidad de absorción del sistema español de
ciencia y tecnología, pero debería considerarse como una inversión estratégica a largo
plazo y, como tal, debería estar a resguardo de recortes presupuestarios debidos a
razones coyunturales. Todo hace pensar que la alternativa «dejar que sigan inventando
ellos» es muy mal negocio.
1 Por razones
técnicas, estos dos ejercicios se realizan para un período (1970-1995) algo más corto
que el período de estimación del modelo (1960-1995).
Doctor en
Ciencias Económicas por la Universidad de Pensilvania. Científico titular y vicedirector del Instituto de Análisis Económico del CSIC
(Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Profesor asociado del Departamento de
Economía e Historia Económica de la Universidad Autónoma de Barcelona. Investigador
asociado del Center for Economic Policy Research (CEPR). Es autor de numerosas
publicaciones relacionadas con economía. Próximamente Cambridge University Press
publicará su último libro Mathematical Methods and Models for Economists.
Evaluador de numerosas publicaciones del campo de la economía, es organizador del XI
Summer School of the European Economic Association «Sources of European Growth» que se
celebrará en el mes de setiembre en Barcelona.
delafuente@cc.uab.es
Pies de
figuras:
Figura 1.
Gasto en I+D como fracción del PIB, en el período 1985-1989
Figura 2.
Gasto en I+D como fracción del PIB: España frente al promedio de la OCDE. (Fuentes: Anuario Estadístico de la UNESCO y Basic
Science Statistics de la OCDE.)
Figura 3.
Contribución del gasto en I+D al diferencial de crecimiento con respecto al promedio, en
el período 1970-1995
Figura 4.
Convergencia en renta per cápita relativa inducida por el gasto en I+D, en el período
1970-1995