Editorial
Genes,
bits y neuronas
«La
ciencia del siglo XIX desveló la técnica del descubrimiento y, en consecuencia, nuestro
tiempo es la era de las innovaciones», escribía Aldous Huxley en 1931 en su obra Music
at night and other essays. El siglo XIX acabó y el siglo XX empezó inmersos en un
desbordante conocimiento del mundo derivado de la perspectiva heredada de Galileo y de
Newton. Las ciencias eran casi sinónimo de una de ellas, la física. El gran reto que
planteaba la innata curiosidad humana era desvelar cómo era el mundo, cómo era la
materia y cuáles las leyes que regían su funcionamiento. El ser humano buscaba sus
orígenes e intentaba comprender cómo era el suelo que le sustentaba. Para ello levantaba
su vista hacia el macrocosmos en la inmensidad de la noche y al mismo tiempo bajaba la
mirada adentrándose en el sorprendente microcosmos. El telescopio y el microscopio,
además, del lápiz y el papel, eran las herramientas que nos permitían superar fronteras
antes inimaginables.
En
1900, el último año del siglo XIX, Freud publicaba La interpretación de los sueños,
se formulaba la teoría cuántica, se estudiaban los radicales libres, se descubría el
origen de la fiebre amarilla, nacía el concepto de mutación, se observaba la emisión de
electrones por los metales calientes, de formulaba la radiactividad como el cambio de un
átomo en otro, se descubrían los rayos gamma y también se intentaba entender por qué
la masa se incrementaba con la velocidad, se empezaba a distinguir entre los diferentes
grupos sanguíneos, se hallaban las ruinas de Knossos (Creta) y se inventaba el dirigible.
Fue,
sin duda, un año prolífico en el conocimiento científico y tecnológico, y aunque es
sumamente difícil valorar cuál fue el avance más decisivo, las bases de la teoría
cuántica establecidas por el físico alemán Max Karl Ernst Ludwig Planck demostraron ser
tan fundamentales que hoy se define a la física clásica como la anterior a 1900 y a la
física moderna como la posterior a esa
fecha, en la que Planck estableció que la energía no fluye continuamente, sino de forma
fragmentada y que el tamaño de los fragmentos (quantos) es inversamente proporcional a la
longitud de onda, o lo que es lo mismo: a la frecuencia de una determinada radiación.
Esta misma física cuántica, o mejor, el camino que emprendimos y seguimos con ella
durante todo el siglo sigue siendo y será uno de los campos del conocimiento con mayores
consecuencias para el avance científico y tecnológico, ya que estamos en el umbral de
las muchas aplicaciones de la computación cuántica, que supondrán un salto cualitativo
en nuestro recorrido por los caudalosos meandros de la informática, sin los que no
hubiéramos conquistado nunca la mítica Luna y sin los que hoy en día sería casi
imposible imaginar la vida cotidiana.
El
hecho es que nuestro siglo comenzó fuertemente cogido del brazo de la física, sin que
ello suponga una minimización de la gran aportación de otras ciencias, por ejemplo la
química, y durante décadas se desarrolló al amparo de sus continuas aportaciones, en
las que, sin duda alguna, las consecuencias de los misterios que fuimos revelando del
mundo atómico significaron una de las mayores revoluciones. Fue adentrarse en unos
límites, cuyo desarrollo corría en paralelo a otro de los pilares del conocimiento
contemporáneo, que también nació con el siglo: la famosa teoría de la relatividad de
Albert Einstein, quien formuló en una expresiva frase cuáles eran los objetivos que
perseguimos en nuestra continua vocación y necesidad de ir más allá: «No sólo saber
cómo es la naturaleza y cómo se llevan a cabo sus transacciones, sino también acercarse
en lo posible a la utópica y aparentemente arrogante meta de saber por qué la naturaleza
es así y no de otra manera».
El
problema es que el siglo, y muy concretamente la física, han quedado marcados para el
resto de nuestra historia por el posible uso bélico que se podía derivar de muchas
aplicaciones de nuestra capacidad para desentrañar los secretos de la materia y del
mundo. Es el solapamiento cultural e intelectual de las ciencias con los objetivos
políticos y militares de algunas de sus tecnologías anexas, que ha quedado sintetizada
en la valoración que efectuó Le Monde uno de los periódicos más
acreditados del orbe cuando el día siguiente del lanzamiento de la primera bomba de
fisión nuclear sobre Hiroshima dio la noticia en su portada con la expresión de que se
trataba de «...una revolución científica», una titulación que con la perspectiva que
ofrece el paso del tiempo nos puede resultar chocante y que a pesar de que fuera una
estimación cierta en su momento hoy nadie se atrevería a formular de esta manera.
Precisamente
muy pocos años después de aquel 6 de agosto de 1945, exactamente en el ecuador del
siglo, el propio Einstein consideraba en su libro Out of my later years que
«nuestra época parece caracterizarse por la perfección de los medios y la confusión de
los objetivos». Una enorme capacidad de evolución tecnológica que, sin duda, ha marcado
el siglo XX, pero que seguramente no se hubiera llegado a producir con tal rapidez si no
hubiera existido la gran rivalidad política entre dos concepciones ideológicas
contrapuestas de la sociedad, representadas por las entonces dos grandes potencias,
Estados Unidos y la Unión Soviética; guerra fría que fue la que realmente llevó a Neil
Armstrong a dar aquel pequeño paso para un hombre pero un gigantesco salto para la
humanidad en la superficie de nuestro satélite natural.
Es
un hecho que el conocimiento humano ha experimentado en este siglo la aceleración más
importante de toda la historia. Basta observar en torno nuestro y retroceder 50 años
atrás para comprobar el enorme salto que hemos dado en cuanto a capacidad técnica. Un
simple recorrido cronológico por los descubrimientos del siglo con meros enunciados nos
ofrecería una lista (con toda seguridad) más larga que todos los eventos anteriores de
la historia de las ciencias y de la tecnología desde que los primeros humanos levantaron
su mirada hacia el cielo y se comenzaron a preguntar por su propia existencia y el mundo
que les rodea.
Existe
una aproximación evidente de la historia reciente de las ciencias que considera que el
siglo XX empezó marcado por la física y que lo acaba inmerso en la biología. Y ello es
cierto, pero no de una forma tan taxativa. Cuando se formulaban las bases de las
revoluciones cuántica y de la relatividad, los seres humanos ya trabajaban en la herencia
intelectual que nos había legado un abad agustino afincado en Brno, Gregor Mendel, con
vocación naturalista y fundador en 1865 de la ciencia de dar nacimiento a, que es
el significado de la palabra griega genética. En el alba de nuestro siglo ya se
formuló que los cromosomas eran los factores que determinaban la herencia y que
contenían las características de cada uno de los progenitores (vegetales o animales).
Por lo tanto, las bases de los conocimientos de la física y de la biología con la que
acabará el siglo XX nacían prácticamente en la misma época y han evolucionado a lo
largo de estos casi cien años en paralelo. Fueron otros factores los que marcaron el
predominio de la física sobre el resto de ciencias y que, sobre todo, han determinado la
historia de nuestro siglo.
Hoy
ya lejos aunque nunca olvidada de aquella guerra mundial que acabó tras una
de las exhibiciones más brutales de poderío tecnológico-militar emerge con singular
fuerza el poder tecnológico-civil que se deriva de uno de los descubrimientos que han
marcado el siglo XX y que marcarán los siglos venideros: el conocimiento de que el
código genético está contenido en las moléculas del ácido desoxirribonucleico (Oswald
Theodore Avery, 1944) y la determinación de la estructura en doble hélice del DNA (James
Watson y Francis Crick, 1953), las claves que han permitido que el ser humano esté en el
umbral de intervenir en su más íntima esencia y poder llegar a modificar y determinar su
propia evolución. Siempre es difícil elegir y concretar entre muchas posibilidades, pero
no hay duda de que estos descubrimientos relacionados con el DNA puede ser considerada
como una de las noticias más relevantes del siglo XX, incluso con la perspectiva que ya
poseemos, pero aún más si intuimos todo lo que resultará a partir de los desarrollos
científicos con los que acabamos el siglo: la secuenciación del genoma humano y las
posibilidades que se abren.
El
dilema que nos plantea avanzar en las posibles aplicaciones de la ciencia genética
supone, sin duda, afrontar un indudable riesgo, pero no es la primera vez que ello ocurre
y no será la última. La propia naturaleza hace tiempo que usa «la ingeniería
genética» de forma espontánea, y los humanos han utilizado su capacidad de transformar
la naturaleza en beneficio propio desde hace mucho tiempo, prácticamente desde que
dejaron de ser nómadas para asentarse en tierras fértiles, cultivar los campos y criar
animales para asegurar su supervivencia. Algo semejante a aquel gigantesco paso dado en el
neolítico está ocurriendo en la actualidad. Pero es la primera vez en la historia que
los humanos podemos ser dueños de nuestro propio futuro como seres vivientes, y ello es
un salto cualitativo que nunca antes se había producido.
Sabemos
que el ser humano avanza a pasos agigantados en este final de siglo. Sus conocimientos se
desarrollan con suma rapidez; su capacidad de desentrañar la complejidad del mundo parece
tener unos límites muy lejanos... Lo imposible se hace posible... Ni siquiera han pasado
50 años desde que el ser humano consiguió descifrar la estructura de la molécula de la
vida y ya ha sido capaz de clonar un mamífero adulto y secuenciar el genoma humano. El
ser humano se siente intrépido, seguro de sí mismo. Sus objetivos son nobles: la lucha
contra la enfermedad y la búsqueda de alimento para una población humana cada vez mayor.
Sueña con una vida cada vez más larga. Una vida mejor. Su curiosidad se hace infinita,
mira al cielo, observa los cometas, predice su vuelta dentro de varios milenios. El
límite para el conocimiento no existe, nadie puede establecer sus últimas fronteras.
Pero debemos ser conscientes de que «hay una pregunta que se hace el filósofo
Fernando Savater más allá de la cual en modo alguno puede descenderse y sobre la
cual la ética se asienta con toda su firme fragilidad: ¿qué quiero hacer?».
Por
ello, aunque los genes de la revolución genética y los bits de la revolución
informática sean esenciales en esta coyuntura de la historia de las ciencias y de la
humanidad, quizás ahora como siempre pero con mayor responsabilidad, los seres humanos
vamos a tener que ser capaces de llevar a buen término una revolución aún mayor: la
revolución del conocimiento en la que las neuronas (nuestras neuronas) van a ser
determinantes. La respuesta a la pregunta de Savater conlleva la clave de la era del
conocimiento en la que estamos entrando: hemos de tener capacidad de elección, hemos de
saber para poder escoger y hemos de ser conscientes que los pasos que estamos dando
marcarán como nunca nuestras generaciones futuras, sobre las que por primera vez tenemos
la posibilidad de decidir e intervenir. Por ello, el siglo XXI no será sólo el de la
revolución del conocimiento. Es indispensable que también lo sea de la ética.
El
Director