La ciencia ha
logrado situarse en portada de todos los medios de comunicación tras el anuncio
del genoma humano. Para los científicos esta popularidad es tan infrecuente
como beneficiosa para la empresa científica. Una empresa cuyos usos y
aplicaciones ni son ni deberían ser ilimitados.
En cuanto al mensaje contenido en el anuncio, razones políticas y
mediáticas han prevalecido frente a otros criterios. Se trata de un anuncio
precipitado con un mensaje poco comprensible y que está generando
extraordinarias expectativas (tanto positivas como negativas) que la ciencia
será incapaz de satisfacer, por lo menos, para que lo disfrute la mayoría de
población adulta hoy en vida. En palabras de Harold Varmus, premio Nobel y
hasta hace poco director general de los National Institutes of Health (NIH)
norteamericanos, se ha anunciado un mero anteproyecto, como si nos contaran las
maravillas de un reloj del que hemos logrado conseguir todas sus piezas por
separado, sin manual alguno para ensamblarlas.
El anuncio del genoma humano es fundamentalmente la exhibición de una gran
proeza técnica en la que el presidente de Estados Unidos (con el soporte vía
satélite de Tony Blair) decide adelantarse al final de una competición
maratoniana, para salir en la foto del reparto de la medalla de oro ex aequo a la representación, no tanto
de los dos únicos concursantes en la carrera, sino de las dos perspectivas
existentes en el concurso propiamente dicho. De una parte a Francis Collins,
actual director del proyecto público HUGO y, de otra, a Craig Venter, director
de la empresa privada Celera Genomics, un científico avezado que, mediante una
estrategia técnica distinta y el concurso de toda la tecnología informática a
su alcance pretende haber llegado igualmente a la misma meta que se propusieron
los sistemáticos científicos del sector público.
Una mera pero apabullante proeza técnica que oculta la precariedad con lo
que se cuenta: aún no se dispone de toda la secuencia al completo, tampoco
sabemos si está ordenada y lo que es más relevante (y ya se sabía hace años),
que el reconocimiento de la secuencia de bases o nucleótidos es sólo el primer
paso. Ahora viene lo más importante, el conocer cuántos genes tenemos, cuántos
de ellos son activos (por ahora se sabe que serán entre unos 25 000 y unos 150
000) y tanto o más importante, cuál es su función. La emoción vivida hace algunas
semanas es una etapa más del gran primer paso que alcanzaron, en 1953, James
Watson y Francis Crick al proponer con acierto la estructura del DNA.
Los científicos reconocemos este descubrimiento tan fundamental que nos
gusta distinguir de entre todos los galardonados con los distinguidos premios
Nobel, a los descubridores de la estructura del DNA como los depositarios del
principal o «el» premio Nobel de la biología y la medicina por
antonomasia. Tras el paso fundamental de Watson y Crick, los avances se han ido
sucediendo uno tras otro durante estos últimos 50 años. Hoy no hubiera habido
anuncio si no se hubiera descifrado el código genético a principios de los años
sesenta y si no se hubieran dispuesto, a principios de los setenta, de los
espectaculares métodos de secuenciación mediante tecnologías robotizadas. Pero
aún es más espectacular reconocer el ritmo de los avances gracias al progreso
que ha supuesto la introducción de las nuevas tecnologías de la información. En
efecto, la velocidad y cantidad de nuevo conocimiento en relación con el
Proyecto Genoma Humano, impulsado inicialmente por el propio Watson, ha
progresado de forma exponencial hasta tal punto que, hace sólo unos tres o
cuatro años se estaba convencido que el anuncio (ya anunciado) de la
secuenciación completa del genoma humano no sería posible hasta el año 2003.
Los estudiosos de lo social disponen ya de un nuevo acontecimiento para
analizar que se inició con una particular «puesta en escena» protagonizada por
el presidente norteamericano Bill Clinton. A un lado le arropaba el
representante del sector que ha secuenciado el genoma con fondos públicos, un
Collins ataviado con traje, corbata y zapatillas deportivas; al otro lado un
Craig Venter, flamante presidente de Celera, el director de la secuenciación
del genoma por la vía «rápida» mediante fondos privados, el representante de la
corriente privatizadora de secuencias y genes por su posible interés
diagnóstico o terapéutico. Un show en el que el presidente de Estados
Unidos, mientras afirma estar dispuesto a conciliar los intereses públicos con
los privados, mientras ejerce su liderazgo ante el reconocimiento mundial que
el genoma es patrimonio de todos, parapeta todo su discurso con una referencia
constante a lo divino, para disfrute y consumo interno de una oposición más
conservadora (republicana) y para justificarse ante los grupos de presión
partidarios de revisitar el creacionismo en la educación escolar.
Junto a la metáfora del libro de la vida (equivalente a 800 Biblias
seguidas), me gusta pensar que estamos ante el descubrimiento de una
extraordinaria biblioteca que, para mayor desafío, tiene todos sus volúmenes
totalmente desordenados y escritos con una lengua que aún somos incapaces de leer.
Aun cuando entendiéramos ahora el lenguaje, su repaso completo a un ritmo de
una palabra por segundo durante ocho horas diarias, requeriría todo un siglo de
lectura. Así, las mejores metáforas se irán confeccionando conforme se descubra
el carácter esencialmente simbólico y computacional de nuestra vida molecular.
Los
próximos avances requieren una nueva forma de gestión de la información
El anuncio de la secuenciación del genoma humano ha abierto unas
expectativas que los científicos seremos incapaces de resolver en los próximos
decenios. El verdadero trabajo empieza ahora; en realidad, ahora comienza lo
más interesante, consistente en descifrar la función del genoma empaquetado en
el núcleo de nuestras células. Se calcula que el cuerpo humano tiene unos 100
billones de células, si bien lo que tenemos son como repúblicas de células en
las que su genoma es idéntico, un genoma que contiene todas las instrucciones
para ordenar a cada una de ellas qué debe hacerse y cómo debe hacerse. Es
decir, la célula sabe hacer aquello que nosotros aún no sabemos ni leer ni
interpretar.
Para
comprender bien el «cómo funciona», en estos momentos sólo disponemos de una
enorme cantidad de información que todavía debe ser examinada, ordenada y
comparada extensamente. El reto de
obtener este nuevo conocimiento a partir de tal cantidad de información ha dado
lugar al nacimiento de nuevas áreas de conocimiento y de nuevas tecnologías. En
el marco de la genómica y la proteómica ya se han iniciado análisis de la
expresión simultánea de miles de genes en condiciones diferentes y se comienzan
a caracterizar proteínas resultantes de la acción de genes específicos.
Asimismo, la inminente automatización y robotización de las técnicas de imagen,
ya sea por rayos X o por resonancia magnética nuclear, nos permite avanzar con
rapidez en el reconocimiento de la estructura tridimensional de las proteínas.
Pero, en todos los casos el reto (y actual limitación) es la necesidad de
mayores y sustanciales requerimientos computacionales. Mientras tanto se
consolida una nueva ciencia de la información, la bioinformática, como
resultado de la intersección entre la biología y la informática.
Del estudio comparativo entre especies sorprende una primera particularidad
del genoma humano puesto que, al parecer, sólo un 5 % de sus genes tiene
capacidad funcional. Es decir, el genoma de nuestra especie está repleto de
genes inútiles, al parecer porque vivimos tiempo y nos reproducimos con
lentitud. Las especies que, como las bacterias, están sometidas a una alta
presión en estos ciclos, carecen prácticamente de genes inútiles. Pues ni el
hombre es el ombligo del mundo ni los genes individualmente son el centro de
nuestro genoma. Porque los genes están muy relacionados entre sí, trabajan en
grupo y se someten a una influencia mutua. El conocimiento de estas relaciones
de interdependencia exige el desarrollo de sistemas expertos para simular los
genes en funcionamiento, su arquitectura y su eficacia. Actualmente se trabaja
para disponer de modelos computerizados de cómo funcionan las células y el
papel de los genes. Con ello se podrán desarrollar modelos con una elevada
capacidad de predicción, modelos que sustituirán mejor a modelos animales para
investigar acerca del diagnóstico y tratamiento de las enfermedades.
Impacto del conocimiento del genoma en nuestra
sociedad
Especular
sobre las consecuencias del conocimiento de nuestro genoma es relativamente
sencillo y puede hacerse de forma muy irresponsable, por ignorancia o por
intereses creados. Nos obliga a seguir distinguiendo entre expectativas
(positivas y negativas) y meros (aunque entretenidos) ejercicios de ficción.
Una ficción que no es resultado de deducciones fundamentadas sino que son
posibilidades imaginadas a modo de homenaje a la truculencia. Ahí caben
confortablemente los discursos sobre nuestra futura capacidad de modificar la
evolución de la humanidad (mientras un «gran hermano» nos «controla» lo que
somos y queremos ser) así como nuestros inminentes pasos hacia la inmortalidad,
eso sí, un privilegio que estará en manos de sólo unos elegidos.
La investigación genómica nos sitúa en el centro del debate acerca de los
usos y aplicaciones de este nuevo conocimiento. Un debate nuevamente
contaminado con la creciente confusión entre progreso y ciencia. Pero
afortunadamente estas reflexiones se producen en una sociedad que se interesa
progresivamente por la ciencia de forma crítica. Una sociedad cada vez más
instruida, que desea estar más y mejor informada y pide la «voz» para
participar, precisamente, en los usos y aplicaciones de todo nuevo
conocimiento. De ahí se explica en parte el creciente éxito y calidad de las
secciones de ciencia en los medios de comunicación.
El
conocimiento del genoma debería hacernos más justos y solidarios
Con el genoma humano y el de todas las especies se están obteniendo
fundamentos muy sólidos acerca de nuestra fraternidad con otras especies y cuál
ha sido nuestra evolución. La genética de poblaciones nos elimina argumentos
para seguir defendiendo la existencia de razas. Así, mientras se descifra lo
que caracteriza a nuestra individualidad se descubre que, en cambios genéticos,
los humanos somos muy iguales. Nuestra similitud genética con los chimpancés
aún es más provocadora. Al conocer el genoma de los gusanos y las moscas se
confirma nuestro pasado genético común. Las enseñanzas de la comparación
genética entre especies aleja al hombre del centro del universo. Aunque con el
tiempo conoceremos más acerca del peso de nuestra herencia o de nuestro entorno
sobre nuestros rasgos y algunos de nuestros sucesos, los argumentos y
tentaciones eugenésicas quedarán definitivamente sin fundamento. Si algo ya
sabemos es que la herencia completa de nuestros atributos, tanto los deseados
como los que no, es una quimera.
Conforme se reconozcan las funciones de nuestros genes, se dispondrá de
nuevas bases acerca de nuestra salud y nuestras enfermedades. De nuevo se sabrá
sobre la herencia o la influencia de nuestro entorno en muchas dolencias. El
conocimiento de defectos biológicos básicos, o concretamente de las funciones
de las proteínas, permitirá el diseño de tratamientos personalizados. El
tratamiento o terapia génica seguirá desarrollándose y ampliándose hacia las
enfermedades poligénicas. Actualmente, con el nombre de farmacogenómica se
lanzan expectativas acerca de una futura individualización de la terapia
medicamentosa. Algunos incluso han pronosticado que se podrá rescatar algún
medicamento que nunca fue comercializado, puesto que se sabrá de su
administración segura y eficaz en según qué tipo de personas. Aunque la
aplicación clínica amplia de la farmacogenómica requerirá varios decenios, de
ello también pronto se aprovecharán vendedores de supuestos tratamientos
«personalizados» consistentes en nada relevante. La moda de la
individualización basada en la genómica también se extenderá hacia la
alimentación y sus hábitos. Si esperamos iguales esfuerzos para saber reducir
la toxicidad de eficaces medicamentos actualmente disponibles, también se
espera que se utilice este conocimiento para una alimentación más saludable.
La genómica ocupará un lugar central como herramienta predictiva en el
campo de la medicina preventiva. Precisamente debido al hecho de que se podrá
tipificar a todo individuo según sus características genéticas, aparecen nuevas
actitudes éticas ante la modalidad de invasión de la intimidad. Aunque la
cantidad de información genética relevante que se podrá disponer será
progresiva y con el tiempo más extensa, en el mientras tanto y, basados en
meras especulaciones, los primeros conocimientos sobre defectos o rasgos
personales pueden ser usados de forma muy injusta.
Lo que ha trascendido más hasta el momento es la pugna existente acerca de
la privatización de nuestros genes. La secuencia de nuestro genoma no tiene
interés per se, sí en cambio el
conocimiento de cómo se expresan los genes o la existencia de proteínas con
funciones muy específicas. En Estados Unidos existen ya unas 700 patentes
concedidas, en Europa hay muchas menos, debido a una legislación comunitaria
que ahora tiende a relajarse. Pero mientras se reconoce que el conocimiento del
genoma es patrimonio público de la humanidad, la admisión de patentes de genes
o trozos de secuencias como si fueran «invenciones» constituyen una
contradicción. Una privatización que, a su vez, resulta una seria amenaza para
la obtención de nuevo conocimiento relacionado con cualesquiera de estas «partes
del libro» apropiadas por algunas compañías y personas. No es casual que el
anuncio «simultáneo» de la secuenciación del genoma con un representante del
sector público y otro del sector privado, sirviera para que el presidente
Clinton exteriorizara la existencia de un enorme conflicto mundial en este
terreno.
Nos dirigimos hacia un conocimiento más exhaustivo de nuestros rasgos y predisposiciones.
Es probable que se lleguen a utilizar de forma masiva pruebas genéticas
diagnósticas. La formación de personas que serán necesarias para atender y
aconsejar ante esta nueva disciplina es un asunto totalmente pendiente. La
escasez de especialistas (y del tradicional sentido común) junto con los
creadores de falsas expectativas, será un terreno abonado para comercializar
con muy pocos conocimientos. Es posible que los intereses comerciales presionen
y persuadan a médicos y enfermos para que hagan uso de análisis antes de que su
valor clínico haya sido debidamente establecido. Así, mientras la mayoría de
médicos en ejercicio tiene unos conocimientos superficiales de genética,
aparecen ya direcciones de Internet dispuestas a dar consejo o segundas
opiniones. En síntesis, a las falsas expectativas también se le unirán los
abusos basados en meras suposiciones o hechos improbables, terreno también
abonado para algunas compañías de seguros o para oficinas de selección de
personal. Las tentativas de discriminación pueden incluso introducirse en el
campo de los adolescentes, antes de que se decanten hacia nuevos estudios o profesiones.
Cuando se nos analiza sangre o células de cualquier otro tejido humano con
fines genéticos, podemos afirmar que estamos cediendo material biológico propio
susceptible de ser almacenado y duplicado de forma infinita. Es decir,
teóricamente existe la posibilidad de que consista en una entrega que podrá ser
examinada mediante unos análisis ahora difíciles de imaginar, pero también sin
nuestro consentimiento. En este sentido, nuestra información genética deberá
ser salvaguardada de alguna forma y, finalmente se deberá regular con mayor
detalle su utilización y explotación.
Cuando aún se debate acerca de la universalidad del principio de autonomía,
la futura información genética personal nos obliga a reflexionar sobre el
derecho a conocer la información de uno mismo, a qué es lo que deben o pueden
saber terceras personas o tus propios descendientes. En unos momentos en los
que tanto en la práctica clínica como en la investigación se progresa en la
sistemática obtención del consentimiento informado, este requerimiento vuelve a
replantearse. Ahora no se cuestiona la obtención de permiso previo e informado
para tratarnos una enfermedad con un determinado procedimiento o para
participar en la prueba de un nuevo medicamento, determinadas proposiciones de
estudios genéticos que son impracticables con estos requerimientos. Aparece
entonces un nuevo concepto, el del «consentimiento amplio» o el de la «consulta
informada», procedimientos que no necesariamente comparte toda sociedad.
Este es el principal punto débil de la iniciativa que está sucediendo en
Islandia. En este país, con unos 270 000 habitantes, hace ya unos tres años que
su Parlamento, en nombre de todos sus ciudadanos, aprobó por amplia mayoría la
licencia en exclusiva de toda la información sanitaria disponible a una empresa
islandesa, denominada deCODE Genetics. Islandia es un país con una población
homogénea, desde la Segunda Guerra Mundial dispone de buenos archivos de los
historiales médicos de todos sus ciudadanos, así como una completa información
genealógica mucho más antigua. La intención de la empresa es construir una
enorme base de datos relacionada para cruzar información fenotípica con datos
genotípicos y genealógicos y con el objetivo último de descubrir nuevos
instrumentos diagnósticos y terapéuticos. En consultas populares, esta
iniciativa «global» obtuvo al principio la aprobación del 75 % de los
consultados, acuerdo que ya alcanza sorprendentemente al 90 % de los
consultados en el momento presente. Aunque todo ciudadano islandés que lo desee
puede darse de baja voluntariamente y sin restricciones de la base de datos
genética, el problema sigue siendo la idoneidad del denominado «consentimiento
amplio» mediante el que se ha entregado la información personal a esta empresa
local privada, una forma de consentimiento mucho más laxa e impersonal si se la
compara con el consentimiento informado individual.
Es desde esta perspectiva que la posibilidad de que se pueda disponer de
sucesivos «retratos» genéticos de nuestra individualidad nos obliga a
introducir la perspectiva de la genética en cualquier reflexión sobre la
gestión y vigencia de nuestros principios bioéticos fundamentales. Un último
apunte se refiere al reconocimiento de que los avances sobre el genoma obligan
a incorporar a nuevos profesionales en la reflexión bioética. Este es el caso
de los biólogos sanitarios, profesionales que tradicionalmente han estado
alejados del contacto con la persona, pero que en un futuro muy cercano participarán
de los mismos desafíos bioéticos que los médicos y otros profesionales
sanitarios.
Los desafíos bioéticos que se desprenden del conocimiento sobre el genoma
humano son un síntoma más de la transformación de la ciencia en un nuevo tipo
de institución social. La UNESCO se adelantó hace tres años formulando la
Declaración Mundial sobre el Genoma Humano. Algunos opinan incluso que se
requerirá una «extensión» de los derechos humanos. Es indudable que será
necesario aumentar las protecciones y restricciones de acceso a los historiales
médicos personales, por ejemplo, así como ir regulando ante nuevos
acontecimientos. Pero también sabemos por experiencia que las leyes necesarias,
si son buenas, exigen mucho tiempo y que, en estos asuntos, van siempre a
remolque de las realidades. Una distancia que se ensancha debido a la velocidad
con la que se adquieren los nuevos conocimientos en genética. Aunque la
práctica científica está regulada y sometida a todo tipo de escrutinios, desde
que se propone la idea o pregunta de investigación hasta que llega el momento
de rendir cuentas, la pedagogía de los valores éticos resulta fundamental. Es
entonces cuando los propios científicos demuestran su capacidad para
autorregularse, fundamentalmente mediante códigos de buenas prácticas, reglas
del juego decididas colectivamente como expresión de la integridad de su
ciencia. Es cuando tanto genética y bioética constituyen dos disciplinas que
deben estar debidamente presentes en los contenidos educacionales de nuestros
jóvenes y profesionales.
Jordi Camí
Doctor en medicina y farmacología clínica. Director del Institut Municipal
d'Investigació Médica (IMIM) desde 1985. Catedrático de Farmacología de la
Universitat Pompeu Fabra (UPF), actualmente dirige el Departamento de Ciencias
Experimentales y de la Salud (CEXS) en la misma Universidad. Su principal
actividad investigadora se ha centrado en la farmacología clínica de las drogas
de abuso y en política científica. Es editor de QUARK Ciencia, Medicina, Comunicación y Cultura.
jcami@imim.es