Gutenberg, la máquina de
vapor, Internet... y más allá
Peter Drucker
El impacto de la revolución de la información se ha comenzado a notar de forma leve. Pero, tal y como refleja el autor en este artículo no es «la información» la que alimenta este impacto ni tampoco la inteligencia artificial, sino algo que casi nadie había previsto ni siquiera pensado hace una década: el comercio electrónico; es decir, la aparición de Internet como la red internacional de distribución de bienes, de servicios y de empleo para especialistas.
We are beginning to sense the impact of the
Information Revolution. But as the author describes in this article, it is not
«information» what is nurturing this impact, it is not «artificial
intelligence», but something no one had foreseen or even though of a decade
ago: e-commerce. That is, the development of Internet as an international net
for the distribution of goods, services and employment for specialists.
Internet está transformando las economías, los
mercados y las estructuras de la industria; los productos, los servicios y su
circulación; el reparto, los valores y el comportamiento de los consumidores;
el mercado de trabajo y sus empleos. Pero el impacto será todavía más grande
sobre las sociedades y la política, y por encima de todo, sobre nuestra visión
del mundo y sobre nuestro lugar en el mundo.
Al mismo tiempo, nuevas actividades inesperadas van
a emerger rápidamente. Ya existen algunas muy claras, como la biotecnología. Es
muy probable que otras tecnologías emerjan de repente y den lugar a grandes
industrias. Estas predicciones se basan en la hipótesis de que la revolución de
la información evolucionará como las otras «revoluciones» tecnológicas desde
hace 500 años, desde Gutenberg y la revolución de la imprenta en 1455. En
particular, la hipótesis es que la revolución de la información seguirá las
mismas etapas que la revolución industrial, y es lo que ha ocurrido durante su
primer medio siglo.
El ferrocarril...
La revolución de la información está en el mismo
punto que la revolución industrial a principios de la década entre 1820-1830.
Unos 40 años después de la primera aplicación
industrial, en 1785, de la máquina de vapor de James Watt (creada en 1776)
aparece la fábrica de hilados del algodón. El motor de vapor fue para la
revolución industrial lo que el ordenador es para la revolución de la
información: su detonante, pero ante todo su símbolo. Todo el mundo cree hoy en
día que nada en la historia económica ha evolucionado más rápido, o tuvo más
impacto, que la revolución de la información. Pero la revolución industrial ha
evolucionado igual de rápido y su impacto ha sido probablemente equivalente, si
no más importante, por la mecanización de los procedimientos de fabricación,
empezando por el textil.
Según la ley de Moore, el precio del microchip,
elemento de base de la revolución de la información, cae en picado, hasta la
mitad, cada 18 meses. Pasó lo mismo con los productos que fueron mecanizados
durante la primera revolución industrial: la tela de algodón, el papel, el
vidrio, el cuero y los ladrillos de la construcción, pero también con el hierro
y los metales. Al final de las guerras napoleónicas, Eli Whitney había
mecanizado la fabricación de mosquetes en Estados Unidos y creado así la
primera industria de producción en masa. Durante estos 40 o 50 años se produjo
la eclosión de la fábrica de la «clase obrera». Estadísticamente
insignificantes en la Inglaterra de la década de 1820 a 1830, fueron en
realidad decisivos psicológica y políticamente. En su Informe sobre las
manufacturas de 1791, antes de que hubiera fábricas en Estados Unidos,
Alexander Hamilton preveía la industrialización del país. Diez años más tarde,
en 1803, el economista francés Jean-Baptiste Say se dio cuenta de que la
revolución industrial había cambiado la economía política creando al
«empresario».
Las consecuencias sobrepasaron en mucho la fábrica y
la clase obrera. Tal y como ha dicho el historiador Paul Johnson en Una
historia del pueblo americano (1997), fue la eclosión de la industria textil
la que resucitó la esclavitud. Considerada prácticamente muerta, la esclavitud
resurge cuando las máquinas de vapor para desgranar el algodón crearon una gran
demanda de mano de obra barata e hicieron del comercio de esclavos la actividad
más rentable de Estados Unidos durante varios decenios.
La revolución industrial también ha tenido un efecto
considerable sobre la familia. Desde hace mucho tiempo, el núcleo familiar era
la unidad de base de la producción. En la granja y en los talleres de
artesanos, el marido, la mujer y los hijos trabajaban juntos y por primera vez
en la historia, la fábrica hizo que los trabajadores dejaran el hogar. La
«crisis de la familia» empezó con la revolución industrial y era de hecho uno
de los temas de preocupación de aquellos que denunciaban el trabajo en la
fábrica.
No obstante, a pesar de estos diferentes efectos, la
revolución industrial, durante su primer medio siglo, sólo mecanizó la
producción de bienes que ya existían, incrementando los rendimientos y
reduciendo los costes en proporciones enormes; creando a la vez consumidores y
bienes de consumo estandarizados que tenían menos defectos que los mejores
productos de los artesanos de antaño. Durante este período hubo un producto
nuevo e importante: el barco de vapor de Robert Fulton, inventado en 1807, pero
que tardó de unos 30 a 40 años en implantarse. De hecho, hasta finales del
siglo XIX, la mayoría del transporte marítimo todavía se realizaba mediante
veleros. En 1829 apareció el ferrocarril, un producto verdaderamente sin
precedentes que cambió para siempre la economía, la sociedad y la política.
A posteriori, no logramos comprender por qué la invención del
ferrocarril tardó tanto tiempo. En las minas de carbón ya existían raíles para
desplazar vagones. ¿Había algo más evidente que colocar un motor de vapor a un
vagón en vez de que la gente lo empujara o que lo arrastraran los caballos?
Pero el ferrocarril no nació de los vagones de las minas. Fue desarrollado
independientemente, con el objetivo de transportar pasajeros y no cargas. Sólo
30 años más tarde fue cuando en América los trenes empezaron a servir para el
transporte de las mercancías.
Sin embargo, a principios de la década de los
treinta del siglo XIX, el mundo occidental se adentraba en el mayor boom
de la historia económica, el del ferrocarril, que duró casi hasta 1860 en
Europa, época en que se construyeron las principales líneas actuales. En
Estados Unidos, este boom todavía continuó unos 30 años, y en las
regiones periféricas (Argentina, Brasil, Rusia asiática y China) hasta la
Primera Guerra Mundial.
El ferrocarril no sólo inauguraba una nueva
dimensión económica, sino que transformaba lo que podríamos denominar la geografía
mental. Por primera vez en la historia, los hombres adquirían una verdadera
movilidad: el horizonte de las personas se ampliaba. Los contemporáneos
detectaron inmediatamente que se había producido un cambio fundamental en las
mentalidades. Como ha destacado Fernand Braudel en su último gran libro La
identidad de Francia (1986), fue el ferrocarril el que hizo de Francia
--que antes era un mosaico de regiones autosuficientes unidas políticamente--
una única nación dotada de una cultura común. Y todos conocemos el papel del
ferrocarril en la creación del Oeste americano.
Al igual que la revolución industrial hace dos
siglos, hasta ahora --o sea desde la invención del primer ordenador a mediados
de los años cuarenta-- la revolución de la información no ha hecho más que
transformar los procesos preexistentes. No es la información la que ha manifestado
su verdadero efecto. Por ejemplo, no ha cambiado prácticamente nada en la
manera en que se toman las grandes decisiones económicas o políticas. Pero la
revolución de la información ha facilitado las operaciones tradicionales en una
infinidad de ámbitos.
Su impacto psicológico, como el de la revolución
industrial, es enorme. Alcanza su máximo en la manera en que los jóvenes
aprenden a utilizar los ordenadores. Dentro de 50 años, se podría concluir que
no hubo «crisis de la educación» en los últimos años del siglo XX, sino tan
sólo una incompatibilidad creciente entre cómo se enseñaba en las escuelas en
esta época y cómo aprendían los niños. Algo parecido se produjo en la
universidad del siglo XVI, unos 100 años
desde la invención de la imprenta.
Pero en nuestro trabajo, hasta ahora la revolución
de la información sólo ha facilitado lo que ya se hacía desde siempre, siendo
la única excepción la invención del CD-ROM hace 20 años como nuevo soporte
cultural. Pero al igual que el barco de vapor, el CD-ROM no «funcionó»
enseguida.
El comercio electrónico
El comercio electrónico
es a la revolución de la información lo mismo que supuso el ferrocarril
para la revolución industrial: un desarrollo sin precedentes, inesperado. Al
igual que el ferrocarril hace 170 años, el comercio electrónico está creando un
nuevo boom que va a transformar la economía, la sociedad y la política.
En la nueva geografía creada por el ferrocarril, la humanidad se ha
acostumbrado a las distancias. En la del comercio electrónico se han eliminado.
Únicamente hay una economía, sólo hay un mercado. En consecuencia, cada
comercio debe volverse competitivo, incluso si sólo fabrica o vende localmente
o regionalmente. La competencia ya no es local, no conoce fronteras. Cada
empresa debe ser transnacional en su concepción. Pero las multinacionales
actuales también podrían volverse obsoletas. Fabrican y distribuyen en el
extranjero, pero en cada país son empresas locales. Con el comercio
electrónico, estas empresas ya no son ni extranjeras ni locales. Dónde fabricar
o cómo vender ya no serán preguntas esenciales, no determinarán lo que hace una
empresa, cómo lo hace y dónde lo hace.
Al mismo tiempo, no sabemos qué bienes y servicios
serán comprados y vendidos on-line, y cuáles estarán inadaptados al sistema. Lo
mismo ocurre para el impacto de los cambios más recientes sobre la
distribución: el paso del colmado de la esquina al supermercado, del
supermercado independiente a la cadena de supermercados y de la cadena de
supermercados a los hipermercados. Ya está claro que el paso del comercio
electrónico será ecléctico e inesperado.
He aquí algunos ejemplos: hace un cuarto de siglo,
pensábamos que en unos 10 años, el libro sería distribuido electrónicamente a
suscriptores que leerían los textos directamente en la pantalla de ordenador o
los «telecargarían» para imprimirlos. Era una hipótesis que estaba en la base
del CD-ROM. Así, un número incalculable de periódicos y revistas, no sólo en
Estados Unidos, se han establecido on-line;
pocos hasta la fecha se han se han enriquecido. Pero si alguien, hace 20 años
hubiera predicho el advenimiento de Amazon (http://www.amazon.com), es decir la
venta de libros en Internet distribuidos en formato papel, se le habrían reído
a la cara.
En el boom de Wall Street en 1998 y 1999, se
compra y vende cada vez más en la red pero los inversores parecen dejar de lado
la compra on-line. Únicamente el 35 % de las compras de
los mutual funds, mayor vehículo de
inversiones de Estados Unidos, se hace en la red en el 2000 (respecto a la
mitad hace algunos años) y se estima que la proporción caerá hasta el 20 % en
el año 2005. Al contrario de «lo que todo el mundo se esperaba» hace 10 o 15
años. El crecimiento más rápido del comercio electrónico en Estados Unidos se
está produciendo en un ámbito donde no había verdaderamente «comercio» hasta el
momento: el de las ofertas y demandas de empleos. La mitad de los más grandes
grupos mundiales reclutan en páginas web, y casi 2,5 millones de candidatos
(cuyos dos tercios no son ni ingenieros ni profesionales de la informática)
colocan su currículum en Internet. De ahí, surge un mercado de trabajo
totalmente nuevo.
Esto ilustra otro efecto importante del comercio
electrónico. Las nuevas redes de distribución no sólo cambian la manera de comprar
de la gente, sino también lo que compran. Estas redes transforman el
comportamiento del consumidor, las formas de ahorro, las estructuras de la
industria; en definitiva, la economía entera. Es lo que está ocurriendo en el
mundo desarrollado y en un buen número de países emergentes como China.
Lutero, Maquiavelo, el salmón
Como hemos visto, el ferrocarril ha permitido que la
revolución industrial se lleve a cabo. No obstante, si el impacto que ésta
había provocado duró un centenar de años, la propulsión a vapor cesó
rápidamente al estar en el corazón del cambio. La dinámica tecnológica conllevó
la creación de actividades completamente nuevas casi después de la invención
del ferrocarril. De 1830 a 1840, primero fue la fotografía y luego el telégrafo
eléctrico, seguidos poco después por la óptica y la mecanización agrícola. El
nacimiento de la industria de los adobos a finales de esos años treinta,
transformó enseguida la agricultura. La sanidad pública, obsesión de la época,
se convirtió en una fuente mayor de actividades. La vacunación, el agua potable
y el alcantarillado hicieron de la ciudad un hábitat más sano que el campo.
Durante esta misma época nacieron los anestésicos tal como los entendemos hoy.
Con estas nuevas tecnologías aparecieron nuevos servicios:
el correo más moderno, los periódicos, las cajas de ahorro y de negocios, por
citar sólo algunos. Todo esto no le debía nada a la máquina de vapor o, en
general, a las tecnologías de la revolución industrial. Sin embargo, son estos
nuevos servicios los que, en 1850, dominaban el paisaje económico e industrial
de los países desarrollados.
Todo esto recuerda lo ocurrido con la invención de
la imprenta (hacia 1440), la primera de las revoluciones tecnológicas que creó
el mundo moderno. En 50 años, la revolución de la imprenta arrasó en Europa y
cambió radicalmente su economía y psicología. Pero los primeros libros impresos
contenían los mismos textos que los monjes recopiaban a mano desde hacía siglos
en sus scriptoria: la literatura
religiosa y lo que quedaba de los escritos de la antigüedad. Unos 7000 títulos
fueron publicados durante 50 años, en 35 000 ediciones. Al menos 6700 títulos
retomaban textos tradicionales. En otras palabras, la imprenta hacía
disponibles informaciones ya conocidas, y a un precio cada vez más bajo. Unos
60 años después de Gutenberg, apareció la Biblia alemana de Lutero, de la que
se vendieron miles y miles de ejemplares rápidamente a un precio increíblemente
bajo. Gracias a la imprenta, la Biblia de Lutero cambió la sociedad. Permitió
al protestantismo conquistar la mitad de Europa y forzó la reforma de la
Iglesia católica. Lutero utilizó deliberadamente este nuevo medio de
comunicación para recolocar la religión en el centro de la vida del individuo y
de la sociedad, siendo el detonante de un siglo y medio de reforma, revueltas y
guerras de religión.
Al mismo tiempo, Maquiavelo publicaba otro best-seller, El Príncipe (1513), su libro más célebre y el que tuvo más
influencia, el primer libro occidental que no contuvo cita alguna a la Biblia
ni referencias a los escritores de la antigüedad. En poco tiempo, florecieron
las obras profanas, que hoy llamamos literatura. En Inglaterra, pronto
aparecería el teatro moderno. También se formaron nuevas instituciones: la
Compañía de Jesús, la Infantería española, la Marina moderna y finalmente el
Estado-nación soberano. En otras palabras, la revolución de la imprenta ha
recorrido una trayectoria que iban a seguir la revolución industrial 300 años
más tarde y la revolución de la información hoy en día.
Los próximos 20 años verán emerger nuevos sectores
de actividad. Pero es casi seguro que pocos de ellos nacerán de la tecnología
de la información, del ordenador, del tratamiento de datos o de Internet. Todos
los precedentes históricos así lo hacen pensar. Ya se puede constatar, la
biotecnología ya esta aquí.
Otro servicio también espera su turno: el seguro
contra los riesgos generados por la mundialización de los intercambios. En las
próximas décadas, probablemente se verán cambios tecnológicos todavía más
importantes que la aparición del ordenador, y transformaciones industriales,
económicas y sociales si cabe más masivas que las que acabamos de vivir.
Gentleman y tecnólogo
Las nuevas
actividades que emergieron después del ferrocarril le debían poco,
tecnológicamente hablando, al motor de vapor o a la revolución industrial en
general. Pero eran sus hijos en espíritu. Únicamente el estado de ánimo
suscitado por la revolución industrial las ha hecho posibles. Era un espíritu
ávido de nuevos productos y de nuevos servicios, de innovación, de invención.
Esta mentalidad estuvo en el origen de los valores
sociales que facilitaron la eclosión de las nuevas actividades y sobre todo
creó el «tecnólogo». Hacia 1850, el predominio de Inglaterra en cuanto a
economía industrial se pone en entredicho, primero por Estados Unidos y después
por Alemania. No se ciñe sólo a la economía o a la tecnología. La principal
causa es social. Desde un punto de vista económico, y sobre todo financiero,
Inglaterra fue la gran potencia hasta la Primera Guerra Mundial.
Tecnológicamente, conservó su ránking durante el siglo XIX. Pero Gran Bretaña no
aceptaba socialmente al tecnólogo. Éste no se convirtió nunca en un gentleman.
Ningún otro país honró tanto al «científico» y Gran Bretaña conserva el
liderazgo en física durante todo el siglo XX, mientras el tecnólogo se quedaba
como un «comerciante».
Inglaterra tampoco desarrolló la empresa capitalista
que tiene los medios y el espíritu necesarios para financiar lo inesperado. Invención
francesa descrita por vez primera en La comedia humana de Balzac en los
años 1840, esta empresa capitalista fue verdaderamente constituida en Estados
Unidos por J.P. Morgan y simultáneamente, en Alemania, y en Japón a través del
concepto de banco universal. Pero Inglaterra, incluso habiendo inventado y
desarrollado el banco de comercio para financiar los intercambios, no disponía
de institución alguna que financiara a su industria hasta que dos refugiados
alemanes, S.G. Warburg y Henry Grunfeld, abrieron un banco de apoyo a los
empresarios en Londres justo antes de la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué hace falta para impedir que Estados Unidos se
convierta en la Inglaterra del siglo XIX? Según mi punto de vista, un cambio
radical de las mentalidades. Lo que llamamos la revolución de la información
es, de hecho, una revolución del saber. No es la máquina la que ha permitido
estandarizar el conjunto de operaciones de producción, el ordenador ha servido
únicamente de detonante. ¿Qué es el programa informático? Es la aplicación del
conocimiento y sobre todo del lógico análisis sistemático a la reorganización
del trabajo tradicional basado en siglos de experiencia. La clave no es la
electrónica, es la ciencia cognitiva. Esto significa que para conservar el liderazgo
de la economía y de la tecnología del mañana, la clave es el estatus social de
los profesionales del saber y la aceptación de sus valores por la colectividad.
Hoy en día, no obstante, intentamos mantener la
lógica tradicional donde el capital es la fuente primordial y el financiero el
jefe, comprando a los trabajadores del saber a golpe de primas y de stock-options para persuadirles de que
están contentos de ser simples asalariados. Pero esto sólo puede funcionar si
las actividades nacientes se benefician del boom bursátil, como los
servidores de Internet.
Los grandes sectores del futuro se van a comportar
probablemente como las industrias tradicionales, es decir, crecer lentamente,
con dificultades, laboriosamente. Las primeras industrias de la revolución
industrial (el algodón, el hierro, el ferrocarril) eran actividades
especulativas que permitieron a algunos convertirse en millonarios rápidamente.
Las que emergieron después de 1830 también hicieron millonarios, pero
necesitaron 20 años… de duro trabajo, lucha, decepciones y fracasos. Esto
ocurrirá probablemente en las nuevas actividades que surgirán a partir de hoy.
Ya es cierto en el caso de las biotecnologías.
Será difícil comprar a los trabajadores del saber de
los que dependen estas industrias. Seguramente seguirán esperando un reparto de
los frutos de su trabajo. Pero los frutos financieros tardarán más en madurar,
si es que lo hacen. Entonces, de aquí a 10 años, dirigir las empresas cuyo
único objetivo y sola justificación es «crear valor para los accionistas» (a
corto plazo) será contraproducente.
Cada vez más, la potencia de estas industrias
fundadas sobre el conocimiento dependerá de la manera en que sus dirigentes
sepan atraer, retener o motivar a los trabajadores del saber. Cuando ya no se
consiga sólo por el dinero, habrá que aceptar sus valores, darles
reconocimiento y poder. Hará falta dejar de considerarlos subordinados para
transformarlos en responsables en la toma de decisiones, y dejarán de ser
asalariados, aunque bien pagados, y se convertirán en asociados.
Peter Drucker
Nació en 1909 en Viena. Trabajó de economista en
entidades bancarias de Londres y Estados Unidos. En 1937 comenzó a realizar
trabajos de consultor internacional de gestión y profesor de ciencias políticas
y filosofía. Desde 1971 es profesor de ciencias sociales en la Claremont
Graduate School en California. Ha publicado más de treinta libros de gestión y
economía.
drucker@cgu.edu