¿Es sencilla la vida?
Is life simple?
Steve
Jones y John Brockman*
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© Edge
Foundation, Inc., 2000 (27 de marzo 2000), http://www.edge.org
* Este artículo reproduce
una conversación entre el biólogo Steve Jones y John Brockman, presidente de la
Edge Foundation (http://www.edge.org), una
fundación sin ánimo de lucro que promueve la discusión de aspectos
intelectuales, filosóficos, artísticos y literarios en la sociedad, además de
un trabajo para el conocimiento intelectual y social.
Steve Jones considera que la biología es ahora una ciencia más coherente de lo que se pensaba hace 20 años. Pero ahora esta ciencia necesitará un tiempo de reflexión. La secuencia del DNA es mucho más complicada de lo que nadie podía imaginar. En su opinión, la mayoría de los descubrimientos recientes encajan con las ideas de Darwin.
Steve Jones believes biology is now being
perceived as a more coherent science that it was 20 years ago. He claims,
however, biology will now enter a period of reflection. A DNA sequence has
proven to be much more complicated than anyone had previosly envisioned. In his
opinion, the majority of the most recent discoveries fit in perfectly with
Darwins's ideas.
Steve Jones es un genetista muy bien
considerado y un estudioso de la biología de los caracoles. Le interesa saber
las causas de la enorme diversidad en animales y plantas: porqué no hay dos
individuos iguales. Sin duda se podría pensar que la selección natural debería
llevar a la evolución de una forma perfecta para cada especie. Jones trabaja
con la sorprendente variedad de colores de las conchas y los diferentes motivos
rayados del caracol de tierra Cepaea
nemoralis. Cepaea es un modelo de
diversidad desde el siglo XIX. En los años cincuenta, los biólogos ingleses
Arthur Cain y Phillip Sheppard afirmaron que estas diferencias, aparentemente
tan triviales, se debían a la selección natural (en este caso porque los
pájaros atacarían preferentemente a las formas más llamativas). Jones ha
descubierto que el clima también influye y –lo más importante– que las
diferencias en los microclimas separados unos cuantos centímetros pueden
alterar el comportamiento y las oportunidades de supervivencia de los caracoles
con diferentes dibujos. Los hábitats ecológicamente complejos, por tanto,
albergan cierta diversidad genética. Jones ha escrito y ha dado conferencias
sobre temas de ciencia al público general durante quince años. Su libro The language of the genes ganó el Science Book Price de 1994 en
Estados Unidos.
Steve Jones:
Las pequeñas preguntas que me hago son sobre la genética de los caracoles y las
moscas de la fruta. Supongo que no tienen un gran interés. No obstante, son
parte de una cuestión de mayor envergadura: «¿Es sencilla la vida?». Y la
respuesta probablemente sea más sencilla de lo que podríamos imaginarnos,
porque las reglas de la evolución son simples y los intentos realizados para
moldearlas o modificarlas al final se han demostrado bastante innecesarias. Da
la impresión de que Darwin tenía bastante razón. La mayoría de descubrimientos
recientes encajan con sus ideas. Al final del siglo, la biología parece una
ciencia más coherente de lo que pensábamos hace sólo 20 años, lo que me parece
algo sorprendente –porque, para el público general, la vida es básicamente un
lío–. Sin duda, si nos concentramos exclusivamente en los detalles, éstos se
van complicando cada vez más. La secuencia del DNA es mucho más complicada de
lo que nadie se podía imaginar; no es un panorama alentador. Pero la evolución
de la descendencia, tal como lo planteó Darwin, o la acción de genética y
tiempo, como podríamos reformularlo hoy, sigue siendo la base de la vida. La
biología no es como la física; la física de Newton, en su aspecto más profundo,
es errónea, mientras que el mendelismo y el darvinismo son profundamente
ciertas.
John Brockman: ¿Cómo intenta convencer al público de eso?
S.J.:
Se me ocurrió la atrevida –algunos pensarán que incluso arrogante– idea de
reescribir El origen de las especies
en mi nuevo libro Darwin’s Ghost. La
idea era tomar lo que Darwin denominaba su «largo argumento» y darle forma
teniendo en cuenta los hechos de 1999 en lugar de los de 1859. Tal como digo
para aburrir a mis editores, puede ser un libro pésimo, pero es una gran idea,
y quedé sorprendido de lo bien que se aguantaba el argumento de Darwin. Estamos
pensando en una edición impregnada de brea que queme bien para vender en
Kansas, pero estaría bien pensar que lo podrían leer algunos creacionistas
antes de condenarlo a la hoguera. Sin embargo, la dificultad a la hora de
discutir con los antirracionalistas es que no aceptan la argumentación
racional. Las personas como Steve Gould han hecho una noble labor intentando
aplicar la argumentación racional. Pero a la mayoría de ellos no les
convencerán los hechos que se les presenten, de modo que mi libro puede tener
un efecto cero sobre ellos. Lo curioso sobre el lío de Kansas, y de todo el
movimiento creacionista de Estados Unidos, es lo nuevo que es. La gente siempre
supone que cuando se publicó El origen de
las especies –hace nada– las calles se bañaron de sangre, los edificios de
las ciudades estallaron en llamas, las iglesias se vinieron abajo y cientos de
personas se colgaron desesperadas. Por supuesto, eso era mentira. Algunas
personas inteligentes mantuvieron un concienzudo debate y hacia finales del
siglo XIX la mayoría de personas religiosas, tanto aquí como en Estados Unidos,
habían llegado a aceptar a Darwin. Tenían dos enfoques, cada uno de los cuales
estaba justificado a su modo. Uno era decir que la historia del Génesis era una
metáfora y que cada día representaba millones de años. El otro procedía de
Wallace; decía que los seis días eran reales, pero eran los días en los que
Dios puso en la humanidad una especie de alma posbiológica, que no precisaba de
genes y no dejaba fósiles. La mayoría de personas religiosas aceptan de buen
grado que el propio Papa haya presentado recientemente una conclusión parecida.
Hasta los años sesenta, el creacionismo de la línea dura no volvió a la vida, y
fue principalmente en Estados Unidos. La razón no la tengo nada clara. Se trata
de una agenda política en la que la mayoría de los creacionistas están a la
derecha, y desean creer que hay una conspiración de la izquierda en su contra.
Si las personas de pensamiento liberal creen en la evolución, el evolucionismo
debe estar mal. Pero, por supuesto, la ciencia –cualquier ciencia– no es así;
no importa quién lo crea, lo que importa es lo que es verdad y lo que no. Y
tengo que decir que la evolución es cierta, pese a lo que puedan pensar
millones de personas. Pero la razón por la que ha aparecido de pronto esta
manía antirracional no la entiendo.
J.B.:
¿De qué forma ha
evolucionado la propia idea de la evolución?
S.J.: Ha evolucionado de formas bastante
innecesarias. Si miras hacia atrás, y analizas muchas de las controversias
sobre evolución de los últimos 30 años, en realidad se han desvanecido con el
avance del conocimiento. Por ejemplo, «los equilibrios puntuados» fue una
cuestión de debate útil, puesto que hizo que los biólogos se mostraran menos
pretenciosos sobre sus conocimientos evolucionistas. O el largo y pesado debate
sobre la coadaptación, la idea de que los genes no actuaban individualmente,
sino como universos en armoniosa interacción, y que ello hacía más lenta la
evolución porque era más difícil avanzar. O la gran idea de Sewall Wright de
que la mayor parte de la evolución se efectuaba por accidente, al ir salvando
obstáculos, sencillamente porque la selección natural nunca podría llevar de
una forma a otra nueva sin pasar por formas mal adaptadas intermedias.
La mayor parte de lo que parecía inexplicable
encaja, tal como vemos ahora, en la teoría darwinista ortodoxa. Han estado
buscando «el talón de Aquiles» de Darwin sin parar, desde el día en que murió.
Y aunque se han encontrado algunas grietas, es sorprendente lo bien que se ha
aguantado. La mayoría de estas ideas evolucionistas en evolución se han ido
extinguiendo con la aparición de otras originales. La única parte importante
que faltaba en 1859 era el mecanismo de transmisión de la herencia, pero,
cuando apareció, el planteamiento ha adquirido tal solidez que probablemente
gran parte de lo que hemos estado discutiendo desde entonces carece de gran
importancia.
J.B.:
¿Porqué es tan importante
que el público entienda la ciencia para llevar a Kansas hacia el creacionismo?
S.J.: Cuanto
mejor es el científico, más estrecha es su mentalidad; es una buena regla
general. Y eso es la ciencia, una serie de mentalidades estrechas todas juntas.
Muy ocasionalmente aparece un pensador de mentalidad más abierta (y yo
incluiría a Gould en esa categoría) que descubre algo que ha pasado inadvertido
a la gran congregación de mentes. El gran problema de la comprensión de la
ciencia por parte del público, tan evidente en Kansas como en cualquier otro
lugar, es no darse cuenta de ello. La gente no comprende lo que podríamos
llamar la gramática de la ciencia, el modo en que funciona. Muchos creen que
como la ciencia plantea grandes desacuerdos, debe estar mal. Pero no es como la
religión, dominada por un gran acuerdo, por lo menos en el seno de cada fe. Una
vez más, al contrario de lo que sucede con la religión, tendemos a no hablar
mucho de lo que nos une y nos centramos en las dificultades. Eso, en cualquier
caso, es un signo de fuerza y no de debilidad. Cualquier ciencia en la que
todos están de acuerdo sobre todas las cosas está muerta.
J.B.:
El darwinismo sigue siendo
un tema de interés en el Reino Unido. Los libros sobre Darwin suelen estar en
lo más alto de las listas de ventas, mientras que los mismos libros publicados
en Estados Unidos atraen poco la atención y pasan bastante desapercibidos. ¿Eso
se debe a que Darwin juega en casa en el Reino Unido?
S.J.: En
parte sí. Darwin aparecía en los billetes de 20 libras, por lo que veías su
cara cada día. Es de casa, es un icono en Gran Bretaña. Y todo el mundo ha oído
hablar de él no sólo como un científico excepcional, sino como alguien que tuvo
una vida emocionante e interesante. Cualquier escolar te puede hablar del viaje
del Beagle. Y se presenta como un personaje atractivo. Por ello hay
tantas buenas obras de literatura científica sobre evolución. ¿Por qué no
hablan los Gould o Pinker de la química del cloro? Estoy seguro que será igual de
interesante, pero por lo que yo sé no hay rey del Cloro alguno sobre el
que construir una historia.
J.B.:
¿Qué piensa del emergente
campo de la psicología evolucionista?
S.J.: Todo
ese asunto me deprime un poco, en muchos casos es un discurso banal. Por
supuesto, algunos aspectos del comportamiento humano proceden de modificaciones
del pasado. La mitad de los genes más o menos tienen que ver con el cerebro y
sería una estupidez decir que esos genes son diferentes a los demás, que no
pueden evolucionar. Está claro que descendemos de primates sociales y no es
casual que el peor castigo, después de la pena de muerte, sea el aislamiento.
Si descendiéramos de los orangutanes, que son bastante solitarios, el peor
castigo sería obligarnos a celebrar una fiesta multitudinaria. De modo que en
ese sentido es evidente que existe una psicología evolucionista.
Pero el problema es disfrazar la obviedad del
hallazgo. Se están haciendo muchas investigaciones, por ejemplo, sobre el
índice de madrastras que matan a sus hijos; eso es sociología y muy respetable.
Pero debo decir que no me sorprende mucho observar que las madres quieran más a
sus hijos que las madrastras. Y los psicólogos evolucionistas saltan por encima
de las mesas proclamando lo fantástico del descubrimiento, equivalente al de la
estructura de la doble hélice: ¡que las madres quieren a sus hijos! ¿Y qué? Y
que los hombres son más violentos que las mujeres. Bueno, yo ya me lo
imaginaba. Es cierto, pero no es que sea muy profundo.
Y luego está este ambiente nebuloso de la
pseudociencia que rodea todo el asunto. Es lo que califico de neocreacionismo.
En Kansas no se puede explicar nada a partir de la evolución; está mal. Y ya
está. Para muchos psicólogos evolucionistas, en cambio, todas las cosas de la
sociedad humana (guerras, paz, violaciones, el matrimonio, todo) se explica a
partir de los genes. Pero si todo se pudiera explicar, no se podría explicar
nada. No se necesitarían experimentos; todo estaría en la «biblia darwinista».
He visto explicaciones evolucionistas del acné, de los cotilleos, de las
fiestas con baile... Es un juego de salón que se llama «nombra y explica».
Exactamente igual que en el caso de los creacionistas, no se necesita más que
fe. Los darwinistas más infantiles se están poniendo en una situación en la que
es imposible perder. Si todo se puede sacar de la Biblia o de El origen de las especies, no tiene
sentido seguir con la investigación científica.
La evolución es para los sociólogos lo mismo
que las estatuas para los pájaros. Es una plataforma cómoda desde la que dejar
caer ideas a medio elaborar. Una cosa particular de la psicología evolucionista
–que es lo que la mayoría del público considera el centro de la ciencia– es que
casi no se comenta en la práctica de la evolución. Se hace en conferencias
sobre psicología, pero nunca en las convenciones sobre evolución. Yo voy a
decenas de ellas. Se discute sobre datos de fósiles, sobre DNA, comportamiento
animal, selección familiar, la naturaleza de las especies, sobre todo. Pero la
psicología evolucionista, para los evolucionistas, está pasada de moda. Nunca
he visto a ninguno de sus partidarios en un congreso científico y no creo que
la facultad de arte tenga gran cosa que decir de utilidad sobre ciencia.
J.B.:
¿Qué quiere conseguir con Darwin’s Ghost?
S.J.: En
parte lo hago por el motivo del Dr. Johnson, que es el de que ningún hombre en
su sano juicio ha escrito jamás si no es por dinero. Pero también lo hice
porque había una laguna que se debía cubrir. Hay gran cantidad de buenas obras
sobre biología evolucionista, pero no hay libro alguno de calidad sobre
evolución en particular. Gould escribe apasionadamente y con acierto sobre
fósiles; Dawkins, sobre selección natural; Pinker, sobre comportamiento;
Diamond, sobre nuestro pasado biológico; pero cada uno de estos temas es sólo
una pequeña parte de la historia de la evolución y sólo un capítulo (y en el
caso de los humanos ni siquiera eso) en El
origen de las especies.
Hace muchos años, algunos colegas y yo mismo
pensamos que podríamos escribir un texto sobre evolución. Y tuve la brillante
idea de cómo escribirlo: se trataba de tomar El origen de las especies y hacer esta reflexión: 'Vale, esta es la
historia. ¿Por qué no usamos la misma lógica e introducimos los hechos de
actualidad?' En cuanto empezamos se hizo evidente que no iba a ser un libro,
sino toda una biblioteca; iba a tener la misma extensión que Biology; sería enorme: todo desde Aristóteles a Zoos. Así que lo
aparqué en un rincón de mi cerebro durante 20 años y después me dediqué a
hacerlo a una escala mucho menor. El gran problema era decidir qué dejar fuera.
Sin embargo, me sorprendió lo bien que aguantó la estructura original de la obra de Darwin. Tiene el flujo
narrativo y una estructura, y todos los descubrimientos recientes encajan en él
extraordinariamente bien.
J.B.:
¿Hacia dónde cree que se
dirigen las ciencias biológicas a corto plazo?
S.J.: El
futuro inmediato es el de la introspección. Ahora vivimos las consecuencias del
boom molecular pasado. Hace cinco
años los más optimistas decían que pronto curaríamos las enfermedades
genéticas. Estas mismas personas han permanecido significativamente calladas
durante los últimos 12 meses, y van a estar mucho más calladas en los próximos
dos años. El gran objetivo imposible, la secuencia del genoma humano no está
respondiendo muchas preguntas, mejor dicho está planteándolas. Y esperar una
recompensa inmediata es ser demasiado optimista. En 1540 se diseccionó el
primer corazón, la circulación de la sangre se descubrió en 1670 con William
Harvey, pero el primer transplante de corazón se realizó en 1966. No digo que
vayan a pasar 400 años entre el descubrimiento de la secuencia del genoma
humano y la aplicación médica de la genética, pero va a llevar mucho más de lo
que nadie se espera. Y realmente creo que lo que necesita la biología es que
nos sentemos y nos pongamos a pensar.
J.B.:
¿Cuál será su próximo paso
en la investigación científica?
S.J.: Volver a ser una de las grandes mentes
estrechas del siglo. Una de las cosas en las que Gould y yo coincidimos
perfectamente es que estamos entre los seis científicos más expertos en el
mundo de la genética de los caracoles; y los otros cuatro están de acuerdo en
eso. Quiero volver a estudiar la genética de la población de caracoles de tierra
de los Pirineos, lo cual es mucho más divertido que escribir libros.
Steve Jones
Biólogo, profesor de genética en el Galton Laboratory del University College de Londres, codirector (con Robert Martin y David Pilbeam) de The Cambridge Encyclopedia of human evolution. Autor entre otras publicaciones de In the Blood; The language of the genes: biology, history and the evolutionary future. Su última publicación es Darwin’s Ghost: The Origin of Species Updated (Random House, abril 2000).