Cognitive science
and language: perspectives and hindrances
Manuel García-Carpintero
La ciencia cognitiva podría definirse como la
investigación científica de las capacidades constitutivas de la racionalidad
desde diferentes perspectivas. Lingüística, biología, psicología, ciencia de la
computación y filosofía tienen aportaciones que hacer a la ciencia cognitiva.
En el texto se describen las principales expectativas de esta ciencia y los
obstáculos con los que tropieza en su desarrollo.
Cognitive
science could be defined as the scientific study of the various capacities
constituting rationality from a variety of perspectives. Linguistics, Biology,
Psychology, Computer Science and Philosophy can contribute greatly to the
development of Cognitive Science. The article describes the main expectations
and the difficulties Cognitive Science encounters in its development.
Los humanos
somos seres (suficientemente) racionales. Quizá no somos los únicos seres
racionales; incluso, aunque de hecho seamos los únicos, quizá sea técnicamente
realizable construir artificialmente seres racionales no humanos. En todo caso,
nosotros somos, por el momento, los únicos ejemplos claros conocidos de
(aproximada) racionalidad. Las características de los seres racionales son
capacidades como las siguientes: obtener información del entorno a través de la
percepción, del pasado por medio de la memoria y de los informes lingüísticos
por medio del conocimiento del lenguaje; inferir nuevo conocimiento a partir
del adquirido a través de procesos como los descritos; evaluar e inferir
preferencias concretas con que guiar la acción a partir de evaluaciones y
conocimientos. Todas estas capacidades cognitivas son esencialmente
representacionales y todas ellas involucran significados, aunque no se trate de
significados lingüísticamente expresados. Racionalidad y apreciación de
significados están indisolublemente unidas.
La
investigación científica de las capacidades constitutivas de la racionalidad,
desde diferentes perspectivas, es lo que se entiende como ciencia cognitiva.
Disciplinas tradicionales muy diferentes entre sí en lo que respecta a
presupuestos teóricos, objetivos explicativos o técnicas de investigación, como
por ejemplo la biología, la psicología, la lingüística, las ciencias de la
computación o la filosofía tienen aportaciones que hacer a la ciencia
cognitiva. Pues, contrariamente a lo que una etiqueta así pueda sugerir, la
ciencia cognitiva no es una nueva materia de investigación en que convenga
formar especialistas. La investigación en los aspectos psicológicos,
computacionales, lingüísticos o filosóficos de la racionalidad sólo pueden
llevarla a cabo especialistas bien familiarizados con las técnicas y
presupuestos teóricos de esas disciplinas (en rigor, de subdisciplinas de esas
disciplinas); y una competencia suficiente para estar en posición de realizar
alguna contribución significativa a las mismas es incompatible con el dominio
de las otras.
Aún más, es muy probable que familiarizarse con alguna de esas
disciplinas impida el desarrollo de la motivación o la curiosidad que lleva a
encontrar personalmente atractivo el tipo de trabajo necesario para progresar
en las otras. Al lingüista entrenado le puede resultar poco comprensible que
alguien pueda ocupar su tiempo en la selección de las variables a controlar y
en los análisis estadísticos sin los que los experimentos del psicólogo no
pueden establecer efectos interesantes. Al psicólogo le parecerá que las
sutiles distinciones conceptuales sin las que el filósofo no puede proporcionar
clarificación alguna son «hiperrizar» el rizo, bizantinismos que es difícil imaginar
puedan atraer a alguien. El filósofo, por su parte, sentirá que la
consideración de intuiciones respecto de una gran variedad de oraciones,
cruciales para que las hipótesis del lingüista tengan valor alguno, supone
dedicar tiempo a minucias superficiales, irrelevantes para ver en el lenguaje
lo que realmente importa. Y el tecnólogo de vocación encontrará todas esas
ocupaciones excesivamente teóricas, excesivamente alejadas de lo práctico.
Ahora bien, la convicción que anima la ciencia cognitiva es que la
comprensión cabal de los fenómenos distintivos de la racionalidad y el
significado requieren aportaciones de todas esas disciplinas; y, por ello, que
el estudio llevado a cabo, desde cada una de ellas, se ha de beneficiar
sustancialmente del conocimiento (no al nivel del especialista, pero sí al
menos del aficionado interesado) de las aportaciones de las demás. A juzgar por
los datos que tenemos, esta convicción es eminentemente razonable. Por
consiguiente, y pese a los muy reales obstáculos que se han mencionado, parece
más que conveniente que los científicos en los ámbitos mencionados se propongan
emplear parte de su tiempo en comunicarse; es decir, que destinen parte de su
tiempo a presentar sus trabajos en forma lo suficientemente divulgativa como para
que resulten accesibles a sus colegas, y a exponerse a las presentaciones con
esas características de otros. Parece igualmente conveniente que, en su etapa
de formación, los investigadores en ciernes reciban los suficientes
conocimientos de las otras disciplinas como para que la interacción
comunicativa con los investigadores en las otras sea fluida.
Expectativas y obstáculos
Es obvio que el éxito de la ciencia cognitiva habrá de resultar en
aplicaciones tecnológicas con un gran potencial para satisfacer necesidades
sociales. Así lo evidencian las posibilidades de algunas de esas tecnologías
que ya se han imaginado y empezado a desarrollar: sistemas de traducción
automática, sistemas de reconocimiento automático del lenguaje escrito y oral,
sistemas de clasificación y acceso inteligente a la información, etc. Es cierto
que las tecnologías actualmente existentes defraudan las expectativas del
público. Cuando alguien introduce en un sistema de traducción automática la
oración inglesa «the vicepresident is in
an important business», y recibe como traducción «el presidente del vicio (= vice/president) está en un negocio de
importación de hormigas (= import/ant)», sus expectativas se ven
defraudadas. Pero esto sólo pone de relieve que esas expectativas se basan en
el desconocimiento de las dificultades reales de la empresa. Hemos constatado
la perfección con que los ordenadores pueden hacer cosas que a nosotros nos
resultan muy dificultosas, por ejemplo en cuanto al tratamiento de imagen o a
las operaciones aritméticas. Y nos sorprende que les cueste tanto hacer lo que
a nosotros nos resulta más natural, como entender el discurso de otros o
producirlo.
Sin embargo, lo verdaderamente sorprendente para quien conoce el estado
actual del conocimiento en que se basan esas tecnologías, y a cuyo incremento
contribuyen también quienes se dedican a producirlas (es decir, el estado
actual de la ciencia cognitiva) es lo contrario. Lo sorprendente es que, siendo
tan dificultosa la práctica de la ciencia cognitiva, se hayan desarrollado ya
sistemas capaces de hacer lo que pueden hacer los actuales sistemas de
traducción automática, reconocimiento de voz, etc. Se ha descrito antes la
ciencia cognitiva como una actividad esencialmente comunicativa. El éxito de esta
práctica comunicativa característica de la ciencia cognitiva depende en una
parte muy sustancial de tener bien presentes los obstáculos que se oponen a
ella, como los descritos; porque sólo la convicción firme de que el
conocimiento de las capacidades cognitivas requiere aportaciones de todos,
junto con la consciencia clara de los obstáculos, pueden ayudar a superarlos lo
suficiente al menos como para hacer posible esa práctica comunicativa. En vista
de que la disponibilidad de recursos materiales que permitan perseverar en las
investigaciones constitutivas de la ciencia cognitiva requiere que la sociedad
aprecie correctamente su importancia y sus beneficios potenciales, parece
conveniente extender tal práctica comunicativa a la sociedad en su conjunto, más
allá del ámbito restringido de los científicos cognitivos y los que aspiran a
serlo. Habría que hacer manifiestos a la sociedad no sólo de los grandes
beneficios potenciales de las tecnologías dependientes de la ciencia cognitiva,
sino también de las dificultades que dan la medida real de cada logro.
Hemos descrito antes alguno de esos obstáculos. Quisiera ahora poner de
relieve lo que en mi propia experiencia es el obstáculo más serio; algo que,
por lo demás, es perfectamente previsible, una vez que se tiene presente la
naturaleza de la ciencia cognitiva. Ese obstáculo se encuentra cuando los que
investigan algún fenómeno cognitivo desde alguna de las perspectivas
mencionadas ven que los presupuestos fundamentales para su disciplina son
cuestionados, o incluso rechazados, por los practicantes de otra. Como decía,
una situación así es por lo demás perfectamente previsible. Si los científicos
cognitivos estudian los mismos fenómenos desde perspectivas muy diferentes
—tanto como para que asumir una haga las otras poco accesibles— no tiene nada
de extraño que adopten supuestos incompatibles entre sí sobre los fenómenos que
estudian. Un cierto provincianismo reductivo, una cierta obcecación en
presunciones que parecen resultar adecuadas para resolver los problemas
inmediatos con que uno se encuentra, incluso aunque esas presunciones resultan
incompatibles con las que hacen otros que no tienen a la vista esos problemas,
es consustancial a la actividad científica. No es de extrañar que se dé entre
científicos cognitivos. Pero cuando eso ocurre, la práctica comunicativa
distintiva de la ciencia cognitiva resulta poco menos que imposible.
Quisiera ilustrarlo con un ejemplo, presentado desde la perspectiva de
la disciplina de que me ocupo: la semántica. El objetivo primario de la
semántica es elaborar teorías que especifiquen, de una manera sistemática, los
significados de las expresiones de los lenguajes naturales. Como subtareas de
este proyecto general la semántica, entre otras cosas, pretende mostrar cómo el
significado de las expresiones más simples contribuye a determinar el de las
más complejas; indicar qué expresiones, simples y complejas, son sinónimas y
qué expresiones antónimas; qué expresiones son ambiguas, qué oraciones tienen
significados relacionados entre sí de tal manera que es legítimo inferir unas
de las otras.
Aunque no todos los investigadores que trabajan en semántica
compartirían esta opinión, la mayoría coincide en aceptar un supuesto básico
sobre la naturaleza de los lenguajes naturales. El supuesto es que un lenguaje
es un conjunto articulado de herramientas con un propósito o función, a saber,
servir a fines comunicativos: transmisión de información, de instrucciones, de
compromisos, etc. Un lenguaje no consiste, por tanto, sólo en sintaxis, sino
también en información sobre el mundo extralingüístico; porque de no existir
una conexión constitutiva entre las expresiones lingüísticas y el mundo
extralingüístico, es difícil ver cómo podría servir el lenguaje a la
satisfacción de fines comunicativos como los mencionados. Es justamente
información de este tipo sobre el mundo extralingüístico lo que le falta al
programa que tradujo la oración inglesa «the
vicepresident is in an important business» como «el presidente del vicio está en un negocio de importación de hormigas».
Le faltan conocimientos como que el vicio no tiene presidentes, ni se importan
comercialmente hormigas.
Por eso
mismo, un lenguaje es, según el supuesto que estoy ilustrando, algo
esencialmente social; pues es imposible que ningún hablante particular posea
toda la información sobre el mundo extralingüístico que es constitutiva de un
lenguaje. Así por ejemplo, un mínimo de conocimientos sobre las botavaras es
una parte del significado en castellano de la palabra ‘botavara’; pero sólo los
expertos en naútica poseen tal conocimiento, el resto de los hablantes
descansamos en el suyo (y en los diccionarios). Algo análogo ocurre con
expresiones para especies o alimentos característicos de unos lugares en que se
habla una lengua y no otros, para objetos existentes en alguno de los momentos
en que se habla una lengua y no en otros, y así sucesivamente. Este fenómeno de
la «división social del trabajo lingüístico», como lo llamó Hilary Putnam, es
sólo una ilustración que pone de relieve de una manera simple el carácter
social del lenguaje. No pretende pasar, naturalmente, por una caracterización
adecuada del mismo.
El más importante e influyente lingüista de nuestro tiempo, Noam
Chomsky, rechaza sin embargo explícitamente esta concepción natural del
lenguaje. Según el punto de vista de Chomsky, un lenguaje es más bien una
estructura neurológica (o descrita de manera más abstracta es una estructura
funcional) del cerebro de un ser humano, que un desarrollo producido por la
interacción con el medio a partir de un punto de partida específico (la Gramática Universal, GU) dado por la
biología humana. Cualquier estructura de estas características es un lenguaje,
con independencia de su virtualidad para servir a fines comunicativos. La misma
estructura inicial innata (GU) no se supone generada de manera adaptativa,
seleccionada justamente por su virtualidad para satisfacer fines comunicativos.
Sería más bien algo como lo que S. J. Gould y R. Lewontin denominan una
«exaptación»; como seguramente también lo es la capacidad de los seres humanos
para concebir su propia muerte, un mero subproducto, evolutivamente casual, de
otras estructuras ellas sí seleccionadas por el proceso evolutivo.
Una
consecuencia de estas dos concepciones pone claramente de relieve su
incompatibilidad. En la concepción social, los hablantes tienen un dominio
parcial del lenguaje, mejor o peor cuanto más se aproxime al ideal. Mejor o
peor, por supuesto, con respecto a los fines comunicativos. En la concepción de
Chomsky (como él insiste explícitamente), no cabe hablar de un mejor o peor
dominio del lenguaje, porque los aspectos con arreglo a los cuáles se hace esta
distinción son lingüísticamente irrelevantes. Un extranjero o un niño, en
proceso de adquirir el castellano dominan en esa concepción un lenguaje, tanto
como pueda hacerlo el más competente de los hablantes del castellano. Esto
lleva a Chomsky y a sus seguidores a hacer afirmaciones sobre la semántica que
la mayoría de quienes investigamos ese aspecto del lenguaje natural encontramos
muy difíciles de entender (si no, menos caritativamente, absurdas), como que la
única semántica lingüísticamente significativa se reduce a sintaxis.
Se ha descrito la ciencia cognitiva como una práctica comunicativa. En
circunstancias como la descrita, esa práctica comunicativa se hace muy difícil.
Pero es importante apreciar que la actitud de unos y otros investigadores es
legítima. El punto de vista defendido por Chomsky no resulta de una obcecación
irracional. Por el contrario, adoptar ese punto de vista ha llevado a él y a
sus seguidores a proponer teorías sobre la sintaxis de los lenguajes naturales
que están entre los logros intelectuales más significativos del siglo XX, y
constituyen ciertamente una de las aportaciones clave a la ciencia cognitiva
(si no la aportación constituyente). Como se dijo, un cierto reductivismo
provinciano es prácticamente inevitable al menos en los estadios iniciales de
cualquier empresa teórica. Lo que he tratado de ilustrar no es la falsedad de
las ideas centrales de Chomsky, sino sólo su parcialidad. Por lo demás, el
reductivismo que he tratado de ilustrar no es exclusivo de la concepción
chomskyana; un seguidor de Chomsky no lo tendría muy difícil para ilustrar la
misma observación mediante alguno de los presupuestos de quienes comparten la
concepción contrapuesta de los lenguajes, que he atribuido a la mayoría de
quienes trabajan en semántica.
La importancia de hacerse sensible a las muy serias dificultades que
obstaculizan el desarrollo de la ciencia cognitiva reside en lo que se dijo
antes. Por un lado, la convicción que la caracteriza es eminentemente
razonable: la verdad sobre los fenómenos constitutivos de la racionalidad no
puede proporcionarla sólo el neurólogo, ni sólo el teórico del significado. Por
ello, el éxito de la investigación que lleva a cabo el neurólogo requiere
conocimientos sobre lo que sabe ya el teórico del significado; por más que
adquirir ese conocimiento tropiece con serias dificultades.
Si se me permite una cierta retórica para concluir, la ciencia cognitiva
es un estado de ánimo, caracterizado por disposiciones tales como la
curiosidad, la paciencia o la perseverancia, tanto o más que por una serie de
resultados teóricos sobre la naturaleza de los procesos cognitivos. Es un
estado de ánimo que deberíamos ser capaces de trasladar al conjunto de la
sociedad, si queremos que las expectativas generadas se mantengan en sus
debidas proporciones, y el interés social, que posibilitará disponer de los
recursos necesarios, se mantenga.
Manuel García-Carpintero
Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona
en 1988 y profesor titular del Departamento de Lógica, Historia y Filosofía de
esa universidad desde 1989. Su trabajo se centra en la filosofía del lenguaje,
la filosofía de la mente y la semántica del lenguaje natural. Ha sido
investigador visitante durante diversos períodos en la Universidad Nacional
Autónoma de México, la Stanford University, el MIT, la New York University y la
Oxford University. Es autor de diversos trabajos de investigación en revistas
especializadas internacionales y del libro Las palabras, las ideas y las
cosas (1996), publicado por la Editorial Ariel.