Daniel
Dennett: con Darwin nos basta
Daniel Dennett:
Darwin suffices
Daniel Dennett
es un filósofo especializado en ciencia cognitiva con interesantes
contribuciones en la filosofía de la biología. El autor de este artículo repasa
algunas de las aportaciones más importantes. Al igual que sucede con otros
filósofos contemporáneos relevantes, la obra de Dennett supone un diálogo
constante con los resultados de la ciencia desde la convicción De que la
reflexión científica y la filosófica pueden beneficiarse mutuamente.
Daniel Dennett is a philosopher specializing in
cognitive science who has made interesting contributions in the philosophy of
biology. The author mentions some of the most important contributions to this
field. As has happened with other relevant contemporary philosophers, Dennett’s
works are a recurrent dialog on the results of his field based on the
conviction that scientific and philosophical reflections can mutually benefit
each other.
Entre las muchas líneas de demarcación que dividen al gremio filosófico
hay una que traza frontera entre quienes especulan sentados en un sillón y
quienes creen que la investigación filosófica tiene que estar cerca de los
resultados de la ciencia. Daniel Dennett está entre estos últimos. Está
convencido que los filósofos deben estar atentos a los trabajos de los
científicos. La ciencia plantea nuevos problemas, disuelve otros e ilumina
sobre los de siempre. También está convencido de que el viaje, al menos en
algunas disciplinas, es de ida y vuelta, de que la propia ciencia se puede
beneficiar de los procedimientos clarificadores del análisis filosófico. Así ha
sucedido en dos áreas a las que Dennett ha dedicado muchos de sus trabajos: la teoría
de la evolución y las ciencias cognitivas. El mejor modo de exponer
sus ideas es a partir de sus propias tesis acerca de cómo abordamos la explicación
del mundo.
Para Dennett hay tres estrategias intelectuales básicas que «permiten
ordenar los datos, explicar interrelaciones y realizar preguntas a la
Naturaleza».1 La primera es el enfoque físico, relacionado con
frecuencia con explicaciones causales, que lleva a preguntarnos, por ejemplo,
porqué el agua burbujea al hervir. Pero a él le interesan especialmente las
otras dos estrategias. De una parte, el adaptacionismo (o enfoque de diseño),
particularmente fecundo al enfrentarse a los procesos evolutivos, y que
consiste en abordar cualquier estructura preguntándose por el problema
adaptativo que resuelve y para el que parece estar diseñado. Es lo que
acostumbran hacer los biólogos cuando se interrogan por la función que cumple
cierto órgano. La segunda estrategia es el mentalismo (o enfoque intencional) y
consiste en interpretar el comportamiento de un ente (persona, animal,
artefacto, cualquier cosa) como si fuera un agente racional que «elige» sus
«acciones» «teniendo en cuenta» sus «creencias» y sus «deseos».2 Es
lo que hacemos cuando indagamos por las razones que han llevado a alguien a
realizar alguna acción. En principio, no existen límites al uso de esas
estrategias interpretativas ni por tanto ámbitos de aplicación exclusiva;
sencillamente sucede que en unos casos una resulta más eficaz que la otra para
realizar predicciones. Es interesante realizar un análisis más detallado.
Para Dennett no existe idea más poderosa que la teoría de la evolución
que, según él, equivale a la selección natural. Su alcance se extiende más acá
y más allá de los ámbitos de la biología: desde los orígenes del universo hasta
el cambio cultural y la moralidad. La selección natural la entiende como un
proceso algorítmico del mismo tipo que puede ser un programa de un ordenador,
esto es, como un conjunto de instrucciones que aplicadas de modo sistemático
permiten resolver problemas, en particular permite la adaptación. Para que la
selección natural actúe basta con que se dé un conjunto de patrones en
condiciones de reproducirse, una variación ocasional sobre ese conjunto, un
mecanismo de selección y la heredabilidad de las unidades seleccionadas. Lo
asombroso es que ese mecanismo, ciego y pautado, sin nadie que programe o que
suministre instrucciones, produce resultados que parecen obra de una
inteligencia, organismos que se pueden contemplar como máquinas diseñadas
óptimamente para resolver problemas adaptativos. Entre ellos, la inteligencia
que, de esa manera, no es el resultado de inteligencia alguna. Hay reloj sin
relojero.
Nuestra mirada frente a los productos de la selección natural es la de
una suerte de ingeniería invertida. Un ingeniero empieza con un problema o con
una tarea a resolver y diseña un mecanismo capaz de realizar la tarea. La
mirada del biólogo opera al revés, enfrentado a la estructura se pregunta por
el problema adaptativo para cuya solución fue seleccionada. Desde el resultado
final, para esa perspectiva, no habría diferencia entre un producto de la
inteligencia humana y lo que es resultado de la selección natural.
Para Dennett, como sucede con cualquier otro algoritmo, la selección
natural es «neutral» respecto al soporte en el cual se materializa. No sólo
opera sobre un soporte biológico (genes). Por eso, la teoría se puede extender
más allá de la evolución de las especies. En el caso de las sociedades humanas
funciona el mismo mecanismo sólo que aquí opera sobre un sustrato distinto: no
se seleccionan genes, sino sus unidades culturales equivalentes, los memes
(ideas, modas, artefactos). En un caso y en otro lo importante es que se
produzcan modificaciones, posibilidad de difusión y diferente eficacia
reproductiva.
El peligro de esa estrategia es conocido: la atribución arbitraria de
calidad adaptiva, esas historias del tipo «los flamencos son rosados para
pasar desapercibidos al atardecer». La existencia de esos hábitos
explicativos, el reconocimiento de que muchas diferencias entre especies
carecen de toda funcionalidad adaptativa y las reservas a conceder la exclusiva
de la explicación de los procesos evolutivos a la selección natural está por
detrás de la resistencia de muchos biólogos matemáticos (genetistas de
poblaciones, fundamentalmente) ante las tesis de Dennett (y Dawkins y Maynard
Smith). El debate, encendido y con frecuencia confuso, se extiende fuera de
círculos académicos y está lejos de estar cerrado.3 En todo caso, lo
cierto es que muchos psicólogos evolucionistas han buscado en la obra de
Dennett el armazón analítico que dote a sus no siempre precisas conjeturas.
En otros escenarios, según Dennett, resulta más
provechoso abordar las explicaciones desde la perspectiva intencional. Cuando
estalla una tormenta y te veo correr hasta un soportal, tu acción me resulta
inteligible porque te atribuyo, entre otras, las creencias de que «está
lloviendo», de que «el soportal guarece» y el deseo de no mojarte.
Al explicar las acciones humanas, y también en nuestro trato cotidiano,
atribuimos intenciones, esto es, creencias y deseos. También lo hacemos, casi
sin darnos cuenta, frente a las máquinas, como cuando decimos: «el cajero
automático no me quiere dar dinero» o «no reconoce mi tarjeta».
Según Dennett, no es equivocado ese proceder. Así, cabe interpretar y anticipar
los movimientos de un ordenador que juega al ajedrez a partir de su «deseo» de
ganar la partida y su conocimiento (su creencia) acerca de las reglas del juego
y sobre la disposición de las fichas en el tablero o, más sencillamente, se
puede explicar porqué un radiador con un termostato se pone en marcha desde su
conocimiento de que la habitación está fría y su deseo de mantener cierta
temperatura en la misma. Como en el caso de la selección natural, resulta
irrelevante el sustrato material (o el color o la complejidad de la
estructura). El comportamiento intencional no requiere un cerebro. Lo
importante es la función, el resultado que causan. Del mismo modo que «un
corazón es algo que bombea sangre, no importa si es artificial, humano o de un
cerdo (…), lo que convierte en algo en mente (o en creencia, o en dolor, o en
temor) no es su composición, sino aquello que es capaz de hacer».4
El cerebro para Dennett no es diferente en lo esencial de un ordenador,
de un proceso computacional que, en principio, puede materializarse en un
soporte cualquiera. Nuestras intuiciones en este asunto carecen de importancia.
Y, en general, en todo aquello que tiene que ver con la conciencia. Después de
todo, la idea de que «yo, desde dentro (de mí), trato directamente con
significados no es más que una ilusión de usuario».5 Según Dennett
buena parte de los trabajos sobre la mente y la consciencia son tributarios de
intuiciones y descuidan los resultados de la investigación neurobiológica o
bien no se toman en serio sus implicaciones. Las invocaciones a nuestras
experiencias introspectivas sencillamente no sirven precisamente porque
presumen lo que tienen que demostrar: empiezan por aceptar como bueno el punto
de vista de la primera persona, el juicio introspectivo que yo pueda hacer
acerca de mi experiencia de dolor, por ejemplo. Para Dennett, «los únicos datos
que cuentan son los permitidos por el método científico».6 La
intuición más importante, en el terreno de la conciencia, es la de que existe
un lugar en el cerebro donde se reúnen todas las experiencias y «nosotros»
somos espectadores de nuestra conciencia, una especie de sede central en donde
los diversos materiales de la estimulación ya procesados se reúnen. Frente a
este modelo (el teatro cartesiano), Dennett propone su modelo de las versiones
múltiples: no hay nada parecido a una síntesis, a una respuesta unificada
espacial y temporalmente localizada en el cerebro, sino que el proceso se da en
una sucesión de muchos momentos
fragmentarios a través de procesos paralelos, que transcurren por múltiples
vías, y que interpretan y elaboran los estímulos sensoriales recibidos
(sombras, líneas, color, ángulo, etc.). Es más, como no hay un sitio en
donde todo pasa a la consciencia unificada, no cabe establecer un trazo entre
el fin de los procesos preconscientes y el principio de la apreciación
consciente. De hecho, para Dennett, la conciencia es un asunto menor,
subordinada conceptualmente a la intencionalidad, reconocible, en diversos
grados de complejidad, en los diversos niveles del proceso evolutivo:
«descendemos de robots y estamos compuestos de robots y la intencionalidad de
la que disfrutamos se deriva de la intencionalidad más básica de esos miles de
millones de sistemas intenciones más simples».7
En su argumentación, Dennett desarrolla diversas
ideas a las que resulta difícil hacer justicia en este artículo. En todo caso,
de lo que no cabe duda es que Dennett es un filósofo singular, incluso en la
tradición analítica de la que procede. Busca dirigirse a todas las audiencias
que, circunstancias editoriales y publicísticas aparte, le lleva a buscar
presentaciones de sus puntos de vista, en las que no faltan los trucos
retóricos ni las metáforas. Reconoce que es un filósofo un tanto «impuro» que
no abusa de las definiciones ni de «los métodos tradicionales de nuestra
disciplina».8 Sus tesis están lejos de ser compartidas por la
comunidad filosófica, incluida la informada científicamente.9 Sin
embargo, sus libros gozan de una notable aceptación entre un público más
general. Paradojas de la vida, en esa circunstancia coincide con Stephen Jay
Gould, uno de sus más encendidos rivales.
[1] The International Stance, Harvard, The MIT Press, 1989: 265.
2 Kinds of Minds, Londres, Weindenfeld, Nicholson, 1996: 27.
3 El libro de Dennett no sólo fue
objeto de duras críticas en revistas académicas como Evolution o Biology
and Philosophy. Las páginas de The New York Review of Books (con
intervenciones de Dennett, Pinker, Lewontin, Maynard Smith, Dowkins y Rose, Jay
Gould entre otros) han sido escenario de los extremos publicitarios de esas
batallas. En el mismo sentido, el libro de Dennett fue objeto de duras
descalificaciones por parte de académicos menos mediáticos en las páginas de Boston
Review (http://bostonreview.mit.edu/evolution.html) . Para una detallada
descripción de los diversos aspectos del debate, véase U. Segerstråle, Defenders
of the Truth, Oxford, Oxford University Press, 2000.
4 Kinds of Minds , op. cit. p. 68.
5 «Self-Portrait», en: Brainchildren, Harvard, The MIT Press, 1998: 357.
6 Consciousness explained, Boston, Little,
1991: 71.
7 Kinds of Minds, op. cit. p. 55.
8 «Self-Portrait», art. cit. p. 366. Para un repaso de las críticas: cf. B. Dahlbom,
Dennett and its Critics, Oxford, B. Blackwell, 1993.
9 La mayor parte de sus trabajos se
pueden encontrar en http://ase.tufts.edu/cogstud/pubpage.htm. Para una
panorámica, véase D. Ross, A. Brook, D. Thompson (eds.), Dennett’s
Philosophy: a comprehensive assessment, Harvard, The MIT Press, 2000.
Félix
Ovejero Lucas
Doctor en
Ciencias Económicas y profesor de Filosofía de las Ciencias Sociales y de Ética
y Metodología en la Universitat de Barcelona e investigador invitado en las
Universidades de Chicago y Madison. Autor de varios libros de teoría y
filosofía de las ciencias sociales y de diversos artículos publicados en
revistas especializadas.