CON LOS DERECHOS HUMANOS
NO HAY SUFICIENTE
James Lovelock
El autor explica las bases y los inicios de su teoría de Gaia sobre el ecosistema a escala planetaria, su funcionamiento y las consecuencias éticas y filosóficas que se derivan de esta nueva visión del mundo y del lugar que ocupan los seres humanos. Considerando la Tierra en su conjunto, se pueden apreciar las enormes diferencias respecto a otros planetas del sistema solar provocadas por un fenómeno excepcional: la existencia de vida, una vida que regula las condiciones ambientales en su propio beneficio. Por ello, si no se reconocen los derechos de la Tierra, la especie humana no tiene futuro.
El escritor Lewis Thomas afirmó una vez que si contemplamos la
Tierra y la gente desde muy lejos, desde una perspectiva
planetaria, parecemos hormigas. Prosiguió diciendo: «Las
hormigas actúan como personas ajetreadas. Cultivan hongos,
ordeñan pulgones como si fuera ganado, mantienen ejércitos para
la guerra, emplean sustancias químicas para alertar y confundir
al enemigo, y capturan esclavos. Las familias de hormigas
tejedoras se ocupan de cuidar a las crías, de sujetar las larvas
extendiendo el hilo con el que tejen las hojas desde los capullos
hasta los cultivos de hongos. Intercambian información
incesantemente. Hacen lo mismo que nosotros, excepto ver la
televisión».
Ver la Tierra como si fuera un nido de hormigas es uno de los
regalos que nos traemos de vuelta de los viajes al espacio. Los
científicos denominan «superorganismos» a estos nidos de
insectos sociales, como avispas y hormigas, porque pueden regular
su ambiente interior casi tan bien como pueden regular su cuerpo.
Estos insectos mantienen su nido siempre confortable sin sentido
alguno de premeditación ni plan preconcebido; lo hacen
automáticamente. Ahora, la observación desde el espacio
también me lleva a ver nuestro planeta como si fuera un
superorganismo, algo capaz de regular el clima y la atmósfera de
tal manera que siempre permanezca confortable para la vida. Este
punto de vista de la Tierra, denominado «teoría de Gaia», es
el objeto del presente artículo.
Asumamos que la Tierra se autorregula; que sobre nuestro planeta,
los organismos, las rocas, el aire y el océano actúan al
unísono para mantener confortable el clima y la composición
atmosférica. No estoy pidiendo que se deje de lado la ciencia y
se crea en una misteriosa Madre Tierra con poderes teleológicos.
Todo lo que pido es que se imagine el planeta como un ecosistema,
Gaia, que surgió cuando los organismos y el entorno
evolucionaron conjuntamente. ¿Por qué hacerlo de esta manera?
Simplemente porque nuestro lugar, como una de las muchas especies
de este planeta, se aprecia con más claridad si observamos la
Tierra en su conjunto y no las partes subdivididas de la misma.
Además, creo que esos viajes fuera de la Tierra, hace 30 años,
constituyeron uno de nuestros mayores logros. Nos hicieron ser
conscientes, por primera vez, de que nuestro mundo era realmente
finito y pudimos apreciar qué maravilloso y diferente era en
comparación con los planetas hermanos Marte y Venus, yermos y
sin vida. Entonces empezamos a comprender que si no nos dábamos
cuenta de las necesidades de la Tierra, los humanos no teníamos
futuro alguno.
Sin embargo, primero debo volver al principio y explicar cómo
nació la idea de Gaia hace 34 años. En 1961, la NASA (agencia
espacial estadounidense) me invitó a unirme a ellos y explorar
la Luna y los planetas. Antes de esta invitación pensaba que los
viajes espaciales eran cosa de ciencia ficción, pero pronto
descubrí que sus intenciones iban en serio. Un importante
objetivo de la División Lunar y Planetaria de la NASA era la
búsqueda de la presencia de vida en Marte. La tarea incluía
breves visitas a un famoso instituto, el Jet Propulsion
Laboratory (JPL) de Pasadena, en California. Me requirieron por
mi capacidad de diseñar y fabricar instrumentos analíticos
sensibles, pero poco después de unirme a ellos, empecé a
interesarme en sus métodos para detectar vida sobre Marte.
Esperaba que los experimentos biológicos tendrían el mismo
rigor que los experimentos de ingeniería y física del JPL. En
cambio, los encontré faltos de imaginación y poco fiables
aunque existiera vida en Marte. Quizá fui muy crítico. No es
fácil diseñar un experimento para encontrar vida en un planeta
lejano cuando no hay conocimiento de la forma de vida que se
está buscando. La mayoría de ellos son la versión automática
del laboratorio terrestre de un biólogo, maravillosamente
proyectados, pero basados en la dudosa suposición de que la vida
en Marte fuera la misma que aquí. Los bacteriólogos, por
ejemplo, propusieron un robot para obtener una muestra del suelo
marciano y aplicarlo a una placa de cultivo. Entonces se
estudiaría el desarrollo de la bacteria del suelo. Existían
muchas razones por las cuales podían fallar tales experimentos
en la detección de vida. La vida marciana podía no incluir
bacterias; incluso si las hubiera, su bioquímica podía ser
distinta. También cabía la posibilidad de que el experimento se
llevara a cabo en un lugar estéril. Incluso en la Tierra, si se
aterrizara sobre el casquete polar, podría no encontrarse vida.
En respuesta a mis críticas, los biólogos me retaron a ofrecer
un experimento alternativo para detectar vida que pudiera ser
operativo. Tras pensar intensamente en ello, sugerí que se
procuraran una perspectiva «vertical» del planeta entero. El
más sencillo y más general experimento de detección de vida
podía ser el análisis químico de la atmósfera de Marte. El
razonamiento subyacente para tal prueba es como sigue. Un planeta
sin vida tendría una atmósfera determinada exclusivamente por
la física y la química, y su composición química estaría
próxima al estado de equilibrio. Sin embargo, en un planeta con
vida, los organismos de su superficie se verían obligados a
emplear la atmósfera como fuente de materia prima y como
depósito de sus productos residuales. Tal uso de la atmósfera
alteraría la composición química de la misma. Se desviaría
del estado de equilibrio de tal modo que mostraría la presencia
de vida. Dian Hitchcock se unió a mí y juntos examinamos
evidencias atmosféricas de Marte a través de la astronomía por
infrarrojos.
Comparamos estos indicios con las evidencias ofrecidas por las
fuentes y depósitos de gases atmosféricos en el único planeta
que sabemos que contiene vida, la Tierra. Encontramos una
asombrosa diferencia entre ambas atmósferas planetarias. La de
Marte permanecía cercana al estado químico de equilibrio y
estaba dominada por dióxido de carbono. Por contra, la
atmósfera de la Tierra presenta un profundo estado químico de
desequilibrio, algo imposible en un planeta carente de vida.
Incluso los abundantes nitrógeno y agua de la Tierra son
díficiles de explicar por la geoquímica. Tales anomalías no
aparecen en la atmósfera de Marte o de Venus, y su existencia en
la atmósfera terrestre indican la presencia de organismos vivos
en su superficie. No existía salida a la probable conclusión de
la química: Marte no contenía vida.
Estas no eran las noticias que nuestro patrocinador, la NASA,
quería escuchar porque estaba preparando, con un enorme coste,
la nave espacial Viking para ir a Marte y encontrar vida, y
nosotros decíamos que allí no existía. Todavía peor:
habíamos usado los fondos de la NASA para ver la Tierra desde el
espacio y llegar a la conclusión de que había vida sobre ella,
una circunstancia que podía haber originado críticas al
programa espacial entero. Me preguntaron cuál podía ser el
posible valor de tal descubrimiento. Contumaz, respondí que lo
veía muy valioso. Ellos, la NASA, involuntariamente habían
establecido un entorno en el cual, por primera vez, era algo
natural preguntarse sobre la composición de la atmósfera
terrestre en el contexto de que era el planeta en el que existía
vida. Anteriormente, nadie había observado la atmósfera de esta
manera ni había tenido la oportunidad de ver qué extraña y
maravillosa anomalía es la Tierra. Quienes vivimos sobre la
Tierra damos por sentado que la composición química de nuestra
atmósfera es estable y constante. Los cambios suceden, pero
sólo lentamente en comparación con el tiempo de permanencia de
los gases. Nadie se había preguntado por qué extraña química
nuestra atmósfera podía permanecer constante y estable en su
composición si es una mezcla de gases reactivos. Una tarde de
1965, en el JPL de California, meditando sobre la contradicción
de nuestra constante pero altamente inestable atmósfera, un
pensamiento me vino a la cabeza como un destello: tal constancia
requería la existencia de un regulador.
En esos momentos carecía de idea alguna acerca de la naturaleza
de aquello que podía estar regulando la composición de la
atmósfera terrestre, excepto que los organismos de la superficie
de la Tierra formaban parte de ella. De los astrofísicos
aprendí que las estrellas aumentan el calor que producen a
medida que envejecen y que nuestro Sol ha incrementado su
luminosidad en un 25 % desde el inicio de la vida. Me di cuenta
de que durante este largo tiempo debía haberse producido
también una regulación del clima. La noción de un sistema de
control que implicaba al planeta entero y a la vida que albergaba
iba tomando forma en mi mente. Hacia el final de la década de
los sesenta, alguna vez había discutido esta idea con mi vecino,
el escritor William Golding. Éste me sugirió el nombre de Gaia
como el único apropiado para tan poderosa entidad. Poco después
empezó la colaboración sobre Gaia con la eminente bióloga
estadounidense Lynn Margulis, que ha continuado hasta la fecha.
¿Qué es Gaia? Gaia es el nombre que los antiguos griegos dieron
a su diosa de la Tierra y constituye la raíz de palabras tales
como geografía y geología. La diosa Gaia era a la vez
cariñosa, femenina y nutridora, pero despiadadamente cruel con
quienes la trasgredían. Gaia es también una sincera teoría
científica sobre la Tierra y sobre los organismos que la
habitan, una teoría que considera la Tierra como si estuviera
viva, como si fuera capaz de regular el clima y la composición
atmosférica con el fin de mantenerse confortable para la vida.
La teoría de Gaia se puede probar y posee una base matemática
concreta con una serie de pares de ecuaciones diferenciales. Aún
no sabemos si es una buena explicación de la forma de operar de
nuestro planeta, pues sólo se han obtenido evidencias parciales.
Creo que su principal valor en esta etapa consiste en
proporcionar una manera distinta de ver la Tierra. En ciencia, la
teoría de Gaia ya ha llevado a descubrimientos significativos
que, además de su importancia, nos obligan a cuestionar si el
beneficio para la humanidad es la única cosa que importa. Si
Gaia existe, debe haber llegado antes que nosotros porque no
podemos vivir sin ella.
Los principios de Gaia no son nuevos: los propuso primero, hace
unos 200 años, el padre de la geología, James Hutton. En 1795
dijo: «Considero la Tierra como un superorganismo cuyo adecuado
estudio debería correr a cargo de la fisiología». Sus sabias
palabras se olvidaron durante el siguiente siglo, cuando la
ciencia se desarrolló profusamente, pero también creció como
un árbol y se dividió en múltiples ramas separadas. La
opinión de Hutton y Gaia pertenecen a un enfoque amplio de la
ciencia, casi incomprensible para los modernos científicos, la
mayoría de los cuales son especialistas. Gaia es una teoría
evolutiva que abraza la Tierra física y los organismos en un
único y forme proceso. Es enteramente compatible con la teoría
darwiniana de la selección natural. La autorregulación del
clima y de la composición atmosférica de la Tierra constituyen
propiedades emergentes que sobrevienen de forma automática. La
regulación se pone en marcha sin previsión ni planificación, y
no se relaciona con la teleología. Déjenme decir que, como
científico, rechazo por completo las certezas dogmáticas. No
sé si la teoría de Gaia es correcta; sólo el tiempo y las
evidencias nos darán la respuesta.
¿Es justo preguntar cuál es el uso de la teoría de Gaia?
¿Qué ha dado a la ciencia? En su trabajo, los científicos
habitualmente juzgan una nueva teoría por la utilidad de sus
predicciones. Bajo esta medida, la investigación sobre Gaia es
útil porque ha hecho progresar las ciencias que estudian tanto
la Tierra como la vida. Nombraré tres de estos progresos. El
primero fue descubrir que los elementos yodo y azufre se
transportaban a través del medio ambiente en la forma de los
gases yoduro de metilo y sulfuro de dimetilo, y que ambas
sustancias son productos naturales de las algas marinas que viven
en la superficie del océano. Realicé este descubrimiento en el
transcurso del viaje de ida y vuelta, sobre un pequeño barco,
entre Inglaterra y el hemisferio sur. En cualquier lugar por
donde navegaba el barco, se encontraban estos gases como parte
del medio ambiente oceánico. Antes de este viaje, los
científicos suponían erróneamente que el azufre y el yodo
pasaban a través de la atmósfera como finas partículas de sal
marina suspendidas en el aire. Decían que la vida no jugaba
parte en la regulación de la composición de la Tierra, y que
los organismos meramente transferían las sustancias que una
misteriosa química inorgánica dejaba para que ellos las
encontraran.
El segundo descubrimiento fue que un prolongado período
climático de la Tierra se regula mediante un controlado bombeo
de absorción de dióxido de carbono por parte de los organismos
que viven en el suelo.
Existe una única fuente de dióxido de carbono: los volcanes y
los procesos eruptivos, que lo expulsan del interior de la
Tierra; y hay sólo un depósito prolongado de dióxido de
carbono: su extracción del aire durante la erosión de las rocas
de silicato cálcico. Los geoquímicos habían asumido que la
erosión era puramente un proceso inorgánico en el cual los
organismos no tomaban parte. Con mis colegas Michael Whitfield y
Andrew Watson, propusimos que la erosión se llevaba a cabo por
lo menos 30 veces más rápidamente cuando los organismos estaban
presentes. Nuestra propuesta la confirmaron experimentalmente los
científicos estadounidenses Schwartzman y Volk. Ello significa
que los organismos controlan el exceso de dióxido de carbono en
la atmósfera y, por tanto, también el clima. Cuando hace frío,
los organismos del suelo se desarrollan insuficientemente y su
bombeo de dióxido de carbono es más lento; en consecuencia, el
dióxido de carbono aumenta en el aire y el mundo se calienta.
Cuando hace calor, los organismos crecen rápidamente y se
acelera el bombeo de dióxido de carbono, al tiempo que la Tierra
se enfría. Este es un proceso mediante el cual la Tierra podría
conservarse fría y confortable a pesar del incremento del 25 %
de calor solar desde el inicio de la vida. Sin embargo, existe un
enigma referente a la operación de bombeo en el mundo actual.
Hace más calor ahora que en la era glacial, pero el dióxido de
carbono se ha incrementado, no ha disminuido ni ha permanecido
constante como podía esperarse si la regulación estuviera
actuando. ¿Cómo podía ser esto?
Antes de responder, déjenme que les cuente el tercer
descubrimiento de Gaia porque forma parte de la explicación. Se
ha hallado que el gas sulfuro de dimetilo hace mucho más que
simplemente transportar azufre del océano, en donde abunda, a la
tierra, en donde escasea y es necesario. El sulfuro de dimetilo
se oxida en el aire para producir dos ácidos fuertes: ácido
metanosulfónico y ácido sulfúrico. Estos ácidos son conocidos
por ser la principal fuente de las partículas cuyo núcleo forma
las pequeñas gotas de las nubes. Sin la producción de sulfuro
de dimetilo por los organismos que viven en los oceános, habría
menor cantidad de nubes, éstas serían menos densas, y la Tierra
se convertiría en un lugar más caluroso. Esta investigación
contó con la colaboración de mis colegas Robert Charlson, Andi
Andreae y Stephen Warren, y de la misma se informó en 1987. De
nuevo era la observación de Gaia lo que motivaba la búsqueda de
una conexión entre los organismos que viven en los oceános y el
clima. Nos preguntábamos si la producción de sulfuro de
dimetilo por las algas formaría parte de un mecanismo de
realimentación (feedback) de Gaia para conservar fría la
Tierra. Las evidencias acumuladas no apuntaban hacia una
regulación, más bien lo contrario: la tendencia hacia un clima
inestable. La evidencia más firme provino del análisis químico
de núcleos de hielo de la Antártida, los cuales mostraron
claramente que a medida que la Tierra se volvía más cálida
después de la última glaciación, disminuía la cantidad de
ácido metanosulfónico almacenado en el hielo. «Más cálida»
significa que se generan menos nubes y que el clima es más
caluroso. Como en el enigma del dióxido de carbono, existe una
realimentación positiva en el calentamiento, lo opuesto a la
autorregulación climática de la teoría de Gaia.
Para probar estas ideas en mayor grado, mi colega Lee Kump y yo
elaboramos modelos numéricos basados en la teoría de Gaia.
Estos modelos incluían la vida de las plantas sobre la
superficie terrestre para bombear dióxido de carbono y el
desarrollo de las algas en el océano para generar la cobertura
de las nubes.
Una ojeada a una imagen de la Tierra desde un satélite, tomada
para mostrar el crecimiento de las plantas sobre la superficie
terrestre y el desarrollo de las algas en los océanos, confirma
que un crecimiento denso de estas últimas se reduce a las aguas
oceánicas cercanas a los polos, y a las aguas que fluyen cerca
del límite de los continentes; en ambas regiones, la temperatura
es inferior a 10 ºC. Las superficies terrestres situadas entre
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Actualizada el 27/10/95.
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