Our daily gene
Los medios de
comunicación, en su doble papel de difusores de la información y creadores de
opinión, explican gran parte de la comprensión y percepción públicas de la
investigación en genética. Y no sólo esto, los medios han influido además en la
propia historia de este campo de la ciencia (desarrollo del marco legal,
planificación de la inversión, planteamientos éticos, etc.). En este artículo
se analizan algunas circunstancias y tendencias que han marcado la evolución de
la representación pública de la genética, sobre todo en las dos últimas
décadas, a la luz de los medios de comunicación. Una historia que culmina, de
momento, con los anuncios político y científico del borrador del genoma humano.
Un final rico en detalles que demuestran la influencia de los medios en el
desarrollo de la propia ciencia.
The media, in its dual role as
information diffuser and opinion creator, largely explain public comprehension
and perception of genetic research. And that is not all; the media have
influenced the development of this scientific field (development of a legal
framework, investment planning, ethical approaches, etc.). In these pages, the
author analyzes some of the circumstances and tendencies that have marked the
progression of the public representation of genetics, especially in the last
two decades in the light of the media. This is the telling of a story that so
far has culminated with political and scientific announcements regarding the
draft of the human genome, a story with an intense end that provides numerous
details proving the influence of the media in the development of science
itself.
En muy pocas ocasiones los resultados de
la investigación científica son motivo de portada. Aunque también es cierto que
una presentación simultánea, a ambos lados del Atlántico, anunciada a modo de big
show y presidida por los dos máximos representantes políticos de Estados
Unidos y Gran Bretaña, nunca se había dado en la larga historia de la ciencia.
Y este hecho, per se, ya es una clara
noticia teniendo en cuenta que en la escala de valores noticiables la política
tiende a situarse entre las primeras posiciones, infinitamente por delante que
la ciencia. ¿Qué hubiera sucedido en caso de que Clinton y Blair no hubieran
intervenido en la presentación del genoma? ¿Hubiera dejado éste de ser portada?
Los factores que intervienen en la
selección y fabricación de una noticia son múltiples y complejos, siendo la
relevancia del acontecimiento sólo uno de tantos. Así, los protagonistas de la
información pueden llegar a ser decisivos. De la misma forma, también resulta
crítico el estado de opinión –conocido o percibido– de la población a la que va
dirigido el mensaje. Esto es, una información que se ajusta bien al esquema de valores
colectivo tendrá más posibilidades de llegar a ser «noticia» que aquella que se
aparta del pensamiento dominante. En nuestro caso, la espectacularidad del
proyecto genoma humano encajaba a las mil maravillas con las expectativas de la
población sobre las posibilidades de la investigación genética. Expectativas
que incluyen desde su potencial para explicar «todos» los misterios de la vida
y de los seres humanos, como la promesa de que con dichos conocimientos la
medicina va a transformarse radicalmente y «muchas enfermedades hoy mortales
llegarán a desaparecer».
Este es el estado de opinión que se
supone tiene hoy día una gran parte de la población. Pero, ¿cómo se ha llegado
a esta situación? ¿Cuál ha sido la influencia de los medios de comunicación?
En las siguientes páginas analizaremos
las circunstancias que han marcado la evolución de la cobertura periodística de
la «genética». Dentro del concepto genética hemos incluido tanto
aquellas informaciones relativas a la ingeniería genética y la biotecnología
como al estudio del genoma humano, el nacimiento de la genómica o el uso de las
investigaciones para la terapia génica, el diagnóstico u otras aplicaciones
médicas. Se trata pues de un concepto amplio −centrado en el estudio, la
manipulación y el uso de la investigación del material genético– con el que
espero no irritar demasiado a los puristas de las distintas especialidades.
Si bien es cierto que la investigación en
genética tiene, como mínimo, un siglo y medio de historia, su presencia en los
medios de comunicación es relativamente reciente. Salvando grandes
acontecimientos, como la descripción de la molécula de DNA en 1953 o algún otro
hecho aislado, la prensa no se fija en este tema hasta bien entrada la década
de los setenta e incluso la de los ochenta, según el país.
La entrada de la investigación genética en la
«arena pública» se relaciona fundamentalmente con dos hechos: la carrera
científica que busca la aprobación –y financiación– pública y el auge de los
movimientos ecologistas. De este modo, en los medios de comunicación pronto se
establecieron dos posturas extremas. Por una parte, un sector de la prensa se
quedó fascinado por las maravillas de la genética: se estaban alcanzando logros
nunca sospechados, en un campo de la ciencia que tenía la posibilidad de
cambiar la medicina, la economía e incluso la forma de interpretar el mundo y
las personas. Por otra, el sector más sensible a las denuncias de los grupos de
presión ecologista, se hizo eco de los horrores que se avecinaban como consecuencia
de las aplicaciones de la ingeniería genética.
Tanto en la prensa como en la representación
cinematográfica de la época comenzó a no ser infrecuente una imagen de los
científicos distinta a la acostumbrada. El científico había dejado de ser aquella
persona de rostro afable en busca de la salvación de la humanidad y se había
transformado en un personaje de oscuros intereses –demasiado próximos a los de
la industria– sin ningún tipo de reparos éticos y con un afán desmesurado por
conseguir la fama y el poder. Esta representación de la ciencia y de los
científicos ha sido bien descrita por numerosos autores. Entre los análisis más
recomendables figuran dos obras de Dorothy Nelkin1,2 tituladas, en
la traducción española, La mística del DNA y La ciencia en el
escaparate, o el libro de John Turney3 que con el nombre de Frankeinstein’s
Foodsteps recoge brillantemente cómo el personaje creado por Mary Shelly ha
servido para alimentar el imaginario popular respecto a la actividad de los
científicos. En esta última obra, Turney concluye que es precisamente la
biología y, sobre todo aquellas ramas más relacionadas con el estudio de la
genética, la disciplina científica en la que más se ha reflejado la imagen del
científico afamado de poder, interesado y falto de ética.
En algunos estudios se ha analizado la
influencia de los grupos ecologistas y de la comunidad científica en la
información que aparece en los medios de comunicación. En general, estos
estudios suelen hallar una mayor representación de los valores procientíficos,
en comparación con las ideas promovidas por los grupos de presión. Por ejemplo,
en un estudio realizado en nuestro país se realizaba un análisis de contenido
de los diarios ABC, El País y La Vanguardia, sobre la presencia
de la «ingeniería genética humana» entre los años 1988 y 1993. Los autores de
esta investigación, Carolina Moreno y otros,4 concluían que «los
grupos activos de presión social (como ONG o asociaciones de consumidores)
[...] en la prensa participan de forma poco significativa».
No obstante, si bien cuantitativamente las
visiones alarmistas sobre la actividad de los científicos son menos frecuentes
que aquellas más optimistas, el impacto de unas y otras sobre la opinión
pública puede estar infravalorado. Por ejemplo, no tiene el mismo impacto una
noticia en la sección de sociedad que una en las páginas especializadas en
ciencia, pues en el primer caso el número de personas que leen la información
es probablemente muy superior. Tampoco tiene el mismo impacto un texto sin imágenes
−o con una fotografía de recurso: un científico en su laboratorio, por
ejemplo− que otro en el que se muestra alguna clara aberración de la
ciencia...
Un ejemplo de este impacto lo tenemos en el
caso de los alimentos transgénicos. Éste ha sido un tema sobre el que los
grupos ecologistas han actuado de forma contundente, denunciando
irregularidades (reales o supuestas), proporcionando datos e imágenes, e
incluso llevando a cabo acciones que por sí mismas podían constituirse en
noticia (llamativas manifestaciones, encierros, etc.). De este modo, el término
que más se ha extendido entre la población para denominar a este tipo de
productos no ha sido el de «alimentos modificados genéticamente», ni
siguiera el de «alimentos transgénicos». Sin duda, la expresión más
popular ha sido la de «alimentos manipulados genéticamente»,
introduciendo con ello una valoración peyorativa.
La presión de ciertos sectores de la prensa
ha sido mayúscula en este terreno y ha contribuido muy directamente a algunas
decisiones políticas de gran envergadura, así como a cambios en las normativas
relativas a la fabricación, procesamiento, etiquetado, distribución y
comercialización de los alimentos. Un caso realmente representativo lo
constituye el de la chocolatera Nestle. Tras meses de indecisiones, la empresa
acabó por rendirse ante la presión de los medios y decidió no incluir productos
modificados genéticamente, en ninguna de las fases de fabricación de sus
productos. Tras tomar esta decisión, explica al público en un comunicado de
prensa y en su página web que «si bien los datos científicos indican que los
alimentos que se habían utilizado hasta el momento no entrañaban riesgo alguno
para la salud, el deber de la compañía es complacer a sus clientes y estos
habían dado muestras de preferir que los productos de Nestle no contuvieran
alimentos modificados genéticamente».
Estos casos son sólo muestras de cómo las
decisiones no siempre se toman siguiendo criterios estrictamente científicos y
que, en muchas ocasiones, el peso de la opinión pública –a través de sus
pretendidos «portavoces», los medios de comunicación– puede ser mucho más
decisivo.
La población, ante este doble posicionamiento
de los medios de información, responde también con una percepción dual, como ha
puesto de manifiesto John Durant, en sus investigaciones sobre la percepción de
la sociedad europea respecto a la biotecnología. Durant concluye que los
europeos (no ocurre lo mismo en el caso de la población norteamericana) tienen
en general gran confianza en las posibilidades de la ciencia y la tecnología
para resolver muchos de los problemas actuales, pero a pesar de ello muestran
también una actitud de recelo, un temor a que los riesgos puedan llegar a
superar los beneficios.
Aunque muy brevemente, hemos visto cuáles han
sido algunas de las implicaciones de las visiones más críticas sobre la
investigación y aplicación genéticas. Veamos ahora qué ha sucedido en el
extremo opuesto.
En la década de los ochenta, la información
sobre los avances científicos de la investigación genética comenzaría a ser un
tema recurrente en los medios de comunicación. Sin embargo, salvo raras
excepciones, dicha información solía quedar relegada a las páginas más
especializadas (páginas o suplementos específicos sobre ciencia o sobre salud).
Sin duda alguna, la razón de esta «marginación» de la genética radicaba en que
las cúpulas directivas de las redacciones no consideraban que se tratase de
temas de suficiente relevancia como para ser incluidos en las páginas de actualidad.
Por otra parte, contribuía a esta especialización de la cobertura mediática el
difícil acceso a la información. Este obligaba a los periodistas a consultar
directamente las revistas científicas o a acudir a investigadores poco
entrenados en las artes de la comunicación, por lo que el único grupo de
redactores que se «atrevía» con estos temas solía ser el formado por aquellos
más especializados.
Con el paso de los años, y a medida que la
comunidad científica se iba dando cuenta de la necesidad de comunicar
públicamente su trabajo, se comenzaron a desarrollar mecanismos cuyo objetivo
fundamental sería facilitar el trabajo de los periodistas. De este modo, las
revistas científicas comenzarán a poner en práctica estrategias de comunicación
muy elaboradas (comunicados de prensa escritos en un lenguaje llano y
fácilmente asequibles por cualquier redactor, información divulgativa en
páginas web diseñadas para el uso de periodistas, contactos directos con los
responsables de las investigaciones, material fotográfico o incluso
audiovisual, etc.). También desde las instituciones científicas se realiza un
esfuerzo sin precedentes para facilitar la difusión de su actividad en el campo
de la investigación.
Así, el número de «acontecimientos
científicos» sobre los que publicar una noticia se iba a ver multiplicado en
tan sólo unos años de forma espectacular, tanto que pronto la situación
descrita para principios de los años ochenta se invierte totalmente. El volumen
de información llega a ser tan desbordante y tan eficaz el trabajo de los
gabinetes de prensa (para los que cualquier investigación, por modesta y poco
original que sea, es siempre una gran noticia), que a los periodistas les
comenzará a resultar extraordinariamente difícil separar el grano de la paja. El
resultado de este alud de información se traducirá finalmente en una
consecuente abundancia de informaciones científicas, muchas de ellas poco
relevantes o meramente anecdóticas.
Este escenario, que es común a la información
científica en general y especialmente llamativo en el caso de las ciencias de
la salud y de la vida, describe perfectamente lo que ha sucedido en torno a la
genética. Así, durante unos primeros años, la información, que aún se mantenía
relativamente escasa, se limitaba a dar cuenta de las primeras asociaciones
entre mutaciones genéticas y determinadas enfermedades. «Descubierto el gen de
la esquizofrenia», «Hallado el gen del Alzheimer», «Científicos encuentran el
gen de la obesidad», estos titulares representan perfectamente esa época en la
que los científicos parecían estar dedicados a la caza de genes. Los
genes en esta época se hallan, se encuentran, se descubren...
como setas en un bosque. No desearía entrar ahora en la cuestión del rigor en
la información periodística, fruto muchas veces de la obligada reducción de las
frases, la necesidad de captar la atención del lector y el rechazo de
tecnicismos.... Es evidente que no se había hallado «el gen del Alzheimer»,
sino «una mutación genética asociada a una mayor predisposición a padecer
Alzheimer en cierto tipo de circunstancias».
Progresivamente, el titular-tipo «Descubierto
el gen de....» se hará más y más frecuente. Por una parte, porque la
investigación genética experimenta progresos exponenciales con la entrada de
supercomputadores, los bancos genéticos de uso público y las modernas
tecnologías. Se dice, por ejemplo, que la secuenciación que en los años ochenta
podía significar una tesis doctoral, en la actualidad un ordenador puede
conseguirla en sólo unas horas. Pero, por otra parte, la proliferación de este
tipo de noticias responde también a los cambios producidos en el escenario en
el que actúa el periodista científico. Fundamentalmente, la mayor facilidad
para acceder a la información procedente de publicaciones e instituciones
científicas. No olvidemos que gran parte de la investigación genética llevada a
cabo en estos años se ha realizado con financiación pública y resulta lógico,
por tanto, que se quiera mantener el interés de la población por este campo de
la ciencia. Incluso aquella investigación que ha sido financiada por la
industria requiere también de la aprobación pública.
Llegamos de esta forma a lo que Vladimir de
Semir, director de Quark,
denomina el «gen de cada día», que es esa noticia fácil de conseguir
(basta con traducir un comunicado de prensa), que tiene además el aval de la
comunidad científica, que hace felices a los responsables de la investigación,
que ayuda a rellenar un espacio y que para la población general no tiene
demasiado significado, salvo para llenar de falsas esperanzas a aquellos que
padecen la enfermedad en cuestión. Pero el «gen de cada día» no es sólo
anécdota, su presencia reiterada configura una cierta imagen y va creando una
forma de percibir la realidad. En otras palabras, un solo «gen de la enfermedad
tal o cual» no significa nada (¡excepto para los enfermos de tal o de cual!),
pero la reiteración de este tipo de informaciones acaba por construir una
representación de las enfermedades en la que la genética se sitúa como causa
prácticamente única y absolutamente determinante.
Y si el «gen de cada día» puede llegar a
construir toda una representación distorsionada de la enfermedad y la salud,
imagínense qué puede suceder cuando la información no se refiere sólo a
patologías, sino que se incluyen también comportamientos. Ciertamente, la idea
de que las conductas pueden estar predeterminadas genéticamente ha aparecido
también de forma reiterada durante estos años. A veces, acompañada de algún
comentario crítico o de contextualización. En otras ocasiones, lanzada
simplemente a bocajarro: «Descubierto el gen de la homosexualidad», «... de la
religiosidad», «... de la infidelidad», «... de las buenas madres», todos ellos
son ejemplos reales recogidos de la prensa. No creo que sea necesario añadir
más para comprender el flaco favor que esta información puede hacer a la
sociedad.
La evolución de la cobertura periodística de
la investigación genética está estrechamente ligada, desde finales de los
ochenta, a la evolución del Proyecto Genoma Humano. Éste se ha acompañado desde
sus orígenes de un gran revuelo mediático. Primero, porque no era capaz de
convencer a los responsables políticos de su rentabilidad. Después, porque
éstos estaban tan y tan convencidos que no dudaron en ser ellos mismos los que
convocaron a la prensa y aparecieron en primer plano con palabras
grandilocuentes.
Del análisis del Proyecto Genoma Humano, a la luz de los medios de comunicación, podríamos destacar cuatro acontecimientos clave: las dudas sobre su viabilidad y la rentabilidad de la inversión; el reto planteado desde la empresa privada; el anuncio político del borrador del genoma, y el anuncio científico.
No fue sencillo para los científicos interesados
en poner en marcha un macroproyecto para secuenciar el genoma completo del Homo sapiens convencer a los
administradores de las arcas públicas de que su proyecto podría llegar a buen
término y que además proporcionaría conocimiento, bienestar y riqueza económica
para el país. De hecho, parece ser que la idea se propuso por primera vez en
una serie de reuniones científicas organizadas por el Departamento de Energía
de Estados Unidos entre 1984 y 1986, pero hasta bien entrado el año 1990, el
Proyecto Genoma Humano no sería una realidad. Convencidos ya Estados Unidos,
otros países se incorporaron al mismo: Gran Bretaña, Japón, Francia, Alemania y
China.
Tanto en Estados Unidos como en el resto de
los países, incluido el nuestro, los medios de comunicación fueron el canal
preferencial utilizado por la comunidad científica para presionar a los
representantes políticos. En nuestro caso, merece la pena destacar el papel de
la Declaración de Valencia, en 1988. Según recoge el estudio de Carolina
Moreno,4 este documento generó un gran número de textos en la prensa
española. En la declaración, un grupo de científicos de diversas disciplinas
concluía que «la ingeniería genética tendría una amplia incidencia sobre el
conjunto de la sociedad» y declaraban que «ante la falta de voluntad política,
las sociedades se volvían hacia la prensa». Sea como fuera, el debate en
nuestro entorno era prácticamente inexistente y la comunidad científica no
llegó a convencer a la administración de la necesidad de priorizar esta área de
la ciencia.
En su historia sobre el Proyecto Genoma
Humano, que introduce el monográfico de Nature del 12 de febrero del
2001, el consorcio público explica de la siguiente forma cómo la aparición de
Celera Genomics, con Craig Venter al frente, influyó sobre el desarrollo de sus
planes:
«La idea de producir un primer borrador de la secuencia del
genoma fue revisada en ese momento [1999], tanto porque ya no se podía poner en
duda la viabilidad de la secuenciación, como porque los científicos estaban
hambrientos de datos. Además, algunos científicos apoyaban la idea de priorizar
la producción de un borrador de la secuencia del genoma sobre la producción de
secuencias finalizadas regionales, temerosos de que los posibles planes
comerciales para generar bases de datos privadas de la secuencia humana
pudieran dar lugar a restricciones no deseables en el uso de la información.»
El enfrentamiento entre la empresa privada y
el consorcio público ha dado lugar a un gran número de textos. En el caso de la
prensa española, el Informe Quiral5 (monitorización
sistemática de las noticias sobre salud y medicina publicadas en los diarios ABC, El Mundo, El País, El Periódico y La Vanguardia) confirma el protagonismo de la rivalidad
público-privada en la información relativa al Proyecto Genoma Humano. De hecho,
en el análisis de contenido de estos textos se comprueba cómo en muchos casos
se recurre a la terminología bélica o, en el mejor de los casos, deportiva,
para describir el escenario en el que se desarrollan los hechos. Así, los
respectivos equipos (público y privado) son calificados frecuentemente como
«rivales» o «competidores»; sus relaciones como «batalla», «enfrentamiento»,
«competición» o «carrera» y la secuenciación del genoma humano es claramente el
«objetivo» que establecerá dos categorías: los «ganadores» y los «vencidos». De
la misma forma, también se observa cómo los medios claramente apoyarán la
actitud del sector público, criticando las «pretensiones» e «intereses
comerciales» del grupo liderado por Craig Venter.
El 27 de junio del año 2000, los medios de
comunicación de medio mundo recogen el mismo titular, la misma fotografía, las
mismas declaraciones... El día anterior, el 26 de junio, un Bill Clinton
sonriente anunciaba al mundo: «Estamos aprendiendo el lenguaje con el que Dios
creó la vida humana». Junto a él, en videoconferencia, Tony Blair asiente. De
la misma forma, aunque ya en un segundo plano, Craig Venter en representación
de la empresa Celera Genomics y Francis Collins del Consorcio Público,
confirman con su presencia las magníficas declaraciones de su presidente. El show
organizado para esta presentación era de tales dimensiones que verdaderamente
habría sido una temeridad no cubrir la noticia en primera plana.
Ya no podía añadirse más a las palabras de
Clinton. Con ellas, las expectativas del público podían darse más que
satisfechas. Y, por si el político no gozara de credibilidad, ahí estaban también
los científicos responsables de las investigaciones, sin intervenir para
matizar las declaraciones de su «portavoz». La prensa mayoritariamente
respondió en los mismos términos: «un momento comparable al descubrimiento de
la rueda», «se curarán más de 6000 enfermedades», «la humanidad ha entrado en
una nueva era», etc.
La respuesta tan optimista de los medios ha
satisfecho a muchos científicos, sobre todo aquellos que pertenecen a este
campo de la investigación, (¡Por fin se reconocen los esfuerzos de tantos
años!). Sin embargo, estos mismos científicos que han quitado importancia a las
palabras pronunciadas por el presidente de Estados Unidos y las han atribuido a
la lógica euforia producida por los hallazgos, son también los que a menudo se
lamentan de que la sociedad «no comprende» en qué condiciones tiene lugar el
avance del conocimiento científico, pasando por una lenta carrera llena de
obstáculos, en la que cada hipótesis, cada teoría o cada dato debe ser
comprobado una y mil veces, pasando años entre una investigación y sus posibles
aplicaciones prácticas.
El Informe Quiral muestra cómo en el
año 2000, la investigación genética comienza a generar proporcionalmente más
editoriales, artículos y cartas al director –en resumen, más opinión– que en años
anteriores. Esto es, la genética ya no es una cuestión neutra reservada para
las páginas científicas y presentada con un aspecto meramente informativo, sino
que se ha convertido en un tema de actualidad que genera opiniones claras,
tanto por parte de los medios de comunicación (sus directores, redactores o
colaboradores), como por parte de los lectores.
Si en junio del 2000 ya se había dicho todo,
y más, sobre las posibilidades del Proyecto Genoma Humano, ¿se imaginan ustedes
lo difícil que fue para los periodistas científicos convencer a sus jefes de
sección, y éstos a sus jefes de redacción, de que la presentación del genoma de
febrero era también una «gran noticia»?
Manuel Perucho, en la Tribuna que se publica en este número de Quark,6
considera, con muy buen criterio, que «al haberse hecho el pasado junio el
preanuncio de la secuenciación del genoma [...], el anuncio final ha quedado
desprovisto de espectacularidad». Probablemente, ésta ha sido la razón por la
que en febrero del 2001 el aspecto que más se ha destacado no ha sido, como lo
fue en junio del 2000, las posibles implicaciones médicas de estas
investigaciones. La prensa se ha fijado esencialmente en otro resultado del
proyecto: el hecho de que el número de genes estimado no sea mucho mayor que el
de seres más simples, tales como la mosca o el gusano.
Pero Perucho realiza, además, otra
observación. En su artículo, se lamenta de cómo algunos medios de comunicación
han cubierto el anuncio de la secuenciación del genoma, y en concreto
reflexiona acerca de ciertas tendencias a que «lo políticamente correcto» pueda
llegar a negar la evidencia científica. Así, con relación al tan comentado
resultado sobre si las mínimas diferencias halladas entre grupos poblacionales
distintos echaban por tierra las teorías xenófobas y racistas, escribe Perucho:
«Es preocupante observar cómo la obsesión con lo
políticamente correcto de ciertos temas puede llegar a cegar ante evidencias
irrefutables. Es increíble que se intenten utilizar los datos de la secuencia
del genoma humano para apoyar ideologías, que no por ser correctas han de estar
apoyadas por la secuencia.»
Coincido plenamente en las observaciones
del director del Departamento de Oncogenes y Genes Supresores de Tumores del
Instituto Burnham de La Jolla (Estados Unidos). Sólo querría añadir un pequeño
matiz: esta interpretación subjetiva de los resultados, ostensiblemente
influida por los propios sistemas de valores o los que se atribuyen a la mayoría
(«lo políticamente correcto»), no sólo es atribuible a los medios de
comunicación, los propios científicos han alentado estas interpretaciones. El
siguiente fragmento recogido de una de las revistas portavoces de la comunidad
científica en el «anuncio del genoma» es viva prueba de ello:7
«I suspect, therefore, that genome-wide studies of
genetic variation in human populations may not be so easy to abuse –in terms of
using data as “scientific support” for racism or other forms of bigotry- as is
currently feared. If anything, such studies have the opposite effect because
prejudice, oppression, and racism feed on ignorance.»
Éste es un claro ejemplo de lo complejo del proceso de comunicación de los resultados científicos. Un proceso sujeto constantemente a modificaciones, interpretaciones, exageraciones u omisiones. En la revista científica, los datos y estudios se revisan hasta intentar ofrecer la mayor objetividad posible, pero junto a los mismos se presentan también valoraciones personales. Los medios de comunicación utilizan las revistas como fuente de información. Toda la revista, datos, opiniones, etc. Lo mismo sucede cuando la fuente de información es el científico directamente. Aunque éste intente explicar sus investigaciones de la forma más objetiva posible es imposible eliminar en sus interpretaciones una cierta influencia de su sistema de valores. En el mejor de los casos, esta interpretación sólo se verá influida por «lo políticamente correcto». ¡Imagínense qué sucedería si la desviación fuera en sentido contrario!
Licenciada
en medicina y cirugía por la Universidad de Barcelona y Máster en Comunicación
científica por la Universitat Pompeu Fabra. Su área de investigación se ha
centrado en las relaciones entre la ciencia y los medios de comunicación, así
como en la representación mediática de la salud y la medicina. Es responsable
de las publicaciones del Observatorio de la Comunicación Científica (UPF) y
coordinadora de la revista QUARK. Es coordinadora y profesora del Máster
en de Comunicación científica de la UPF y profesora de la Facultad de Ciencias
de la Salud y de la Vida de la UPF.
1 Dorothy Nelkin, Susan Lindee: DNA mystique: the gene as a
cultural icon, Nueva York, W.H. Freeman Press, 1995. Una reseña de este
libro se puede consultar en: «La genética irremediable» (crítica), Quark, Ciencia, Medicina, Comunicación
y Cultura 1996; 2: 92-93.
2 Dorothy Nelkin: Selling science: how the press covers science
and technology,
Nueva York, W.H. Freeman Press, 1987; 2ª ed. revisada, 1995.
3 John
Turney: Frankeinstein’s Foodsteps. Science, Genetics and Popular
Culture, New Haven y Londres, Yale University Press, 1998. Una reseña de
este libro se puede leer en: Gemma
Revuelta: «Frankeinstein, el biólogo» (crítica), Quark, Ciencia, Medicina, Comunicación
y Cultura 1999; 15: 95.
4 Carolina
Moreno et al.: «La ingeniería genética humana en la
prensa», documento de trabajo 96-04, Instituto de Estudios Avanzados (CSIC).
5 Fundación
Privada Vila Casas - OCC (UPF): Informe Quiral 2000, Medicina,
Comunicación y Sociedad, Barcelona, Rubes Editorial, 2001.
6 Tribuna:
«La publicación del genoma humano y los medios de comunicación: una secuencia
de despropósitos».
7 Svante Pääbo: «The Human Genome and our view of ourselves», Science,
12 de febrero de 2001.