Noticia médica: ¿impacto
científico o impacto mediático?
Medical news: Scientific or
mediatic impact?
Vladimir de Semir
Si me permiten un juego
de palabras, vamos a analizar el contexto y el recontexto de la información
médica para que nos sirva de pretexto para un texto o tesis: la necesidad de un
código ético para la comunicación de los temas médicos y sanitarios. Nos
referimos al contexto de la práctica del periodismo y del mundo de la
comunicación en el que evidentemente está englobada la circulación de la
información científica y médica, y al cambio de referentes y de registros que
se deriva de la necesaria recontextualización del discurso científico desde el
foco emisor experto que representa la comunidad científica hasta llegar al
público receptor de los mensajes.
Let me make a play on words, we are about to analyze the context and the recontext of medical information to use this as a pretext for a text or thesis: the need of an ethical code for communicating
medical and sanitary issues. We are referring to the context in which
journalism and the communication world practices take place. This framework
includes the circulation of scientific and medical information, and the
exchange of referents and registers derived from the necessary recontextualization
of a scientific discourse from the expert emitting source represented by the
scientific community until it reaches the public receiving the message.
Para empezar hemos de destacar que hace ya un cierto
tiempo que se han comenzado a oír voces que alertan sobre el riesgo de
convertir la información en mercancía. Si la información se convierte en una
mercancía más del mundo globalizado no hay duda que se resentirá la veracidad
de los mensajes informativos y, en general, la calidad de los medios de comunicación
pues su contenido se trivializará. Esta preocupación es compartida hoy por
periodistas y científicos sociales de todo el mundo. Este es el contexto:
estamos inmersos en un mundo en el que el «lo he leído en el diario, lo he oído
en la radio, lo he visto en la televisión o lo he leído y visto en Internet»
forma parte de nuestra formación cultural continuada a lo largo de nuestra vida
y en la que, sin parangón con épocas anteriores, los medios de comunicación
desempeñan un papel crucial y no sólo en la creación de una opinión pública.
La realidad es que hoy ya se habla abiertamente de
que los periodistas nos estamos empezando a convertir en proveedores de
contenidos. Así es como se nos llama ahora en los grupos multimedia que
nacen de las fusiones de las antiguas empresas dedicadas al mundo de la
información y en los que la antes llamada actividad periodística consiste ahora
en llenar el tiempo y el espacio que nos deja el tiempo y espacio dedicados a
la publicidad y al tráfico de influencias. Por tanto, la definición es muy
correcta, nosotros llenamos –damos contenido− a esos tiempos de radio y
de televisión o esos espacios de diarios, revistas o webs para distribuir los
mismos mensajes pero en diferentes soportes. Y naturalmente, cuanto más creador
de emociones sea el contenido, mejor, porque lo que cuenta es obtener el
impacto necesario para que la audiencia sea la adecuada que necesita el negocio
o la influencia del grupo multimedia. En esta situación es fácil darse cuenta
de que estamos ante un círculo perverso de intereses que va a modificar, y
mucho, la profesión del periodista y, lo que es peor, va a condicionar, y
mucho, el propio trabajo del periodista. Va a ser la estrategia global del
grupo multimedia el que marcará los objetivos de la profesión y la información
o algo que se le asemeje será sólo un contenido, un medio para llegar al
objetivo final de alcanzar mayor negocio y mayor influencia para el grupo. Si
no desarrollamos mayor espíritu crítico y una reflexión sobre nuestra propia
profesión, algo que será muy difícil en el seno de tales grupos, estamos
condenados a un futuro bastante pesimista, aunque puedan existir excepciones
como el ejemplo que nos brinda un diario como Le Monde donde los criterios periodísticos y de profesionalidad
prevalecen sobre los otros, pues por suerte todavía hay quien piensa que no
todo el público potencial es manipulable y que por el contrario se van a
instaurar mayores niveles de exigencia entre la audiencia que, a medida que
vaya siendo cada vez más educada, sabrá discernir entre la
información-mercancía y la información-cultura.1
Hoy ya no sorprende a nadie en los grupos llamados
multimedia que sean los consejeros-delegado o los directores de márketing los
que establezcan las líneas estratégicas informativas antes reservadas
fundamentalmente a los directores-periodistas de cada medio informativo. De
hecho, los llamados directores de las correspondientes redacciones han perdido
el peso específico que poseían antes. El ejemplo de cómo se actúa hoy ante la
publicidad con respecto a otros tiempos es bien elocuente. Pocos directores
ejercen el derecho de veto ante determinados mensajes publicitarios cada vez
más agresivos y mixtificadores, incluso se acepta mezclar acciones
publicitarias con textos eminentemente informativos, algo antes estrictamente
controlado y que era una de las claves deontológicas del periodismo:
diferenciar siempre la publicidad de la información.2
En realidad, los medios ya no transmiten la realidad,
la construyen en un contexto en el que ya no es tan importante pensar para
existir, sino que lo realmente importante es comunicar para existir. Esto es lo
que hace afirmar a pensadores tan relevantes como el sociólogo Pierre Bordieau
que estamos cada vez más sometidos a una circulación circular de la información
y a unos medios que en realidad están imponiendo en la sociedad un fast thinking que nos hace eliminar
reflexión y que simplifica y trivializa los mensajes, un fenómeno emparentado
con el pensamiento único que nos amenaza y que en realidad busca la
espectacularización de las noticias para así mercantilizarlas con mayor facilidad.
Ese fast
thinking se está imponiendo en la sociedad y en general en los medios de
comunicación y va a ser muy difícil de romper. Ese es el contexto perverso al
que aludía y hemos de ser conscientes de que corremos un gran peligro, porque
como hemos dicho al principio, al mismo tiempo esos medios son los que
mayoritariamente forman culturalmente a la sociedad. Por suerte comienza a
exteriorizarse una cierta preocupación sobre esta deriva que se está
produciendo en los medios de comunicación. En la Conferencia Internacional
sobre la Sociedad de la Información, que se celebró en Santiago de Compostela
en otoño pasado con el auspicio de la UNESCO, periodistas, expertos y
empresarios del mundo de la comunicación debatieron sobre «la crisis de
credibilidad en la prensa» y sobre «el nacimiento de un nuevo periodismo que
arrincona las cuestiones profundas para dedicarse al mundo de los superficial”.3
Otra voz que merece ser resaltada es la del premio Nobel de Literatura José
Saramago quien en la inauguración del la XV edición del Curso de la Escuela de
Periodismo Universidad Autónoma de Madrid-El País alertó sobre la
responsabilidad de los medios, «infinitamente más grande de la que los propios
medios creen tener» y apeló al «periodismo de reflexión para instalar la duda
en la sociedad».4
Este proceso de configuración de grupos multimedia
tiene asimismo otra dimensión que hace aún más grave la situación general del
periodismo. La gradual concentración de empresas dedicadas al mundo de la
comunicación constituye una seria reducción de margen de maniobra y al grado de
libertad. Hace 20 años, 50 compañías controlaban el mercado de los medios de
comunicación y del entretenimiento en Estados Unidos (¡extraña confluencia
entre información y divertimento!), que incluye la televisión, el cine, la
radio, la prensa, el cable, las revistas y los libros. Hoy hay sólo cinco:
AOL-Time Warner, Viacom, General Electric, Walt Disney y Fox Corporation. Y lo
que es más preocupante, la actual Administración Bush ha dejado bien claro que
«el derecho a la libertad de expresión de estos grandes conglomerados
mediáticos es mucho más importante que la diversidad de intereses y puntos de
vista en la información”.5 Esta aseveración –en la que la equívoca
alusión a la libertad de expresión en realidad enmascara una libertad al
negocio− fue realizada por la Comisión Federal de Comunicaciones en el
momento de anular una restricción impuesta hace décadas que impedía a una
compañía poseer más de una cadena de televisión, medida encaminada naturalmente
a propiciar una mayor diversidad informativa y evitar la concentración de
medios de comunicación.
Finalmente, aunque no sea objeto de este análisis,
no hay que olvidar la gradual injerencia política y tráfico de influencias que
experimenta el mundo de la información. Las concesiones de canales de
televisión, cadenas de radio, licencias de telefonía móvil y otros «argumentos»
similares en manos del poder político hacen muy vulnerables a los grupos de
comunicación y a sus líneas estratégicas de información, donde una vez más los
intereses del grupo acaban imponiéndose en muchos casos al mantenimiento de
criterios periodísticos. En una jornada de debate sobre medios de comunicación
organizada por la Escuela Superior de Administración de Empresas, una de las
conclusiones fue que «las presiones políticas son la mayor amenaza que los
medios de comunicación deben afrontar a la hora de ejercer su tarea de
informativa con independencia».6 Tan asumida está por la sociedad
esta situación que incluso las noticias la reflejan sin mayores problemas ni
comentarios, incluso con cierta apariencia de candidez.
Un ejemplo puede ilustrar perfectamente estas
aseveraciones. Noticia de portada de El Periódico
(27/01/2001): «El PP negocia apoyar a Mas a cambio de ser mejor tratados en
TV3». O sea que resulta que las noticias de TV3 son abierta moneda de cambio,
sin tapujos y sin vergüenza alguna, en los trapicheos políticos entre PP y CiU
para que Artur Mas se pueda afianzar
como posible heredero de Jordi Pujol a la presidencia de la Generalitat de
Catalunya. (Nos comentaba un periodista amigo al leer esta noticia: «Pobre Mas,
él que no puede soportar los sucursalismos, y pobres periodistas de TV3 a los
que dentro de unos días les comenzarán a sonar los teléfonos: ‘¡Ponme en el
telediario tres noticias más del PP, marchando, que si no nos vamos a quedar
sin apoyo!’»).
Este es el contexto en el que también se
mueve el mundo de la información científica y médica, no lo olvidemos. Pasemos
ahora del contexto a reflexionar sobre el recontexto:
qué está pasando con la comunicación científica y médica y con su transmisión a
la sociedad en general. Muy sintéticamente creemos que el problema básico es
que, por esa presión mediática para convertir las noticias en emociones del
público, se va a crear una respuesta cautiva del público respecto al medio y
las noticias van a ser evidentemente el gancho para todo un círculo
publicitario y de poder de los propios medios. En esta situación de búsqueda de
la noticia-emoción-gancho, la ciencia y muy especialmente la medicina y la
sanidad permiten evidentemente por sus características una gran
espectacularización de las noticias. Y lo que es peor es que el círculo vicioso
que se está creando no es sólo achacable a la propia prensa, sino que cae en él
también en cierta medida la comunidad científica, o como mínimo las revistas
científicas especializadas de referencia que son las que mayoritariamente
marcan la agenda de la información científica en el seno de lo que podemos
considerar periodismo científico y médico.
Del
discurso científico al discurso público
El problema de la recontextualización es que queda
claro que el discurso científico en su contexto, en el de la comunidad de
expertos y de las revistas científicas admite la publicación y valoración del
avance científico como un step by step,
ese paso a paso, que es el avance científico, aquel que determina que «in
vitro hemos conseguido esto y después esto se puede aplicar y a lo mejor
esto un día se convierte en un avance terapéutico». Éste es el discurso que
hace el científico cada día y que transmite a la sociedad científica en las
revistas científicas, a través del peer review,
que aceptan esos artículos para ser publicados y que en realidad forma parte de
la propia metodología científica: explicar y demostrar cómo se ha llegado a un
resultado a partir de una hipótesis y que ello sea reproducible. Hasta ahí todo
perfecto, pero cuando ese contexto científico se traslada a la sociedad a
través de los grandes medios de comunicación, donde seguramente está el
problema como hemos visto, en parte por aspectos que ya se han comentado como
es esa necesidad de hoy en día de vender la mercancía de las noticias. Pero no
quiero dejar de señalar también otra culpa que creo que es muy importante.
Recuerdo hace años que trasladar la ciencia a la sociedad era una labor muy
difícil, era complicado poner en contacto el mundo científico con el gran
público porque había reticencias mutuas, el periodista tenía que ir a buscar la
noticia, tenía que acudir a las revistas científicas, tenía que sopesar si un
determinado avance científico lo era en realidad o no. Era un tipo de
periodismo activo, buscaba la noticia, se necesitaba salir a la calle –para que
todos nos entiendan− para traer a la redacción una noticia. Hoy todo esto
ha cambiado, hoy el periodismo evidentemente se ha convertido en un periodismo
mucho más pasivo, hoy el periodista no necesita salir a la calle, desde su mesa
de trabajo llena todas las páginas que quiere, incluso el mayor problema es
tener capacidad de selección y de discernimiento de cuál es la noticia del día
entre las muchas posibles.
Eso es lo que de alguna manera ha definido uno de
los máximos periodistas médicos del mundo que es Lawrence Altman, de The New
York Times, como un lazy journalist,
un periodismo perezoso. Está claro que en esa nueva forma de circulación de las
noticias desempeñan un papel fundamental las revistas científicas de referencia
en las que publican los científicos, y donde los periodistas deben ir a buscar
la información, pero en realidad la reciben de forma ya preestablecida por la
propia revista que selecciona sus temas, los jerarquiza según sus propios
criterios informativos (no científicos) para que los periodistas tengan una
buena información sin demasiado esfuerzo previo. De este modo, la propia
revista se convierte en un agente propagador de sí misma para conseguir impacto
en la sociedad a través de los medios de comunicación para tener ella misma más
audiencia y más credibilidad en la opinión pública y seguramente más
publicidad, ya que estas revistas científicas no son ajenas a ese proceso
comunicativo global que estamos padeciendo.
Me gustaría que reflexionáramos un momento sobre una
frase que el actual editor de Nature,
Philip Campbell, la revista que es seguramente la más citada por los medios de
comunicación de todo el mundo, escribió en el editorial de su revista cuando
tomó posesión de su cargo el 14 de diciembre de 1995: «Nature es una
institución que significa mucho más que un director, y continuará buscando la
excelencia científica pero también el impacto periodístico de forma
independiente». Por tanto, creo que si nos paramos a pensar en esta frase está
claro lo que está ocurriendo: la propia revista busca un gran impacto también
periodístico en la sociedad, y lo hace por mediación de esos comunicados de
prensa que nos facilitan, pero sobre todo nos condicionan, a nosotros los
periodistas en nuestra selección y tratamiento de la noticia, nos da incluso
los titulares, y nos ofrece abundante noticia fresca basada además en una
fuente que podemos citar como «prestigiosa revista» con lo que nos prestigiamos
a nosotros mismos por citarla como origen de la noticia. Así, el espíritu
crítico del propio periodista científico y médico está en cuestión y viene
condicionado mayoritariamente por ese foco emisor –sin duda, interesado−
en el que se han convertido la mayoría de revistas científicas y médicas de
referencia.
Está lleno de ejemplos de noticias que ofrecemos los
periodistas científicos procedentes de los press
releases de revistas científicas que en realidad acaban convirtiéndose en
anécdotas y que no aportan nada nuevo al conocimiento científico, y que la
mayoría de las veces no tienen una continuación adecuada en los medios de
masas. Sirven para llenar espacios y tiempos informativos y poco más. Dicho de
otro modo: son una buena fuente como proveedoras de contenidos. La actual moda
de los genes que condicionan comportamientos humanos (homosexualidad,
infidelidad, alcoholismo, agresividad social, etc.) está llena de casos como el
que señalamos. Habría que investigar qué persigue en realidad la revista
científica en cuestión cuando selecciona estas noticias para su publicación:
¿impacto científico o impacto mediático? Y si es esto último, ¿cómo se ha
realizado el proceso de peer review
para determinar la correspondiente publicación? Este tipo de «novedades
científicas», ¿se publican en la revista simple y llanamente porque se sabe que
luego tendrá un impacto mediático o realmente porque representan un paso más en
el conocimiento científico? ¿Realmente se puede, como pretende Campbell, tratar
«independientemente» la noticia científica y el impacto periodístico?
Ése es básicamente el problema del recontexto de las noticias médicas y de
salud. Pero existen otros muchos problemas, como por ejemplo la dificultad de
acompasar el tiempo científico y el tiempo del periodista. El tiempo científico
es siempre relativo, siempre hay tiempo para ir redescubriendo, reconsiderando,
corrigiendo lo que se está haciendo, lo que se publica siempre se pone en
cuestión inmediatamente por el propio equipo científico, por tanto siempre es
una probabilidad que luego tiene sus aplicaciones, pero que puede evolucionar
como cualquier conocimiento científico. El tiempo periodístico es un tiempo
absoluto, es un tiempo que no admite la probabilidad y que se traslada además
en titulares taxativos, como casi siempre son los titulares de las noticias.
Las verdades periodísticas son o no son, no admiten el puede o podría ser…
Entonces, ahí también hay una dificultad adicional que hace complicado que se
pueda realmente trasladar de forma rigurosa el avance científico al gran
público porque implica una simplificación muy importante del discurso
científico, con el agravante que plantea la generación de determinadas
expectativas cuando de salud y medicina se trata. Una avance de una posible
terapia en fase experimental es siempre interpretada por el público afectado
directa o indirectamente como que ya es válida para el ser humano y cualquier
noticia de prensa al respecto se convierte inmediatamente en una pregunta llena
de ansiedad al correspondiente médico que trata a la persona en cuestión.
¿Qué hay de lo
mío?
Está claro que esa situación en perspectiva y en
contexto que requiere la información científica no siempre es posible e incluso
cuando se puede realizar plantea problemas de interpretación por el público
receptor. Otro elocuente ejemplo ilustrará de nuevo el alcance del problema.
BTV, la televisión local de Barcelona, programa una
vez al mes una noche temática dedicada a las ciencias. El 9 de noviembre del
2000 se dedicó a «Los retos de la genética». Se establecía un debate entre
científicos; en la mesa expertos en diferentes campos de la biología y de la
genética, tratan de lo que es la genética, de las perspectivas que plantea este
conocimiento, de que en el futuro relativamente lejano, allá por el 2020, quizá
se puedan realizar las primeras terapias génicas con ciertas garantías para
algunas enfermedades hereditarias, también se habla de la dificultad de
transmitir todo esto a la sociedad… Llegado un momento del debate, uno de los
participantes comenta, en síntesis, lo siguiente:
«Creo que el reto de la genética es
estrictamente genético, es decir, todas esas ratas que tienen los científicos
dentro de los laboratorios y lo que hacen con ellas es algo que se le tiene que
explicar al ciudadano del siglo XXI. Estamos hablando de descubrimiento
científico y de su aplicación y ahí es donde la sociedad se inquieta, porque
aquella idea de la ciencia pura dentro del laboratorio se convierte en
fracciones de segundo en una expectativa entre el público, y esos hechos los
tenemos que contar a los ciudadanos de manera que se entiendan. A mí lo que me
ha llamado mucho la atención es lo siguiente: a ningún ciudadano que ande
caminando por las Ramblas se le ocurre cuestionar la validez de que existe el
Liceo o que tengan una cantante de ópera, yo no veo por qué se va a cuestionar
el que alguien se quiera dedicar a algo inútil como lo que hago yo, por
ejemplo, que es el origen de la vida. Esto lo pongo como ejemplo, porque yo creo
que un problema que tenemos en la civilización latinoamericana, la cultura
latinoamericana y en la cultura española es que la ciencia no ha sido parte de
nuestra identidad cultural, es muy raro encontrarse que un inglés, un francés o
un estadounidense, cuestionen la legitimidad de la ciencia, sea aplicada o
básica, yo creo que el problema es, no hay ciencia aplicada y no hay ciencia
básica, hay buena ciencia o mala ciencia, y la buena ciencia puede llegar a
tener aplicaciones en el futuro o tal vez no, pero incluso aunque no las tenga
yo creo que es una obligación en una cultura como la nuestra el que la ciencia
se incorpore como un elemento importante de nuestra identidad cultural, ahora
eso requiere que haya obligaciones de muchos sectores de la sociedad, por
supuesto de los científicos en primer término, de los científicos con los
científicos, porque la mayor parte de los científicos somos analfabetos
funcionales, yo puedo tener una idea de cómo era la Tierra primitiva, pero si
alguien me pregunta cuál es la situación actual de la física de partículas, no
voy a tener ni idea. La especialización del campo de la ciencia ha sido enorme.
En segundo término está la responsabilidad de los comunicadores, si uno se
asoma a televisión española, por ejemplo, el tiempo que se le da a la
divulgación de la ciencia, es mínimo, comparado con el que se da a la
divulgación de la vida privada de las cantantes. Yo creo que hay que aceptar el
compromiso de que la ciencia sea parte de nuestra cultura general.»
Y en ese momento del debate en directo, la
moderadora, Gemma López Jornet, abre la línea telefónica y dice: «Quien lo
desee puede llamar y preguntar sobre lo que estamos tratando...»:
− Hola, buenas noches.
− ¿Cuál es su pregunta?
− Me llamo Sonia, estoy viendo vuestro debate,
vuestro coloquio y resulta que tengo una hija que tiene 21 meses y tiene una
enfermedad genética, tiene que ver con el riñón, es una enfermedad que conlleva
insuficiencia renal, y entonces, por lo que me han dicho los médicos la hemos
cogido a tiempo, le han puesto un tratamiento a base de corticoides y quimio, y no le ha hecho
nada, entonces, mi pregunta es: en sí la genética qué es, qué ayudas está
haciéndome a mí, aquí, en el problema que yo tengo, dónde puedo acudir para que
me asesoren sobre el problema que tengo con la cría, como veo que aquí estáis,
la verdad sinceramente, hablando con tanta tranquilidad, tanta seguridad, tanta
sinceridad, pues digo, a ver lo que ellos me pueden decir, porque es que yo, de
verdad, llevo así ocho meses, me llevan para un sitio, me llevan para otro y no
sé lo que tengo que hacer; luego aparte tengo otro problema: estoy embarazada
de seis meses y medio, ni los tocólogos, ni los nefrólogos me pueden asegurar
que mi hijo sea sano…»
Queda claro que, en el contexto de un
debate amplio, serio y divulgador de «Los retos de la genética», qué es lo que
ve y oye el público, qué es lo que siente esa madre que además vuelve a estar
embarazada… «¡Qué hago, dónde voy! Porque ustedes hablan de muchas cosas, pero
a mí lo que me importa de todo esto es cómo me afecta y cómo lo soluciono». Por
tanto, si en ese contexto, que podemos considerar adecuado, nada simplificador,
en un programa de una hora y media de debate, se crea esa expectativa en esa
madre, qué no se va a crear cuando se publica que el Parkinson prácticamente
está en vías de curación… en ratas de laboratorio.
Ética
de la comunicación médica
Si además a todo esto recordamos que en
sólo tres años se han triplicado en los cinco periódicos de mayor difusión de
España las noticias de carácter médico y de salud,7 manteniendo en
general el mismo número de periodistas que cubren estas informaciones en los
citados diarios, nos podemos imaginar el problema que se plantea para una
adecuada gestión de todas esta información. Nos podemos imaginar la cantidad de
mensajes que se están lanzando a la sociedad a través de los medios de
comunicación que generan expectativas, que crean confusión, que resultan
anecdóticos… pero que impactan en un público muy sensibilizado por todo aquello
que tiene que ver con la salud y el bienestar personal. Estamos ante un
problema grave, una gran dificultad de transmisión de cultura científica a la
sociedad y, por tanto, mi tesis es que no todo debería ser publicable en un
gran medio de comunicación aunque lo sea en una revista de referencia.
Todo esto nos ha de hacer reflexionar
sobre la necesidad, y esa es mi tesis, de que hemos de llegar todos juntos,
revistas científicas, científicos, periodistas y editores de medios, todos los
implicados en la cadena de la transmisión de este tipo de conocimiento, a
establecer un código ético en la publicación de las noticias de medicina y de
salud a la sociedad.
Hemos de empezar a pensar en la necesidad
de practicar a todos los niveles implicados una ética de la comunicación
médica.
Vladimir de Semir
Profesor de Periodismo
Científico y director del Observatorio de Comunicación Científica y Médica de
la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Miembro de la red European Network of
Science Communication Teachers (ENSCOT) y del Comité ejecutivo de la red
internacional Public Communication of Science and Technology. Concejal de
Ciudad del Conocimiento del Ayuntamiento de Barcelona.
Notas
[1]
Sobre la evolución del modelo de periodismo de calidad, recomendamos la lectura
de Le journal Le Monde. Uns histoire d’indépendance, Éditions Odile Jacob, 2001.
2 El actual director de Le Monde, Jean-Marie Colombani, se negó a publicar un anuncio de Philip Morris que pretendía demostrar que el tabaco no es responsable de cánceres. [Capítulo «Le Monde y la publicidad”, página 185, de la obra antes citada.] Sobre el mundo de la publicidad, recomendamos el número de mayo 2001 de Le Monde Diplomatique.
3 El País, 19/11/2000, página 40.
4 El País, 9/02/2001, página 41.
5 La Vanguardia, 22/04/2001, sección de Comunicación.
6 El País, 21/04/2001, página 12, sección de Cataluña.
7 Fundación Privada Vila Casas - OCC (UPF): Informe Quiral,
Medicina, Comunicación y Sociedad (ediciones de 1997, 1998 y 1999),
Barcelona, Rubes Editorial, 1998, 1999, 2000.