Comunicación pública en genética humana. ¿Cómo
decir toda la verdad?
La comunicación científica en
genética humana, y en las ciencias de la vida en general, debe abordar los
problemas morales que implica el desarrollo de las tecnologías. Realizar una
buena información científica implicará algo más que ofrecer información. Según
el autor, los conceptos morales requieren de una renovación para que podamos
encajar las posibilidades tecnológicas de las que disponemos. El ejercicio de
la participación ciudadana implicará un periodismo con un carácter más cívico.
Scientific communication on human genetics, and in life sciences in
general, must incorporate moral problems involved in the development of
technology. The performance of good scientific information will involve
something more than offering information. According to the author, moral
concepts require a renovation so we can become accustomed to the technological
possibilities that are made available to us. Citizen participation will require
the development of more civic journalism.
El motivo de esta
reflexión es la dificultad en la incorporación de los nuevos contenidos morales
de los descubrimientos científicos y sus aplicaciones tecnológicas al discurso
cotidiano de la publicación de la gente. Los teóricos, desde la comunicación
científica, han explicado muchas veces que uno de los grandes problemas de la
divulgación científica es que no se puede decir toda la verdad, incluso no se
debe decir toda la verdad; por la sencilla razón de que la verdad científica
sólo se puede permitir a través de procesos mucho más complejos que los de la
simple comunicación de masas. Entre ellos destacarían los procesos acumulativos
como la educación científica o la formación científica.
La información instantánea y la divulgación pueden
también cambiar la cultura o la mentalidad de la gente; pero no lo harán en la
medida que se requiere para poder entender todo el contenido de los conceptos
científicos y de los avances de la tecnología.
En mi opinión existe una gran diferencia entre la
divulgación científica, la comunicación pública de la ciencia y la educación
científica. En la comunicación pública de la ciencia se debe de transmitir el
conocimiento más avanzado que se produce en la comunidad científica, pero se
debe tener en cuenta que va dirigido a un público lego en la materia. En
cambio, en la educación científica se transmiten conocimientos ya establecidos
y consolidados a un público que se está entrenado.
La gran dificultad en la comunicación pública de la
ciencia es que resulta imposible cuando la pretensión es transmitir toda la
información. Pero este problema, justificado por la falta de tiempo o de
preparación del receptor, no es especialmente preocupante desde el punto de
vista del periodismo científico de entretenimiento o de información, o incluso
de formación cultural. En la actualidad, la función principal del periodismo
científico, sobre todo en ciencias de la salud, no es la función del
entretenimiento, ni de información por curiosidad, ni tampoco de la formación
en el sentido de cultura general, sino que yo destacaría una misión centrada en
el concepto «periodismo cívico». Es decir, es algo más que periodismo de
información y entretenimiento, un periodismo de participación pública. Un
modelo con un contenido científico que permita la participación de la
ciudadanía, no sólo porque la financiación de la investigación se realiza a
través de los impuestos; si no porque al final es el ciudadano el que, bien a
través del mercado o de las decisiones jurídicas o políticas, decidirá lo que
va a pasar con esas aplicaciones potenciales de la ciencia.
El ejercicio de las facultades cívicas, funciones de
participación que todo ciudadano tiene derecho y obligación de llevar a cabo,
cada vez más va a estar involucrado con la información científica y requerirá
de un periodismo con un carácter cívico. En el periodismo de entretenimiento no
importa no decir toda la verdad, o incluso no importa no decir toda la verdad
en el periodismo puramente informativo; pero en el periodismo cívico si no se
puede decir toda la verdad aparecerán motivos de preocupación. Entre otras, si
los periodistas no cuentan toda la verdad en sus informaciones los ciudadanos
no tendrán criterios claros para tomar decisiones. Con la parcelación de la
verdad no tendremos criterios bien justificados y, es posible, que se
contribuya a que los ciudadanos ejerzan sus derechos cívicos basados en una
información parcial e insuficiente. Sin la menor duda éste es el reto del
periodismo científico, pero falta tomar conciencia de que al realizar una
información científica en el área de ciencias de la salud, no sólo está el
problema de ofrecer la información suficiente para que el público pueda
comprender qué se está haciendo, sino que además se ha de ser consciente que se
debe incluir aquella información que va indisolublemente unida a la información
científica, pero que no tiene un carácter científico sino moral. Así, a
diferencia de lo que ocurre en la física, donde también hay algunos conceptos
que pueden plantear problemas ideológicos, en las ciencias de la vida hay
conceptos que directamente implican contenidos morales. Por ejemplo, el
concepto de vida o de muerte es un concepto biológico, bioquímico o incluso
neurológico, pero no es sólo eso porque cuando hablamos de la eutanasia no
estamos hablando simplemente de cuándo dejan de funcionar las neuronas, o
definir la muerte clínica, sino que estamos hablando también de cuándo estamos
dispuestos a aceptar el concepto moral y jurídico de que la vida se ha
terminado. Y esto ocurre con mayor virulencia y más importancia en la
investigación actual en relación por ejemplo con el uso de embriones humanos
para la investigación o con la clonación humana para fines terapéuticos.
No sólo los filósofos o los periodistas, sino
también los propios científicos cuando hablan de estos temas utilizan conceptos
que inevitablemente tienen una connotación moral. Y son precisamente los
científicos los primeros que se dan cuenta de que estos problemas morales hay
que afrontarlos y asumirlos, y para ello se necesita la reconstrucción de los
conceptos en los que nos basamos para hacer propuestas. Cuando un científico
propugna que se autorice el uso de embriones o de preembriones humanos para
fines de investigación está argumentando dos cosas: en primer lugar, que el uso
será importante para la salud de las personas, para el avance de la ciencia; y
en segundo lugar, que es realizable porque científicamente y moralmente es
viable. Lo que ocurre es que el científico cuando apunta que es moralmente
viable significa que es viable si se cambian algunos de nuestros conceptos
morales. Así, igual que hemos descubierto técnicas nuevas y conceptos nuevos
para explicar los fenómenos biológicos, también necesitamos conceptos morales
nuevos para entender, en un marco apropiado, las consecuencias de estos
descubrimientos para la vida práctica de las personas. Es decir, hace falta
reconstruir una nueva moral donde, de acuerdo con los conocimientos científicos
actuales, podamos encajar nuestros conceptos morales con las posibilidades
tecnológicas que existen hoy en día. Esto no quiere decir que los científicos
definan lo que es bueno o malo, no se trata de esto, pero lo que está claro es
que no podemos seguir utilizando conceptos con carga moral basados en
conocimientos científicos de hace dos mil años, es decir, basados en errores
científicos. Por ejemplo nuestro concepto de lo que es un embrión humano no ha
cambiado, no ha cambiado nada con respecto a lo que nuestros antepasados
pensaban hacer dos o tres mil años, pero lo cierto es que en los debates periodísticos
sobre estas cuestiones muchas veces se siguen utilizando conceptos como ser
humano o términos por el estilo, basados en conocimientos que no tienen nada
que ver con el conocimiento científico actual.
Un ejemplo en la evolución de estos términos lo
encontramos en los inicios de la fecundación in vitro. En un primer
momento, la prensa acuñó el término niño probeta; se trataba por una
parte de un término descriptivo, pero por otra tenía una connotación
peyorativa, es decir, un niño probeta era una especie de niño. Ha pasado de ser
un concepto llamativo a ser un concepto trivial, y aquí encontramos un cambio
en el contenido moral de un concepto científico. Y este tipo de cambios también
se producirán en otros muchos campos, por ejemplo, en relación con el uso de
embriones humanos para la investigación. En el debate parlamentario español en
el Congreso de los Diputados, a imitación de Inglaterra, se empleó el término preembrión,
creado para facilitar la transición hacia el contenido moral de los conceptos
científicos. Ya en el debate, cuando se utilizó este concepto, los
conservadores apuntaban que era un puro juego lingüístico, pero en realidad era
una estrategia retórica con una base científica. Así, por ejemplo, si a un
lector de un periódico le enseñáramos una foto de lo que se ve por el
microscopio a las cuatro horas de la fecundación, realmente no tendría problema
alguno, digamos moral, porque no identificaría la imagen con un embrión humano.
Debemos asumir que muchos de nuestros conceptos
morales tienen mucho que ver con nuestros conceptos científicos, y que cuando
se informa sobre los descubrimientos se debe informar sobre los cambios que son
necesarios realizar en nuestros conceptos morales basados en la nueva
información, para poder encajar las nuevas posibilidades en nuestros horizontes
y expectativas. En mi opinión creo que esto es una obligación ineludible del
periodismo científico. Si se quiere informar desde el punto de vista del
periodismo científico cívico, de las posibilidades y los riesgos, así como de
las novedades que se producen en la ciencia, se deberá incluir en la
información propuestas de innovación moral, propuestas de cambio en esa forma
de percibir no solamente cómo es la realidad, sino los criterios con los cuales
podemos valorarla de forma coherente.
Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Salamanca. Desde 1982 hasta 1989 fue senador en las Cortes españolas y primer presidente de la Comisión Mixta Congreso-Senado de Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico. Desde 1993 es miembro del Institut International de Philosophie. Entre 1991 y 1995 fue secretario general del Consejo de Universidades del Ministerio de Educación y Ciencia. Ha publicado varios libros y un centenar de artículos sobre temas de lógica y filosofía de la ciencia. Autor, entre otros libros, del Diccionario de Filosofía Contemporánea (1976), Tecnología: un enfoque filosófico (1988) y La utopía racional (1989, en colaboración con Ramón Vargas-Machuca). En la actualidad coordina el Programa Institucional de Calidad de la Universidad de Salamanca y el Máster en Ciencia, Tecnología y Sociedad en la citada Universidad.