Comunicación pública en genética humana. ¿Cómo decir toda la verdad?

 

Public communication on human genetics. How are we to tell the entire truth?

 

Miguel Ángel Quintanilla Fisac

 

La comunicación científica en genética humana, y en las ciencias de la vida en general, debe abordar los problemas morales que implica el desarrollo de las tecnologías. Realizar una buena información científica implicará algo más que ofrecer información. Según el autor, los conceptos morales requieren de una renovación para que podamos encajar las posibilidades tecnológicas de las que disponemos. El ejercicio de la participación ciudadana implicará un periodismo con un carácter más cívico.

 

Scientific communication on human genetics, and in life sciences in general, must incorporate moral problems involved in the development of technology. The performance of good scientific information will involve something more than offering information. According to the author, moral concepts require a renovation so we can become accustomed to the technological possibilities that are made available to us. Citizen participation will require the development of more civic journalism.

 

El motivo de esta reflexión es la dificultad en la incorporación de los nuevos contenidos morales de los descubrimientos científicos y sus aplicaciones tecnológicas al discurso cotidiano de la publicación de la gente. Los teóricos, desde la comunicación científica, han explicado muchas veces que uno de los grandes problemas de la divulgación científica es que no se puede decir toda la verdad, incluso no se debe decir toda la verdad; por la sencilla razón de que la verdad científica sólo se puede permitir a través de procesos mucho más complejos que los de la simple comunicación de masas. Entre ellos destacarían los procesos acumulativos como la educación científica o la formación científica.

La información instantánea y la divulgación pueden también cambiar la cultura o la mentalidad de la gente; pero no lo harán en la medida que se requiere para poder entender todo el contenido de los conceptos científicos y de los avances de la tecnología.

 

Divulgación, comunicación y educación:

el periodismo científico cívico

 

En mi opinión existe una gran diferencia entre la divulgación científica, la comunicación pública de la ciencia y la educación científica. En la comunicación pública de la ciencia se debe de transmitir el conocimiento más avanzado que se produce en la comunidad científica, pero se debe tener en cuenta que va dirigido a un público lego en la materia. En cambio, en la educación científica se transmiten conocimientos ya establecidos y consolidados a un público que se está entrenado.

La gran dificultad en la comunicación pública de la ciencia es que resulta imposible cuando la pretensión es transmitir toda la información. Pero este problema, justificado por la falta de tiempo o de preparación del receptor, no es especialmente preocupante desde el punto de vista del periodismo científico de entretenimiento o de información, o incluso de formación cultural. En la actualidad, la función principal del periodismo científico, sobre todo en ciencias de la salud, no es la función del entretenimiento, ni de información por curiosidad, ni tampoco de la formación en el sentido de cultura general, sino que yo destacaría una misión centrada en el concepto «periodismo cívico». Es decir, es algo más que periodismo de información y entretenimiento, un periodismo de participación pública. Un modelo con un contenido científico que permita la participación de la ciudadanía, no sólo porque la financiación de la investigación se realiza a través de los impuestos; si no porque al final es el ciudadano el que, bien a través del mercado o de las decisiones jurídicas o políticas, decidirá lo que va a pasar con esas aplicaciones potenciales de la ciencia.

El ejercicio de las facultades cívicas, funciones de participación que todo ciudadano tiene derecho y obligación de llevar a cabo, cada vez más va a estar involucrado con la información científica y requerirá de un periodismo con un carácter cívico. En el periodismo de entretenimiento no importa no decir toda la verdad, o incluso no importa no decir toda la verdad en el periodismo puramente informativo; pero en el periodismo cívico si no se puede decir toda la verdad aparecerán motivos de preocupación. Entre otras, si los periodistas no cuentan toda la verdad en sus informaciones los ciudadanos no tendrán criterios claros para tomar decisiones. Con la parcelación de la verdad no tendremos criterios bien justificados y, es posible, que se contribuya a que los ciudadanos ejerzan sus derechos cívicos basados en una información parcial e insuficiente. Sin la menor duda éste es el reto del periodismo científico, pero falta tomar conciencia de que al realizar una información científica en el área de ciencias de la salud, no sólo está el problema de ofrecer la información suficiente para que el público pueda comprender qué se está haciendo, sino que además se ha de ser consciente que se debe incluir aquella información que va indisolublemente unida a la información científica, pero que no tiene un carácter científico sino moral. Así, a diferencia de lo que ocurre en la física, donde también hay algunos conceptos que pueden plantear problemas ideológicos, en las ciencias de la vida hay conceptos que directamente implican contenidos morales. Por ejemplo, el concepto de vida o de muerte es un concepto biológico, bioquímico o incluso neurológico, pero no es sólo eso porque cuando hablamos de la eutanasia no estamos hablando simplemente de cuándo dejan de funcionar las neuronas, o definir la muerte clínica, sino que estamos hablando también de cuándo estamos dispuestos a aceptar el concepto moral y jurídico de que la vida se ha terminado. Y esto ocurre con mayor virulencia y más importancia en la investigación actual en relación por ejemplo con el uso de embriones humanos para la investigación o con la clonación humana para fines terapéuticos.

 

Conceptos morales y científicos

 

No sólo los filósofos o los periodistas, sino también los propios científicos cuando hablan de estos temas utilizan conceptos que inevitablemente tienen una connotación moral. Y son precisamente los científicos los primeros que se dan cuenta de que estos problemas morales hay que afrontarlos y asumirlos, y para ello se necesita la reconstrucción de los conceptos en los que nos basamos para hacer propuestas. Cuando un científico propugna que se autorice el uso de embriones o de preembriones humanos para fines de investigación está argumentando dos cosas: en primer lugar, que el uso será importante para la salud de las personas, para el avance de la ciencia; y en segundo lugar, que es realizable porque científicamente y moralmente es viable. Lo que ocurre es que el científico cuando apunta que es moralmente viable significa que es viable si se cambian algunos de nuestros conceptos morales. Así, igual que hemos descubierto técnicas nuevas y conceptos nuevos para explicar los fenómenos biológicos, también necesitamos conceptos morales nuevos para entender, en un marco apropiado, las consecuencias de estos descubrimientos para la vida práctica de las personas. Es decir, hace falta reconstruir una nueva moral donde, de acuerdo con los conocimientos científicos actuales, podamos encajar nuestros conceptos morales con las posibilidades tecnológicas que existen hoy en día. Esto no quiere decir que los científicos definan lo que es bueno o malo, no se trata de esto, pero lo que está claro es que no podemos seguir utilizando conceptos con carga moral basados en conocimientos científicos de hace dos mil años, es decir, basados en errores científicos. Por ejemplo nuestro concepto de lo que es un embrión humano no ha cambiado, no ha cambiado nada con respecto a lo que nuestros antepasados pensaban hacer dos o tres mil años, pero lo cierto es que en los debates periodísticos sobre estas cuestiones muchas veces se siguen utilizando conceptos como ser humano o términos por el estilo, basados en conocimientos que no tienen nada que ver con el conocimiento científico actual.

Un ejemplo en la evolución de estos términos lo encontramos en los inicios de la fecundación in vitro. En un primer momento, la prensa acuñó el término niño probeta; se trataba por una parte de un término descriptivo, pero por otra tenía una connotación peyorativa, es decir, un niño probeta era una especie de niño. Ha pasado de ser un concepto llamativo a ser un concepto trivial, y aquí encontramos un cambio en el contenido moral de un concepto científico. Y este tipo de cambios también se producirán en otros muchos campos, por ejemplo, en relación con el uso de embriones humanos para la investigación. En el debate parlamentario español en el Congreso de los Diputados, a imitación de Inglaterra, se empleó el término preembrión, creado para facilitar la transición hacia el contenido moral de los conceptos científicos. Ya en el debate, cuando se utilizó este concepto, los conservadores apuntaban que era un puro juego lingüístico, pero en realidad era una estrategia retórica con una base científica. Así, por ejemplo, si a un lector de un periódico le enseñáramos una foto de lo que se ve por el microscopio a las cuatro horas de la fecundación, realmente no tendría problema alguno, digamos moral, porque no identificaría la imagen con un embrión humano.

Debemos asumir que muchos de nuestros conceptos morales tienen mucho que ver con nuestros conceptos científicos, y que cuando se informa sobre los descubrimientos se debe informar sobre los cambios que son necesarios realizar en nuestros conceptos morales basados en la nueva información, para poder encajar las nuevas posibilidades en nuestros horizontes y expectativas. En mi opinión creo que esto es una obligación ineludible del periodismo científico. Si se quiere informar desde el punto de vista del periodismo científico cívico, de las posibilidades y los riesgos, así como de las novedades que se producen en la ciencia, se deberá incluir en la información propuestas de innovación moral, propuestas de cambio en esa forma de percibir no solamente cómo es la realidad, sino los criterios con los cuales podemos valorarla de forma coherente.

 

Miguel Ángel Quintanilla Fisac

Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Salamanca. Desde 1982 hasta 1989 fue senador en las Cortes españolas y primer presidente de la Comisión Mixta Congreso-Senado de Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico. Desde 1993 es miembro del Institut International de Philosophie. Entre 1991 y 1995 fue secretario general del Consejo de Universidades del Ministerio de Educación y Ciencia. Ha publicado varios libros y un centenar de artículos sobre temas de lógica y filosofía de la ciencia. Autor, entre otros libros, del Diccionario de Filosofía Contemporánea (1976), Tecnología: un enfoque filosófico (1988) y La utopía racional (1989, en colaboración con Ramón Vargas-Machuca). En la actualidad coordina el Programa Institucional de Calidad de la Universidad de Salamanca y el Máster en Ciencia, Tecnología y Sociedad en la citada Universidad.

maquinta@gugu.usal.es