Tribuna
La perspectiva computacional: una charla con Daniel C. Dennett
The computational perspective: a talk with Daniel C. Dennett
Daniel C. Dennett
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© 2001 para Edge Foundation, Inc.
John Brockman, Editor and Publisher
The Third Culture en Edge: http://www.edge.org/3rd_culture/bios/dennett.html
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Si retrocedemos 20 años, y no digamos 200 o 300, veremos que existía una familia de fenómenos para los cuales no se tenía la más remota idea de cómo se producían, se trata de los fenómenos mentales. Es decir, se desconocía qué era pensar, percibir, soñar o sentir. Ni siquiera se contaba con un modelo de cómo se daban tales fenómenos físicamente. Descartes y Leibniz fueron grandes científicos por derecho propio, pero tras ellos quedaba mucho a la hora de intentar resolver este tipo de cosas. Y sólo ha sido con la idea de la computación que hemos podido alcanzar una idea clara e imaginable de lo que sucede en los fenómenos mentales. No tenemos una idea definitiva, pero al menos empezamos a conocer cómo funcionan.
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Llegar a entender nuestra capacidad de comprensión y conocer sus constituyentes es uno de los grandes avances de la historia de la comprensión humana. Los procesos que llevaron al hombre a comprender la vida, la reproducción o el crecimiento, también fueron profundos y misteriosos hasta hace unos cien años. Hoy tenemos una idea bastante clara de cómo se reproducen, crecen, se reparan, se nutren y qué es el metabolismo de los seres vivos. Poco a poco, todos estos fenómenos, van encajando en su lugar. Cuando los observamos vemos que, a una escala muy básica, no son más que hechos computacionales. Es decir, existen algoritmos del crecimiento, del desarrollo y de la reproducción. La idea básica que subyace en todos estos fenómenos es que se pueden conjuntar millones, incluso billones de piezas móviles y conseguir efectos totalmente novedosos, emergentes y de nivel superior. La explicación que podemos aplicar se sitúa al nivel del software, a nivel de los algoritmos. Si queremos comprender cómo se dan el desarrollo, el crecimiento y la cognición ordenada, necesitamos tener un buen conocimiento sobre cómo todos estos millones, o billones, de piezas interactúan entre sí.
Hasta ahora, nunca habíamos contado con las herramientas necesarias para saber qué pasa cuando se juntan billones de células e interaccionan entre sí. Hoy día hemos ido obtendiendo las herramientas; un simple ordenador portátil puede aportar pistas, porque los fenómenos que ocurren en el escritorio del PC son tales que dejarían pasmados a Newton, Descartes o Darwin. Si los vieran, les parecerían cosa de magia, pero nosotros sabemos que de magia, nada. En un ordenador no hay cabida para la magia, un ordenador no se esconde ases en las mangas. Sabemos con certeza moral que no existen cosas como las resonancias mórficas, ondas psiónicas, interacciones inquietantes. Todo se resume en causación moral, de la vida, de la interacción tradicional. Y cuando se juntan en cantidades de billones, con un software, con un programa, entramos en esta «magia» que, de magia, no tiene nada.
La idea de la computación, en sí, es una idea oscura y es un error pensar que contamos con un concepto claro, unificado y libre de problemas sobre lo que podemos clasificar como computación. Incluso los informáticos sólo tienen una idea difusa de lo que quieren decir cuando hablan de computación; se trata una de esas cosas que se reconocen cuando se ven. Pero me parece que la idea de computación, en sí misma, está definida de forma menos clara que la idea de lo material o de ideas como energía o tiempo en física, por ejemplo. La idea fundamental es, en sí, misma algo oscura. Pero eso no significa que no podamos elaborar buenas teorías sobre la computación. La pregunta es dónde establecemos el límite entre lo que es computación y lo que no lo es; no queda tan claro. Casi todos los procesos pueden interpretarse a través de la lente de las ideas computacionales y, generalmente, no deja de ser un jugoso ejercicio de reinterpretación. Podemos ver características de los fenómenos a través de esa lente, que son esencialmente invisibles a través de otras lentes, según lo que sabemos a fecha de hoy.
La cultura humana es el medio ambiente en el que vivimos. Existe el medio físico «en crudo», las calles y el aire que respiramos, el agua que bebemos y los coches en los que nos movemos, y existen todas las comunicaciones que nos rodean de diversos medios: conversaciones diarias, periódicos, libros, emisoras de radio, canales de televisión e Internet. Las palomas también viven en este mundo, pero no se percatan de la mayoría de cosas que nosotros sí percibimos, no les importa lo que pueda aparecer en los periódicos sobre los que picotean miga tras miga. Para ellas, el contenido y la información que puedan contener son inmateriales. Para nosotros es diferente, la información que contienen es importante.
De modo que si sólo pensamos en el mundo de la información que vivimos como especie vemos que, de hecho, contiene mucha estructura, no es amorfo ni todo está conectado con el resto. Existen muchas barreras y una arquitectura en este mundo de comunicación. Y esa arquitectura cambia muy rápidamente hacia formas que todavía no comprendemos.
Voy a poner un ejemplo bien sencillo. Uno conecta con la Super Bowl y descubre que hay muchas de estas empresas puntocom que invierten una importante cantidad de dinero en un solo anuncio. Intentan dar un buen empuje a su inicio como empresa con este anuncio, pero uno se pregunta «...si ésta es una empresa en Internet ¿por qué no lo hacen en Internet?». La respuesta es, claro está, porque existe una diferencia fundamental en la arquitectura conceptual de estos medios de comunicación. Cuando uno ve la Super Bowl está siendo parte de una gran comunidad simultánea de cientos de millones de personas y todos están experimentando lo mismo a la vez. Y existe un segundo factor, que corresponde a un acto reflexivo muy importante. Uno va a un sitio web y pueden haber cientos de millones de personas viendo ese sitio, pero usted no lo sabe. Un anuncio que funciona bien por televisión no sirve para nada en la World Wide Web (WWW), dado que la gente que lo ve, lee o escucha no sabe a qué público pertenece. No saben si existe una comunicación probada ni si existe una comunicación pública. No sabemos a qué tipo de fragmentación del público se está dirigiendo uno en Internet.
Existe un sistema que podría llamarse de objetivos, y otro sistema de filtros. Todos los necesitamos. Ese sentido de estar totalmente perdido que siempre experimentan los neófitos que llegan a la WWW, buscando buscadores, intentando saber en quién confiar, de quién es la home, a quién creer, a qué lugares pertenece, se debe a que todos vamos buscando fuentes de información que sean fiables o referentes.
Esto ha sido algo que se ha ido estableciendo a través de los siglos utilizando medios tradicionales. Uno iba a The Times y lo leía ahí, y esa era una autoridad certera. O uno iba a la biblioteca pública y lo leía en la Enciclopedia Britannica. Y éstas eran instituciones que tenían carácter propio y que se han hecho con una reputación propia, que compartimos todos en comunidad. Era muy importante que nuestros amigos también supieran que The Times o la Enciclopedia Britannica eran lugares importantes para consultar. Y el tema de credibilidad, por lo que veo, no ha empezado a cristalizar en la WWW, de modo que estamos entrando en una senda desconocida. Lo que resulte de esta nueva situación es difícil de predecir. Lo único que sé es que, de hecho, estamos en un período en que la entera arquitectura de nuestra cultura va a cambiar bajo nuestros pies, y no sabemos en qué dirección.
En el último siglo, y muy específicamente en la última década, hemos cambiado la experiencia humana en gran medida. Hubo un tiempo en que escuchar música profesional era algo especial pero hoy hay música en cualquier lugar, lo que supone un enorme cambio en la estructura auditiva del mundo en el que vivimos. Con las otras artes pasa algo parecido. Hubo un tiempo en que ver palabras escritas era un acontecimiento y ahora todo contiene palabras; por ejemplo, uno puede estar duchándose y leyendo el reverso de la botella de champú. Estamos totalmente rodeados de tecnología de la comunicación y eso es algo nuevo. La especie, claro está, no tiene adaptaciones para ello, de modo que vamos haciendo lo que podemos.
Son muchos los patrones del mundo. Algunos vienen regidos por la ley de la gravedad, otros por diversos principios físicos. Y algunos vienen regidos por el software; es decir, la robustez del patrón, el hecho de que sea sobresaliente, el hecho de que se pueda identificar, de que se siga reproduciendo y de que pueda encontrarse aquí y allá se debe a que éstos son patrones que ocurren siempre que existan al final dispositivos computacionales, siempre que existan organismos que procesen esta información. Son ellos quienes preservan, restauran y reparan los patrones y hacen que sigan ahí. Y esa es una nueva característica fundamental del universo. Si nos dirigiéramos a un planeta que careciese de vida e hiciéramos un inventario de todos los patrones que existiesen allá, sería imposible encontrar estos patrones allí. Pero lo que explica su mera existencia en el universo es la computación, la calidad algorítmica de todas las cosas que se reproducen y que tienen y crean un sentido.
Estos patrones no son, en cierta forma, reducibles a leyes de la física, a pesar de que se basan en una realidad física y aunque sean patrones de las actividades y relaciones de las partículas físicas. La explicación de por qué forman patrones tiene que ver con un nivel superior. Doug Hofstadter puso una vez un ejemplo muy elegante sobre este punto: «Nos encontramos con un ordenador y su traqueteo nos sigue, no se detiene y nos preguntamos, ¿por qué no se detiene?, ¿qué explica el hecho de que este ordenador en particular no se detenga? La respuesta es que la razón no se detiene ¡porque pi es irracional! ¿¡Qué!? Bueno, el número pi es un «número irracional», es un decimal que nunca termina, y este programa de ordenador, en particular, genera una expansión decimal de pi, un proceso que nunca se detendrá. Eso no quita que en un momento dado el ordenador deje de funcionar o que alguien suspenda su fuente de alimentación pero, mientras funcione y esté conectado, continuará generando dígitos. Ese es el hecho simple y concreto que puede detectarse en el mundo, la explicación cita un hecho matemático abstracto sobre un número en particular que es irracional.
Existen muchos patrones como éste en el mundo que no son tan antiguos y que tienen que ver con el sentido que asociamos a las cosas. Por ejemplo, ¿por qué se sonroja uno? Sonrojarse es cuestión de la difusión de sangre por la piel de la cara, pero ¿por qué se sonroja esa persona? Porque esa persona sabe algún dato que prefiere no contar. Es un estado de intencionalidad de orden superior que es visible.
El nivel de intencionalidad es lo que yo llamo la postura de intencionalidad. Se trata de una estrategia que puede probarse en cualquier momento y en el que uno se enfrenta a algo de naturaleza compleja, pero que no siempre funciona. La idea es interpretar esa complejidad como uno o más agentes inteligentes racionales que cuentan con sus propias planificaciones, creencias y deseos que han estado interactuando. Cuando pasamos al nivel intencional descubrimos patrones que son altamente productivos, se hacen más robustos y no son reducibles, de forma que se mantiene un sentido en patrones de nivel inferior a este nivel físico. Entre la postura de intencionalidad y la postura física existe lo que he acuñado como postura de diseño. Y ese es el nivel que ocupa el software.
La idea de la abstracción hace tiempo que se postula y hace 200 años hubiera avivado cualquier imaginación filosófica de haber preguntado de qué se compone la sinfonía Haffner de Mozart. Es la tinta sobre el papel, es la secuencia de sonidos tal como la tocan varias personas con diversos instrumentos, los de cuerda entre ellos. Es una cosa abstracta. Es una sinfonía. Stradivarius hacía violines; Mozart hacía sinfonías, ambas cosas dependen de una realización física, pero no dependen de una en particular sino que dependen de una existencia independiente que puede pasar de un medio a otro y volver al primero.
Hace años que tenemos esa idea pero sólo recientemente nos sentimos más cómodos viviendo con ella en un mundo de artefactos abstractos que saltan promiscuamente de un medio a otro. Ya no es gran cosa pasar de una partitura a la música que oímos en vivo y de ésta a la versión grabada. Ahora podemos volver a saltar de un sistema a otro rápidamente convirtiéndose en un hecho de la vida, de una forma que nunca antes había sido así.
Antes era difícil pasar de una forma a la otra y ahora es automático porque hemos eliminado al intermediario. Ya no hay que ser músico para leer la partitura, para producir música. Esta eliminación del duro trabajo de traducir de un medio al otro hace que sea mucho más natural poblar nuestro mundo de abstracciones porque encontramos que es difícil seguirle la pista al medio en el que estamos. De hecho, ya no importa, nos interesan las abstracciones, no el medio. Esta idea de la neutralidad del medio es una de las ideas esencias del software y de los algoritmos en general. Y es una idea con la que nos estamos familiarizando, pero sorprende ver cuánta fricción sigue existiendo, cuánta resistencia hay a esta idea.
Un algoritmo es un proceso abstracto que puede definirse con un conjunto cerrado de procedimientos fundamentales, un conjunto de instrucciones. Es un muestrario estructurado de procedimientos. Esa es una noción muy generosa de algoritmo, más generosa que lo que preferían muchos matemáticos porque a ellos no les gusta que la definición incluya algunos algoritmos que pueden considerarse en cierta forma defectuosos, como por ejemplo, un ordenador portátil. En él existe un conjunto de instrucciones que consisten en todas las operaciones básicas que hace la CPU del portátil. Cada operación básica tiene un nombre digital o código, y cada vez que se da esa secuencia de bits, la CPU intenta ejecutar esa operación. Podemos tomar cualquier secuencia de bits e introducirla en el ordenador portátil, como si de un programa se tratara. Casi con toda certeza, frente a cualquier secuencia que no esté diseñada para ser programa ejecutable el portátil no realizará tarea alguna, simplemente se colgará. Aun así, existe una utilidad en pensar que cualquier secuencia de instrucciones, por muy llena de bugs que pueda estar, por tonta que sea, por inútil que parezca, puede considerarse un algoritmo porque una secuencia llena de errores y tonta para una persona pasa a ser un instrumento de utilidad para otra persona, una persona que tiene un objetivo diferente y no queremos prejuzgar ese punto. Uno puede diseñar un algoritmo más adecuado de modo que no se cuelgue al ejecutarlo. Pero el problema es que, si lo definimos de esa forma, probablemente no lo tengamos en el portátil porque hay, con una certeza prácticamente absoluta, una forma de colgar cualquier programa de ordenador. Lo que pasa es que no hemos encontrado esa forma. El desarrollo de un software totalmente libre de bugs es una situación que casi nunca se alcanza.
Parece ser ya una «moda» observar el mundo como si todo fuera un proceso computacional. Aquí empezamos a dar no con un tema de hechos, sino con un tema de estrategia. La pregunta ya no es «cuál es la verdad», sino «cuál es la estrategia más fructífera». No queremos abandonar nuestro estándar y contar todo como si fuera computacional porque entonces la idea pierde su sentido, deja de tener gancho. ¿Y cómo se gestiona eso? Una de las formas que tenemos para hacerlo es intentar definir, de forma rígida y centralista, un umbral que debe sobrepasarse y afirmar que no vamos a llamar computacional a nada que no cumpla con unas propiedades determinadas. Es una opción que puede darse de muchas formas y que nos ahorrará tener que decir que todo es computacional. El problema es que cualquier decisión establece como condiciones una definición excesivamente rígida. Habrá cosas que cumplan con esas condiciones y a nadie le convenga que puedan considerarse computacionales. También va a haber cosas que, aunque pueda verse claramente que se parecen significativamente, no podemos afirmar que sean computacionales. Así que ¿cómo salimos de este lío? Pues ignorándolo, ignorando el tema de la definición (es lo que yo sugiero). ¡Tal como pasa con la vida! No queremos pasarnos la vida discutiendo si los virus están muertos o vivos; en cierta forma están vivos, en cierta forma, no. Algunos procesos son obviamente computacionales. Otros obviamente no lo son.
¿Cuáles caen dentro del saco de la perspectiva computacional? Pues depende de quién sostiene el saco. Personalmente, describo tres posturas desde las que observar la realidad: la postura física, la del diseño y la de la intencionalidad. La postura física es en la que deben trabajar los físicos, trata la cuestión de lo material y el movimiento. La postura del diseño es el punto a partir del cual pasamos a mirar el software, los patrones que se mantienen, porque éstos hablan de cosas diseñadas que luchan contra su propia disolución. Es decir, son baluartes contra la segunda ley de la termodinámica y es una idea aplicable a todas las cosas vivas y a todos los artefactos. Por encima se encuentra la postura de la intencionalidad, que es la forma como tratamos a ciertos conjuntos de organismos y artefactos que son, en sí mismos, agentes racionales procesadores de información. En algunos aspectos podemos tratar a la madre naturaleza (es decir, todo el proceso de la evolución por selección natural) desde la postura de intencionalidad, como agente, pero entendemos que es una forma de hablar. En cuanto llegamos a la postura de intencionalidad, tenemos agentes racionales, tenemos mentes, autores, creadores, inventores y descubridores, y personas normales y corrientes que interactúan basándose en su propia concepción del mundo.
¿Queda algo por encima de esto? Pues en cierto sentido, sí. La gente, o las personas en calidad de agentes morales, se especializan en un subconjunto de sistemas intencionales. Todos los animales son sistemas intencionales. Las partes del cuerpo son sistemas intencionales. Uno está configurado de muchos sistemas intencionales menores, pero a no ser que uno tenga un problema de múltiple personalidad, existe una sola persona. Una persona es un agente moral, no sólo un agente cognitivo, no sólo un agente racional. Y éste es el más alto nivel al que uno le puede encontrar sentido. Y las respuestas a por qué existe, cómo existe, las condiciones que deben darse para que se mantenga, son problemas de máximo interés. Por ejemplo, la teoría que se aplica al crecimiento de los árboles (hay que recordar que son seres que compiten por la luz), un juego en el que hay vencedores y vencidos. Pero cuando intentamos aplicar esta teoría no sólo a los agentes racionales sino también a las personas con un punto de vista moral, vemos que existen algunas diferencias significativas. Las personas tienen libre albedrío y los árboles no. No es una cuestión que deba plantearse un árbol de la misma forma que se lo plantea una persona. Lo interesante de esta idea es que coincide con una tradición filosófica (que incluye a Aristóteles y Descartes, por ejemplo) que mantiene que las personas son diferentes, las personas no son animales. Aunque hay un desacuerdo total sobre en qué consiste esta diferencia. A pesar de tratarse de una naturalización de la idea de las personas, no explicita de qué consta tal diferencia. Desde mi punto de vista, esto es lo que más anima y a la vez molesta a las personas que desean ser más diferentes de lo que yo estoy dispuesto a aceptar. Quieren que las personas tengan alma para poder ser personas cartesianas. Y luego están aquellos que temen que yo esté intentando diferenciar demasiado a las personas de los animales, alegando que los seres humanos son, por su cultura, un tipo diferente de ser animado. Algunos científicos ven esto con escepticismo, como si estuviera intentando salvar de un no sé qué filosófico algo de la ciencia. Pero de hecho, mi visión sobre lo que diferencia a las personas es una teoría científica.
En términos de mi propio papel en la ciencia cognitiva creo que una de las cosas que se me dan bien es descubrir los bloqueos de la imaginación, los malos hábitos del pensamiento que infectan la forma en que los teóricos piensan sobre el problema de la conciencia. Cuando voy a un taller de trabajo o a una conferencia y doy una charla, estoy haciendo investigación, porque los suspiros y quejas, las caras de estupefacción de la audiencia y la forma en que reaccionan a mis sugerencias son un diagnóstico de cómo se imaginan el problema en su propia mente. Y, de hecho, la gente tiene diversas imágenes amagadas sobre lo que es la mente y cómo funciona. El truco está en exponerlas, acercarlas al ojo público y luego corregirlas. Y esa es mi especialidad.
Mi demolición del teatro cartesiano, del materialismo cartesiano, es una de las campañas de desenmascaramiento. La gente suele alabar la idea de que no existe un medio privilegiado en el cerebro que tenga asignado el papel que Descartes asignó a la mente no física como teatro de la conciencia. A pesar de ello, si uno analiza con cuidado lo que piensa y dice, sus visiones sólo tienen sentido si se interpretan disimuladamente siguiendo la presuposición de un teatro cartesiano en algún punto del modelo. Para decirlo en términos más desenfadados, sacándolo a la luz para mostrar que es posible sustituirlo. He aquí un método que me resulta atractivo. Me siento feliz de que algunas personas hayan aprendido a apreciar el servicio que alguien como yo, un filósofo, pueda realizar: enfrentarse a las presunciones escondidas de su propio pensamiento y ver cómo esas presunciones escondidas les ciega e impide ver nuevas oportunidades que permitan explicar lo que desean explicar.
He aprendido a respetar el conservadurismo cauto que expresan muchas personas (y en el que incluso viven) cuando afirman que el impacto de estas nuevas ideas no está claro y que se debe tener cuidado a la hora de introducirlas. Esa es una idea que rara vez se articula cuidadosamente pero que, de hecho, rige a muchas personas. Y es una motivación perfectamente honorable preocuparse de que algunas de nuestras ideas tradicionales estén profundamente amenazadas por estas innovaciones de perspectiva, y tener cuidado a la hora de limitarse de sustituir lo nuevo por lo viejo. Creo fehacientemente que esa es una acción sabia. Las declaraciones de impacto ambiental para el avance científico y filosófico deben tomarse en serio. Quizá existan formas en que si se revela una información puede, a la larga, ser perjudicial. Cualquiera que aprecie el poder de las ideas percibe que incluso una idea cierta, o bien fundada, puede hacer mal si se presenta en un contexto desafortunado. Mi objeción principal es cómo algunas personas se convencen a sí mismas sobre cuáles son las ideas peligrosas y deciden la justificación para salir y arrasar con esas ideas, cueste lo que cueste.
Cada vez más, lo que vemos es que circulan muy buenas ideas, y son las personas las que las están encajando de diversas maneras. En cierta forma, cada artículo que vale la pena leer cuenta con unos 500 coautores, pero la tradición impone que intentemos asignar la autoría a un grupo específico de personas. Para mí, tiene cada vez menos sentido seguir con esa práctica. La invención distribuida es un hecho mucho más sobresaliente. Esto es especialmente cierto en la filosofía, dado que los filósofos, en general, realizan experimentos o realizan estudios empíricos, de modo que todos compartan los mismos datos. Las discusiones sobre prioridades en ciencia a veces tienen verdadera sustancia, pero los filósofos que se reúnen a discutir sobre quién se pone la medalla por un «nuevo» argumento u objeción o «teoría» filosófica es como los marineros que discuten sobre quién ha sido el primero en sentir el viento. Todos se han percatado más o menos al mismo tiempo.
Daniel C. Dennett
Nacido en Boston en 1942, Daniel Dennett es uno de los grandes filósofos de nuestro tiempo. Su pensamiento abarca las teorías de la consciencia, los procesos de las mente y la inteligencia artificial; la ciencia cognitiva en general. Se licenció en Harvard en 1963, y se doctoró en Oxford en 1965. Ha sido docente en las universidades de California e Irvine (1965-71) y Tufts (1971-75). En la actualidad dirige el Centro de Estudios Cognitivos de la Universidad de Tufts (Estados Unidos), donde es catedrático de Filosofía. Desde 1987 es miembro de la American Academy of Arts and Sciences.
ddennett@tufts.edu
http://ase.tufts.edu/cogstud/