Editorial
Objetivo: 3 % del PIB
The goal: 3 % of the GDP
Cumbre de Barcelona, marzo
del año 2002. Bajo la presidencia de España se reúnen los responsables de
Europa. En la letra menuda de los acuerdos resultantes, un objetivo de gran
envergadura: la convergencia para el 2010 de los países europeos hacia el 3 %
del producto interior bruto (PIB) en investigación y desarrollo (e innovación,
como se dice ahora). Con datos de 1999, la media de los 15 Estados integrantes
en la Unión Europea es de un 1,92 %. España es el tercer país, comenzando por
la cola (excluyendo Luxemburgo), con un 0,9 %. Por lo tanto, no cabe duda de
que el compromiso adquirido por el Consejo de Europa en Barcelona es de gran
enjundia, aunque casi haya pasado desapercibido. Europa está preocupada. Sin una ciencia competente no habrá
una Europa realmente fuerte, aunque se haya alcanzado la unidad monetaria. Los
expertos lo saben y los respectivos gobiernos aparentemente se lo creen, ya que
desde la Cumbre de Lisboa del 2000 se decidió lanzar un programa de análisis de
la situación científica para que, a partir de la Presidencia española, se
puedan empezar a impulsar programas que mejoren nuestra capacidad y competencia
científicas. Por ello se trabaja en muchos frentes: desde un diagnóstico de la
ciencia que somos capaces de generar, hasta el establecimiento de cuáles son
los niveles de cultura científica que son necesarios para que exista un
adecuado caldo de cultivo social que permita la promoción del talento europeo
en este ámbito. Por esta razón, la Comisión Europea ha realizado también un eurobarómetro especial sobre ciencia y
sociedad.1 Una de las señales de alarma que se han encendido ha sido la
clara disminución de vocaciones científicas entre la juventud europea. Según la
macroencuesta, la crisis se debe mayoritariamente (con resultados de entre el
50 y el 60 %) al poco atractivo de los estudios de ciencias, a la dificultad de
estas materias, a las pocas perspectivas profesionales y, en general, a un
alejamiento conceptual de la juventud respecto de la ciencia. Sin duda, todos
estos datos son una nueva confirmación del cambio de valores que se está
produciendo en la sociedad que estamos construyendo. Aunque en cada país la
situación es algo diferente, no hay duda que a la juventud le es mucho más
atractiva la opción de realizar estudios rápidos y poco comprometidos, que
permitan entrar sin muchas dilaciones en el mercado del trabajo, que dedicarse
a una larga carrera de investigador, de futuro incierto y de camino lleno de
esfuerzo y de permanente precariedad. Muchos son los factores que intervienen y muchos los
culpables bien definidos de esta situación. Algunos gobiernos saben –entre
ellos, el nuestro– que han de entonar un mea
culpa y que deben revisar los itinerarios que llevan a la profesionalización
de la figura del investigador. Pero también la industria y el mundo empresarial
–sobre todo en nuestro país– han de corregir su tradicional pasividad ante este
problema y deben subirse con valentía a este carro del impulso de la investigación
y de la innovación, aunque la tantas veces anunciada ley de mecenazgo y
fundaciones no llega nunca. No en vano casi un 80 % de los europeos consultados
considera que para aumentar el nivel de nuestra ciencia, que también es
sinónimo de nuestra competencia económica, no lo olvidemos, es indispensable
una estrecha colaboración entre investigación pública y privada, así como una
coordinación y cooperación entre los diversos centros científicos diseminados
por Europa. Algo que ya practican desde hace muchos años nuestros principales
competidores, los norteamericanos, que han sabido crear las condiciones para
que iniciativa pública y privada vayan sólidamente de la mano y que han sido
suficientemente hábiles para incrementar la capacidad fecundadora de ideas que
constituye la diversidad cultural, atrayéndola de todo el mundo. Otra señal de alarma que preocupa, y mucho, es la poca
evolución positiva que hemos experimentado en el Viejo Continente en los
niveles de conocimiento científico entre la población desde el último eurobarómetro de estas características,
que se realizó en 1992. Incluso en algunos aspectos podemos considerar que
hemos experimentado un cierto retroceso: dos tercios de los europeos
consultados consideran que están mal informados sobre ciencias y tecnologías. Y
está claro que en una sociedad con bajo nivel cultural científico va a ser muy
difícil impulsar políticas que permitan corregir nuestro evidente euroescepticismo con relación a las
ciencias. Por esta razón, la Dirección General de Investigación de la Comisión
Europea ha constituido una comisión de expertos2 para detectar
cuáles son los problemas esenciales de la difusión social de las ciencias y qué
programas se pueden recomendar a los respectivos gobiernos para mejorar la
percepción pública de las ciencias. No es difícil imaginar que la poca atención
que las televisiones públicas dedican a las ciencias o la falta de suficientes
vías de comunicación de universidades y centros de investigación con la
ciudadanía van a ser, entre otros muchos, algunos de los puntos negros del
diagnóstico en curso. Y está bastante claro que será indispensable que las
diferentes partes van a tener que empezar a poner en práctica políticas
adecuadas para romper definitivamente con la errónea y acomodaticia coexistencia
de “las dos culturas”, que hemos arrastrado durante todo el siglo xx, con el fin de que todos
comprendamos que hoy ya no se puede ser ciudadano o ciudadana del mundo sin
saber y practicar que la ciencia forma parte de una única cultura. Sobre todo
cuando estamos dejando atrás la sociedad heredada de la revolución industrial y
entramos en la era del conocimiento, en la que las ideas van a ser la materia
prima y el vapor de la transformación social y económica. Para alcanzar ese umbral del 3 % son muchos los factores a
tener en cuenta y muchas las decisiones políticas necesarias para no llegar al
2010 con un rotundo fracaso. Es cierto que España en los últimos años ha
efectuado un esfuerzo notable para empezar a corregir su situación respecto a
la I+D+I. En el período comprendido entre 1995 y 1999 su crecimiento en este
capítulo la sitúa en el cuarto lugar, esta vez empezando por la cabeza
(Finlandia: 13,02 %; Irlanda: 10,92 %; Portugal: 10,01 %, y España: 6,32 %).
Aspecto que también queda reflejado si consideramos el número de
investigadores/as por cada mil personas en actividad productiva. Entre 1995 y
1998, el crecimiento de personas dedicadas a la investigación en España ha sido
del 6,79 %, siendo el quinto país miembro del Unión Europea que ha efectuado un
incremento más notable tras Irlanda (16,51 %), Finlandia (12,68 %), Austria
(7,86 %) y Portugal (7,61 %), mientras que la media de la Unión Europea ha sido
del 2,89 %.3 No hay duda de que algo se
está moviendo en buena dirección en nuestro país, aunque va a ser indispensable
una mayor apuesta política para llevar a buen término el gran objetivo del 3 %
del PIB para el año 2010. Quark, Ciencia, Medicina,
Comunicación y Cultura
ofrece en este número una reflexión global sobre la herencia recibida y el
momento actual de la investigación científica en nuestro país, así como de las
condiciones necesarias para que el país sea realmente competitivo en el siglo xxi. En este número especial, que
cuenta con la colaboración del Ministerio de Ciencia y Tecnología, participan
muchos de los protagonistas de la ciencia en España de los últimos 25 años. En
una primera parte se revisa la construcción del sistema y, a continuación, se
reflexiona sobre las relaciones de la investigación pública y de la iniciativa
privada; un tercer bloque está dedicado monográficamente a la universidad; las
debilidades del sistema y las asignaturas pendientes protagonizan la cuarta
parte, y en la quinta y última toman la palabra los responsables actuales y
explican sus propuestas. Desde un punto de vista
político y de coyuntura histórica es posiblemente un momento muy adecuado para
efectuar una amplia reflexión acerca de dónde venimos, dónde estamos y hacia
dónde vamos en España, en la decisiva apuesta por una mayor y mejor investigación
científica. Posiblemente antes del 2010 haya que volver a fondo sobre el tema
para analizar si seremos capaces de alcanzar el gran objetivo del 3 %. Hoy
disponemos de buenas intenciones e indicios de que estamos intentando corregir
tiempos pasados, pero esto no parece todavía ser suficiente para asegurar
nuestra participación en el grupo de cabeza de la Unión Europea y conseguir
triplicar nuestra proporción dedicada a la investigación. Posiblemente habría
que empezar por corregir algunas cuestiones. Como el a todas luces claro error estratégico-político de dividir el
mundo de la universidad española en dos ministerios: docencia en Educación y
Cultura e investigación en Ciencia y Tecnología. Aunque, sin duda, hay muchos
otros aspectos que va a ser necesario afrontar con decisión en los próximos
años, pero está claro que no debemos perder el tren de la investigación, del
desarrollo y de la innovación. Tal como avanzan hoy las ciencias es muy
probable que éste sea el último tren posible para poder conseguir ser un país
solvente en la era del conocimiento. El Director Vladimir
de Semir Notas 1 Los datos y resultados del eurobarómetro sobre ciencia y sociedad son de diciembre del año 2001 y pueden ser consultados en su integridad en el web del Observatorio de la Comunicación Científica (UPF), http://www.upf.es/occ. 2 Steve Miller (Gran Bretaña), Rosalía Vargas (Portugal), Walter Stavelotz (Bélgica), Vasilis Kouladis (Grecia), Paul Caro (Francia) y Vladimir de Semir (España). 3 Todos
los datos proceden de la publicación de la Comisión Europea Indicators for benchmarking of national
research policies. Key figures 2001.
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