Tribuna En el país de las políticas públicas a destiempo
A country with untimely public
policies Jordi Camí ¿Por qué la comunidad científica española está siempre insatisfecha?
Actualmente los científicos españoles publican con cierta asiduidad en Nature
(o en sus revistas hijas), también en Cell, en Science, o en las
primeras revistas de sus propias especialidades, donde la aceptación de
originales es muy difícil. Asistimos a un panorama bien distinto del de la
década de los ochenta, cuando las principales publicaciones de científicos
españoles aún provenían del exilio. Estamos, pues, ante la recogida de frutos,
tras la siembra de hace 10 o 15 años, pero seguimos insatisfechos con una
cosecha que consideramos escasa y que aún reviste excesiva heroicidad
¿Disponemos de un sistema de ciencia y tecnología correspondiente a nuestro
crecimiento económico y a nuestros sistemas productivo y académico? ¿Existe una
decidida promoción por parte de los poderes públicos de la ciencia y la
investigación científica tal como prescribe nuestra constitución? Sería injusto
catalogar como negativa la evolución del sistema español de ciencia y
tecnología, como si poco se hubiera hecho para su impulso. Pero el abuso de
grandes promesas y su falta de traducción en realidades perpetúa la
desconfianza y la insatisfacción ¿Quizá la política de anunciar deseos responde
a que nuestros dirigentes saben perfectamente que sus decisiones ultrapasan los
plazos de una legislatura? Ciertamente pocos sectores como la ciencia y la
tecnología exigen tanta política a largo plazo y tanto convencimiento de los
poderes públicos. Por lo tanto, el objetivo es lograr que la ciencia y la
tecnología se conviertan en una verdadera prioridad política. Y para este
desafío necesitamos dirigentes políticos que estén convencidos para poner en
práctica aquellas decisiones que sólo rendirán a largo plazo, cuyos resultados
probablemente serán capitalizados por sus adversarios políticos. Los textos recogidos en este número excepcional de Quark, aportados por amantes de la
ciencia, protagonistas todos ellos del sistema, resumen sin ambages cuáles han
sido los resultados del esfuerzo realizado con la misma fuerza con que se
exponen los deseos, carencias y desafíos del sistema. Pero estas reflexiones
dejan la sensación de que seguimos estando en los comienzos, y no nos aclaran
si en España se ha apostado definitivamente por la ciencia y la tecnología con
la misma energía y prioridad con que se apoyan los servicios y los parques
temáticos. Quizás aún no, quizá será nunca, y quizá por estas dudas las
intervenciones en nuestro sistema de ciencia y tecnología siempre llegan a
destiempo. ¿Cuántas decisiones clave en política científica han quedado por
completar? Tomemos como paradigma el fenomenal esfuerzo que se inició durante
anteriores legislaturas en materia de formación de personal investigador.
Dispuesto ya el personal en condiciones, una buena parte fuera de España, el
sistema fue, y sigue siendo, incapaz de absorberlo por falta de planificación.
Así, cuando España se ha visto capitalizada con muchos jóvenes científicos,
bien formados y en el mejor momento de su creatividad y energía, han fallado
las infraestructuras. En este sentido el sector empresarial tiene ahí una
especial responsabilidad puesto que ni ha reaccionado ni parece estar en
condiciones técnicas e ideológicas de hacerlo, desaprovechando lo que sería su
mejor apuesta para el futuro, la inversión en recursos humanos para I+D. En
cambio en el sector público ha habido un poco más de suerte, ya que todo ha coincidido
con distintos esfuerzos en nuevas infraestructuras, cuya aparición no
necesariamente ha respondido a una planificación en toda regla. Han surgido un
buen número de nuevas universidades, el Consejo Superior de Investigaciones
Científicas (CSIC) y algunos Organismos Públicos de Investigación (OPI) se han
ido expandiendo y, recientemente, se están promoviendo nuevos parques
científicos. Además algunas comunidades autónomas están impulsando la creación
neta de nuevos centros de investigación y, finalmente, el Ministerio de Ciencia
y Tecnología acaba de introducir el novedoso programa Ramón y Cajal. Estamos,
pues, ante un conjunto de buenas iniciativas que deben ser aprovechadas, aunque
lleguen a destiempo. Estamos también contemplando si el sector empresarial
privado reacciona definitivamente. Al destiempo de siempre se le une, como el abrazo del diablo, la
inflexibilidad de nuestras estructuras y organizaciones así como la resistencia
al cambio de sus actores, malos ingredientes cuando se trata de consolidar un
sistema de ciencia y tecnología. Observemos qué está ocurriendo en el caso
particular y preeminente del progreso en ciencias biomédicas, donde las
principales aportaciones suceden en organizaciones capaces de tomar grandes
decisiones y adaptarlas a escenarios extraordinariamente cambiantes. Este sería
el caso paradigmático de los NIH, los Institutos Nacionales de Salud
estadounidenses, por ejemplo. En ausencia de este tipo de estrategias, los
científicos españoles han visto la consecución del proyecto genoma como algo
ajeno, en las antípodas de cómo participamos en el concierto del fútbol
mundial. Y así proseguimos, con dudas fundamentadas de si con los medios
actuales alcanzaremos el próximo tren de la genómica y la proteómica. Porque
cuando fallan los reflejos, se desvirtúa, desaprovecha y envejece
prematuramente cualquier estrategia de política científica que se establezca.
La inflexibilidad de nuestras estructuras tiene una raíz dominante: la
funcionarización de casi todas nuestras universidades, el CSIC y la mayoría de
OPI. Con todos los respetos a la función pública, si algo requiere la
investigación científica más competitiva es precisamente lo contrario, los
científicos deben percibir incentivos según sus resultados, y los grupos y
equipos de investigación que buscan la excelencia deben poder adaptarse a
nuevos escenarios según evoluciona la propia actividad científica, es decir,
necesitan una movilidad y una flexibilidad máximas. Por ello y con el fin de superar los rígidos esquemas de nuestra
Administración pública, algunos dirigentes políticos han osado «externalizar»
nuevos proyectos mediante fundaciones privadas, no sin sufrir todo tipo de
favores obstaculizadores por parte de su propia Administración, no sin hacerlo
con miedos y desconfianzas. Esta estrategia la ha comenzado la administración
catalana y entonces parece que el propio Ministerio de Ciencia y Tecnología le
sigue sus pasos. No lo tienen fácil, ya surgen reacciones defensivas por parte
de algunas estructuras universitarias y de algunos OPI. En estas estructuras
reina la resistencia al cambio y el institucionalismo identitario, una traba
insalvable a la rapidez y agilidad que se exige para estar presente en los
grandes proyectos científicos contemporáneos. Como si se tratara de grandes
atrevimientos nace en Madrid el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas,
por ejemplo, o en Cataluña el programa ICREA y los nuevos centros de
investigación impulsados con recursos públicos pero implantados jurídicamente
como fundaciones privadas. Su aparición, y sobre todo sus esquemas
fundacionales, son un halo de esperanza, si bien su desarrollo y crecimiento
está plagado de dificultades, como si estuvieran permanentemente en libertad
provisional. Lo peor es que también generan una envidia que paraliza lo que
debería ser la extensión o generalización de un nuevo concepto de
infraestructuras científicas. En consecuencia, al destiempo de las políticas
públicas y a la rigidez de nuestras estructuras, se le suma la resistencia al
cambio de nuestros científicos. Ni más ni menos que el principal efecto adverso
de la excesiva funcionarización del sistema, al que sólo se le puede combatir
mediante el establecimiento de nuevas relaciones laborales que primen la
movilidad de los investigadores y que incentiven su excelencia. Un elemento esencial para fortalecer nuestro sistema consiste en introducir
una mayor exigencia y progresión en la denominada cultura de la evaluación.
Mientras en España ya existe cierta tradición en la evaluación externa de
trayectorias individuales, las carencias son muy importantes en relación con la
evaluación de programas, centros e instituciones. Se trata de evaluaciones
mucho más complejas que requieren la disposición de expertos en evaluación, no
siendo suficiente con nuestros pares. Esta cultura de la evaluación también
pasa por la creación o el fortalecimiento de agencias independientes y
especializadas en evaluación, de todo lo que nos caracterizamos por su
carencia. No nos extrañe, pues, que cuando se trata de otorgar créditos para
grandes infraestructuras, por ejemplo, se carezcan de instrumentos para la
evaluación previa, es decir, no haya habido una evaluación formal. Y en este
contexto, mientras el Ministerio de Ciencia y Tecnología crea una nueva
fundación a la que otorga finalidades de evaluación, preocupa el franco
abandono en el que, desde finales de los noventa, parece estar sumida la
Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP). Acostumbrados a que en
todo programa político se proclame que la ANEP deberá ser potenciada, el
anuncio de la nueva fundación nos tiene desorientados, pues no sabemos si
sustituirá, complementará o duplicará las funciones de la actual ANEP. Si por
lo menos se hubiera apoyado a la ANEP para que hubiera sido capaz de ampliar su
misión hacia la prospectiva, según se deduce del título que tiene la agencia,
como mínimo ahora se dispondría de evidencias para dirigir las estrategias
políticas con mayor acierto. El no haberlo hecho ha perjudicado a la propia
clase política que no parece tener plena conciencia de cuáles son nuestras
oportunidades y deficiencias. Y así es como se ha seguido invirtiendo en el
destiempo, cuando no en las decisiones políticas fuera de contexto. Si a este
destiempo, a la rigidez de nuestras estructuras, a la resistencia al cambio del
colectivo científico y académico, a la falta de prospectiva y a la débil
cultura de evaluación se le añade la franca inexperiencia o torpeza en la labor
de nuestros dirigentes, entonces los problemas se convierten en afrentas
irritantes y los actores pierden todo tipo de confianza. Los últimos meses han
acumulado demasiados acontecimientos preocupantes en este sentido. Nuestro sistema requiere intervenciones decididas, firmes y con
continuidad. Cualquier terapia debe estar basada en la evidencia y no en la
improvisación, y todo robustecimiento del sistema pasa por la constancia y la
regularidad en sus actuaciones. Mientras nos empeñamos en reclamar
constantemente decisiones más agresivas, tenemos también la responsabilidad de
aceptar sin resistencias profundos cambios en nuestras estructuras y modelos de
organización. Unos cambios que son indispensables para que la ciencia y
tecnología española consiga alcanzar los nuevos retos que se proyectan en
Europa. Para ello ya no valen las estrategias de hace quince años, y quizás
para salir del destiempo deberán saltarse varias etapas de una sola vez. En
este sentido, Europa ha asumido que sus componentes por separado nunca podrán
competir con el esfuerzo global que se hace en Estados Unidos. Y es sobre la
base del mismo argumento que tampoco ninguna institución española por su cuenta
podrá competir en solitario con el esfuerzo de una Europa que quiere
vertebrarse en su conjunto. A sabiendas de la confusión y fragilidad con que se
teje el Espacio Europeo de Investigación (EEI), la presencia de España en las
principales decisiones europeas no será posible sin unas determinadas
transformaciones en nuestros modelos de organización y en nuestras propias
mentes. Ahora el reto es configurar organizaciones cooperativas, entre centros
e instituciones ya existentes, todo ello con la finalidad de establecer
relaciones de sinergia y coordinación, sobre todo en aquellas áreas donde pueda
alcanzarse un verdadero valor añadido. Necesitamos estructuras administrativas
simples para coordinar diversas instituciones, asociaciones que constituyan un
nuevo punto de referencia para el desarrollo de planes ambiciosos que requieren
colaboraciones internacionales. Nuevas estructuras organizativas y no nuevos
corsés para que los socios no pierdan ni sus identidades ni su energía. Quizá
serán estas asociaciones estratégicas las que, coordinando distintas
instituciones y entidades, nos darán la oportunidad de estar presentes en los
niveles más altos de la competición europea. Pero necesitamos que estas
asociaciones sean aceptadas con celeridad por los posibles participantes, en
otras palabras, necesitamos generosidad y flexibilidad para superar el
paralizante institucionalismo identitario. Hoy es tiempo de asociaciones donde
la universidad participante o la Administración pública más implicada deben
postergar su protagonismo nominal a un segundo plano. Lo que vale es el
resultado de la asociación y no la primacía de las marcas en concreto.
Necesitamos asociaciones donde puedan mezclarse científicos y académicos de
diversas instituciones, por razones de sus afinidades temáticas y sin otras
trabas que la evaluación de sus resultados. Estas asociaciones institucionales
serán la mejor plataforma para el establecimiento de coaliciones con entidades
similares de otros países. Unas asociaciones en las que puedan incorporarse
expertos extranjeros que ayuden a minimizar nuestros sesgos, en tanto que
comunidad excesivamente reducida, y que permitan la comparación de nuestras
posibilidades y resultados. Con la mirada puesta en Europa, con la necesidad de un mayor pragmatismo y flexibilidad, seremos ilusos si no contamos a medio plazo con más apoyo y complicidad de nuestra propia sociedad ¿Cuál es el peso social de nuestra comunidad científica? Probablemente mucho menor del que le corresponde a una sociedad cada vez más informada. El apoyo necesario para una mayor apuesta hacia la ciencia y tecnología depende finalmente de la confianza que se alcance con nuestra sociedad. La percepción social de la ciencia está cambiando, y en algunos ámbitos en particular como el de la biomedicina, el progreso científico se vive de forma ambivalente con crecientes temores y con deseos de mayor participación. En ausencia de ámbitos de discusión y participación social, ámbitos que son clave cuando nuestros valores más esenciales entran en conflicto, el papel de la ciencia y de los científicos fácilmente es objeto de estigmatización. Esto es lo que está sucediendo con la percepción social de las nuevas tecnologías científicas de la biología celular y del desarrollo. Si la gestión de este tipo de conflictos queda circunscrita exclusivamente a los medios de comunicación, faltamos a nuestra responsabilidad y las repercusiones sociales del progreso científico y tecnológico siguen un curso negativo. De nuevo nos cuesta entender porqué el gobierno actual se esconde ante la necesidad de un comité ético para la ciencia y la tecnología. De nuevo nos topamos con otro ejemplo del destiempo que caracteriza al progreso de la ciencia y tecnología en España. Jordi
Camí es Catedrático de Farmacología de la Universitat Pompeu
Fabra (UPF) y editor de Quark,
Ciencia, Medicina, Comunicación y Sociedad. Actualmente es Director
del IMIM (Instituto Municipal de Investigación Médica), ha promovido los
estudios en ciencias de la salud y de la vida en la UPF y es uno de los
impulsores del Parque de Investigación Biomédica de Barcelona.
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