La gestación de un sistema en el marco de los «felices ochenta»

 

Creating a System in the framework of the happy 80s

 

Juan Rojo

 

La década de los ochenta representa, para muchos autores, la puerta de entrada de España a la modernidad. Sea o no eso cierto, en materia de política científica, ese decenio significó la gestación y puesta en marcha de un sistema de ciencia y tecnología que daría frutos casi de inmediato. Los cambios impulsados en esa etapa, en especial la Ley de la Ciencia y su instrumento, los Planes Nacionales, permitieron soñar con la anhelada convergencia con Europa.

 

The eighties represent Spain’s entrance into modernity for many authors. Whether this may be true or not, what is accepted is the 80s, in terms of scientific policies, meant the development and launching of a science and technology system that in a very short period of time was providing results. The changes set off, mostly derived from the approval and implementation of the Science Law, the Planes Nacionales (National Plans), lead the way to the very much-desired European convergence.

 

La década de los ochenta constituye un hito en la moderna historia de España, hasta tal punto que algunos la han denominado «los felices años ochenta». A la bonanza general política y social se añadieron dos elementos de hondo calado para la ciudadanía: la normalización de la democracia recién recuperada y la deseada entrada en Europa. Al hilo de esta última, una nueva palabra afloró en el vocabulario: convergencia. Había que parecerse a Europa en todo. Desde luego, en economía, pero también en otros aspectos aunque estos últimos eran más difícilmente cuantificables. Uno de estos aspectos era la investigación científica y técnica (o el nuevo vocablo que inmediatamente fue promocionado en los medios, la I+D), en la que -es preciso reconocerlo- nuestro país nunca había sido una referencia en el mundo. ¿Seríamos capaces también de acercarnos en este dominio a los países donde todos sabíamos que se habían puesto los cimientos de la ciencia moderna?

Quizá merece la pena echar una ojeada a la situación de la ciencia en España al final de los años setenta. La financiación desde luego era raquítica, no más allá del 0,4 % del producto interior bruto, o sea alrededor de un 20 % de la media europea del momento. Pero había otros elementos preocupantes: para empezar, la universidad. Esta institución, que en todos los países europeos significativos representaba la punta de lanza de la investigación científica, en España no había asumido de forma generalizada este papel. Con mejor o peor fortuna, aquella universidad (muy parecida a aquélla en la que yo estudié) intentaba proporcionar una enseñanza razonable pero inevitablemente un tanto academicista y lejana al desarrollo científico del momento. La investigación científica en la Universidad española era como mucho tolerada.

Pero la situación en la industria no era mucho mejor. El desarrollismo del denominado tardofranquismo no había precisamente favorecido la innovación en nuestras empresas, más preocupadas del desarrollo especulativo y del aprovechamiento de un entorno interior poco competitivo. Por su parte, los centros públicos de investigación ligados a los distintos ministerios, en general trabajaban más bien como gabinetes de apoyo a las políticas ministeriales que como tales centros de investigación. Finalmente, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), con algunas honrosas excepciones, no había tampoco conseguido escaparse de su ideológico corsé fundacional.

Frente a un panorama tan poco alentador, había sin embargo elementos que impulsaban a la esperanza. El más importante, como siempre en ciencia, la presión de los jóvenes. En efecto, durante los años anteriores, un número no despreciable de jóvenes inteligentes se habían formado en investigación en laboratorios extranjeros prestigiosos y muchos habían vuelto a España. Su influjo empezaba tímidamente a notarse en los laboratorios de las universidades y de los centros públicos.

Un segundo elemento fue la creación por el ministro Villar Palasí de las universidades autónomas. Estas universidades, creadas en paralelo y como «competencia» de las universidades tradicionales, desempeñaron un papel muy importante en el desarrollo científico español aunque algunas de ellas tropezaron con el sistema político, por entonces incapaz de asimilar algunos de los «desarrollos colaterales» de tales instituciones. Buen ejemplo de ello fue el enfrentamiento del Gobierno de Carrero Blanco con el prestigioso Departamento de Física de la Universidad Autónoma de Madrid creado por Nicolás Cabrera que terminó con la expulsión de alguno de los profesores de este último por el inefable ministro Julio Rodríguez.

Un tercer elemento, de la mayor relevancia, fue la creación de la Comisión Asesora de Investigación Científica y Técnica (CAICYT), y particularmente de su Gabinete de Estudios, que, por primera vez en la historia de la ciencia en España, empezó a sentar las bases de la financiación de la investigación en nuestro país mediante la evaluación científica de proyectos presentados por los investigadores.

 

A punto para la convergencia

 

Al principio de la década objeto de nuestra atención, el sistema, por así decirlo, estaba a punto para acometer una reforma que permitiera la integración definitiva, la llamada convergencia, con los países europeos del entorno. La comunidad científica española, mostró en ese momento una gran madurez y una gran capacidad de trabajo, y suyo es el mérito del salto cualitativo registrado. No obstante, en tal empeño contó con la ayuda de tres elementos externos fundamentales, a los que paso a referirme.

El primer elemento fue la Ley de Reforma Universitaria (LRU), aprobada en 1983. No siempre se ha apreciado justamente el importante papel desempeñado por esta ley en el desarrollo de la investigación universitaria. Tanto el texto de la ley, como algunos de sus desarrollos posteriores, desempeñaron efectivamente un papel decisivo. Aunque hay muchos aspectos positivos, citaré sólo tres: en primer lugar, el famoso artículo 13, que regulaba la cooperación en programas de investigación entre departamentos universitarios y empresas. Este tipo de investigación, antaño meramente tolerada, era ahora estimulada. Las consecuencias no se hicieron esperar y este tipo de colaboración creció exponencialmente.

Otro importantísimo desarrollo fue la creación de los denominados tramos de investigación (vulgo gallifantes), que introducían mejoras salariales para aquellos profesores que consiguiesen una evaluación positiva de su investigación por un comité externo nacional. Esta actuación significó también una innovación importante en un plano más amplio: en efecto, los tramos constituyen un excelente ejemplo de la falsedad en que muchos incurren al suponer que un régimen funcionarial no permite distinguir salarialmente a aquellas personas con superior rendimiento. Un tercer aspecto de la LRU también fue muy beneficioso: esta ley al suprimir los ejercicios de oposición permitió que los jóvenes en su etapa de más productividad científica pudieran dedicarse con intensidad a esta labor creativa en lugar de perder los mejores años (científicos) de su vida preparando trasnochados ejercicios. Esto también se podía considerar convergencia con Europa.

 

La Ley de la Ciencia

 

El segundo elemento importante fue la aprobación de la denominada Ley de la Ciencia en 1986. A diferencia de la anterior, esta ley iba bastante más allá de la comunidad universitaria y afectaba a los organismos públicos de investigación (OPI), especialmente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y a las relaciones de unos y otros con las empresas. De acuerdo con esta ley, la herramienta fundamental para el «fomento y coordinación de la investigación científica y técnica» era el llamado Plan Nacional, el primero de los cuales se aprobó en 1986 y cuya cuarta versión sirve de base para la financiación de la comunidad científico-técnica española en la actualidad.

Los Planes Nacionales desde su primer lanzamiento han tenido una gran repercusión en el desarrollo de la investigación científica en España. Personalmente considero que su papel más importante ha sido el de proporcionar apoyo y confianza a los científicos mediante la transmisión del mensaje de que la calidad científica es el elemento inexcusable a la hora de valorar y reconocer esta actividad. A esta consideración debe añadirse el hecho de que la propia naturaleza de la investigación científica lleva aneja siempre (¡afortunadamente, en caso contrario sería muy aburrido!) una cierta impredictibilidad en los resultados.

Este hecho tiene consecuencias a la hora de definir e implementar un plan de investigación científica. Hay personas que creen -sobre todo en Bruselas- que es posible programar y realizar la investigación científica a la manera de un proyecto de ingeniería civil con una cuidadosa anticipación de los diferentes pasos a seguir e incluso con cronogramas precisos de las diferentes acciones. Nada más lejos de la realidad: en la mayoría de las ocasiones el descubrimiento, el avance sustancial ocurre de una manera casi fortuita, yo diría más bien que se trata de un azar inteligentemente buscado.

A veces este error conceptual nace de la confusión entre lo que es un programa de investigación científica y un programa de desarrollo técnico-industrial. En el primer caso, el programa está centrado en torno a un problema en el que existen elementos fundamentales para la consecución del objetivo deseado que se desconocen y donde no es posible plantearse una estrategia efectiva para resolver el problema hasta que no se resuelvan las incógnitas planteadas. En el segundo tipo de programa, se trata más bien de una integración de elementos conocidos en el que ciertamente pueden existir incógnitas pero éstas o bien no son fundamentales, o bien son desarrollos naturales -aunque puedan ser difíciles y costosos- de conocimientos existentes. Un ejemplo del primer caso sería la investigación sobre el cáncer y del segundo, el programa americano de situar «un hombre en la Luna». Desde el punto de vista de la política científica, es fundamental distinguir entre estos dos tipos de programas toda vez que la financiación, gestión y evaluación de los mismos tiene que llevarse a cabo con pautas muy diferentes.

El razonamiento anterior no excluye, ni mucho menos, la definición de ciertas áreas de actuación preferente (las denominadas prioridades) en el Plan Nacional. Definir estas prioridades no es tarea sencilla porque los científicos tienden a considerar como prioritarias sus propias áreas de investigación y los industriales tienden a considerar prioritarios los mecanismos de financiación de sus desajustes. Personalmente, creo que la definición de prioridades debe siempre incluir dos elementos: primero, debe mantenerse siempre un canal para la financiación de la investigación de alta calidad, cualquiera que sea su tema. Este canal lo ha constituido desde el comienzo del Plan Nacional el denominado Programa de Promoción General del Conocimiento (PGC).

Segundo, las agencias financiadoras deben definir estas áreas prioritarias con suficiente amplitud evitando publicar una relación de temas concretos. Esto último equivaldría a suponer que el personal de dichas agencias era capaz de prever los avances concretos de la ciencia en el futuro, tarea en la que incluso científicos muy avezados se tentarían la ropa antes de hacer predicciones específicas.

La Ley de la Ciencia inició también un gran esfuerzo en la formación de personal investigador, dedicando un programa específico del Plan Nacional, bastante bien dotado, a esta misión. Cabe señalar que, aparte del muy significativo salto cuantitativo en cantidad y dotación de las becas, el programa introdujo desde sus comienzos elementos de modernidad (¡otra vez la convergencia con Europa!). Al énfasis de antaño en becas predoctorales le sustituyó la primacía de las becas posdoctorales, como corresponde a la política generalizada de los países científicamente desarrollados de nuestro entorno, donde se considera que el futuro investigador se doctora generalmente en su país de origen y adquiere el valor añadido posdoctoral conociendo otros ambientes científicos. Conviene subrayar que programas tales como el actual Ramón y Cajal no hubieran podido convocarse sin la existencia de este personal joven y excelentemente formado. Es un ejemplo más de un principio básico del fomento de la investigación científica: invertir hoy para recoger mañana.

 

La integración europea

 

El tercer elemento que resultó esencial para el desarrollo científico de los años ochenta fue la integración en Europa. Tanto el Programa Marco de la Comunidad Europea (CE) como otras acciones tales como el programa Eureka representaron un acicate y, sobre todo, un ejemplo para empresas y organismos públicos de investigación españoles. Quien no lo ha visto de cerca no puede imaginar el efecto que tuvo para muchas empresas españolas, acostumbradas al proteccionismo y al corto plazo, cooperar en programas de I+D con sus equivalentes europeas y constatar que éstas intercambiaban continuamente conocimientos y personal con universidades y OPI.

El creciente intercambio con países europeos está teniendo también efectos devastadores para los pesimistas históricos: frente a la actitud (todavía presente incluso en medios de comunicación serios) de considerar la universidad española como el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno, me remito al testimonio de los estudiantes que en programas tipo Erasmus han permanecido algún curso en otras universidades europeas. Todavía me falta por encontrar un caso en que hayan declarado que su formación en la universidad española era de menos nivel que la que recibían en el país extranjero.

Pero en la dimensión europea lo más interesante está aún por hacer. Como ejemplo de nuevas ideas, que empiezan ahora a gestarse señalemos una: este mismo año, responsables de agencias de financiación de los más importantes países han comenzado a discutir la posibilidad de crear la semilla de lo que en un plazo no muy lejano vendría a ser una agencia de financiación europea (European Research Council), que comenzaría nutriéndose modestamente de algo así como el 0,5 % del presupuesto de dichas agencias nacionales y que haría convocatorias anuales a nivel europeo para estimular la investigación de alta calidad. Se trataría de conseguir estimular aquellos grupos de investigación que representasen no sólo «lo mejor de su país» sino «lo mejor de Europa». Una vez más encontramos un elemento de convergencia.

Han pasado ya algunos años desde aquella década de los ochenta. Cuando se echa la mirada atrás, creo que hay que reconocer que la mejora ha sido evidente. La investigación ha adquirido carta de naturaleza en las universidades, el CSIC ha crecido notablemente en cantidad y calidad, los otros OPI han ido centrando su papel mucho más cerca de la I+D que antaño, contamos con un conjunto de jóvenes inteligentes y bien formados, capaces de impulsar la investigación en los próximos años.

Hay otras cuestiones todavía pendientes: por ejemplo, el eterno problema de la cooperación entre centros públicos y empresas que no funcionan todavía con la eficacia requerida, o la necesidad de conseguir una mayor masa crítica en el sistema aprovechando los excelentes jóvenes formados que ahora tenemos. En el terreno de la investigación fundamental, se echa de menos una mayor asunción de riesgo por parte de los investigadores, que muchas veces tienden a perpetuarse en el seguimiento de una línea de investigación que ya no se justifica. Para el análisis y resolución de estos problemas pendientes, el recientemente creado Ministerio de Ciencia y Tecnología concita las esperanzas de los científicos.

Finalmente una reflexión de tipo económico. La década de los ochenta significó también un crecimiento espectacular del gasto español en I+D, que pasó en este período de algo más del 0,4 % al 0,9 % del PIB. A veces se lee que el objetivo de una determinada política es la de incrementar en tres o cuatro años el gasto español en I+D del aproximadamente 0,9 % del PIB actual hasta el 2 % de media de los países de nuestro entorno europeo. Mi opinión es que una afirmación de ese tipo revela ignorancia, quizá no exenta de buena voluntad, pero implica un preocupante desconocimiento del sistema y, en particular, de las necesidades de personal cualificado que requiere tal crecimiento. Mantener un crecimiento anual continuado del 0,05 % del PIB (equivalente a unos 45 000 millones de pesetas), como ocurrió en la década objeto de nuestra atención, es ya una meta ambiciosa que implica un gran esfuerzo público y privado, si se quiere lógicamente que el gran esfuerzo presupuestario proporcione un rendimiento adecuado.

Desgraciadamente, experiencias no muy lejanas muestran que en nuestro país la I+D es un candidato cualificado a la hora de los recortes presupuestarios. La actividad científica, por el contrario, requiere un mínimo sosiego y quizás sería mejor un compromiso de mantener el ritmo de crecimiento «modesto» mencionado anteriormente (¡más de un 5,5 % anual en términos reales!) que generar expectativas poco racionales basadas esencialmente en el voluntarismo.

Pocos negarían el rumbo positivo de la I+D española en la década de los ochenta. Esto no implica discrepancia sobre ciertas actuaciones. Por ejemplo, al parecer de algunos, el Plan Nacional de I+D debería haber sido más dirigista desde las agencias financiadoras, enfocado primordialmente a la resolución de problemas concretos de nuestra sociedad. Personalmente, siempre he preferido dejar una amplio margen de iniciativa a los investigadores por múltiples razones, entre otras porque es la única manera de fomentar la consecución de resultados verdaderamente rompedores, capaces de alterar la marcha de la investigación y el desarrollo tecnológico en una determinada línea. Y, además, porque no quiero ser objeto de la crítica de aquel viejo dicho inglés en relación con las tareas de los académicos que dice que el que es capaz y puede, investiga; el que no puede ya investigar, enseña y el que no puede ya ni investigar ni enseñar, gestiona.

 

Juan Rojo es Catedrático de Física de la Universidad Complutense de Madrid. Durante el período comprendido entre 1985 y 1992 ocupó el puesto de Secretario de Estado de Universidades e Investigación.

 

 

Frases destacadas

 

«Al principio de la década de los ochenta, el sistema estaba a punto para acometer una reforma que permitiera la integración definitiva, la llamada convergencia, con los países europeos del entorno.»

 

«Los Planes Nacionales han tenido una gran repercusión en el desarrollo de la ciencia gracias a haber sabido transmitir el mensaje de que la calidad científica es el elemento inexcusable a la hora de valorar y reconocer la investigación

 

«Quien no lo ha visto de cerca no puede imaginar el efecto que tuvo para muchas empresas españolas, acostumbradas al proteccionismo y al corto plazo, cooperar en programas de I+D con sus equivalentes europeas.»