Mirando hacia atrás sin ira
Looking back without rage Enric Banda El inicio de la década de los noventa coincide con un
punto de inflexión en la evolución positiva del incipiente sistema español de
ciencia y tecnología. Tras un breve lapso de crecimiento sostenido que
sorprendió por su vitalidad a propios y a extraños, el sistema se estancó
condicionado, en buena parte, por la crisis económica del momento. El autor,
protagonista en primera persona de ese período, analiza las claves de un
estancamiento que se ha prolongado prácticamente un decenio. The early 90s
coincided with an inflection point in the positive development being experienced by the Science and
Technology system. After a short surprisingly vital period of sustained
development, the system grew stagnant, mainly due to the economic crisis of
that time. The author provides a first person account and analyzes the major
issues of this inactive period that lasted for practically a decade. ¡Voy a pedir
una «Asesora»! Éste era el grito de guerra en la época en que viví el sistema
español de ciencia y tecnología desde el ángulo de investigador (finales de los
ochenta y principios de los noventa). Queríamos decir una CICYT; el caso era
que CICYT o Asesora (de la antigua CAICYT) eran las palabras mágicas
para obtener financiación para nuestros proyectos. «Asesora» es una expresión
que todavía puede oírse en boca de algunos investigadores, aunque ya no entre
los más jóvenes. Lo menciono porque, en todo sistema de ciencia y tecnología de
cualquier país que se precie de tener uno, existen unas cuantas palabras
comunes a la mayoría de investigadores del sector público que definen los que
se consideran sus puntos calientes. Poco después de regresar a España, en 1983,
y ciertamente a partir de 1987, cuando pasé al Consejo Superior de
Investigaciones Científicas (CSIC), las palabras clave eran: CICYT (aunque
muchos insistían en lo de «Asesora»), Plan Nacional, ANEP, PGC, plazas,
Comunidad Europea y, más adelante, «sexenios». Aparte de la jerga propia de las
universidades o del CSIC, éstas eran las palabras que, de hecho, definían el
sistema para el investigador de a pie. Como usuario, a
finales de los ochenta, percibía el sistema como incipiente, un poco
provisional, entusiasta, voluntarista, relativamente bien dotado, riguroso y
comparable a lo que había visto en mis años en el extranjero (aunque en Suiza
era el profesor de turno el que tenía que firmar los proyectos que otros
escribíamos). Se puede decir que viví la consolidación de un sistema que
funcionaba y que internacionalmente era homologable, pese a problemas tales
como su debilidad. Viví esa época en que el sistema podía proporcionar −y
me proporcionó− los elementos necesarios para desarrollar la
investigación que quería hacer en conjunción con grupos extranjeros. Sin duda,
recuerdo muchas personas que «representaban» al sistema. Debo confesar que, en
esa época, la que más me impresionó por su dedicación y conocimiento fue
Roberto Fernández de Caleya. Esa época
coincidió también con la entrada de España en la CEE, ahora Unión Europea, con
lo que supuso de expectativas, presión e incentivos para acudir a las
convocatorias del Programa Marco. Además, España empezaba a participar
activamente en todos los organismos europeos (excepto en el European Southern Observatory,
al que no pertenece todavía), con lo que aumentaban nuestras relaciones y la
presencia de investigadores españoles en los foros internacionales. Todo esto
contribuyó, también, a la consolidación del sistema español y, lo que es más
importante, a mantener una ilusión notoria. No puedo dejar
de mencionar la instauración de los sexenios, acción que, por muy controvertida
que fuera, supuso de hecho un enorme impulso a la calidad de la producción
científica. El esquema de los sexenios ha sido envidiado por muchos países, y
aún, recientemente, un gran país europeo ha instaurado un sistema parecido. El momento era
igualmente bueno en cuanto a la evolución de los indicadores clásicos de I+D,
desde la inversión hasta la producción científica, que aumentaban a un ritmo
mucho mayor que los del resto de países industrializados, alimentando la
ilusión de que alcanzaríamos a los mejores en un tiempo razonable. Visto en
perspectiva, el sistema no había hecho más que comenzar. Con la Ley de Reforma
Universitaria en 1983, la Ley de la Ciencia y su herramienta (el Plan Nacional)
en 1986, como usuario no me di cuenta de la juventud del sistema hasta que me
vi involucrado en variados aspectos de gestión científica en el CSIC, desde la
dirección de un Instituto a la Coordinación del Área de Recursos Naturales,
para terminar como secretario general del Plan Nacional y como secretario de
Estado de Universidades e Investigación. Consolidación y estancamiento Hay que
reconocer que el sistema se consolidó en un período breve y que el año 1992,
que tanto significó para España, supuso también un punto de inflexión en su
evolución. Para ello, y debido a su juventud, y debilidad asociada, se tuvieron
que apartar enormes obstáculos. Considero que la ANEP fue uno de los pilares del
sistema que contribuyó enormemente a la consolidación. La ANEP, encargada de la
evaluación por pares de los proyectos de I+D, a pesar de sus detractores y
debilidad administrativa, se constituyó en garante de calidad científica,
aunque no siempre a gusto de todos. La ANEP, para evitar ser arte y parte, no
dependía directamente ni de la Dirección General que gestionaba el PGC, ni de
la Secretaría General que gestionaba el Plan Nacional. Quince años más tarde
lamento que la ANEP no se hubiera establecido como una agencia estrictamente
independiente del Ministerio. Aunque habrá que admitir que, en ese caso, quizá
la ANEP no hubiera resistido los cambios posteriores. El Plan
Nacional, en cuya secretaría general relevé a Luis Oro, estaba en perfecto
estado de revista, con un personal totalmente volcado en su gestión. Luis no
dudó en detallarme todo lo que fue necesario para que la transición pasara
desapercibida. En estas circunstancias, no fue difícil involucrar al personal
en el diseño del III Plan Nacional (1996-1999), que era obvio no iba a ser
gestionado por los mismos que lo diseñamos. Hay que decir que Fernando Aldana,
que formó parte del grupo que me asesoró personalmente durante el diseño,
respetó los contenidos del Plan cuando fue nombrado secretario general del Plan
Nacional en 1996. Otra cosa fue la distribución de la gestión del Plan, que
otros autores discutirán en esta publicación. La rápida
consolidación se solapó con una fase que puede calificarse de mantenimiento y
también de estancamiento. Hay varios factores que influyeron en el desarrollo.
Entre ellos, la erosión y debilidad política del Gobierno, que restaba
credibilidad a sus actuaciones, y su preocupación y dedicación a temas muy
alejados del que hoy nos ocupa. La práctica congelación de los presupuestos (no
supimos desembarazarnos del ciclo económico) tuvo un efecto negativo por el
continuo aumento de la demanda como corresponde a un sistema en crecimiento. De
hecho, la evolución de los presupuestos de I+D en pesetas constantes muestra que
el gasto hoy, excluyendo los créditos a las empresas de defensa, todavía no ha
recuperado el nivel del de principios de los años noventa. El descenso
contribuyó a un cierto desencanto de la comunidad científica, factor no
cuantificable y admitidamente subjetivo. En los últimos
años de los gobiernos socialistas, la Secretaría de Estado de Universidades e
Investigación centró su atención en la transferencia de las universidades a las
comunidades autónomas y en la I+D, que seguía funcionando sin el brillo de años
anteriores por las razones a las que he aludido. Esa etapa vio también
demasiados cambios de ministros y secretarios de estado en el Ministerio de
Educación y Ciencia, lo que en ningún caso favorece la estabilidad que el
sistema de I+D necesita. Una visión en perspectiva Desde mi
perspectiva actual, la continuidad se hubiera podido conseguir con un sistema
de «agencias» alejadas del Ministerio, como sucede en la mayoría de países del
centro y norte europeos (Alemania, Reino Unido, Suecia...). Sin embargo, soy
consciente de que quizá no habíamos alcanzado todavía la madurez necesaria para
que el sistema dependiera (y dependa) menos de los devaneos políticos. Las
dificultades económicas de esa época representaron una cierta frustración por
tres razones diferentes: el potencial investigador de los jóvenes que el mismo
sistema había promocionado no podía ser absorbido (también a causa de la tenaz
pasividad del sector privado); el sistema había generado expectativas y, en
consecuencia, el número de «clientes» aumentaba día a día sin que fuéramos
capaces de atenderlos; ésa hubiera sido la época adecuada para iniciar grandes
centros con potentes infraestructuras, tal como hicieron, en temas que hoy son
punteros, otros países más avanzados, a los que nosotros no pudimos seguirles
los pasos. Pero el sistema
estaba ahí, con velocidad de crucero; la exigencia de calidad como única
garantía de financiación posible para proyectos; el establecimiento de las
universidades −aunque de forma desigual− y el CSIC como principales
centros productores de ciencia; la buena actuación española en Europa y la
participación de investigadores en el Programa Marco que, en 1995, igualó por
primera vez la contribución española a la Unión Europea; y la favorable
evolución de los indicadores. Sin embargo, la velocidad de crucero era
limitada, y la situación empezaba a ser delicada y a necesitar un cambio
radical en la política presupuestaria. Los principales actores del sistema, los
investigadores, así lo entendían, y tenían razón. Múltiples
publicaciones, tanto nacionales (Ministerio de Ciencia y Tecnología) como
internacionales (OCDE y Comisión Europea), ofrecen series históricas de los
indicadores del sistema español de ciencia y tecnología. Independientemente de
la credibilidad que le merezcan al lector los indicadores y sus
interpretaciones, parece claro que el sistema evolucionó positivamente, pero de
forma insuficiente. No me
corresponde hoy, y aquí, analizar el sistema desde 1996 hasta la fecha. Sin
embargo, desde mi sesgo actual, de distancia temporal y geográfica, y desde mi
observatorio europeo, opino que el sistema todavía necesita mayor estabilidad,
crecimiento sostenido y acciones puntuales de envergadura. Necesita desligar su
gestión de la influencia del entorno político y necesita, sobre todo, adoptar
el proyecto europeo, y comprometerse con él. El sistema español es pequeño
(científicamente del tamaño de los Países Bajos) y la competición al más alto
nivel no está garantizada. Si bien se cuenta con excelentes grupos de investigación,
todavía un número notable de investigadores deben incorporarse a ese nivel de
calidad y es preciso, también, incrementar el tamaño del sistema para adecuarlo
a las dimensiones y necesidades del país. Europa tiene un
hábito notable de cooperación científica y tecnológica y, sin embargo, éste es
el momento de ampliarlo desarrollando nuevos mecanismos y, quizá, nuevas
estructuras, así como incorporando la competición, a escala europea, más allá
del Programa Marco de la Unión Europea (E. Banda: «A Europe of Science», Science
2000; 288). En este empeño, España si se lanza, se compromete y colidera el
proyecto europeo, sólo puede salir ganando. Enric Banda es Doctor en Ciencias Físicas por la Universidad de Barcelona. Desde 1987 ejerce como Profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Desde 1998 es Secretario General de la Fundación Europea de la Ciencia. Anteriormente, ha ocupado distintos cargos relacionados con la gestión de la ciencia, entre otros, Secretario del Plan Nacional de I+D y Secretario de Estado de Universidades e Investigación. Frases
destacadas
«Como usuario, a finales de los ochenta, percibía el sistema como incipiente, un poco provisional, entusiasta, voluntarista, relativamente bien dotado, riguroso y comparable a lo que había visto en mis años en el extranjero.» «La rápida consolidación del sistema se solapó con una fase de estancamiento. La erosión y debilidad política del gobierno, la práctica congelación de los presupuestos y un cierto desencanto de la comunidad científica, sustituyeron la ilusión inicial.»
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