La innovación como necesidad

 

Innovation in a need

 

Juan Mulet Meliá

 

La innovación se está definiendo como un elemento clave para el progreso económico. Tanto es así que se encuentra plenamente integrado en la cultura empresarial. Pero, como sostiene el autor, más como concepto que como realidad. Aunque las empresas españolas han tendido en estos últimos años a identificar la innovación como sinónimo de creación de riqueza, ni los ritmos ni los porcentajes de empresas innovadoras parecen suficientes para competir con éxito en un mundo en el que el peso de la tecnología y el conocimiento es ya un distintivo de competitividad.

 

Innovation is considered a basic factor for economical progress, and as a proof of this significance, innovation has been fully integrated in entrepreneurial culture. But as the author sustains, in Spain innovation is more of a concept than a reality. Despite Spanish firms tend to consider innovation as synonymous of wealth creation, entrepreneurial rhythms and the number of innovating businesses do not seem to suffice to successfully compete in a world where technology and knowledge are a distinguishing mark of competitiveness.

 

En estos últimos 25 años, el papel económico de la tecnología no ha dejado de crecer y, sobre todo, de hacerse cada día más evidente. Seguramente nunca se ha puesto en duda que «la creatividad tecnológica ha sido un ingrediente clave del progreso económico, de la evolución del empleo y de la elevación del nivel de vida» (Mokyr, 1993), pero los que hemos vivido en este último cuarto de siglo no hemos tenido que leer los libros de historia económica para constatarlo. Hemos comprobado que el cambio tecnológico ha ofrecido continuas oportunidades para que los bienes y servicios que llegaban al mercado fueran cada vez más accesibles y más adecuados a nuestras necesidades. Y ni siquiera en nuestro país este fenómeno ha quedado enmascarado por la sorprendente transformación que la sociedad española ha experimentado en este tiempo.

El concepto de innovación, entendida como la conversión del conocimiento en riqueza, se ha instalado de forma progresiva entre las ideas de base de la gestión empresarial. La influyente revista The Economist la ha llamado la «religión industrial de este fin de siglo». Pero la gran novedad de la que han sido testigos estos últimos lustros es la imperiosa necesidad de innovar que están sufriendo las empresas, ya que sólo a través de la innovación pueden seguir siendo competitivas, que no es otra cosa que ser capaces de mantener su cuota de mercado sin reducir sus niveles de beneficio. Y aunque, al haber tenido un más fácil acceso a un mercado opulento, España ha podido ser una excepción durante los primeros años de la época que aquí se considera, esta situación está comenzando a ser historia, dado nuestro continuo incremento de nivel de vida y a la reciente renuncia al control de los tipos de cambio. 

De todos los tipos de conocimiento, son tres los que sin duda son origen de más innovaciones, lo que permite una primera clasificación atendiendo a su origen. Se puede hablar de innovaciones organizativas, comerciales y tecnológicas. Estas últimas han demostrado ser las más frecuentes y las más productivas para la empresa, ya que son capaces no sólo de hacer que los productos, procesos y servicios sean menos costosos y ofrezcan mejores prestaciones sino que sean más difícilmente imitables, logrando que el «monopolio temporal», que acuñó Schumpeter (1942) como un gran atractivo de toda innovación, pueda ser más largo.

La innovación tecnológica incluye tanto las actividades de generación y asimilación de conocimiento científico y tecnológico, que realizan las empresas y los organismos públicos o privados dedicados profesionalmente a la investigación y desarrollo tecnológico, como todas aquellas otras que por primera vez permiten fabricar y vender un producto o proveer un servicio (OCDE, 1997). Los estudios empíricos han demostrado que, en términos de coste, las actividades de investigación y desarrollo (I+D) suponen algo menos de la mitad de todos los gastos incurridos en los procesos innovadores. La I+D realizada por las empresas o contratada por ellas es por lo tanto la actividad individual más relevante de todo proceso de innovación tecnológica.

 

La innovación como factor de competitividad

 

Hasta bien avanzada la segunda mitad del pasado siglo, el factor limitativo de las innovaciones tecnológicas era la disponibilidad de tecnología. Entonces eran pocas las empresas que se veían impelidas a competir sobre la base de las ventajas que proporcionaba el conocimiento tecnológico. Se trataba de grandes empresas que operaban en el mercado mundial o de empresas de menores dimensiones, asentadas en nichos de alta tecnología de ámbito internacional. Todas ellas eran capaces de transformar, a medida que el mercado lo exigía, un nuevo conocimiento en nuevos productos o servicios. El resto de las empresas se dedicaba a mercados locales, con frecuencia protegidos, y se basaba en tecnologías adquiridas, tanto incorporadas a bienes de equipo o a materias semielaboradas, como en forma de licencias o know-how. Para estas últimas empresas, las más en todos los tejidos productivos, no existía la necesidad de una gestión ni de la tecnología ni de sus procesos innovadores. Y de acuerdo con esto, prácticamente ninguna escuela de negocios se preocupaba de enseñar esta clase de gestión (Dertouzos, 1989), algo que tampoco es muy frecuente en el día de hoy. De aquella época proceden también unas prácticas de política industrial que estimulaban la innovación tecnológica propiciando las actividades de I+D, que con mayor o menor intensidad son todavía seguidas actualmente.

Hoy, sin embargo, todas las empresas están obligadas a competir en un mercado cada vez más global y, además, se ha producido lo que se ha llamado la «trivialización de las tecnologías», de manera que con mucha frecuencia, y a cambio de un esfuerzo asumible, muchas empresas pueden contar entre sus herramientas de competitividad con el conocimiento tecnológico. La innovación tecnológica se ha convertido en una necesidad y el factor limitativo de la innovación es simplemente el umbral de conocimiento tecnológico que debe superar toda empresa que desee sobrevivir. Las políticas de fomento de la innovación deben preocuparse no sólo de la generación de tecnología, sino también de facilitar a las empresas el acceso al conocimiento tecnológico que necesitan, que evidentemente dependerá del sector en que se mueven y del enfoque estratégico de su negocio.

La empresa debe por lo menos ser capaz de reconocer el problema tecnológico que limita su capacidad de competir y de identificar las tecnologías que puedan aportar la solución. En muchos casos, será suficiente que la empresa pueda comportarse como un comprador inteligente en el mercado de la tecnología, donde hoy puede encontrar tanto tecnologías disponibles como grupos públicos o privados capaces de desarrollar una I+D a su medida, mediante lo que se llama una «investigación bajo contrato». Es indiscutible, sin embargo, que la disponibilidad interna de una capacidad de I+D es el camino más adecuado para adquirir esta capacidad de comprar y, en su caso, adaptar a las propias necesidades la tecnología adquirida. Cada día son más las empresas, incluso de gran tamaño, que dedican buena parte de su capacidad de investigación a definir los problemas tecnológicos que aparecen en el desarrollo de su negocio y a asimilar y adaptar la tecnología que compran o encargan a otros.

 

La adaptación a un nuevo escenario

 

Los datos indican que la empresa española es cada vez más sensible a la necesidad de adaptarse al nuevo escenario. Para los últimos diez años, la OCDE constata que mientras los grandes países europeos han aumentado los gastos empresariales en I+D en un 20 %, España lo ha hecho en cerca de un 50 % (COTEC, 2001). Pero estamos todavía lejos de converger, porque partimos de valores muy alejados, fruto de unas circunstancias históricas en las que era posible competir gracias a ventajas que no tenían nada que ver con la capacidad tecnológica. Así resulta que mientras aquel gasto español apenas resultó ser en 1999 el 0,47 % de nuestro PIB, en Alemania fue del 1,63 % y en Italia el 1,20 %. Igual de distantes son los datos de las recientes encuestas de innovación. Sólo el 10 % de las empresas industriales españolas pueden considerarse innovadoras, frente a más del 20 % de las europeas y al 30 % de las americanas.

Afortunadamente, las empresas están ahora cerca de una capacidad pública de I+D que, aun siendo pequeña cuando se compara con las de los países europeos de tamaño parecido al nuestro, demuestra que posee una calidad equiparable de su producción científica. Pero en la situación actual es poco probable que las empresas puedan aprovecharla. Al margen del hecho repetidamente denunciado de que el investigador público español no está motivado para atender los problemas que la empresa le presenta (COTEC, 1998), el número de investigadores o de personal con experiencia investigadora de nuestras empresas es muy bajo, lo que impide la necesaria comunicación. Sólo el 23 % de los investigadores españoles trabajan en el sector privado, frente al 49 % de la media europea y al 56 % de Alemania, y esto cuando el número total de investigadores españoles es solamente el 25 % del de Alemania y el 38 % del Reino Unido.

En las circunstancias actuales, la competitividad precisa una capacidad empresarial para entender los problemas tecnológicos y para vislumbrar las oportunidades que con una inusitada frecuencia ofrece el cambio tecnológico. Pero también para comunicarse con las instituciones públicas o privadas capaces de aportar soluciones. Ello se facilita cuando la empresa cuenta con personal con experiencia investigadora. Sin duda, el problema del sistema de innovación español que requiere más urgente solución es el aumento de la capacidad tecnológica del tejido productivo y ello obliga a un substancial aumento tanto del número de investigadores y tecnólogos que trabajan en las empresas, como de los que forman parte de sus equipos de dirección.

 

Bibliografía

 

COTEC: El Sistema Español de Innovación. Diagnósticos y recomendaciones. Libro blanco, Fundación COTEC, Madrid, 1998.

COTEC: Informe Tecnología e Innovación en España, 2001, Fundación COTEC, Madrid, 2001.

Mokyr J.: La palanca de la riqueza. Creatividad tecnológica y progreso económico, Alianza Universidad, Madrid, 1993.

Dertouzos M.L., Lester R.K., Solow R.M.: Made in America, The MIT Press, Cambridge, Mass., 1989.

OCDE: The Measurement of Scientific and Technological Activities. Proposed Guidelines for Collecting and Interpreting Technological Innovation Data. Oslo Manual, OCDE, París, 1997.

Schumpeter J.A.: Capitalism, Socialism and Democracy, McGraw-Hill, Nueva York, 1942.

 

Juan Mulet Meliá, es Director General de la Fundación COTEC para la Innovación Tecnológica. Es Doctor Ingeniero de Telecomunicaciones y Máster en Gerencia de Empresas.

 

Frases destacadas

 

«En términos de coste, las actividades de I+D suponen algo menos de la mitad de todos los gastos incurridos en los procesos innovadores, por lo que son la actividad más relevante de todo proceso de innovación tecnológica.»

 

«Las políticas de fomento de la innovación deben preocuparse no sólo de la generación de tecnología sino también de facilitar a las empresas el acceso al conocimiento tecnológico.»