La paradoja de la investigación
universitaria*
The paradox of university research Miguel Ángel Quintanilla
A la universidad española suelen achacársele déficits estructurales que, al menos en apariencia, dificultan la labor de investigación de muchos de los científicos que trabajan en ella. No obstante, la información bibliométrica, como detalla el autor, pone de manifiesto que la cantidad y la calidad de la investigación que se lleva a cabo en las universidades se ha incrementado en los últimos años y que no desmerece en absoluto la efectuada allende sus paredes. Ello es motivo de análisis: si la estructura investigadora en la universidad está desfasada, ¿cómo es posible que alcance semejante nivel? Often Spanish universities are said to endure structural deficiencies, or al least that is how others perceived the situation. Supposedly, these shortages would interfere with the research being conducted at universities. However, as the author points out, bibliometric measures prove that research has increased quantitatively and qualitatively, and in no way inferior to that being conducted in other countries. This leads to the following question: if the Spain’s research structure is obsolete, how can it accomplish such research height? _____________ *
Este artículo se editó en el Anuario 2000 de la Asociación de Periodismo
Científico. Primera premisa: la investigación científica y
tecnológica española ha mejorado continuamente durante los últimos años, tanto
en cantidad como en calidad. Segunda premisa: la mayor parte de la
investigación científica española se hace en las universidades. Tercera
premisa: los mecanismos de selección del profesorado universitario están
completamente viciados por la «endogamia» académica: la mayoría de los
candidatos seleccionados para un puesto de profesor permanente eran ya
profesores no permanentes de la misma universidad y departamento que los
contrata. Se supone que este tipo de endogamia académica (que alcanza
porcentajes superiores al 90 %) contradice las más elementales normas de la
moral científica, de acuerdo con las cuales sólo el mérito científico valorado
por los científicos (y no las ventajas «locales»), debería ser tenido en cuenta
como criterio para conceder honores o beneficios en la carrera de un
científico. ¿Cómo es posible todo esto al mismo tiempo? ¿Son las universidades
españolas las únicas del mundo en las que la ciencia avanza rectamente con
renglones torcidos? Una primera pista: el Informe Universidad 2000,
también conocido como Informe Bricall, encargado por la Conferencia de
Rectores de las Universidades Españolas, ocupa 484 páginas y contiene nueve
capítulos. De ellos uno está íntegramente dedicado a la investigación
universitaria, y otro casi exclusivamente dedicado a hablar del profesorado,
sus funciones y categorías y sus formas de selección. En general, el informe es
poco complaciente y bastante rompedor. Pero ni una sola vez cita la llamada
endogamia universitaria como un problema serio de la universidad española
actual. ¿En qué quedamos? ¿Hay endogamia o no la hay? Si la hay ¿es buena o
mala? Y por otra parte: ¿no será que en realidad la investigación universitaria
española es pura bazofia, como corresponde al muy corrupto sistema de selección
de los investigadores universitarios? La respuesta a esta última pregunta es negativa. La
investigación científica española es mejor de lo que muchos piensan y el papel
de los profesores universitarios es muy notable. Veamos algunos datos
recientes. El peso de la
universidad en el sistema de ciencia y tecnología
Hay varios lugares comunes acerca de la
investigación científica y tecnológica española en los últimos tiempos. Uno es
que este país sigue siendo científicamente deficitario, digámoslo así, y
tecnológicamente más dependiente de lo que su nivel general de desarrollo
permitiría esperar. El segundo lugar común es que, a pesar de todo, la
situación está mejorando, desde mediados de los ochenta, de forma espectacular
(aunque no sin vaivenes y oscilaciones en los años noventa). El tercer lugar
común debería ser que la mayor contribución a este crecimiento de la I+D se
debe a las universidades. Pero en este caso se trata, en realidad, de un lugar
todavía poco común, a pesar de los méritos que tiene para serlo, como intentaré
demostrar. Dejemos por ahora las lamentaciones y centrémonos en
las mejoras conseguidas por el sistema científico. De acuerdo con los datos del
Instituto Nacional de Estadística (INE), el gasto total de España en
actividades de I+D, en pesetas constantes, se ha duplicado entre 1986 y 1998. También
se ha duplicado el personal dedicado a actividades de I+D, y más que duplicado
el número de investigadores. Esto ha sigo posible por un fuerte aumento del
esfuerzo de financiación de I+D, que ha pasado del 0,61 % del producto interior
bruto (PIB) en 1986 al 0,89 % en 1998, mientras en el mismo período los
investigadores han pasado de representar el 1,8 por mil de la población activa
al 3,3 por mil. A juzgar por los índices de producción científica,
esta evolución de las grandes magnitudes de la ciencia española ha dado sus
frutos. En 1986 la contribución de la producción científica española en el
conjunto de la producción mundial, representada en la base de datos Science
Citation Index, apenas sobrepasaba el 1 %; 12 años después superaba el 2,4
%. En el debe hay también algunas partidas importantes.
La primera de todas es que, a pesar del crecimiento experimentado, el esfuerzo
realizado por España sigue siendo comparativamente bajo (uno de los tres países
de cola en la Unión Europea). También es un defecto del sistema la escasa
repercusión tecnológica e industrial de nuestra actividad científica (no parece
que las actividades de I+D redunden en un incremento de las innovaciones
tecnológicas: frente a la mejora constante de los indicadores científicos, los
indicadores de innovación y de dependencia tecnológica no hacen sino empeorar
en los mismos años). ¿Qué papel desempeña la universidad en todo esto?
Los datos más relevantes son los siguientes:
¿Y qué hay de la
calidad?
La calidad de la actividad científica es muy difícil
de estimar, salvo a través del juicio de los pares: los propios investigadores
de cada especialidad. Pero este hecho, precisamente, es el que justifica que se
puedan construir indicadores indirectos de calidad basados en el prestigio de
las revistas en las que publican los científicos. El argumento es muy simple:
cuanto más prestigio tiene una revista científica, más interés tendrán los
científicos por publicar en ella sus trabajos y, por consiguiente, más
rigurosos podrán ser los comités editoriales de la revista al seleccionar los
artículos que publican, de manea que la probabilidad de que un artículo
publicado en una revista tenga un determinado valor científico está
correlacionada con el prestigio de la revista en cuestión. Así que si
tuviéramos una medida del prestigio de las revistas podríamos razonablemente
tomarla como un indicador del valor científico probable de los artículos
publicados en ellas. Pues bien, ese indicador es el factor de impacto, es decir
el número promedio de citas que reciben en un año dado los artículos de una
revista publicados en los dos años anteriores. Es sabido que los indicadores basados en el factor
de impacto son delicados de interpretar. Entre otras cosas, los hábitos de cita
varían entre las diferentes especialidades científicas, por lo que no se pueden
comparar directamente los factores de impacto de cualquier revista. Para evitar
estos inconvenientes se deben utilizar medidas normalizadas del factor de
impacto. Una de ellas es la puntuación decílica calculada por áreas científicas
(se ordenan las revistas de cada área por su factor de impacto, se divide la
lista en diez grupos de igual número de artículos publicados y se asigna a cada
revista una puntuación de 1 a 10 según la proporción de artículos que tenga en
cada grupo). Con este sistema, si se asigna una puntuación 10 a un artículo
científico, eso significa que se encuentra entre el 10 % de la producción
mundial del área científica correspondiente que se publica en las revistas de
mayor factor de impacto. Si tiene un 9, se encuentra en el siguiente 10 % y así
sucesivamente. Por construcción de la escala, para el conjunto heterogéneo de
toda la producción mundial cabe esperar que la puntuación media sea de 5,5, que
por debajo de esta puntuación se encuentre el 50 % de la producción mundial y
desde 5,5 a 10 el otro 50 %. Pues bien, en 1995, último año para el que
disponemos de este tipo de datos, la puntuación decílica para el conjunto de la
producción científica española era de 5,7, ligeramente por encima de la media
mundial; y la de los investigadores universitarios (5,68) era prácticamente
equivalente a la media del país. Nueve años antes, en 1986, la puntuación media
para el conjunto de España estaba ligeramente por debajo de la media mundial
(5,4) y la de la producción universitaria (5,3) ligeramente por debajo de la
media nacional. Los problemas reales
En definitiva, la investigación española en su
conjunto ha mejorado en cantidad y calidad y dentro de ella la investigación
universitaria representa una parte importante, que ha evolucionado también en
cantidad (más) y en calidad (al mismo ritmo que el resto del sistema). ¿Cuáles son entonces los verdaderos problemas de la
investigación universitaria? Repasando el Informe Bricall se pueden
colegir (no siempre se señalan de forma explícita con tanta contundencia) los
dos siguientes:
Algo se mueve en la
universidad
A mediados de los años ochenta algunas revistas
internacionales dedicaron cierta atención al proceso de reformas que se estaban
realizando en la organización del sistema científico y universitario español.
Años después, los universitarios españoles están ya repartidos por todo el
mundo, la tasa de colaboración internacional en sus investigaciones es de un 25
% (uno de cada cuatro artículos que publican lo hacen en colaboración con
investigadores de instituciones extranjeras) y la ciencia que se hace en este
país salta cada vez con más frecuencia a las páginas de los periódicos. A
cambio, también los defectos del sistema se airean con más profusión, y la
insatisfacción por esos defectos es más aguda y exigente. Posiblemente estemos
asistiendo a un punto de inflexión a partir del Informe Bricall: los
universitarios en vez de hablar mal de las cosas que funcionan, es posible que
decidan ponerse a hacer que funcionen las cosas que van mal. La investigación
universitaria funciona; otras muchas cosas en la universidad deberían funcionar
al menos igual. Miguel Ángel Quintanilla
es Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de
Salamanca. De 1986 a 1989 fue Presidente de la Comisión Mixta Congreso-Senado
de Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico, constituida tras la
aprobación de la Ley de la Ciencia. De 1991 a 1995 fue Secretario General del
Consejo de Universidades del Ministerio de Educación y Ciencia. Actualmente dirige el Máster “Ciencia, tecnología y sociedad: cultura y
comunicación en ciencia y tecnología” de la Universidad de Salamanca. Frase destacada «La investigación universitaria está demasiado vinculada a la gestión de la docencia, hay escasa movilidad y las universidades generan más investigadores de los que el sistema puede absorber. Pese a ello, su calidad ha aumentado de forma notable.»
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