¿Sueñan los jóvenes investigadores con una carrera profesional?

 

Do young researchers dream with a professional career?

 

Miquel Tuson

 

El diseño de la carrera profesional en España supone, a juicio del autor, un pesado lastre que afecta no sólo a los investigadores en su largo proceso de formación, sino al sistema científico en general, que acaba viéndose privado de un potencial en recursos humanos en las mejores condiciones. El autor reclama el impulso de medidas que faciliten tanto una mejor formación como el ingreso efectivo en el sistema de ciencia y tecnología.

 

For the author, the design scientific professional careers is one the pending issues that is affecting researchers during their training, and the Spanish scientific system altogether. The system is being deprived from some of its top quality human resources. The author demands supporting measures capable of helping these young researchers in getting the training they need and incorporating them into Spain’s science and technology system.

 

En una conocida novela de ciencia ficción, su autor Philip K. Dick se preguntaba si los androides podían soñar con ovejas eléctricas, e hipotetizaba sobre un mundo dominado por replicantes. Finalizado el primer año del tercer milenio sin noticias de androides ni de ovejas eléctricas, los jóvenes investigadores españoles, predoctorales y posdoctorales, siguen soñando con una carrera investigadora bien diseñada y con una política científica española que, por el momento, todavía forman parte de la ciencia ficción.

           

Los primeros pasos en una carrera de obstáculos

 

En España, la carrera profesional de un investigador se inicia, una vez obtenida una titulación superior, con la realización de una tesis doctoral en el seno de un grupo de investigación vinculado a la universidad o a un centro de investigación. Este período, de duración no definida, pero que por lo general comprende alrededor de cuatro años −duración máxima de la mayoría de becas predoctorales−, incluye la etapa formativa y de perfeccionamiento del joven investigador. Actualmente, después de la reforma del tercer ciclo universitario, consta de una primera etapa de dos años, en la cual se inicia el proyecto de investigación, se asiste a cursos de doctorado, y al final de la cual se evalúa su labor como investigador para optar al Diploma de Estudios Avanzados −antigua Suficiencia Investigadora-, y de una segunda etapa exclusivamente investigadora que culmina con la defensa de la tesis doctoral y la obtención del título de doctor.

En el período predoctoral, el licenciado universitario suele realizar su trabajo científico mantenido con una beca de investigación, que no le reconoce su labor productiva y que le impide percibir cualquier tipo de derechos sociales o tener representación en los órganos de gobierno de los centros donde realiza su trabajo. En España no existe regulación alguna de un colectivo que representa unos 15 000 profesionales cualificados, que dependen de más de 60 tipos distintos de becas de investigación,1 de cuantías variables para la realización de un mismo trabajo, y que en algunos casos llegan a realizar su labor sin remuneración salarial. En otros casos, las becas simplemente son una forma de subcontratar a precio de saldo, sin derecho laboral alguno, personal docente que impartirá más de 100 horas de clases anuales, al mismo tiempo que inicia su proyecto de tesis. Sin lugar a dudas, se puede decir claramente que los jóvenes investigadores salen muy baratos a las administraciones y universidades españolas.

Frente a las demandas para la conversión de estas becas en contratos laborales realizadas por la Federación de Jóvenes Investigadores/Precarios, el Ministerio de Ciencia y Tecnología argumenta que la labor desarrollada por el personal investigador en formación y perfeccionamiento (PIFP) no es productiva. Detrás de la no consideración como trabajadores se encubre la ausencia de bajas por enfermedad, pensión de invalidez por accidente laboral, permisos de maternidad/paternidad, cotización para la jubilación, y subsidio de desempleo, a pesar de que las becas están sujetas a retenciones por rendimientos de trabajo.2 Con la finalidad de demostrar que la actividad científica desarrollada por este colectivo es comparable a la de otros sectores del sistema científico español, la Federación de Jóvenes Investigadores ha presentado recientemente un estudio realizado durante los meses centrales del año 2001,3 utilizando criterios similares a los que utiliza la Administración para valorar la producción científica de los investigadores en plantilla. De este estudio se desprende una contradicción entre la realidad y las afirmaciones del Gobierno, ya que el 48,8 % de los artículos científicos españoles en revistas internacionales de impacto están firmados en primer lugar por un investigador en formación y perfeccionamiento (pre o posdoctoral). El índice de productividad de este colectivo es de 0,31 contribuciones por persona y año, para los investigadores predoctorales, y de 0,74 para los posdoctorales, cifras perfectamente equiparables a las 0,52 contribuciones por persona y año del personal investigador en plantilla.

Una de las consecuencias más evidentes de la precariedad en las primeras etapas de la carrera investigadora ha sido puesta de manifiesto recientemente en el Libro Blanco de la Universidad de Oviedo, donde se afirma que «el desarrollo de la ciencia y la tecnología asturianas puede verse comprometido en los próximos años debido a la escasez de becarios dispuestos a obtener el grado académico de doctor». Esta conclusión, aplicable al resto de universidades españolas, y recogida también en el Informe Universidad 2000 (Informe Bricall),4 donde se constata (capítulo 4, punto 47) que del orden del 87 % de los titulados superiores que inician estudios de doctorado no terminan obteniendo el título de doctor, evidencia la elevada deserción que se da ya desde las primeras etapas de la carrera investigadora, y refleja la desmotivación existente en un colectivo acostumbrado tradicionalmente a aceptar, simplemente por vocación científica, condiciones de trabajo que serían inaceptables en otros sectores laborales al mismo nivel. En esta línea, un estudio publicado en 19985 cifraba en un 46 % el porcentaje de investigadores que abandonan sus becas predoctorales. La conclusión a la que llega el Libro Blanco de la Universidad de Oviedo también confirma lo esencial que llega a ser el colectivo de investigadores en formación y perfeccionamiento dentro de un sistema científico como el español carente del número de investigadores senior de otros países desarrollados, y donde la realización de los proyectos de investigación recae principalmente en investigadores predoctorales.

En el período de transición entre las etapas predoctoral y posdoctoral se acentúa en muchos casos la precariedad del joven investigador, que se encuentra con que se le ha terminado la beca (raramente un proyecto de investigación se termina en cuatro años), y que tiene que escribir la tesis sin ningún tipo de compensación salarial, y sin subsidio de desempleo por los años trabajados. Este período puede prolongarse más de un año hasta la obtención de una beca posdoctoral.

 

Fuga de cerebros y hemorragia de talentos

 

Con el título de doctor en sus manos y con cerca de 30 años a sus espaldas, el joven investigador se plantea su futuro, y si decide seguir en ciencia, prácticamente su única opción es emigrar. En el horizonte Estados Unidos, Francia, el Reino Unido o Alemania, que absorben anualmente entre 400 y 600 nuevos doctores formados en España, que pasan a engrosar la cifra de cerca de 3000 investigadores de entre 25 y 45 años que trabajan en universidades, centros de investigación y empresas en el extranjero.

Nadie discute la valía, para la formación del nuevo doctor, de un período investigador desarrollado en el extranjero, en países donde realmente se valora la investigación científica y, en consecuencia, tanto la Administración como las empresas invierten en I+D y allá donde los grupos de investigación tienen los recursos suficientes para desarrollar una investigación de primera línea; pero de la misma forma, el joven investigador tendría que tener la opción de elegir quedarse en su país, pudiendo iniciar su labor posdoctoral en una universidad o centro de investigación español. La falta de planificación en este sentido, que no subsana el plan Ramón y Cajal puesto en marcha el año 2001 por el Ministerio de Ciencia y Tecnología con el objetivo de poner un parche a la fuga de cerebros, permite que solamente una minoría de jóvenes científicos puedan quedarse en su país como lo hacen los jóvenes investigadores americanos, ingleses, franceses o alemanes, si así lo desean.

El período posdoctoral se rige por becas y contratos de índole diversa,6 como las becas otorgadas por el Ministerio de Educación y Cultura, el Ministerio de Ciencia y Tecnología, y distintas comunidades autónomas −con una dotación económica insuficiente para sobrevivir en cualquiera de los países de destino−, ayudas de la Unión Europea, así como las preferibles por su dotación concedidas por universidades, laboratorios y empresas extranjeras, acordes con el nivel de vida del país donde se desarrollará la estancia y que en muchos casos son asimilables a contratos, o son contratos con todas las de la ley.

 

El difícil retorno

 

Después de una o varias estancias posdoctorales en el extranjero, muchos jóvenes científicos se plantean su retorno a España. En la mayoría de casos este retorno está motivado por causas de tipo personal o familiar, y no de tipo académico y laboral. En esta línea, Gonzalo Giribet, investigador de 30 años y profesor en la Universidad de Harvard, en un artículo publicado el 14 de marzo de 2001 en El País, afirmaba que «España no va bien (científicamente), pero en España se vive bien. Lo que sí tengo claro es que yo a España vuelvo de vacaciones, pero para hacer ciencia me quedo aquí». Ante la escasez de oportunidades para volver, la mayoría de jóvenes investigadores deciden prolongar indefinidamente su estancia en el extranjero, hecho que beneficia el sistema científico de los países receptores, como resaltaba Carmen Herrero, inmunóloga en el Hospital for Special Surgery de Nueva York, en un reportaje monográfico aparecido el 25 de febrero de 2001 en El Periódico: «Estados Unidos se beneficia (de la mala planificación en España) porque la mayoría terminamos trabajando aquí».

La paradoja es la siguiente: el Estado invierte en la formación de unos científicos que no desarrollarán sus investigaciones en España. Y no es de extrañar que esto suceda, ya que fuera encuentran las facilidades para llevar a cabo sus proyectos, como afirmaba Gonzalo Giribert en su artículo en El País: «mientras estamos en el extranjero, en general disponemos de elevados presupuestos, espacio, equipamiento y buenas bibliotecas, además de colegas bien entrenados y dinero para viajes, congresos, suscripciones, libros, y sobre todo el ser considerados como científicos independientes y responsables».

El año 2001 ha visto la puesta en marcha del Programa Ramón y Cajal (BOE nº 94, de 19 de abril de 2001), promovida desde el Ministerio de Ciencia y Tecnología. En su primera convocatoria, este programa cuyo objetivo es la incorporación de doctores al sistema español de ciencia y tecnología, ofrecía 800 contratos de cinco años de duración, que en teoría podían permitir el regreso de muchos de los más de 3000 investigadores españoles en el extranjero. La realidad ha sido otra, ya que la necesidad, para la presentación de solicitud, de una carta de aceptación del centro de investigación donde se instalaría el investigador, en la práctica ha cerrado las puertas a centenares de brillantes científicos que se encuentran en el extranjero porque los centros de investigación han favorecido a los candidatos internos. La investigadora del Cold Spring Harbour Laboratory, Marisol Soengas, que ha publicado sus trabajos más recientes en Nature, Science, o Nature Genetics, lo resume en una frase: «he visto cómo era el programa y no me ha interesado ni intentarlo».

La puesta en marcha del programa Ramón y Cajal viene acompañada de la supresión de los contratos de reincorporación, lo que supone una redistribución de fondos ya existentes y evidencia una vez más que desde el Ministerio de Ciencia y Tecnología se ha perdido una buena oportunidad para dar salida al enorme potencial científico humano que España tiene en el extranjero.

 

¿Cómo puede existir la investigación científica en España?

 

«Los afanes y gastos exigidos por la creación y sostenimiento de una familia, en contraste con las mezquinas retribuciones con que el Estado sufraga la función docente, constituyen, según es harto sabido, otra de las razones alegadas por muchos de nuestros profesores para desertar del laboratorio». Estas palabras escritas en 1897 por Santiago Ramón y Cajal en su libro Los tónicos de la voluntad, siguen, en cierta manera, en plena vigencia un siglo después. Pero no sólo de precariedad a nivel de los investigadores adolece la ciencia española. La inexistencia de una planificación de futuro en materia de política científica en nuestro país es la razón por la cual España se encuentra en la cola de los países de la Unión Europea en ciencia, con una inversión en I+D que corresponde al 0,94 % del PIB, por debajo del 2 % de la media europea, y muy por debajo del 2,7 % y del 3 % que destinan Estados Unidos y Japón, respectivamente.

En materia de inversiones, uno de los lastres más importantes que sufre la ciencia en nuestro país, y que por razones éticas tiene que ser denunciado a viva voz, es la concesión de créditos para empresas que desarrollan material militar, en programas de I+D dependientes del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Según la cátedra UNESCO sobre «Paz y derechos humanos» de la Universidad Autónoma de Barcelona, en los Presupuestos Generales del Estado para el año 2002 la inversión para investigación, desarrollo y fabricación de material militar asciende a 248 063 millones de pesetas. Vicenç Fisas, titular de la cátedra, subraya que «este faraónico gasto en armamentos es un insulto a la comunidad científica que trabaja en proyectos de utilidad social, y cuyos programas están muchas veces sujetos a restricciones presupuestarias debido a la prioridad que se concede a los programas militares». La inversión en I+D militar es 12 veces superior a la que se destina para investigación sanitaria. La ministra de Ciencia y Tecnología tendría que explicar porqué el Ministerio que dirige invierte dinero −que se podría destinar a la investigación en la lucha contra el cáncer−, para el desarrollo de armas que usarán los niños de la guerra en Sierra Leone.

Otro aspecto a tener en cuenta en materia de I+D es que en los países desarrollados gran parte de su sistema científico es financiado por empresas. A las empresas españolas no les interesa la ciencia, así lo resaltan los datos del Instituto Nacional de Estadística, que contemplan que sólo un 10,71 % pueden calificarse como innovadoras; de ellas, sólo un 25% realiza actividades propias de investigación y desarrollo, según la Fundación Cotec para la Innovación Tecnológica.

El sistema científico español también adolece de un déficit en el número de investigadores. Según datos de la OCDE, en España hay unos 60 000 investigadores, mientras que la media de la Unión Europea se sitúa en 100 000. A un ritmo de 2000 contratos anuales, tardaríamos 20 años para ponernos a un nivel comparable al de otros países desarrollados. Para que sirva de ejemplo, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), donde trabajan 2800 investigadores en formación, emplea a 2000 investigadores funcionarios, mientras que su homólogo francés, el CNRS, emplea a 20 000 investigadores. Asegurar unas buenas condiciones laborales para los investigadores españoles y una mayor inversión en I+D, tanto pública como privada, son los pilares de un desarrollo serio y constante de la ciencia y la tecnología en España.

Como se ha subrayado desde la Federación de Jóvenes Investigadores, en el Manifiesto contra la precariedad en la investigación (firmado por más de 3000 científicos senior españoles), esto pasaría por un reconocimiento de la labor productiva desarrollada por el PIFP, a través de una regulación explícita de sus derechos y deberes; por la sustitución del actual sistema de becas de investigación por otro de contratos que proporcione a este colectivo la cobertura social que todo profesional merece; por la promulgación de una ley de mínimos, aplicable a todos los organismos, que unifique las características de los contratos en lo relativo a derechos y obligaciones; y finalmente, por un estímulo de la red española de investigación a través de un incremento en el gasto dedicado a I+D y a la formación del personal investigador, unido a un aumento paralelo en el control del destino de los fondos, a una implicación más estrecha de las universidades y centros de investigación con el tejido productivo del país y a un mayor acercamiento a las preocupaciones y necesidades de los ciudadanos.

Uno se llega a preguntar si quizá la ciencia en España sólo interesa a los propios científicos. Mientras siga existiendo este déficit en materia de política científica en nuestro país, los jóvenes investigadores seguiremos soñando con ovejas eléctricas, o lo que es lo mismo, con un futuro de ciencia (ficción).

 

Notas

 

[1] Relación de becas predoctorales: http://www.precarios.org/docs/predoctorales.pdf.

2 Comparación de la situación del Personal Investigador en Formación y Perfeccionamiento en los distintos países de la Unión Europea: http://www.precarios.org/docs/TablaUE.pdf.

3 Federación de Jóvenes Investigadores/Precarios. 2001. Estudio bibliométrico de la producción científica del Personal Investigador en Formación y Perfeccionamiento en España. Consultable en: http://www.precarios.org/docs/EstudioPrductividadOct2001.pdf.

4 Informe Universidad 2000. IV.Generación y Aplicaciones del Conocimiento. 3.8. Una mayor potenciación de los esfuerzos de formación de nuevos investigadores: reforma de los estudios de doctorado. Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE). pp. 251-256. Consultable en: http://www.crue.org/informeuniv2000.htm.

5 González de la Fe MT, Pérez Yruela M, Fernández Esquinas M. 1998 La formación de investigadores en el Plan Nacional de I+D: Una aproximación evaluativa. Gestión y análisis de políticas públicas 5-6. Consultable en http://www.precarios.org/docs/I+D.doc.

6 Relación de becas posdoctorales: http://www.precarios.org/docs/postdoctorales.pdf.

 

Bibliografía

 

Cebrián S.: Doctoral Education in Spain. Science Next Wave, 2001 (http://nextwave.sciencemag.org/cgi/content/2001/09/25/1?). Consultable también en: http://www.precarios.org/nrecortes/Science-NextWave_121101.html.

Cebrián S.: 2001. Spanish Science Haemorrhages Talent. Science Next Wave, 2001 (http://nextwave.sciencemag.org/cgi/content/2001/09/20/1?). Consultable también en: http://www.precarios.org/nrecortes/ScienceWave_121101.html.

 

 

Agradecimiento

 

El autor quiere agradecer a la Comisión de Documentación de la Federación de Jóvenes Investigadores/Precarios la gran labor realizada en la elaboración de documentos, estudios e informes sobre la situación del Personal Investigador en Formación y Perfeccionamiento.

 

Miquel Tuson es investigador predoctoral en el Departamento de Genética de la Universidad de Barcelona. Miembro de D-Recerca, Associació de Doctorands i Becaris de Recerca de Catalunya, y de la Federación de Jóvenes Investigadores/Precarios.

 

Frases destacadas

 

«En España no existe regulación alguna para un colectivo de 15 000 profesionales que dependen de más de 60 tipos de becas y que en algunos casos llegan a realizar su labor sin remuneración salarial.»

 

«El Programa Ramón y Cajal ha supuesto una redistribución de fondos ya existentes y una oportunidad perdida para dar salida al potencial científico humano que España tiene en el extranjero.»