|
Entrevista Andreu Mas Colell
«España
tiene ante sí una oportunidad única para integrarse
en
la industria del conocimiento» «Spain faces a unique chance to become part of the knowledge industry» Xavier Pujol Gebellí Andreu Mas Colell, consejero
de Universidades, Investigación y Sociedad de la Información (DURSI) en la
Generalitat de Catalunya, es de talante más bien pragmático. Economista de
prestigio internacional, su labor al frente de la ciencia catalana se está
traduciendo en elogios unánimes a pesar de los escasos recursos que se ve
obligado a gestionar. Para compensarlo, ha introducido innovaciones notables
tanto en la organización como en la financiación de la ciencia que están dando
sus primeros frutos. Algunas de estas fórmulas no son demasiado distintas a las
que se están ensayando desde Madrid. La ciencia, como actividad, precisa de financiación. ¿Existe una definición universal? ¿Qué claves definen su organización? En primer lugar, cabe distinguir entre inversión privada e inversión pública. Es obvio que están interrelacionadas pero siguen lógicas distintas. La inversión privada, al menos desde la perspectiva empresarial, se fundamenta en la lógica del beneficio. Por tanto, presupone que cualquier inversión debe llevar necesariamente a algún tipo de producto o servicio vendible. Antes se solía decir que esta era la investigación más final, más aplicada. Esto continúa teniendo una parte de verdad, pero creo que hoy en día, y para algunas áreas, la distinción entre conocimiento básico y aplicado es poco útil. Incluso las empresas privadas se ven llevadas a investigar aspectos en apariencia de naturaleza fundamental. ¿Tiene sentido organizar o intervenir sobre este tipo de financiación? Aquí se presentan temas de gran sutileza, tanto que ha motivado posiciones diversas entre economistas dedicados a estas áreas. Hoy sigue discutiéndose, por ejemplo, si la inversión privada debe tener incentivos. Si la respuesta es afirmativa, se abre un segundo debate, en este caso sobre si debe existir o no alguna fórmula de protección de la propiedad intelectual. Este debate genera una problemática de orden jurídico y económico, pero también de orden moral, muy compleja como se ha visto recientemente en las discusiones sobre fármacos en el tercer mundo. ¿Y usted qué opina? ¿Deben existir estos mecanismos? En la medida que se considere que la promoción de las actividades de investigación por parte de las empresas privadas tiene un efecto de estímulo y de contagio sobre su entorno, se pueden justificar incentivos en forma de subvenciones, créditos blandos o ciertas mejoras en el trato fiscal. Parece ser una opinión ampliamente compartida, al menos hoy en día, que la actividad investigadora por parte de las empresas, aunque sea para su propio beneficio, merece algún tipo de ayuda pública. Se entiende, al fin y al cabo, que esa actividad tiene una repercusión positiva sobre su entorno económico y científico.
¿La financiación privada se orienta siempre al mercado? No, claro que no. Hay una segunda línea de financiación privada de la investigación que no es muy común en España pero sí en otros países. Es la financiación a través de fundaciones, cuya característica principal es que no persigue el beneficio económico. La lógica de este tipo de financiación puede ser muy diversa. Desde la promoción de una investigación muy fundamental hasta otra completamente dirigida a un objetivo muy preciso, como puede ser progresar en el conocimiento de una enfermedad particular. En algunos países las fundaciones desempeñan un papel determinante para el sistema de ciencia y tecnología. ¿Cree que podrían hacerlo en España? Este es un tema que será preciso animar. Las leyes que regulen el mecenazgo pueden y deben ayudar. También hay que promocionar la idea de que la ciencia es un buen objetivo para las fundaciones, algo que en España hasta ahora ha sido excepcional, puesto que se han dirigido más a restaurar catedrales, un objetivo muy digno, que a fomentar la investigación. Entiendo que sería muy deseable crear el clima de opinión favorable que permitiera que las fundaciones se plantearan la investigación como objetivo. Queda la financiación pública. En efecto. Es el tercer gran componente. En términos genéricos, se justifica por la importancia de la investigación para el mantenimiento de la productividad y la competitividad de un país. La tendencia internacional apunta desde hace años a un modelo mixto. ¿Cree que se da en España? Hay que partir de la historia. El nuestro ha sido un país desafortunado desde el punto de vista del progreso científico. Históricamente, la ciencia no ha sido valorada, la dedicación científica ha sido esporádica y cuando las cosas parece que empezaban a encarrilarse bien, a finales del siglo xix y principios del xx, entramos en una época convulsiva que lleva al desastre de la Guerra Civil. Es un paso atrás importante del que sólo a finales de siglo nuestra ciencia empieza a recuperarse. La investigación científica, sea privada para beneficio, privada para no beneficio o pública, ha sido históricamente pequeña. Pero ha ido aumentando. Si uno mira series largas de tiempo, por ejemplo de 20 años, veremos que el ritmo de incremento es muy positivo. Si pudiéramos mantener este mismo ritmo en los próximos 10 años, ganaríamos posiciones. Por tanto, no deberíamos ser catastrofistas. La posición ahora mismo es buena y el ritmo también. No es realista pensar que algún día nos despertaremos siendo como un país del norte de Europa. Esto no pasará. Habría pasado si el siglo xx hubiera sido como los últimos 20 años. Como no ha sido así, estamos atrasados, aunque repito que el ritmo de progreso es muy bueno. Dice que estamos en buena posición. ¿No le parece una afirmación demasiado rotunda? Pues permítame matizarla: buena posición significa que podemos progresar. Y si podemos, debemos. En el área de la financiación privada es evidente que hay que progresar mucho, pero el ritmo lo decidirán las fuerzas económicas. Por ejemplo, si las empresas españolas quieren competir en un mercado global tendrán que desarrollar propiedad intelectual. Y eso quiere decir investigación, contratar doctores, etc. La empresa que no lo haga se verá obligada a desaparecer. Hay que esperar que, en un plazo razonable de tiempo, haya muchas empresas de aquí que investiguen y que haya también un número razonable de compañías que tengan su sede en otro sitio pero que hagan la investigación aquí. Esto último no está predeterminado, pero sí que lo está que las empresas deben investigar en algún lugar. Tenemos que intentar crear el clima y las condiciones para que ese lugar sea España. También ha dicho antes que el crecimiento de la financiación que actualmente se da en España considera que es el adecuado. Veamos dónde estábamos hace 15 o 20 años y dónde estamos ahora. En qué porcentaje del PIB estábamos y dónde ahora. Este porcentaje se ha doblado en 15 años. Seguro que será más difícil repetir el efecto, aunque debemos tratar de hacerlo. Pero el factor más importante para la comunidad científica del país a partir de ahora no va a ser tanto la disponibilidad global de recursos sino cómo emplearlos y, especialmente, cómo usar los recursos adicionales que puedan conseguirse para promover la calidad o la excelencia. ¿Y cree que eso lo sabe quien debería saberlo? No sé si lo sabe. Lo que sí sé es que los recursos disponibles deben invertirse bien y siempre teniendo la calidad y la competitividad in mente. Y especializándonos: lo que no se puede pretender es que se pueda hacer todo lo que en principio es bueno y deseable.
Volvamos a la financiación de la ciencia en España. Tras un período de inyección sostenida se entró en una preocupante línea plana que ahora parece repuntar. Últimamente, para favorecer un cierto repunte en los números, están apareciendo fórmulas que se publicitan como novedosas. De este último período sólo puedo hablar de Cataluña, porque es lo que conozco con detalle. Si España en conjunto ha invertido más o menos, o si se han sumado los gastos militares o no, es algo por lo que no puedo, ni me toca, responder. Me refería al concepto, no a los resultados... Es evidente que la inyección de dinero público en el sistema se ha notado a lo largo de estos dos últimos decenios. Se partía de niveles bajos, tanto de capital humano como económico. Asimismo, ha habido actuaciones estratégicas en algunos campos y se ha dado el factor un tanto aleatorio pero positivo de la expansión universitaria. Por consiguiente, el paquete global ha mejorado mucho. ¿Qué parte de la mejora atribuye a las reformas legales planteadas durante este tiempo? Alguna, es evidente, pero personalmente las mejoras no las atribuyo a la Ley de la Ciencia. Es más, no me parece una gran ley. No hizo cosas que hubiera podido hacer, como liberalizar el CSIC, por ejemplo. En este sentido fue más bien poco innovadora. Sin embargo, algunas de las reformas, especialmente en este último período, coinciden con su criterio. Ahí está el fomento de fundaciones, aunque sean tuteladas por la Administración. Yo diría que las instituciones de punta deben tener una entidad jurídica propia. Su organización como fundación me parece totalmente apropiada porque da a la vez la flexibilidad y la posibilidad de vigilancia. Si el sector público financia la institución, éste debe tutelarla muy directamente; si está financiada por el sector privado, debe ser éste quien la vigile. ¿Las fundaciones no son en España el equivalente a un bypass al sistema? Los pasos que se están dando lo son en la buena dirección. Tenemos que dejar de pensar que de alguna manera la estructura funcionarial de la investigación es más limpia o más eficaz que cualquier otra. Nos hemos imbuido en exceso de esta imagen muy estatalizada de la investigación. Para mí, el punto de referencia es la contratación laboral estable. La investigación no tiene por qué ser necesariamente una función pública desde el punto de vista administrativo. Me refiero a que no hay mecanismos suficientes en el sistema para corregir lo que todo el mundo denuncia como errores. ¿No sería más fácil revisar el sistema antes que crear instituciones paralelas? Modificar lo que ya está plenamente asentado es complicado. Cambiar según qué estructuras es muy difícil. Nadie se ha atrevido a hacerlo, ni este Gobierno ni el anterior.
Su experiencia al frente de la ciencia en Cataluña está siendo ampliamente comentada. ¿Qué tiene de particular? Hay un elemento importante y constante de la política científica catalana que se mantiene: en Cataluña, salvo excepciones, no hay convocatorias de proyectos de investigación. Esta es un área que el Estado se ha reservado. Por nuestra parte, debemos insistir en que el dinero público que se distribuya para proyectos desde el Estado lo sea mediante convocatorias abiertas. Nuestra política la vemos como de creación de infraestructuras capaces de atraer recursos externos al sistema público, bien sean privados o europeos, o bien del propio Estado. Para ello vamos incrementando el presupuesto que dedicamos a investigación. Nuestro objetivo, en el marco de lo que queremos sea visto como una política ambiciosa, es contar en Europa. No sabemos si nuestra situación nos lo va a permitir, puesto que estamos aún a una distancia significativa de la media, pero también es verdad que poco a poco vamos ganando posiciones. ¿Cómo explica lo de política ambiciosa? De dos maneras. Una es poniendo recursos, lo cual significa que los presupuestos públicos deben ir en aumento. Otra es que debemos ser innovadores en formas organizativas: tenemos que ir a buscar los investigadores allá donde se encuentren, debemos estimular la colaboración universidad-empresa y también tenemos que tratar de estimular la creación de empresas con base investigadora desde la universidad. Finalmente, tenemos que procurar atraer a Cataluña la investigación corporativa, la de empresas. Es nuestra oportunidad, casi única, para formar parte de la industria del conocimiento. Y eso vale tanto para Cataluña como para España. ¿Y lo de innovadores en la organización? La promoción y puesta en marcha de fundaciones sería un ejemplo. Se trata de fundaciones que deben intentar la incorporación de una parte importante del sector privado correspondiente como patrones. Esto es, además, lo que creo que va a pasar en el futuro. Hay, al menos, cuatro modelos distintos de evolución. Uno, que es el que estamos intentando desarrollar, es crear una fundación e incorporar entre sus patronos a empresas del sector que contribuyan económicamente. Otro modelo por el que también podría apostarse, aunque de momento existan muy pocos ejemplos en España, es el basado en el first refusal. En este caso se establece una colaboración directa con una única empresa que recibe, gracias a una aportación económica, el derecho a optar a la explotación de los resultados de determinadas líneas de investigación. Un tercer modelo es la formación de consorcios en los que invierten varias empresas con el único derecho a compartir el conocimiento creado en la investigación sobre un tema bastante especifico. Un cuarto modelo, que ya se está poniendo en marcha entre nosotros, es la generación de parques científicos y tecnológicos. En paralelo, hay que estar atentos a nuevas formas de organización. Una de ellas, de especial interés, es tener una oficina abierta donde se está generando el conocimiento y otra donde se desarrolle el I+D propio. Un ejemplo válido podría ser Silicon Valley, para estar al día, y Barcelona para desarrollar producto. Para llevar todo esto a buen puerto hay que apostar. Por áreas, por excelencia, por instituciones... ¿Cómo se va a hacer en Cataluña? Me está usted tendiendo una trampa. Constantemente digo que hay que tener la valentía de apostar y que las universidades deben tender a la especialización, y ahora no voy a tener la valentía personal de responder directamente a su pregunta. En cualquier caso diría que la especialización es conveniente aunque frecuentemente lo de menos es en qué se vaya a especializar uno. Sabemos que por fuerza deberemos importar mucho de lo que consumimos, porque no podemos producirlo todo. Por tanto, lo que debemos ambicionar es estar bien colocados en el mercado global del conocimiento. Y para eso no importa si vendemos peras o naranjas. Como Administración, por tanto, debo apoyar lo que vaya bien. El error sería encerrarnos en una habitación, decidir qué áreas son las prioritarias e invertir en ellas aun si las posibilidades de éxito fueran escasas. Pero hay tendencias internacionales. Lo bio y lo nano, por ejemplo. En Cataluña tenemos razones más que suficientes para apostar por lo bio. La realidad preexistente es muy importante. En esta área estamos colocando recursos significativos y habrá que hacer un esfuerzo para articular el conjunto. En nanotecnología, estamos atentos a lo que se cuece a nivel internacional y tenemos diseñadas actuaciones específicas. En cualquier caso, debemos ser imaginativos para hacer cosas que no hagan otros y llegar a la curva antes que la mayoría. Eso es lo que vamos a intentar con el Instituto de Fotónica que acabamos de proyectar.
|