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Entrevista Rolf Tarrach
«El
gran reto pendiente de la ciencia española es la excelencia»
«If Spain wishes
to be more than «sun and beach»
investments in quality research are needed» Xavier Pujol
Gebellí
Rolf Tarrach, presidente del
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) desde finales del año
2000, conoce bien el sistema español de ciencia y tecnología. Su largo
recorrido a través del sistema, en el que ha participado en los últimos 30 años
como investigador (es físico teórico) o como gestor (ha sido vicerrector en la
Universidad de Barcelona), le ha permitido acumular una visión suficientemente
crítica como para aportar ideas de futuro basadas en algo así como un realismo
entre posibilista y pragmático. Su apuesta personal para levantar el nivel de
la ciencia en España es tan simple conceptualmente como dificultosa en la práctica.
Tarrach propone invertir en calidad como fórmula para alcanzar la excelencia.
El dinero, junto con la definición de estrategias a largo plazo, afirma, son
las herramientas para lograrlo.
La situación de la ciencia en España ha cambiado en los últimos 25 años. Supongo que estará de acuerdo. El desarrollo ha sido efectivamente positivo, sobre todo si hablamos de algunos indicadores cuantitativos. Hoy día el 2,7 % de los artículos que se publican a escala mundial cuentan al menos con un autor español, mientras que hace 20 años apenas se alcanzaba el 1 %. Este indicador lo que dice es que el país ha aprendido a publicar y que los investigadores, al menos la mayoría de los que se lo merecen, cuentan con los recursos más imprescindibles, aunque los que se dedican a áreas más experimentales todavía sufren ciertas carencias y no están al nivel que deberían. Pero el sistema del Plan Nacional, introducido en este período, permite una cierta disponibilidad económica para investigación. Con ello corrobora la impresión de que no se parte de cero pero no responde a la cuestión de si es preciso actuar sobre el sistema español de ciencia y tecnología. ¿Dónde están los retos? Los grandes retos están en la excelencia. Si tomamos la franja de revistas de mayor impacto, seguro que la participación española no alcanza el 2,7 %, sino que es muy inferior. El problema es que la investigación o tiende a ser excelente o no cumple con el papel que se espera de ella. Por tanto, la investigación es excelente o no es. Para que sea excelente debe pasar por fases en la que no lo es, pero si queda en niveles claramente por debajo de la excelencia no producirá los beneficios que cabría esperar. Como es sabido, muchas de las actividades de la industria y de su relación con el mundo académico se traducen en forma de prestación de servicios y todavía muy poco en lo que podríamos llamar investigación básica dirigida. Eso tal vez ocurra porque la industria española no es suficientemente potente desde el punto de vista financiero para soportar inversiones de este tipo que, por otra parte, tienen una parte considerable de riesgo. No obstante, me parece que el interés de la industria por participar aumentaría si existiera una investigación pública de excelencia. Si los empresarios vieran que hay una investigación básica de calidad, con investigadores de los que se habla en todo el mundo y algún premio Nobel, sería más fácil que se animaran a dar el paso.
¿Puede aspirar España a la excelencia? Tenemos un sistema que, aunque limitado, presenta síntomas de una cierta salud. Por ejemplo, se han publicado ya todas las convocatorias para 2002 con sus previsiones de resolución. Puede parecer anecdótico, pero eso es también tener sistema. Con altibajos, con momentos de mayor o menor gloria, en los últimos años esto se ha ido teniendo. Pero también es cierto que es frágil precisamente por eso, porque a veces se detiene, hay años en los que sin que nadie sepa muy bien por qué algunas convocatorias no se publican o se resuelven más tarde de lo que corresponde. En definitiva, tenemos un sistema en el que la regularidad todavía no es suficiente. ¿Ganar en regularidad descartaría tener que cambiar las cosas? La primera cosa que hay que hacer es tener un sistema regular con un crecimiento también regular. Es decir, un sistema en el que se sepa qué es lo que se hace, con qué recursos se cuenta, en el que cuando se abra una convocatoria se sepa cuánto dinero va a destinarse y que, sobre todo, vaya aumentando de forma regular. ¿Qué debe entenderse por crecimiento regular? Entiendo que la cifra ideal debería situarse sobre el 0,10 % de inversión anual en relación con el producto interior bruto (PIB). La última cifra disponible que ha facilitado el Instituto Nacional de Estadística (INE) sitúa ahora mismo ese porcentaje alrededor del 0,94 % para 2000. La cifra que propongo permitiría acercarnos al 2 % en el año 2010. Estaríamos hablando de una inyección sostenida de entre 80 000 y 100 000 millones de pesetas por año. En efecto. Y eso es importante habida cuenta de los movimientos que se están gestando en Europa. La Comisión Europea está presionando para que se adopte como objetivo que el gasto en I+D para Europa alcance el 3 % en 2010. En algunos casos, como Alemania, eso es asequible, mientras que en otros, como España, se trata de un objetivo hoy por hoy irreal. Si se consiguiera, incluso, es probable que se invirtiera mal. Pero también está claro que no podemos quedarnos en el 1 %. Por tanto, si hubiera la voluntad política de asegurar un crecimiento sostenido que nos acerque al 2 % sería ya un hecho extraordinario. ¿Es suficiente ganar en regularidad o por el contrario sería preciso insistir en grandes intervenciones sobre el sistema? No hacen falta grandes inventos. Hay que empezar por tener un muy buen sistema de becas, de contratos posdoctorales o de incorporación con contratos indefinidos, por ejemplo. Es decir, lo importante es un sistema que mantenga un ritmo regular. La inversión que usted plantea, aunque descarte las grandes intervenciones, daría para mucho más que becas o contratos. Al menos, en teoría. Eso es correcto. Si somos optimistas y pensamos que podría ser factible un aumento de ese calibre al año, es cierto, da para eso, para asegurar el crecimiento regular, y también para invertir en proyectos extraordinarios, cuya puesta en marcha resulta siempre muy compleja. Hay muchas experiencias frustradas y uno sabe, como científico, que si intentas algo diez veces y no sale, es que es muy complicado. O que está mal pensado o mal diseñado. Si resulta que no se ha diseñado bien diez veces insisto en que eso significa que es muy complicado. Eso no quita que no deba continuar intentándose. La incorporación al sistema español de científicos realmente destacados es un ejemplo de lo que estoy diciendo. Es cierto que se están haciendo esfuerzos y que muchos declaran públicamente que estarían encantados de volver, pero también lo es que al final ninguno de los que están en una edad productiva acaba volviendo. Han vuelto algunos, pero son de otro perfil y otra edad, que igualmente son positivos para el sistema, pero que no representan aportaciones para la ciencia en si misma. Y si esto no ha sido posible es porque incorporaciones de este estilo chirrían con el sistema. Se trata de individuos con unas ambiciones y con unos planteamientos que requieren de una facilidad de contratación que no existe en el sistema público. Su incorporación implicaría unas necesidades de gestión, de medios tecnológicos y de capacidad de reacción alta en relación a las exigencias de la ciencia actual. Hoy por hoy esas características no se dan en nuestro sistema. Habrá otras vías. Una fórmula es intentar esta opción a través de fundaciones que puedan operar al margen del sistema público. Pero aquí aparece el problema de los recursos. Es muy delicado destinar dinero público a fundaciones y más si es de forma regular y garantizada durante largos períodos. Y parece obvio que nadie va a meterse en aventura alguna si no se aseguran unos recursos mínimos por largo tiempo. A pesar de ello, se insiste en esta línea. El Ministerio de Ciencia y Tecnología está trabajando en una línea cuyo objetivo es incorporar investigadores destacados. Pienso que es positivo y que hay que hacerlo, pero hay que tener en cuenta todas las dificultades. El investigador no viene solo. ¿Qué otras intervenciones serían posibles? Probablemente, crear grandes instalaciones científicas. Hoy por hoy, hay una pocas instalaciones españolas que cumplen con los requisitos mínimos y está claro que con lo que tenemos no basta. En general, como en el caso de la fuente de luz de sincrotrón o la pertenencia a la ESO (European Southwern Observatory), se considera que hay que desarrollarlos y ponerlos en marcha, pero con dinero fresco, adicional al sistema. Personalmente pienso que podría salir de ese incremento sostenido. No me parece en absoluto un objetivo imposible. ¿Cabría en ese diseño la presencia de grandes centros que actuasen como locomotora? Es obvio que tenemos un déficit de centros potentes en determinadas áreas. Biomedicina es una de ellas. En este caso, habría que hacer una política muy específica y dirigida, entre otras razones porque es un área muy cara.
¿Habría que concluir que los grandes centros no son estrictamente necesarios? Sí lo son, pero presentan exactamente el mismo problema que la incorporación de grandes investigadores del exterior. Es decir, que si hay que incluirlos en la estructura que tenemos, carecerían de la flexibilidad necesaria para moverse con la agilidad con que se mueven los grandes centros de investigación en el mundo. Y si están fuera del sistema público, como es el caso del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), hay que darles un tiempo de recorrido. Sea como sea, lo que sí se está viendo es que cuesta muchísimo diseñar buenas iniciativas y, más importante, asumirlas. Demasiadas inercias, quizás. El primer problema que tenemos, incluso desde el punto de vista legislativo, es diseñar propuestas plurianuales, que requieren de un compromiso económico fuerte durante un largo período de tiempo. Hay ahora mismo una cierta intención de que cuando se diseñe el próximo Plan Nacional tenga un rango superior al actual, de modo que se garanticen todos los recursos previstos durante el tiempo que abarque y no esté a expensas de presupuestos que hay que discutir año a año. En esta línea, la intención es tratar de adaptarlo a los programas marco europeos, de carácter quinquenal. Si tuviéramos los instrumentos básicos de política científica y de financiación planteados a cinco años, estaríamos en una buena dirección. ¿Sería también interesante disponer de instituciones independientes de los avatares políticos? En efecto, sería conveniente poder disponer de un sistema de financiación independiente que no dependa de cambios ministeriales o de reestructuraciones. Deberían ser instituciones que no dependan de cuestiones políticas y que sus criterios sean fundamentalmente científicos. Una agencia de financiación independiente podría ser el instrumento ideal. Eso sí podría ser un buen objetivo. Sí, pero al mismo tiempo hay que cuidar los detalles. La homologación del título de doctor en España para un investigador extranjero es un proceso demasiado lento y costoso. Tanto, que apenas un 1 % de las plazas del CSIC y de las universidades están ocupadas por científicos de otros países europeos. No puede hablarse de una política europea de investigación si algo tan elemental no está resuelto. La homologación del título de doctor debería ser automática en todos los países de la Unión Europea. ¿Los cajales
representan una solución a uno de esos detalles no resueltos? Está claro que se trata de un paso positivo para el sistema, pero que no resuelve el problema de la falta de un contrato equivalente al de un catedrático o un investigador. En el futuro, habrá que abordar de nuevo esta cuestión. Las soluciones que plantea, al menos en teoría, parecen factibles. Sin embargo, ¿las ve posibles? Pienso que la clase política española no acaba de percibir claramente el valor real de la I+D, no acaba de creerse que pueda ser positiva para el futuro del país. Lo intuyen porque observan lo que les dicen sus colegas o porque ven que los países más avanzados destacan en investigación, pero diría que todavía no lo tienen asimilado. Pues si en ellos no ha calado la idea... Hay que hablar más y más de lo mismo. Los políticos escuchan, pero la I+D no está en su cartera de prioridades para el país. Probablemente haya otras más importantes que requieran de mayores recursos. Pero si siempre damos importancia al corto plazo, tarde o temprano lo acabaremos pagando. Tal vez, pero el país ha crecido en estos últimos 25 años prácticamente de espaldas a la ciencia. Eso es cierto. Pero también lo es que el futuro no será igual. No podremos continuar creciendo de espaldas a la ciencia. Por otra parte, el día que Europa sea una unión real es perfectamente posible, incluso razonable, de que se plantee una distribución de tareas. Por ejemplo, que determinadas investigaciones se concentren en ciertos países y que otras actividades se desplacen a otros puntos. Lo mismo ocurre en Estados Unidos, donde no todos sus estados destacan precisamente en investigación. Podría suceder lo mismo en Europa. Sería absurdo que todos los países de la Unión Europea siguieran los mismos ritmos de inversión en ciencia, hay que optimizar el sistema. Si España quiere optar a ser una de las áreas científicas deberá posicionarse. O quedarse definitivamente fuera del sistema europeo de ciencia y tecnología. No sé. En todo caso, la pregunta lleva inevitablemente a cuestionarse qué tipo de modelo de desarrollo económico y social se va a imponer en España. Podría ser un modelo basado en servicios, con buenas propuestas culturales combinado con una oferta de sol y playa y una biodiversidad envidiable; o bien podría optarse por un modelo más industrializado, tecnológicamente puntero, lo cual implica invertir en ciencia. La verdad es que no lo sé, aunque por cálculo de probabilidades la primera opción parece tener más números.
Algún día alguien deberá decidir qué modelo se adopta. Eso no es tan fácil porque, en el fondo, el sistema es tan complejo e intervienen tantos actores que nunca nadie decide realmente nada. En cualquier caso, como investigador, debo insistir en que si el modelo quiere basarse en una industria avanzada, no funcionará si no existe una investigación de calidad. Japón, que ha descuidado durante un tiempo la investigación básica, lleva años de retraimiento económico. Y lo mismo ha ocurrido en Estados Unidos, donde se está planteando remodelar el sistema educativo ante la pérdida de competitividad detectada. En definitiva, puede decidirse no estar, no formar parte del grupo de países tecnológicamente avanzados. Pero si se quiere estar ahí, hay que apostar. Y la apuesta no es tan cuantiosa como aparenta.
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