Entrevista

 

Joan Massagué

 

«La apuesta por la excelencia puede permitir a España

dar el salto cualitativo que se merece en ciencia»

 

«In its strive for excellence, Spain’s science may race

and reach the deserved qualitative standard»

 

Xavier Pujol Gebellí

 

Joan Massagué, biólogo molecular y celular, lleva 22 años en Estados Unidos. Se marchó, como muchos jóvenes científicos en España, con la idea de formarse y regresar pasado un tiempo. Pero todavía no ha vuelto. Una cosa, como dice él, le ha llevado a otra. Así hasta convertirse en uno de los científicos más citados del mundo en el área biomédica. Actualmente dirige el Programa de Biología Celular en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York, cargo que compatibiliza con la pertenencia a distintos comités científicos de centros de investigación, algunos de ellos españoles. En este largo tiempo no ha perdido el contacto con España, un país del que cree que está en condiciones de dar un salto cualitativo en ciencia. En su opinión, bastarían unas pocas intervenciones, muy meditadas y de gran alcance, para lograrlo.

 

Normalmente un investigador que empieza suele pasarse cuatro años en el extranjero. A usted le habrían sobrado 18... ¿Qué pasó para que decidiera no volver?

Lo que pasó es que mientras estaba haciendo el doctorado, España pasaba por una de esas periódicas temporadas en las que no había plazas ni dinero, más bien desánimo. En esas condiciones, no me parecía demasiado interesante proseguir con la carrera universitaria ni luchar por una plaza. Tampoco las había. Así que salí con la idea de disfrutar dos o tres años y volverme a casa para trabajar en la farmacia de mi familia o buscar trabajo en una empresa farmacéutica.

 

Es obvio que no ocurrió así.

No, no fue así, pero es que salía con esa libertad emocional de saber que no precisaba de esa plaza. El caso es que estando en Estados Unidos me empezaron a salir cosas prácticamente sin buscarlas y entonces me decía: por qué no. Total, si luego puedo volver a la farmacia... Suena un poco a broma, pero en mi caso actuó de colchón. Así se fue prolongando el tiempo hasta que me atreví a presentar un proyecto bastante atrevido para la época, pero siempre con la misma idea. Si no me daban el dinero, pues me volvía y en paz. Pero gustó, se financió y una cosa fue llevando a la otra. Te vas acostumbrando a una cierta dinámica y a apreciar que, en la medida que te esfuerzas y demuestras tu valía, y además existe un entorno que es propicio, hay posibilidades de que las cosas salgan adelante. No luchas contra los elementos o las adversidades sino para sacar adelante unas ideas en un entorno adecuado.

 

O sea que, de algún modo, se fue convirtiendo en un americano de hábitos.

Americano de hábitos... No sé, sinceramente no creo que en el campo de la investigación Estados Unidos sea peculiar. Más bien creo que el tratamiento que se da a la investigación científica en Estados Unidos es bastante similar a la que se da a otros campos profesionales en cualquier parte, incluyendo España. En definitiva, representa la normalidad. Lo que no encuentro normal es la idiosincrasia que rodea el ejercicio de la investigación científica en España y en otros muchos lugares de Europa.

 

¿De qué estilo estamos hablando?

De mi profesión lo que exijo es que se hagan las cosas del mismo modo que se harían en cualquier otro campo.

 

¿Me está diciendo que la investigación en Estados Unidos triunfa porque es singular o lo que ocurre es que en otros lugares se aparta de la normalidad?

Es un contrasentido. Decir que un país tan grande es una singularidad es un poco aventurado. Desde Estados Unidos se observa al tratamiento que se da a la ciencia en  Europa y uno se pregunta, «pero qué están haciendo, esto no tiene sentido, no es normal». Pero eso es exactamente lo mismo que se dice muchas veces amargamente desde Europa o España.

 

¿Tan raros somos en eso de la investigación españoles y europeos?

La investigación biomédica, que es mi campo, está sujeta en Europa y España a elementos peculiares que proceden del entorno académico, que acostumbra a ser el de universidades con siglos de idiosincrasia y burocracia propias en las espaldas. No lo estoy atacando, simplemente digo que la universidad se rige por parámetros un tanto especiales, muy distintos de los que rigen otras áreas de la actividad profesional competitiva de hoy en día. Si a eso sumamos la politización de la investigación o el acceso a la organización de la ciencia de personas que proceden de la política o la Administración, provoca que cuando la ciencia precisa que se le resuelva la papeleta de proporcionarle los recursos que necesita, choca con estas peculiaridades e idiosincrasias.

 

¿Eso no pasa en Estados Unidos?

Por supuesto que sí. El problema es el grado en que pasa.

 

O sea, que el sistema ahí está menos contaminado o intervenido que en Europa.

Eso es cierto. Como en todas partes, también existe en Estados Unidos una amplia franja de mediocridad o de complicaciones políticas, pero hay un sustrato muy robusto que no está contaminado a este nivel. Que funciona con una lógica clara según la cual contribuyes tanto, se te da tanto. Las reglas del juego son más racionales.

 

¿Esta lógica es la que conduce a la excelencia?

Absolutamente. Es el camino, la vía general. Es la manera a través de la cual lo que se viene a llamar «centro de excelencia», por ejemplo, no requiere de ningún gran concilio entre las partes que deben ponerlo en marcha o gestionarlo.

 

Por tanto, en un lugar que se rija por la excelencia científica, plantearse un gran centro no motivará debate por el concepto si no, en caso que lo haya, por cómo organizarlo o financiarlo, o por las áreas o con qué medios y con qué personas.

El hecho de que haya que hablar sobre «qué es la excelencia» ya es significativo. ¿Qué es la excelencia en coches? No creo que haya que abrir ningún debate público para aclararlo. Ni sobre coches, ni sobre zapatos o servicios bancarios, de comunicaciones o telefonía. Todo el mundo entiende cuándo algo es excelente o no. En cambio, en ciencia a menudo nos encontramos hablando sobre qué es o no es la excelencia. Pues es exactamente lo mismo: donde hay una actividad robusta y una productividad alta, y una eficacia en conseguir objetivos. Esto requiere una tradición con administradores que han sido científicos antes y que, por tanto, entienden qué es el ejercicio de la ciencia. Impulsar una operación o un centro especiales no requiere discutir si va a ser de excelencia o no. Lo será en función de lo que haya dentro y de cómo se gestione.

 

En España se lleva años intentando poner en marcha centros de estas características sin que por el momento se haya avanzado mucho.

El tono me parece un tanto derrotista. Podríamos seguir así, pero entonces haríamos lo que se acostumbra en el país. Le propongo cambiar el enfoque: en los últimos años han aflorado iniciativas que, en el fondo, significan los puntos de inflexión que pueden contribuir a hacer el gran cambio en el país. Si lo miramos bien, veremos que no es necesario ni cambiar el sistema ni formular nuevas leyes. No nos llevaría a ninguna parte. En situaciones como la nuestra lo mejor es hacer buenas y fuertes intervenciones de modo que si logran salir adelante no sólo imparten su influencia sobre su entorno más inmediato, sino que dan ejemplo de cómo un nuevo modelo en el país, pero corriente en otros sitios o campos de actividad en el propio país, es capaz de funcionar. Por este motivo mis intervenciones en España en los últimos dos o tres años siempre han ido vinculadas a prestar atención a intervenciones de este tipo. Son las que permitirán el cambio. Todo cuanto no sea eso es lo más parecido a tertulias de café.

 

La Administración, por tanto, debería...

Estas iniciativas deben salir de los científicos. No se puede esperar que salga sólo a iniciativa de la Administración, sea del tipo que sea, ni tampoco de una sola universidad. Si no hay científicos que tengan la visión y el empuje necesarios, nunca será posible. Y sólo en ese caso es importante que las administraciones sepan apreciar estos atletas que no sólo son capaces de correr sino que, además, quieren correr. Lo que hay que hacer entonces es darles pista, poner en marcha centros, institutos que se rijan por el modelo con el que se rigen instituciones similares que funcionan en todo el mundo.

 

Ha habido, como decíamos varios intentos.

Sí, pero no han hecho más que empezar a andar. En mi opinión, ninguno de ellos tiene todavía asegurado llegar a puerto.

 

Hablemos de casos concretos. El Centro Nacional de Biotecnología (CNB) o el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), junto con distintas iniciativas en Barcelona, ¿son esos puntos de inflexión que comentaba?

Sí lo son, aunque todos ellos tienen características concretas. Con respecto al CNB, por ejemplo, no creo que su puesta en marcha representara en su día mucho más que cualquier otro centro anterior o posterior del CSIC. Y es que el problema de los centros del CSIC es compartido con la universidad española. En ellos, sus directores, sino a la corta seguro que sí a la larga, acaban ejerciendo más como coordinadores que como auténticos directores. Su misión, lamentablemente, no es desarrollar el contenido científico del centro. Las plazas de investigador en el centro se llenan por oposición, y aunque se trate de excelentes investigadores, no se escogen pensando necesariamente ni en las necesidades científicas del centro ni en sus líneas de especialización ni en aquéllo que lo va a hacer distinto a los demás. Mientras estos centros no cuenten con una autoridad con capacidad ejecutiva, el centro está condenado a no poder ajustar los recursos disponibles según la promesa y rendimiento de cada uno de sus científicos y temas de investigación. En cualquier caso debo decir que el CNB es un ejemplo, ha funcionado muy bien a lo largo de sus años de existencia, aunque ya se oyen quejas internas que van en la dirección que apunto. Y va a ser así hasta que alguien decida dar el paso de cambiarlo.

 

¿Opina lo mismo del CNIO?

El CNIO es el ejemplo opuesto. Se construye alrededor de una persona, y esto tiene ventajas e inconvenientes. Sus planteamientos son: vamos a hacer lo mejor que se pueda con los recursos que tenemos. Tiene dos dificultades generales. Una es que está a merced de las trifulcas políticas, pero esto le puede ocurrir a cualquier centro acabado de crear. Empezando casi de cero, el reto está en encontrar el personal investigador de calidad con el que llenar el centro, en el área que se ha asignado, que es la oncología y en un período corto de tiempo. Esta combinación de variables es difícil de sostener. Sin embargo, Mariano Barbacid es una persona de gran capacidad. Confío plenamente en que va a ser capaz de mantener el equilibrio y que con los años se pueda consolidar un modelo que signifique una alternativa importante.

 

¿Entiende las resistencias que ha generado su puesta en marcha?

Ese es uno de los inconvenientes de crear un centro alrededor de una sola persona. En España, y en todo el mundo, aparecen suspicacias, envidias, preocupaciones sobre distribución de recursos, no sólo económicos, sino también de atención o de protección. Si el resto de la comunidad disfrutara de buenas condiciones, todo esto pesaría menos. Pero cuando los demás sufren, muchas de las preocupaciones son justificadas, tienen su base. Para evitar esto es fundamental que iniciativas como el CNIO se desarrollen en paralelo con una mejor inversión en los centros ordinarios de investigación de las universidades y el CSIC.

 

En Barcelona hay dos modelos en marcha. Uno, impulsado por la Universidad Pompeu Fabra (UPF); otro, por la Universidad de Barcelona (UB). ¿Cómo los valora?

La iniciativa de la UPF, el Parque de Investigaciones Biomédicas (PRB), tiene la gran ventaja de surgir en el seno de una institución nueva, en la que sus líderes y administradores se encuentran en una fase positiva de construcción y desarrollo de nuevas propuestas. Además, tienen la suerte de contar con un científico, Miguel Beato, que está siendo un elemento clave en su desarrollo.

El caso de la UB, la puesta en marcha del Instituto de Investigación Biomédica (IRBB) en el seno del parque científico, representa una iniciativa en la que sus valores positivos son extraordinarios. Por ejemplo, infraestructuras, equipamientos, empresas ya instaladas en el entorno de su parque científico e investigadores locales de buen nivel. Con ello han logrado atraer la atención de científicos foráneos que participamos de algún modo en su definición científica. Tiene la gran desventaja de surgir en el seno de una universidad grande, antigua, con inercias, con grupos e intereses  que corren en direcciones diversas. Ello conduce a cuestiones políticas internas que siempre serán, en una universidad de estas características, mucho más intensas que en otras de nueva creación.

 

¿Qué tienen en común las iniciativas que hemos comentado?

El mérito principal del IRBB, como ocurre con la UPF, el CNIO o el CNB, es que todas ellas son el tipo de institución que en caso de funcionar adecuadamente permiten dar la vuelta al sistema. Todas ellas, y algunas más, representan la promesa y la oportunidad de que el país salga de su actual estado de segunda categoría y pueda alcanzar el estatus de primera.

 

De algún modo está diciendo que en España no se trata tanto de repensar el sistema sino de intervenir sobre él.

Eso es. De colocar en un paisaje en el que ya hay actividades, centros e instituciones con un perfil muy homogéneo y sin componentes que logren sobresalir de forma clara, nuevos elementos que logren transformarlo. Y, por supuesto, mantener lo que hay en buenas condiciones.

 

O sea, plantar un par de árboles en el jardín.

Podríamos decirlo así. Tenemos un jardín con un suelo más o menos preparado y un montón de plantas, algunas de ellas de verdadero interés. Falta más agua para que crezcan mejor, un tanto de abono, más recursos para el jardinero y, por qué no, un buen par de árboles que sobresalgan y que ayuden a definir el paisaje.