Respuesta
de los medios de comunicación internacionales hacia el HIV durante los últimos
20 años
International media response towards HIV during the
last 20 years
Huntly
Collins
La gran emergencia del sida ha creado retos sin
precedentes para los periodistas: cómo transmitir el mensaje, cómo evitar los
propios prejuicios, cómo afrontar la desigualdad, la pobreza, o el sexismo que
rige la epidemia en muchos países, cómo hacer frente a la influencia de los
grupos de presión poderosos. En la próxima década debemos afrontar la epidemia
en los medios desde una óptica global.
The great emergence of AIDS has created unprecedented challenges for journalists: how to transmit a message, how to avoid prejudices, how to address inequality, poverty, o gender discrimination that drive the epidemic in many countries, how to stand up to pressures from powerful lobby groups. In the coming decade we must face the epidemic in the media from a global point of view.
Me centraré, básicamente,
en la cobertura del sida de los medios de comunicación norteamericanos, y haré
algunas referencias sobre otros medios de comunicación en otras partes del
mundo. Al tomar esta opción, no presumo de que los medios de Estados Unidos
sean mejores que los de cualquier otro país. En realidad, a menudo son peores.
La BBC, por ejemplo, realiza un trabajo de cobertura del sida mucho mejor en el
mundo en desarrollo que los programas de televisión norteamericanos nunca hayan
realizado. Pero, ya sea para bien o para mal, los grupos de medios de comunicación
en Estados Unidos suelen establecer la agenda internacional de los propios
medios. Por tanto, si examinamos de cerca cómo dimos cobertura a los temas
relacionados con el sida en Estados Unidos en las dos últimas décadas podemos
obtener perspectivas importantes sobre los éxitos y los fracasos de la
cobertura de los medios de forma más general en todo el mundo.
Imaginaros una curva en
forma de campana que trace la cobertura del sida en el tiempo. Dividiría esa
curva en cuatro períodos muy diferentes: de 1981 a 1985; de 1985 a 1996; de
1996 al 2000; y del 2000 al 2002. Estos períodos no sólo se distinguen por el
volumen de artículos sobre el sida, sino también por la calidad y el centro de
atención de las noticias.
Para empezar, vamos a retroceder hasta el 5 de junio de 1981, hace casi 21 años.
Ese día, una misteriosa
publicación del Gobierno conocida como Morbidity
and Mortality Weekly Report ( MMWR) hizo público un descubrimiento
sorprendente. El artículo hablaba de cinco casos de una neumonía poco común,
conocida como neumonía Pneumocystis
carinii, en varones jóvenes en Los Angeles, California, que antes gozaban
de buena salud. De los cinco, dos habían fallecido. Ese tipo de neumonía
normalmente sólo se observaba en personas mayores o personas que recibían
quimioterapia.
Aparte de la neumonía, la única cosa que
estos hombres tenían en común era ser homosexuales. Una nota de la redacción que aparecía junto al
artículo decía que los historiales de los hombres sugerían «una disfunción
inmunocelular relacionada con una exposición común».
Aunque en aquellos
momentos no se supo, éstos fueron los primeros casos de sida sobre los que se
informó a funcionarios de la salud pública en Estados Unidos.
MMWR, una publicación de
los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (Disease Control
and Prevention, CDC) en Estados Unidos, es leído mayoritariamente por
funcionarios locales del Departamento de Salud y por médicos de la salud
pública. En la prensa, es seguido de cerca por un pequeño grupo de periodistas
especializados en temas médicos de los periódicos más selectos de la nación,
que incluyen New York Times y The Washington Post.
Sin embargo, durante los meses que precedieron el informe de la MMWR, la prensa homosexual en Nueva York había escrito acerca de la extraña nueva enfermedad que estaba atacando a los hombres homosexuales en la muy unida comunidad que frecuentaba los baños y bares en Greenwich Village. La comunidad ya había sufrido una epidemia de infección por hepatitis B. Pero esta vez los hombres caían enfermos y morían por una inexplicable gripe, neumonía, erupciones cutáneas, y extraños cánceres.
Mientras, el fenómeno
principal era el discurso de la zona occidental del sur, y nada de esto lo
convirtió en la noticia principal. Eso fue debido, por un lado, a que la
mayoría de periodistas no leían la prensa homosexual. Y, por otro, a que a
muchos les podía importar menos lo que estaba pasando en la comunidad gay, que
consideraban abominable según sus creencias personales y que, en cualquier suceso,
los directores consideraban que estaba fuera de la pantalla de radar de las
principales audiencias.
Así pues, cuando apareció el informe de la MMWR, sólo un artículo de un medio de comunicación, Los Angeles Times, cubrió la noticia, presumiblemente porque era una noticia local. Todos los hombres eran de la zona de Los Angeles.
No fue hasta un mes más
tarde, cuando MMWR publicó otro informe citando más casos, que New York Times y The Washington Post, los periódicos del país con más reputación,
publicaron artículos mencionando la aparición de casos de neumonía por Pneumocystis y un cáncer de piel
frecuente, el sarcoma de Kaposi, entre los hombres homosexuales.
La información del Times puso especial atención en destacar
que este fenómeno podría enseñar más a los científicos acerca del cáncer que
cualquier otra cosa, y citó a un funcionario líder de un CDC que decía que las
personas heterosexuales no afrontaban
«riesgo aparente alguno».
A finales de 1982, New York Times publicó sólo seis
artículos sobre la misteriosa enfermedad, y de ellos, ninguno estuvo en la
primera página. En cambio, el periódico publicó 62 artículos sobre la
enfermedad de los legionarios, incluyendo 11 que aparecieron en la primera
página, aunque la epidemia de los legionarios en un hotel de lujo de Filadelfia
que albergaba una reunión de la Legión Americana «sólo» mató a 29 personas.
La epidemia de sida no apareció en la primera página de New York Times hasta el 25 de mayo de 1983, cuando se habían registrado más de 1400 casos de sida. Lo atractivo de la historia era la hipótesis de los funcionarios de la salud pública de que la misteriosa enfermedad y muertes podían ser provocadas por un agente infeccioso transmitido sexualmente por hombres homosexuales.
Retrospectivamente, esta
cobertura temprana de la epidemia –una epidemia que ahora se ha transmitido a
más de 40 millones de personas de todo el mundo, la mayoría de ellas
heterosexuales y muchas sin ningún otro factor de riesgo que el ser mujeres
casadas atrapadas en la pobreza y sociedades que les niegan los derechos
humanos fundamentales– parece absurda. Pero todo ello lo compartiré con
vosotros para ilustrar un punto clave.
A diferencia de otras enfermedades, el sida ha obligado a los periodistas a enfrentarnos con nuestros prejuicios más profundos. Como señala Randy Shilts, autor de And the band played on: politics, people and the AIDS epidemic, los medios de comunicación no sólo moldean a la sociedad sino que también son un reflejo de ella. En ese sentido, la lenta respuesta de los principales medios en el momento de informar sobre el sida en el inicio de la epidemia se puede atribuir, en gran parte, al hecho de que el sida se consideraba una enfermedad de homosexuales.
¡En muchas redacciones,
los periodistas se alejaban de las noticias sobre el sida por temor a que sus
colegas pudieran pensar que ellos eran homosexuales!
En estos primeros años,
la descripción por parte de los medios de comunicación de la enfermedad hasta
entonces conocida como «cáncer de homosexuales» contribuyó al estigma y a la
discriminación de los hombres homosexuales. Los funcionarios de la policía
llevaban guantes de goma cuando trataban con personas homosexuales por temor al
contagio, y los fundamentalistas cristianos maldecían el sida como un castigo
de Dios por el pecado de la homosexualidad.
De forma similar, el
centro de atención de los medios de comunicación entre los consumidores de
drogas intravenosas y los inmigrantes haitianos generó una reacción pública
adversa hacia esos grupos.
Aunque en 1983 los haitianos
representaban menos del 5 % de todos los casos de sida en Estados Unidos, un
alto funcionario del CDC tachó a los haitianos de grupo de «alto riesgo». Esto
provocó una afluencia de reportajes poco críticos, que levantaban la alarma
entre el público en general y fomentaban la discriminación laboral contra los
inmigrantes haitianos.
Con pocos conocimientos
sobre la explicación científica del HIV, los primeros años de la epidemia
también trajeron una avalancha de noticias sensacionalistas, como las que
expandían especulaciones sin fundamento de que la enfermedad se propagaba por
los mosquitos o a través de los besos.
El descubrimiento del HIV
como el agente causante del sida en 1984 marcó el comienzo de un discurso
público más racional sobre la epidemia emergente. Sin embargo, en aquellos
momentos los periodistas se enfrentaban a un nuevo reto: explicar el complejo
mecanismo científico de la enfermedad.
Por las noches tuvimos
que estudiar el significado de palabras como Retrovirus, macrófagos, células
CD4, células T asesinas, transcriptasa inversa y viriones. Tuvimos
que comprender las complejidades del sistema inmunológico humano y cómo el HIV
eliminaba las muchas defensas que normalmente nos protegen de enfermedades
infecciosas. Y tuvimos que comprender las técnicas de supervivencia del propio
virus, cómo se replica, experimenta una mutación y se queda aislado en lugares
escondidos del cuerpo.
Estos conocimientos
científicos fueron muy estimulantes y pocos superamos el reto.
Con el nuevo conocimiento sobre la causa
del sida, también se comprendió claramente cómo se propagaba el virus. Pero pocos de nosotros o de nuestros editores
estaban preparados para explicarlo con mucho detalle.
En lugar de eso usamos
eufemismos como contacto sexual y flujos corporales cuando
sabíamos bien que la mayoría de prácticas de riesgo se basaban en el sexo anal.
Las descripciones de
estas prácticas se introdujeron de forma lenta en los medios de comunicación. A
pesar de que se estaba desplegando una epidemia de proporciones catastróficas
ante nuestros propios ojos, teníamos miedo de ofender las sensibilidades
morales de nuestros lectores, oyentes y telespectadores.
En 1985 se produjo un
momento decisivo cuando la estrella de cine Rock Hudson anunció que era HIV+.
Hudson, que murió tres meses después, fue la primera persona famosa que reveló
que tenía sida. El impacto en el público, y en los medios, fue profundo.
Se trataba de una
característica de la cultura americana, un símbolo de masculinidad, que
explicaba al mundo que había contraído el virus antes asociado a las personas
marginadas, homosexuales, consumidores de drogas intravenosas e inmigrantes
haitianos.
De repente, el sida pasó a estar en la
página principal de las noticias nocturnas. El volumen de noticias sobre el sida aumentó de forma sorprendente, así
como su importancia.
Fueron retransmitidas más
de 150 noticias sobre el sida por las tres principales cadenas de televisión en
1985, el doble del total de los reportajes retransmitidos sobre el sida en 1983
y 1984.
Finalmente, los medios de
comunicación empezaron a mostrar una cara humana del sida, escribiendo y
retransmitiendo reportajes sobre hombres jóvenes que podrían ser vuestro
hermano o el mío, y que estarían luchando contra una enfermedad fatal y el
azote de la homofobia, puesto que el sida les obligaba a salir del armario y
ponerse en manos de sus padres, parientes y amigos apesadumbrados.
En cuanto al ámbito médico, la información
fue más sofisticada. Un gran número de publicaciones de tamaño medio, incluyendo
el Boston Globe, Newsday, The Philadelphia
Inquirer y The San Francisco
Chronicle, destinaron periodistas para cubrir únicamente los temas de sida.
Estos periodistas aprendieron la
compleja parte científica del sida y empezaron a transmitir la información en
términos que el público no experto podía comprender.
Cuando los activistas del
sida salieron a las calles para pedir más dinero para la investigación sobre el
sida y medicamentos contra el sida asequibles, el sida se convirtió en una
historia que casi ningún medio de comunicación podía ignorar.
No sólo eran miembros del
extravagante ACT-UP, poseían una buena educación, eran organizados y
políticamente inteligentes. En general, sus tácticas de presión funcionaban.
Gracias a ellos, y a la atención de los medios hacia ellos, el dinero federal
empezó a destinarse a la investigación del sida, el precio de la AZT cayó y
otros medicamentos experimentales contra el sida se pusieron a disposición de
los moribundos respondiendo a un uso compasivo.
Aunque el sida estuvo
bien retransmitido en los medios de comunicación de Estados Unidos entre 1985 y
1996, había vacíos en cuanto a la cobertura.
Según el proyecto llamado
Kaiser Family Foundation’s AIDS Media Monitoring Project, la prensa americana
cubrió temas sobre el sida casi exclusivamente como artículos nacionales
durante este período de 10 años. De más de 3000 noticias analizadas, sólo el 4
% tenían una línea internacional, exterior a los Estados Unidos.
Esta miope cobertura
contribuyó sin duda a diseminar de forma general impresiones equivocadas entre
los americanos de que el país con la peor epidemia era Estados Unidos.
En realidad, en ese momento, la epidemia
estaba despegando en países como Uganda, Kenya, Tanzania y Zambia. Algunos
periódicos y cadenas de televisión hicieron reportajes especiales una vez sobre
la epidemia de África. Pero, en
general, los medios occidentales la ignoraron.
A pesar de todo, hoy en
día, como todos sabemos, más del 90 % de las infecciones por HIV en el mundo se
producen en países menos desarrollados, la mayoría de ellos en África.
Otros grupos que se
omitieron en la cobertura principal fueron las mujeres, gente de color e
hispanos.
En 1991, Magic Johnson,
uno de los mejores jugadores de baloncesto de todos los tiempos, conmocionó no
sólo a la comunidad negra sino al mundo entero cuando anunció en una
conferencia de prensa que era HIV positivo y se retiraba de la Asociación
Nacional de Baloncesto.
Su anuncio, que generó
una cobertura general en los medios, sirvió para traer el mensaje de que el
sida no era sólo una enfermedad de homosexuales. Sin embargo, al mismo tiempo
influyó en la homofobia y negación en la comunidad negra. «En primer lugar»,
dijo Johnson a la prensa, «no soy homosexual».
Más adelante, cuando el
número de negros superó el número de blancos, en lo que a nuevos casos
notificados de sida en Estados Unidos se refiere, apenas representó un
sobresalto en las noticias.
Y nadie, ni incluso
ahora, se ha fijado en una fuerza clave detrás del aumento de las estadísticas
del HIV entre los negros: el alcance de la homosexualidad y bisexualidad entre
los hombres negros.
El 96 fue un año crítico
para el sida, y para la cobertura del sida. Después de más de una década de
investigación, los científicos finalmente habían propuesto una estrategia
médica que podía mantener a raya el virus durante muchos años, posiblemente
convirtiendo una infección mortal en una enfermedad crónica pero gestionable
como la diabetes.
La llegada de los
cócteles de fármacos contra el sida puso en marcha el frenesí de los medios de
comunicación. Los periodistas, que no solían destacar por su optimismo, se
lanzaron con artículos con buenas noticias. Un artículo de New York Times Magazine proclamaba «El final del sida». Times Magazine puso a David Ho en la portada
como el Hombre del Año. Y por todas partes aparecían noticias de hombres
blancos homosexuales de clase media en las fases finales del sida tomando los
nuevos medicamentos, saliendo de sus lechos de muerte y volviendo a sus vidas
normales.
Las nuevas terapias hicieron que los
periodistas vieran el sida más como una noticia médica que otra cosa. Se olvidaron los profundos problemas sociales,
económicos y sobre los derechos humanos que rodeaban la epidemia en las
comunidades negra e hispana en Estados Unidos y en los países pobres de todo el
mundo.
Pero un periodista no se
olvidó de ellos.
En 1998, el periodista
Mark Schoofs viajó durante seis meses por toda África, documentando la
catástrofe que allí se estaba produciendo.
Mientras los pacientes
occidentales con HIV tenían acceso a medicamentos que alargaban su vida,
millones de africanos eran demasiado pobres para permitirse los cuidados
básicos, agua limpia y nutrición adecuada, y todavía menos los fármacos
antirretrovíricos.
En una destacable serie
de ocho capítulos titulada Sida: la agonía de África, Schoofs ayudó a
los lectores a comprender los temas relacionados con los derechos humanos
fundamentales que rodeaban la epidemia mostrándonos cómo la pobreza, el racismo
y la discriminación entre sexos fomentaban la propagación del virus.
Describió pueblos enteros
donde no quedaba nadie para cuidar a los niños y a los ancianos porque todos
los adultos jóvenes habían fallecido a causa del HIV.
Escribió acerca de los
esfuerzos heroicos realizados por algunas comunidades para luchar con lo que
tenían, y acerca de las esperanzas de una vacuna preventiva del sida que
finalmente pudiera terminar con la destrucción.
No es de sorprender que Schoofs no
trabajara para los principales medios de comunicación. Era un periodista
científico en The Village Voice, una
publicación semanal de izquierdas en Nueva York. También era homosexual y sabía de primera mano qué era perder a amigos y a
seres queridos a causa del HIV.
De hecho, es sospechoso
que a ningún periodista de la redacción se le concediera el tiempo, espacio y
libertad que Schoofs tuvo para desarrollar su serie. África no tenía tanto
interés.
Como reconocimiento de su
mérito, sin embargo, los poderes finalmente concedieron a Schoofs el honor que
se merecía, el Premio Pulitzer de 1999 por su reportaje internacional.
Ese mismo honor le fue
concedido a un periodista del San
Francisco Chronical, Randy Shilts 10 años antes por su tenaz y exhaustiva
cobertura de la epidemia de sida en América. Pero a finales de los ochenta, los
magnates de los medios de comunicación en Estados Unidos no consideraban el
sida una noticia importante.
Durante los dos últimos
años, las noticias sobre el sida han sido dirigidas por el debate internacional
sobre la fijación de los precios de los fármacos antirretrovíricos en los
países en desarrollo y, en particular, en África.
Los medios de
comunicación han desempeñado una función fundamental en el momento de destacar
las desigualdades entre los países ricos y pobres, y de esta manera mantener la
presión sobre las empresas farmacéuticas para disminuir sus precios.
Eso, en realidad, ha pasado. De forma lenta pero segura, los fármacos
antirretrovíricos están entrando con cuentagotas en África y Asia.
Los medios de
comunicación también han sido un factor importante en la reciente decisión del
gobierno sudafricano de cambiar su propia función y poner los medicamentos
antirretrovíricos a disposición de las madres embarazadas y víctimas de
violaciones HIV positivas.
Mientras que Nelson
Mandela, el obispo Tutu y el Tribunal Constitucional hicieron su parte para
influir en el gobierno sudafricano, la prensa ejerció una presión crítica para
influir en la comunidad internacional. Ningún presidente, incluyendo a Thabo
Mbeki, podía evitar sentirse afectado por las tres noticias de portada muy
graves publicadas en más o menos una semana en los principales medios de
comunicación: Newsweek, The Economist y The Financial Times.
Así pues, ¿hacia dónde
vamos? Aprendemos de nuestros errores y nos basamos en nuestros éxitos.
Mientras que la epidemia en Occidente se ha estabilizado, todavía vemos un
número importante de nuevas infecciones cada año. Debemos centrarnos en eso,
descubrir qué está sucediendo, y plantear preguntas acerca de la eficacia de
los actuales esfuerzos de prevención.
Con el número de
infecciones y muertes por HIV que todavía crece en África, y de nuevas
epidemias que amenazaban a la China y la India, debemos pensar globalmente y
actuar en el ámbito local para mejorar nuestra cobertura de la pandemia en los
países en desarrollo.
Con el reciente
establecimiento de AIDS Global Fund (Recursos Globales para el Sida), se están
dedicando millones de dólares para combatir el sida en el Tercer mundo. Esperamos que en el futuro llegue más dinero. Tenemos que utilizar nuestros conocimientos en
investigación y seguir el dinero, para asegurarnos que se gasta en los
objetivos para los que ha sido destinado.
Mientras los fármacos
antirretrovíricos trazan su ruta hacia los países en desarrollo, tenemos que
mantenernos en alerta de lo que pasa: ¿los fármacos llegan a las personas? ¿Hay suficientes médicos y enfermeras para controlar a los
pacientes? ¿Los pacientes pueden tomar sus medicamentos tal como se les
prescriben? ¿El desarrollo del virus
resistente se considera un problema importante?
Todavía faltan muchos
años para tener una vacuna del sida, pero los productos candidatos actualmente
están pasando a la fase de los ensayos en humanos en África y Asia. Debemos
seguir de cerca estos desarrollos, y asegurarnos de que no creen falsas
esperanzas, exagerando innecesariamente acerca de las vacunas, pero al mismo
tiempo poniendo énfasis en el hecho de que las vacunas, si funcionan, son
probablemente la única solución a largo plazo a la pandemia del sida.
Más que nunca en el siglo
xxi, nuestro punto de atención,
como periodistas que cubrimos noticias sobre el sida, debe ser global. No sólo
porque los patógenos como el HIV no conocen fronteras, sino también porque
nuestra existencia como personas depende de nuestra relación en comunidad.
Este mensaje me llegó el
pasado diciembre cuando William Bango, un periodista de The Daily News en Zimbabwe, habló con un grupo de periodistas sobre
el sida en el África subsahariana. Nos transmitió lo que él describió como una
importante creencia en las culturas africanas: «Existo porque existimos». Ésta
es una voz lejana del «Pienso, luego existo» de Descartes.
Pero ahora que estamos
entrando en la tercera década del sida, con unos 60 o 70 millones de personas
en todo el mundo que se espera que vivan con el HIV, es el momento de que los
periodistas salgamos de nuestras pequeñas cajas y nos adentremos en la
comunidad global. La XIV Conferencia Internacional del Sida, que se inaugura en
Barcelona en julio del 2002, proporciona la perfecta oportunidad para empezar a
hacerlo.
Periodista americana residente en Johannesburgo,
Sudáfrica. Durante la década pasada estuvo cubriendo toda la información
relacionada con la pandemia del sida para el periódico americano de The Philadelphia Inquirer. Ha estado
impartiendo clases dentro de la organización Kaiser destinadas a reporteros
sudafricanos que cubren información sobre el sida en el Independent Newspaper Group, la cadena de periódicos más extensa
de Sudáfrica. En la actualidad trabaja para el periódico The Johannesburg Star y también da clases a reporteros en Ciudad
del Cabo y en Durban. Su trabajo está patrocinado por la Fundación Kaiser
Family, con base en Estados Unidos, cuya labor se centra en el campo de la
salud pública en Sudáfrica desde hace más de diez años.