Artículos

 

Hacia el control de nuevas realidades

 

Toward crafting future realities

 

Sue Savage-Rumbaugh y William Mintz Fields

 

Sue Savage-Rumbaugh y William Mintz presentan su visión sobre el lenguaje y la comunicación. Ambos autores consideran que la lingüística y la ciencia cognitiva moderna han olvidado que los seres humanos, en tanto que primates, somos una especie extremadamente comunicativa y social, y que el lenguaje no es un sistema meramente formal, sino una forma de socializar, como tantas otras.

 

Sue Savage-Rumbaugh and William Mintz discuss in this article their vision of language and communication. Both authors consider that Linguistics and modern Cognitive Science have forgotten that the we, as human beings, a primate species, are extremely communicative and social, and language is not a merely formal system, but one more among several ways of socialization. 

 

 

Aquellos que estudian el lenguaje saben, aunque a menudo no lo tienen en cuenta, algo tan simple como que nuestro lenguaje es mucho más que semántica y estructura. El lenguaje es una forma de ser y de convertirse, en la que denominamos humana. Es nuestro medio para construir el diálogo social y, por tanto, nuestro ser social en relación con los otros. Coconstruimos un mundo social que está compuesto por muchos elementos, elementos que están coordinados a través del diálogo.

Es verdad que el lenguaje nos proporciona un medio para unir palabras y/o ideas de formas completamente nuevas, pero a menudo simplemente formulamos frases que hemos dicho antes o que hemos escuchado a alguien decirlas en lo que nosotros consideramos circunstancias similares a las que nos encontramos ahora. El hecho de que pensemos en nuestro discurso como «en gran parte nuevo» es debido a que la coconstrucción social de la acción y el discurso es un proceso extremadamente complejo. Y es ese proceso el que, mientras estamos «en medio de él», atrae toda nuestra atención hacia nuestro siguiente pensamiento, acción y palabra. Ello no deja tiempo para una reflexión seria «en medio de un compromiso social». Podemos contar historias y ocurrencias del pasado, pero para darnos cuenta de cómo, cuándo y por qué nuestros comportamientos repiten determinados elementos previos de ellos mismos es claramente difícil y quizás imposible a la vez.

Sin embargo, lo que hacemos es repetir. Incluso la lectura de una frase de un libro para extranjeros que intentan aprender algunos conocimientos básicos en un nuevo idioma demostrará que existen muchas frases y subcomponentes de frases que todos usamos repetidamente en las conversaciones diarias.

No obstante, no son las palabras, frases o estructuras las que hacen posible el compromiso verbal complejo y la coconstrucción social. Más bien es el establecimiento de modelos de frases «entre» personas, junto con expresiones faciales, inclinaciones de cabeza, miradas, posturas fugaces, entonación, ritmo y otros «aspectos del estilo de conversación», los que sirven de bloques de construcción del diálogo social. Estos modelos de compromiso no existen en el individuo sino más bien en la danza social del diálogo conversacional que se produce entre los individuos, y sólo entre los individuos. Es decir, es esencialmente imposible comprometerse sólo en el mundo sociolingüístico.

Uno puede imaginarse conversaciones y lo que se diría / podría decir, pero no reproduce todo el conjunto de comportamientos que se manifiestan en el diálogo social a menos que se comprometa en dicho diálogo. Se trata del intercambio complejo establecido como modelo entre dos o más participantes que construye nuevamente, milisegundo a milisegundo, la siguiente «pieza» de unión de un diálogo de comportamiento. Vinculados estrechamente con dichos intercambios dialógicos sociales, se hallan intervalos o «trozos» personales de la historia, la cultura, la ética, el humor y la sensibilidad individuales hacia los demás. Todos estos «trozos» se ubican en el lenguaje y fluyen a través del mismo cuando hacemos realidad nuestro compromiso social. Forman una especie de «contrato social» inconsciente entre los participantes del diálogo.           

Muchos individuos verdaderamente multilingües afirman que cuando conocen por primera vez a alguien, el idioma inicial que utilizan ejercerá un efecto duradero y poderoso en su relación. Si ambas partes son igualmente fluidas en los idiomas A, B y C, y empiezan su relación utilizando el idioma B, tenderán siempre a volver al idioma B cuando vuelvan a hablar. Aunque puedan intercambiar información en otros idiomas con facilidad, la tendencia se mantiene. Como consecuencia, la historia de su relación tendrá límites impuestos por el idioma que eligieron usar durante la formación de su relación. Por tanto y en adelante, puesto que la relación se reconstruye nuevamente cada vez que se ven, pero hablando el idioma con el que se hicieron amigos, interpretan una especie de redespertar de esa relación desde el punto de vista neuronal. El lenguaje es una especie de clave para redespertar rutas formadas por el cerebro durante el último encuentro. Es una clave que sirve para encender la chispa inconsciente de la memoria y que permite a ambos participantes activar con más fluidez su pasado coconstruido en su presente coconstruido.

Si cambian de idioma, también deben cambiar el establecimiento de modelos y la coordinación de las expresiones faciales, tonalidad del discurso, modelos posturales, modelos de miradas, etc. Hacer eso es construir su diálogo social y, en consecuencia, su relación social de forma bastante diferente. Esto requiere, en cierto modo, confeccionar una nueva historia social entre ellos, una que suceda, o que resida en conflicto con la actual. Las personas tienden a depender y ansían la continuidad de las relaciones sociales. La creatividad en la coconstrucción social puede apreciarse y expresarse sólo hasta cierto grado en función de los antecedentes de la periodicidad y predictibilidad mencionadas.

Estos diálogos sociales se coconstruyen, por supuesto, no sólo entre uno mismo y entre una persona y otra, sino entre uno mismo y dos más, uno mismo y tres más, y así sucesivamente. En cada caso, el número de participantes, el sexo, la individualidad, su ubicación y el contexto del compromiso social, entre otros muchos factores, crean en los participantes y entre ellos una historia social única. Muchas de estas coconstrucciones sociales entre múltiples partes en el curso del tiempo entretejen una cultura, una tela de seres multisociales.

Cuando un grupo en un país multiétnico intenta eliminar el uso de una lengua, está intentando esencialmente prescindir de la historia social de otros. Utilizar un idioma común significa conectar con un pasado común e impide a los miembros hablar determinados idiomas. Es una manera de ejecutar la historia social de un grupo, sin matar realmente a los miembros que viven actualmente. Cuando un grupo de personas ha sido lingüísticamente perseguido y ha resistido, incluso aunque sean multilingües, la transferencia de información, en un lenguaje alternativo, no es difícil para ellos. Resistiendo de esta manera, reafirman su derecho a existir. Por ello, a través de su idioma, deben  bien seguir adelante con su ser social, y convertirse en algo más. En cuanto lo expuesto está completamente comprendido, el valor de la diversidad cultural, incluso su valor para un solo individuo que es multilingüe, queda claro. Una cultura se convierte en otra como la música es para un pintor un segundo modo de expresión. El segundo modo es auténticamente diferente del primero. El segundo no puede sustituir al primero. Sólo puede añadirse a él.

Cuando se inventó la escritura, nació un nuevo modo de comunicación. Una forma que podía fácilmente dejar a un lado la coconstrucción interactiva que representa el diálogo social. Por supuesto, para una persona es posible escribir una frase o parte de una frase, y para otra contestar escribiendo y así sucesivamente, y con el tiempo mantener un diálogo escrito, incluso a pesar de que ambos interlocutores estén presentes y cara a cara. Sin embargo, se puede afirmar que ni los grandes escritores lo practican. Si tienen dudas, pueden probarlo con alguien cercano. Imagínense que inician una conversación por escrito con una persona que esté frente a ustedes e intentan alargarla, proseguirla, un buen rato. Nosotros lo hemos intentado y la gran mayoría enseguida empieza a rechazar ese método de comunicación. No es debido a que escribir requiera más tiempo (en realidad, pasamos la mayor parte de nuestro tiempo escribiendo correos electrónicos), sino que escribir no nos permite coordinar simultáneamente la gesticulación, la mirada, la mirada fija, las posturas del cuerpo, el ritmo y la expresión facial a medida que vamos escribiendo. La escritura limita las palabras sobre el papel a su semántica y a su sintaxis. Una sintaxis que, debo añadir, es mucho menos compleja, y bastante diferente de la sintaxis hablada, que está fragmentada en distintas formas. Los interlocutores pueden acabar las frases de los demás o cambiar la estructura. El interlocutor puede tomar fragmentos de frases, pronunciadas por él mismo o por otros, anteriormente en la conversación, y acabarlos, mientras otros interlocutores todavía están terminando otras frases «inacabadas». A pesar de ello, y aunque parezca complicado, la mayoría de las veces todo funciona bastante bien.

Probablemente existen normas sobre formas de este proceso, pero todavía tienen que ser reconocidas. Sólo hemos descubierto las normas fáciles que son la base de la estructura de la frase de oraciones escritas completamente formadas. Los diálogos hablados interindividuales coconstruidos improvisadamente, iniciados en tiempo real, en múltiples dimensiones eluden la caracterización formal por parte de nuestra ciencia lingüística actual. Sin embargo, muchos científicos mantienen la opinión de que algo que ellos llaman «gramática universal» debe ser la base de toda comunicación y que es la base del sustrato neural de la función cerebral humana. La realidad es que, incluso si una gramática universal fuese la base de todos los idiomas escritos del mundo, dicha gramática no podría generar ni los diálogos improvisados sociolingüísticos normales más simples entre dos miembros con una cultura común que comparten una historia social.

Todavía desconocemos si alguna forma de modelo establecido guía, de manera oculta, nuestro diálogo social y, por tanto, da forma a nuestra historia, nuestra cultura y nuestro sentido de existir. En la actualidad, todos nosotros podemos estar seguros de que el diálogo social no es un proceso en absoluto aleatorio ni caótico que enseguida manifiesta y mezcla vínculos históricos con actuales deseos, intenciones e interpretaciones. Además, reconocemos que los procesos de compromiso social son aquellos de coconstrucción y siempre están funcionando a un nivel que es parcialmente inconsciente. Por tanto, ninguna norma que pueda regir dicho fenómeno debe ser una norma de la operación de coconstrucción, sino que deben ser normas que encajen en el proceso y se manifiesten en él. Dichas normas, si existen, deben construirse a través del propio proceso.

Este repaso rápido al proceso de comunicación compleja interindividual apunta, pero no ha subrayado, la función del oyente en el diálogo. Expresado de forma simple, sin oyente no puede haber hablante. Este hecho no es intuitivamente obvio y a la mayoría les es difícil aceptarlo. Sin embargo, es completamente cierto. Sin duda alguna podemos hablar si alguien más está presente o no. De hecho, incluso podemos «hablar con nosotros mismos». Cuando lo hacemos, nos bifurcamos en oyente y hablante. Por ejemplo, ¿nos hablaríamos a nosotros mismos si no estuviéramos también escuchándonos? Si otros dejan de escucharnos, o si dejamos de escucharnos a nosotros mismos, dejamos de hablar. Es interesante que cuando hablamos con nosotros mismos, también contestamos; esto es, autodiálogos y autorrespuestas. Este hecho, en sí mismo y de sí mismo mediante una forma algo curiosa, verifica la naturaleza interindividual del proceso de diálogo social. Para una mayor verificación, sólo debemos destacar que los niños que crecen durante los tres primeros años de su vida sin un diálogo social normal nunca se desarrollan como seres sociales competentes. Por ejemplo, si un niño ha sido criado por lobos, se desarrolla como ser social completamente diferente, para el que el modo de locomoción es cuadrúpedo. Cuando el proceso de diálogo social está completamente entendido como una coconstrucción, dichos hechos no ofrecen sorpresas. Tampoco postulan la necesidad de un período crítico para la activación de algo como un «módulo gramatical». Al reconocer que nos coconstruimos como seres sociales a través de nuestros diálogos sociales con múltiples facetas, podemos ver claramente que construir a un niño en un vacío social es semejante a levantar un castillo con sólo parte de los bloques, y los materiales necesarios para ello. De tal esfuerzo puede salir algo, pero no será un castillo.

Así pues, la necesidad del oyente es real y constante. A modo de ilustración, relato la historia personal de mi padre. Él padece una extraña enfermedad, que algunos han diagnosticado como una parálisis, otros como una depresión, y otros como un bloqueo del fluido cerebral espinal que intermitentemente se libera y experimenta la presión en sus ventrículos. Personalmente acepto el último diagnóstico, pero el resto de mi familia asume que padece depresión. En cualquier caso, se trata de un trastorno tan peculiar que durante muchas semanas, incluso meses, mi padre no puede hablar ni casi moverse. Mi madre debe cuidarle las veinticuatro horas del día. Debe darle de comer, cambiarle la ropa, bañarle, etc. Este trastorno le ha debilitado tanto que parece un frágil esqueleto humano viviente. Verle en este estado te hace preguntar cómo estará el día de mañana. Sin embargo, ha vivido durante 10 años de esta manera. A pesar de todo, la mayoría del tiempo su vida cotidiana es aparentemente la de un vegetal humano viviente. No obstante, muy a menudo, experimenta una transformación muy sorprendente. Se despierta y empieza a hablar. Después se levanta y, aun estando debilitado por la enfermedad, empieza a caminar. Casi siempre cae y se hace daño, pero siempre desea caminar. Está bastante preocupado por su apariencia física. Quiere vestirse y parecer lo más guapo posible. Si oye hablar de ir de compras, quiere ser el primero en ir a la tienda a por ropa nueva. No sólo conoce a toda su familia, sino a todas las enfermeras que le cuidan y a todas las personas que van a visitarle. También recuerda casi todo lo que le decían los amigos y enfermeras, mientras estaba en estado vegetativo. Sabe las últimas noticias familiares que le contaron y las últimas noticias nacionales, presumiblemente de escuchar la televisión, puesto que su vista es muy escasa. Conoce los anuncios de televisión y espacios de entretenimiento locales.

Cuando empieza a hablar, sus palabras son murmullos, como si le faltara práctica. Su charla mejora rápidamente cuando empieza a ser comprendido en una conversación. Esto es, cuando se entiende lo que está intentando expresar y comienza a introducirse en un diálogo apropiado, su discurso empieza a ser claro. Cuando cambia de tema, sin embargo, si el oyente no entiende de dicho tema y no sigue el diálogo, su discurso empieza a nublarse. Después de observar este fenómeno en numerosas ocasiones, llegué a la conclusión de que mi padre tenía una competencia cognitiva completa durante sus períodos vegetativos. Al llegar a esta conclusión, empecé a obrar de forma diferente en los momentos críticos. Cuando lo hice, empezó a emerger un hombre competente para comunicar completamente las complejidades del tema.

Sin embargo, otros miembros de mi familia, que le quieren tiernamente, no pueden aceptar este hecho. Cuando está en estado vegetativo ellos hablan sobre él, en su presencia, como si no estuviera allí. Cuando quieren hablar con él, hablan alto y de forma simple, restringiendo su conversación a preguntas simples («¿quieres agua?») y afirmaciones simples presupuestas («sé que estás cansado»). Cuando formulan preguntas aceptan un nada como respuesta antes que una clara inclinación o sacudida de cabeza, aunque saben que estas acciones son difíciles para él. Una ligera mirada, un pequeño movimiento de cabeza o de dedo es a veces todo lo que él es capaz de ejecutar, aunque éstos sean ignorados. Estas personas que le quieren no soportan la presión que supone la espera cuando piensa o reflexiona, y que una respuesta suya puede que no siempre sea inmediata –aunque sé que ellos ampliarían sin vacilar esta cortesía a mí si no respondiera a una pregunta definitiva y rápidamente poco después de que se me formulara–. Cuando mi padre no puede hablar o moverse, a veces tose para intentar expresar su desacuerdo con cosas que se dicen. Es como si él realmente quisiera hablar, pero cuando lo intenta forzadamente, sólo puede toser. Su tos nunca es tratada como una forma como comunicación; en lugar de eso siempre se le responde como si se estuviera ahogando. Cuando insisto en que se trata de un acto de comunicación y que comprende lo que se acaba de decir sobre él o sobre alguien más, da lo mismo. Otros miembros de la familia sólo pueden creer en tipos familiares de diálogos sociales, no aquellos compuestos por tos, pestañeos, ligeros movimientos de dedo y sin charla. Estas cosas no son parte de su mundo socioconcebido y, por tanto, no pueden procesarlas como unidades de significado de acción. Como consecuencia, mi padre a menudo abandona y acepta la atención de estas personas, el único objetivo sobre el que insisten en convencerle. Es bastante simple: demasiado difícil para que él actúe de otra forma en su situación presente.

Este ejemplo, aunque es personal, ilustra claramente cómo los seres sociales coconstruyen sus realidades socioperceptivas. Mi padre lo sabe y se comporta de una manera con aquellos que deben percibirle como mentalmente incompetente para comunicarse de forma significativa, y de otra con alguien que se da cuenta de que lo que es ostensiblemente manifiesto es engañoso.

Si intentamos comunicarnos con otra cultura y otras especies, es irremediable perder tiempo haciendo preguntas sobre el tamaño de su cerebro, la existencia (o ausencia) de módulos de gramática universal, si enseñan o no deliberadamente a sus jóvenes, etc. En lugar de eso debemos simplemente estar a punto para el coestablecimiento del diálogo y la acción sociales. Debemos coconstruir una realidad social. Cualquier preconcepción que realicemos, al hacerlo, se convertirá en un componente, y posiblemente en una restricción, además de una realidad. Este punto es algo difícil; para empezar una coconstrucción se debe tener alguna idea de qué es lo que se desea construir. Sin embargo, esta idea inicial actuará sobre la propia construcción en forma de una variable limitadora. La única forma de ir más allá de este dilema inherente es volver a empezar. Después de haber aprendido con la experiencia, por ejemplo, uno puede empezar por la receta de hablar con el objetivo, de crear una «herramienta». A pesar de todo, cuando dicha herramienta se ha formado y se ha usado, empiezan a emerger nuevos conceptos de cómo diseñar algo mejor. Juntos coconstruimos recetas para el comportamiento humano y, por tanto, codiseñamos culturas humanas. Durante milenios lo hemos hecho sin conocimiento consciente o comprensión de qué es lo que hacemos. Ahora es el momento que la concienciación de este proceso surja entre nosotros. Cuando así ocurra, se desvanecerán las barreras físicas percibidas que separaron las realidades humanas de otras realidades. Al haber entendido la naturaleza de la construcción social, podemos aplicarla más allá de los límites de las diferencias físicas y, como consecuencia, los procesos biológicos que han anclado nuestras realidades se alterarán. El concepto de especie será visto como «la capa del bienestar mental» de las muy limitadas perspectivas mentales del pasado.

 

Sue Savage-Rumbaugh

 

Catedrática de Biología y Psicología en la Universidad del Estado de Georgia (Estados Unidos). Ha desarrollado su trabajo durante más de 25 años como psicóloga experimental en el campo de las capacidades lingüísticas de los simios. Es autora de numerosos libros, incluyendo su famoso Language Comprehension in Ape and Child, publicado en 1993. Vive y trabaja con los chimpancés bonobos Kanzi, Panbanisha, Nyota, Nathan, P-suke, Matata, Elykia, y Maisha en el Centro de Investigación del Lenguaje en Atlanta, Georgia.

 

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William Mintz Fields

 

Investigador asociado del Departamento de Biología de la Universidad del Estado de Georgia (Estados Unidos). Trabaja como etnólogo especializado en el lenguaje, la cultura y las herramientas de los primates no humanos. Ocupa el puesto de director asociado de programa y es coinvestigador del programa público The Embedding of Language in Culture (La inserción del lenguaje en la cultura).

 

panbanisha@aol.com