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Artículos
¿Podrían los genes codificar la
gramática?
Could grammar be genetically codified?
Joseph Hilferty y Óscar Villarroya
Asociaciones recientes entre déficits cognitivos lingüísticos y mutaciones
genéticas ha llevado a ciertos autores a afirmar que tales asociaciones son pruebas
de la transmisión genética de rasgos específicamente gramáticos. En este
artículo, Joseph Hilferty y Óscar Vilarroya muestran que tales interpretaciones
innatistas radicales de las pruebas empíricas son o bien engañosas o sufren de
una confusión conceptual grave, a saber, que los genes codifican las
competencias funcionales que las estructuras biológicas ayudan a desarrollar. Recent links between cognitive linguistic deficits and
genetic mutacions have led some authors to assert that the syndrome provides
strong evidence for the genetic transmission of specific, strictly grammatical
traits. We show that such radical nativist interpretations of the evidence are
either extremely misleading or reveal a basic conceptual confusion, viz.
that genes encode the functional competences of the biological structures they
help to build. No es ninguna
exageración afirmar que muchas de las investigaciones que relacionan patologías
cognitivas con los genes tienen un carácter polémico.1 No obstante,
estos estudios poseen un atractivo especial porque prometen rastrear el pasillo
que lleva desde los genes hasta las funciones cerebrales.2 Un
síndrome que últimamente ha despertado especial interés es un trastorno del
lenguaje conocido como la disfasia genética. La razón de tanto interés
resulta evidente. Para los defensores de la gramática universal chomskiana la
existencia de este trastorno constituye una corroboración de su postura.
«G[enetic] D[ysphasia] does
provide evidence that seems to point incontrovertibly to a genetic basis for
autonomous grammar.»3
[La disfasia genética
proporciona pruebas que parecen apuntar incontrovertiblemente a una base
genética para una gramática autónoma.] En este trabajo
examinaremos críticamente tales posturas. Por supuesto, no hay nada
controvertido en la afirmación de que existe una vinculación entre los genes y
las conductas. Lo que sí son controvertidas son las conclusiones que los
innatistas más radicales extraen de las investigaciones acerca de patologías
genéticas. La disfasia genética y el gen foxp2
A principios de
la década de los noventa comenzaron a darse noticias acerca de una familia
numerosa inglesa que padecía disfasia genética (véase, por ejemplo, el trabajo
de Gopnik).4 En la literatura, el perfil de los afectados se
caracteriza, sobre todo, por un déficit gramatical en la morfología flexiva
regular.5 Este fenotipo ha ocurrido en, al menos, tres generaciones
de la familia y ambos sexos están afectados por igual, lo que indicaría una
herencia autosómica dominante.6 Aunque anteriormente se había
postulado un gen hipotético (el spch1),
recientemente se ha podido averiguar que la mutación se da en el gen foxp2,7 un gen que se distingue ligeramente de sus homólogos
en primates y ratones.8 Las reacciones a
la noticia no se hicieron esperar. Como la mutación se asociaba con la
sintaxis, ha habido un conjunto de afirmaciones como las que siguen:
«These results strongly
suggest that the impairment is genetic, and that it specifically affects the
ability to construct a mental grammar, leaving other cognitive abilities
intact. In order for this to be possible, there must be at least one gene that
is responsible for a special-purpose mental endowment for language acquisition.
The part of Universal Grammar having to do with acquiring inflectional endings
must not be a general-purpose learning strategy.»9
[Estos
resultados sugieren claramente que el trastorno es genético y que afecta
específicamente a la habilidad de construir una gramática mental, dejando
intactas otras habilidades. Para que esto fuese posible, tendría que haber al
menos un gen que se responsabiliza de una facultad mental específica para la
adquisición del lenguaje. La parte la Gramática Universal que tiene que ver con
la adquisición de desinencias no debe pertenecer a una estrategia de
aprendizaje de multiuso.]
«We have strong evidence for
the genetic transmission of specific, strictly grammatical traits […].»3
[Tenemos evidencia clara de la transmisión genética de
rasgos específicos, estrictamente gramaticales.] El que las
investigaciones confirmen que un caso determinado de disfasia genética es
heredado no justifica las afirmaciones radicales que algunos innatistas hacen
con toda libertad en sus discusiones acerca de asociaciones entre los genes y
las conductas. Para empezar, es poco atinado afirmar que el trastorno afecta
sólo a la morfosintaxis: en el caso que nos ocupa resulta evidente que los
afectados también padecen una grave dispraxia orofacial y un habla poco
inteligible para quienes no les conocen.10-12 La insistencia en la
codificación genética de rasgos gramaticales revela una falta de comprensión
acerca de la relación que hay entre las conductas y los genes. Imposturas genéticas Afirmaciones
como las que hemos visto se desprenden directamente de lo que se conoce como la
hipótesis del innatismo:
«Central aspects of this
autonomous system [i.e., grammatical competence] are provided by the human
genome.»3 [Los aspectos centrales de este sistema autónomo
(léase: la competencia gramatical) son proporcionados por el genoma humano.] Otras
formulaciones de esta tesis pueden hallarse en Smith y Tsimpli,13
quienes dejan muy claro que, cuando algún aspecto del lenguaje se tilda de innato,
esto puede intercambiarse por la locución genéticamente determinado.
Chomsky ha sido incluso más contundente:
«This seems to me what we
should hope to discover: that there is in the general initial cognitive state a
subsystem (that we are calling S0 for language) which has a specific
integrated character and which in effect is the genetic program for a specific
organ (here it is the program for the specific organ which is human language).
It is evidently not possible now to spell it out in terms of nucleotides,
although I don’t see why someone couldn’t do it, in principle.»
(Citado en Piattelli-Palmarini)14
[Esto es lo que me parece que deberíamos descubrir:
que existe en el estado inicial cognitivo general un subsistema (que llamamos S0
en el caso del lenguaje) que tiene un carácter integrado específico y que es el
programa de un órgano específico (aquí se trata de un programa de un órgano
específico que es el lenguaje). Evidentemente no es posible explicitar esto
ahora en términos de nucleótidos, aunque no veo por qué alguien no lo podría
hacer, al menos en principio.] Tales posturas presuponen la
posibilidad de que un gen, o bien un conjunto de genes, podrían codificar una
facultad de conducta o al menos parte de ella. De la misma manera que podríamos
decir que un diagrama arquitectónico es una especie de programa para un
edificio, un gen como el que describe Chomsky sería, sin lugar a dudas, un
programa para las representaciones corticales que implementan nuestra facultad
del lenguaje. Dado este presupuesto, podríamos realmente atribuir la facultad
en cuestión a un gen. Desafortunadamente, los genes no funcionan así. La metáfora preformacionista Un mito
arraigado en casi todos los estratos de la sociedad es que los genes son
códigos para rasgos fenotípicos. Tal postura es esencialmente preformacionista.
La filósofa Susan Oyama lo resume así:
«Today we think of
preformationism as an archaic relic of outmoded thought, and we snicker at the
absurd idea that there are little people curled up in sperm or egg cells. But
replacing curled-up people with curled-up blueprints or programs for people is
not so different. […] What is central to preformationist thought is not the
literal presence of fully formed creatures in germ cells, but rather a way of
thinking about development –development as revelation of preformed essence
rather than as contingent series of constructive interactions, transformations,
and emergences. It is a way of thinking that makes real development irrelevant
because the basic “information,” or form, is there from the beginning, a legacy
from our ancestors.»15
[Hoy
pensamos en el preformacionismo como una reliquia arcaica del pensamiento
anticuado y nos reímos de la idea de que hay gente pequeña y abarquillada metida
en los espermatozoides o en el óvulo. Pero sustituir a gente abarquillada con
planos o programas abarquillados no es tan distinto. [...] Lo que es central en
el pensamiento preformacionista no es la presencia literal de criaturas
totalmente desarrolladas dentro de gametos, sino una manera de pensar en el
desarrollo –el desarrollo como revelación de una esencia en vez de una serie
contingente de interacciones constructivas, transformaciones y productos
emergentes–. Es una manera de pensar que hace irrelevante el desarrollo real,
ya que la “información” básica o forma está ahí desde el principio, un legado
de nuestros antepasados.] El presupuesto
de que los rasgos fenotípicos se representan en el genoma convierte los genes
en lo que Schaffner llama «rasgúnculos», es decir, copias de un rasgo
codificadas en ciertos tramos de DNA. A nuestro parecer, las hipótesis
innatistas que hemos reseñado son susceptibles de la interpretación de que las
conductas y las competencias están, de alguna forma, «codificadas» en los
genes. Por desgracia, los genes no tienen los recursos representativos
necesarios como para especificar los rasgos fenotípicos: lo único que codifican
los genes es la estructura primaria de las proteínas.17,18 Proporcionar
proteínas es únicamente una pequeña parte del desarrollo. No obstante, los
efectos locales de los genes pueden desencadenar una cascada de acciones
genéticas, lo que, a su vez, puede desatar interacciones a múltiples niveles de
acontecimientos bioquímicos, celulares, fisiológicos y de comportamiento (figura 1). La manera en que un gen se expresa en, por
ejemplo, una conducta determinada es el resultado de un complejo de procesos
que requieren muchos niveles y componentes. Así, los procesos de desarrollo que
conducen a la aparición de un rasgo constituye una configuración altamente
dinámica, en la que interaccionan unos mecanismos de retroalimentación (tanto
positivos como negativos). La emergencia de rasgos –incluso los llamados rasgos
monogénicos– no es un cuestión sencilla.19 La colaboración de
muchos genes es necesaria para que aparezca el fenotipo. Por supuesto que
la interacción entre genes no es suficiente para producir un rasgo fenotípico
determinado. El entorno es igualmente necesario. Considérese el siguiente
ejemplo: el gen homeótico Antennapedia puede inducir patas en lugar de
antenas en la mosca del vinagre Drosophila.20 Para que esto
suceda, el cDNA tiene que ser estimulado con calor durante el estadio embrional
o el tercer instar de la larva; no se consiguen patas ectópicas si el
choque de calor se da durante el primero o el segundo instar.17
Dadas estas contingencias, resulta imposible atribuirle ningún tipo de primacía
en el desarrollo ni a los genes ni al entorno.18,21,22 Los rasgos
provienen de la paridad del entorno y el genoma.21 Por supuesto,
esto no implica que el desarrollo es un proceso sin estructura; sólo señala un
hecho fundamental: en el desarrollo nada ocurre en un vacío. La metáfora
preformacionista no da cuenta de la interacción entre genes y el entorno. Los
genes pueden ser vistos como instrucciones para la producción de proteínas,
pero no como instrucciones de cómo las proteínas interaccionan entre ellas, ni
mucho menos los efectos distales como por ejemplo la manera en que las células
y los tejidos se comunican, los órganos y el sistema nervioso central se
forman. Los genes no son ni planos ni programas para el desarrollo de un
organismo. A fortiori, no son ni planos ni programas para las funciones
o conductas. Las correlaciones entre los genes y las patologías Las
correlaciones entre genes y rasgos patológicos son moneda común en los
argumentos innatistas. Desde el reduccionismo, se argumenta que dichas
correlaciones constituyen prueba incontrovertible de que los genes
«proporcionan» los resultados de desarrollo. Si bien, parece claro que ciertas
anomalías pueden cambiar el rumbo del desarrollo de maneras muy sorprendentes,
también está claro que esto no debe interpretarse como una prueba de que los
genes controlen el desarrollo. Para parafrasear a Nijhout, 17 tal
interpretación de las acciones genéticas equipara el volante de un automóvil
con el conductor. Para evitar
atribuciones erróneas resulta esencial tener presente qué es lo que las
correlaciones pueden decirnos. Lo único que demuestra una conexión entre un gen
y un rasgo es que el gen produce una proteína que es necesaria para el
desarrollo del fenotipo. Dar con la correlación no nos explica dónde y cuándo
un proceso determinado del desarrollo comienza y acaba. En el mejor de los
casos es un primer paso que se puede utilizar para manipular y explorar el
proceso del desarrollo en cuestión. Es más, una correlación específica entre un
gen y un efecto fenotípico determinado sólo puede usarse como una medida de
diferencias probabilísticas que están vinculadas con la presencia, la ausencia
o la mutación del gen en cuestión. Se trata, en definitiva, de un análisis de
la varianza y de no un análisis de las causas.23 A modo de ejemplo,
retomemos un momento el caso del gen Antennapedia. Como señala Nijhout,17
incluso cuando se efectuaba el pulso de calor durante las fases del desarrollo
correctas, no todas las moscas Drosóphila acaban por tener patas
ectópicas en vez de antenas. Las inferencias que se extraen de estudios de la
genética de poblaciones y de las investigaciones mutagénicas parecen obviar
hechos como éste una y otra vez. Del principio al fin La trayectoria
que va del genotipo al fenotipo es extremadamente compleja. Es importante no
perder de vista este hecho. El desarrollo y funcionamiento correcto de
cualquier ámbito de la cognición depende de la interacción apropiada de todos
los elementos necesarios para su expresión. Como ha puesto de manifiesto
Bishop,24 esto es verdad, se trate del habla, o se trate de nuestra
capacidad de caminar:
«Like language, walking is a
“species universal” – that is, common to all normal humans but not seen in
other primates—which develops without overt instruction in a wide range of
environmental circumstances. […] No other primate shares this skill, yet all
normal humans master it without specific instruction within the first few years
of life […]. […] Just as with language, though, some unfortunate individuals
have a specific single-gene disorder –muscular dystrophy– which selectively
interferes with this ability.»24
[Al igual que el lenguaje, el
caminar es “universal en la especie” –es decir, es común a todos los humanos
normales pero no se aprecia en otros primates–; se desarrolla sin instrucción
explícita bajo una amplia gama de circunstancias ambientales. […] Ningún otro
primate comparte esta destreza con nosotros; no obstante, todos los humanos
normales lo dominan sin una instrucción dentro de los primeros pocos años de
vida. […] […] Al igual que con el lenguaje, sin embargo, algunos individuos
sufren de un trastorno específico de un solo gen –la distrofia muscular– que
interfiere selectivamente con esta habilidad.] Las operaciones que se requieren para
trasladar nuestros cuerpos con dos pies son francamente muy complejas. Sin
embargo, si se trastoca uno de los componentes de los procesos de
psicomotricidad puede ser suficiente para perturbar profundamente nuestra
facultad de caminar:
«It is apparent that walking
depends on the integrity of a wide range of underlying systems, involving
muscles, nerves, and central control processes that regulate balance,
proprioception, and motor planning. Muscular dystrophy has a specific effect on
just one of these systems –the muscles– but this is sufficient to make walking
difficult or impossible.»24
[Resulta evidente que el caminar
depende en la integridad de una amplia gama de sistemas, incluyendo los
músculos, los nervios, y los procesos de control central que regulan el
equilibrio, la propriocepción y la planificación motora. La distrofia muscular tiene
un efecto específico en solamente uno de estos sistemas –los músculos– pero
esto es suficiente para dificultar o imposibilitar el caminar.] Es difícil
imaginar que alguien quisiera afirmar que la mutación genética vinculada a la
distrofia muscular apunta incontrovertiblemente a «la codificación genética de
rasgos locomotores específicos». No obstante, este es precisamente el
razonamiento empleado en los argumentos que concluyen que la existencia de
disfasia genética sostiene la hipótesis del innatismo. Es como si dijéramos que
una sola carta sostiene un castillo de naipes, cuando en realidad todas las
cartas son necesarias para mantener la estructura en pie. Las facultades
conductuales, sean el caminar, el habla o cualquier otra competencia cognitiva,
son el resultado de una jerarquía compleja de muchos niveles de desarrollo, que
va desde los nucleótidos, los genes y las proteínas hasta la formación y el
desarrollo de las distintas partes del cuerpo, la biomecánica y la interacción
apropiada con el entorno. Por consiguiente, los fenotipos no responden al
concepto de un programa o un código que de alguna forma encuentra su sitio en
el cerebro humano y que se activa cuando entra en contacto con ciertos
estímulos del entorno. Tal visión crea un vacío explicativo que sólo puede
calificarse de inmenso.25 Más aún, es precisamente este tipo de
argumentación elíptica el que genera la ilusión de que existen genes que
proporcionan conductas (figura 2). Del mismo modo
que resulta ingenuo creer que existe un gen del caminar por el simple hecho de
que existe la distrofia muscular, es también ingenuo afirmar que un gen pueda
«proporcionar» propiedades sintácticas por el simple hecho de que la disfasia
genética es un déficit heredable. Biológicamente, esto tiene poco sentido.
Conceptualizar los genes (o los genomas) como instrucciones para la aparición
de rasgos no ayuda a comprender el desarrollo.17 En realidad, tal
postura no pasa de ser una teoría «de estar por casa». Los genotipos no
«contienen» fenotipos. Conclusión ¿Constituye la
disfasia genética una prueba incontrovertible de que los genes puedan
transmitir rasgos gramaticales específicos? Nada podría estar más lejos de la
verdad. A pesar del vínculo indiscutible que existe entre un caso determinado
de disfasia genética y el foxp2,
no hay por qué pensar que este gen codifique tipo alguno de competencia
gramatical. Creer en tal codificación sólo conduce a atribuciones infundadas.
Al decir esto no estamos negando que los genes jueguen un papel en la
adquisición del lenguaje: todas las competencias facultativas tienen un
componente genético. Los estudios sobre la disfasia genética vienen a confirmar
esto ampliamente. No obstante, afirmar que los genes «proporcionan» o
«codifican» fenotipos carece de credibilidad.
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University Press, 1999.
Joseph Hilferty
Nacido
en la península de San Francisco, Joseph Hilferty se licencia en la San
Francisco State University en 1987.
Poco después se traslada a Barcelona y comienza a investigar sobre el
lenguaje y la cognición. Actualmente es profesor de la Universidad de
Barcelona, donde imparte asignaturas de lingüística inglesa. Entre sus publicaciones recientes figuran Introduccción
a la lingüística inglesa (Ariel, 1999), «Maximality and Idealized Cognitive
Models» (en Language Sciences) y «Paradox Lost» (en Cognitive
Linguistics).
Óscar Vilarroya
Licenciado en medicina y doctor en ciencia cognitiva. Su actividad
investigadora en el campo de las neurociencias se ha desarrollado en varias
universidades europeas, en especial en la Universidad de Londres, siendo en la
actualidad profesor del Departamento de Psiquiatría y Medicina Legal de la
Universidad Autónoma de Barcelona. Es autor del libro La disolución de la mente (Tusquets, 2002) también publicado en
inglés (The dissolution of mind.
Editions Rodopi, 2002) y de artículos científicos en revistas internacionales.
Es, asimismo, un activo divulgador científico en distintos medios de
comunicación, sobre todo en prensa y radio.
oscar.vilarroya@reporters.net
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