Introduction to
science popularization
La
divulgación de las ciencias, como género literario, comenzó en los siglos XVII
y XVIII. Es muy difícil señalar una obra y una fecha como la primera, pero no
hay duda de que una obra precursora es el Dialogo
sopra i due massimi sistemi del mondo, tolemaico e copernicano (1632) de
Galileo Galilei, escrita en lengua vulgar y en forma de diálogo entre tres
personajes: Salviati, que representa las opiniones de Galileo y defiende el
para la época revolucionario copernicanismo; Sagredo, que hace las preguntas y
se deja convencer por Salviati, y Simplicio, que defiende la teoría entonces
clásica de Ptolomeo y en cuya boca pone Galileo los argumentos del papa Urbano
VII. Algunos autores citan a Le Journal
des Savants (París, 1665) como la primera publicación destinada a
transmitir el conocimiento científico al gran público y a Bernard de Fontenelle
como un autor realmente precursor de la divulgación con Entretiens sur la pluralité des mondes (1686) en los que, siguiendo
la técnica de Galileo, se establece una curiosa conversación entre un filósofo
y una marquesa en relación al cielo estrellado.1
Hay
que resaltar que en esta obra Fontenelle –que llegó a centenario, algo
excepcional para la época– hace referencia explícita a la necesidad de la
búsqueda de un lenguaje explicativo que satisfaga a la vez al mundo sabio y a
la gente del pueblo... ¿Es ésta una primera definición de divulgación?
Fontenelle se formó con los jesuitas en Rouen (Francia) y escribió notables
obras de historia y filosofía de las matemáticas y de las ciencias, en las que
refleja admirablemente el mundo científico que le tocó vivir. Sin profundizar
en más detalles de esta síntesis de la protohistoria de la divulgación
científica, hay que recordar que fue precisamente el dar respuesta a la
necesidad del público por conocer las maravillas de la ciencia y de la técnica
la razón que incitó a Diderot, a la demanda del editor Le Breton, a concebir la
primera gran Encyclopédie (1750-1772).
Bernadette
Bensaude-Vincent, profesora de historia y de filosofía de las ciencias de la
Universidad París X, sitúa en la segunda mitad del siglo XIX la definitiva
emergencia de la divulgación científica en todas sus formas como un género
destinado al público de masas.2 Conferencias, libros, revistas,
exposiciones, planetarios, museos, observatorios, jardines botánicos y
zoológicos..., las iniciativas florecen y se multiplican en muchos países al
mismo tiempo. El período comprendido entre 1870 y 1900 puede ser considerado
como la edad de oro de la divulgación
científica en la que coincide un deseo de mostrar y un deseo de saber. Este
último aspecto es esencial, pues en contra de lo que significan los libros
educativos –o incluso los estrictamente científicos, de casi obligada lectura
por parte de los pares científicos–, los libros de divulgación no poseen un
público cautivo. El público es libre de comprar o no, de leer o no, como lo es
de ir a una conferencia o no o como lo es hoy en día de comprar una revista u
otra, de leer una noticia periodística o no o de mirar un programa de
televisión u otro. Finalmente, es muy relevante recordar que desde mediados del siglo XIX
el libro científico contribuye a la industrialización e impulso del mundo de la
edición, desempeñando un papel fundamental en la creación de grandes grupos
como Hachette y Larousse en Francia y McMillan en Inglaterra. Así nació por
ejemplo la editorial francesa Flammarion: el astrónomo, escritor, conferenciante
y divulgador prolijo Camille Flammarion publica en 1880, gracias a la
iniciativa de su hermano Ernest, su Astronomie
populaire que alcanza una venta en las librerías de la época de 100 000
ejemplares, todo un récord cercano al que consigue Émile Zola con sus obras
literarias de carácter social. El fenómeno se generaliza en Europa y también da
lugar a la aparición de importantes publicaciones periódicas científicas, tanto
en el campo de la revista de referencia en la que los científicos publican los
artículos relacionados con sus investigaciones como revistas de carácter
divulgativo. En este sentido hay que citar necesariamente a la británica Nature que nació el 4 de noviembre de
1869, fundada por el astrónomo Norman Lockyer y el editor McMillan y que se ha
convertido hoy en una de las revistas de referencia más importantes del mundo.3
A
partir de la irrupción de la prensa en la vida cotidiana de nuestra sociedad,
la divulgación científica se abre camino en los diarios, primero de la mano de
científicos que sienten la necesidad de divulgar y posteriormente de la mano de
periodistas. Manuel Calvo Hernando, presidente de la Asociación Española de
Periodismo Científico, cita4 como la
primera información científica en prensa una noticia de dos párrafos sobre una
epidemia de fiebre amarilla en las colonias británicas, aparecida en 1690 en el
que se considera también el primer diario norteamericano (Publick Occurrences Both Foreign and Domestick, del que se publicó en Boston una primera y única edición ya que las autoridades
de la época consideraron que era ofensivo y ordenaron su inmediata supresión).
Por su parte el profesor Bienvenido León de la
Universidad de Navarra sitúa el origen en Francia5 algunos años antes, concretamente cita al
diario Gazzette de France, fundado en
1631 por Teofrast Renaudot, como el primero en incluir artículos científicos.
El profesor de Historia del Periodismo de la
Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, Jaume Guillamet, sitúa6 el comienzo del periodismo científico en
España en el Diario de Barcelona en
el período 1792-1810 en el que su fundador y primer editor, Pedro Pablo Husón
de Lapazarán, estimuló la producción de informaciones con contenido científico
y tecnológico, entre la que destacó la extensa colaboración de Francesc Salvà Campillo
desde 1794 a 1800.
Una fecha sin duda histórica en el salto de la
divulgación científica al periodismo es el año 1837 en que el astrónomo
François Aragó decide abrir las sesiones y actas de la Academia de Ciencias de
Francia a los periodistas, no sin una gran polémica en el seno de los propios
académicos, muchos de ellos contrarios a la presencia de periodistas durante
sus debates con el argumento de que «el mundo de la ciencia podría perder su
credibilidad si se admite a periodistas en la sala cuya indiscreta pluma puede
revelar impunemente errores que los sabios pueden proferir en un momento de
irreflexión».7 De esta forma se publicaron las primeras
informaciones de los debates en la Academia en el periódico Le Globe a cargo del padre del académico
y matemático Joseph Bertrand. Este movimiento hacia la transparencia científica
coincidió con la eclosión del dinamismo periodístico gracias a los avances
tecnológicos de la época que permitieron la elaboración de diarios con mayor
rapidez y a más bajo coste.
Luego vendrían las dos grandes guerras del siglo XX
que sin duda comportaron un importante impulso de la divulgación científica por
mediación del periodismo escrito hasta que la aparición y generalización de las
tecnologías audiovisuales supusieron un salto cuantitativo y cualitativo para
la difusión masiva de las ciencias con respecto a la tradicional divulgación
escrita, para bien en el aspecto cuantitativo pero para mal en el cualitativo.
Curiosamente tanto la divulgación científica como el
periodismo científico no han merecido demasiada atención de los historiadores,
sobre todo en España, y sus respectivos estudios en profundidad siguen siendo
una asignatura pendiente. Quark
ofrece –gracias a la colaboración del Ministerio de Ciencia y Tecnología– una
primera aproximación a esta historia no escrita y anima a que otros también
emprendan el camino de aproximarse a la historia de las ciencias con el prisma
de la divulgación y del periodismo.
Notas
[1] Una versión
íntegra en lengua francesa se puede leer en http://abu.cnam.fr/cgi-bin/go?plural3
2
Bensaude-Vincent, B. L’opinion publique et la science, Institut d’Édtion
Sanofi-Synnthélabo, París, 2000.
Además, la profesora Bensaude-Vincent también tiene
publicada en CNRS Édtions (1997) la obra La science populaire dans la presse
et l’édition XIX et XX siècles.
3
Sheets-Pyenson, S.: «Popular science periodicals in Paris and London: the
emergence of a low scientific culture, 1820-1875», Annals of Science 1985; 42 (6): 549-572.
4
Prólogo de Artículos científicos de The
New York Times de Richard Flaste (editor), McGraw Hill, Madrid, 1992.
5 León,
B.: El documental de divulgación
científica, Editorial Paidós, Barcelona, 1999.
6
Guillamet, J.: «Pedro Pablo Husón de Lazaparán i els inicis del periodisme
cultural i científic», Treballs de
Comunicació, número 10, diciembre 1998.
7
Raichvarg, D.; Jacques, J.: Savants et
ignorants, Editions du Seuil, París, 1991.