Tribuna
Historia de la ciencia y divulgación
History of science and popularization
José Manuel Sánchez Ron
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Aunque por su
naturaleza intrínseca la historia de la ciencia no debería distinguirse de
otras disciplinas históricas de, por poner algún ejemplo, la historia general,
la historia de las ideas políticas, o la historia de la economía, el hecho es
que en la práctica con frecuencia sí se distingue. Explicaré en qué consiste
esa distinción.
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La ciencia constituye un
maravilloso instrumento de conocimiento, el mejor, en mi opinión, o cuando
menos el más fiable, de que dispone la especie humana. Ahora bien, es un
instrumento exigente, que se desarrolla y expresa un idioma propio, un idioma
técnico, en el que la matemática (otro lenguaje altamente refinado) desempeña
un papel destacado. Sobre ese idioma (en realidad, un conjunto de idiomas, que,
además varían en aspectos importantes entre las diferentes ramas científicas),
la ciencia ha edificado complejos edificios cognitivos, poblados por todo tipo
de conceptos, teorías, experimentos e instrumentos. Acceder a semejantes
edificios, comprender lo que dicen y explican, es algo que, como las sociedades
actuales saben muy bien, da poder, poder intelectual, político, económico,
industrial y militar. Por eso es tan importante para aquellos carentes de una
educación científica –los legos–
acceder al mundo de la ciencia. Les abre las puertas a unos conocimientos que,
como es ya patente para prácticamente cualquiera, influyen en sus vidas de muy
múltiples y continuas maneras. Y en este punto entra la historia de la ciencia.
Y entra porque, en una medida u
otra, la historia es siempre una narración, es «contar historias». Es cierto
que esas historias que se cuentan en la historia de la ciencia pueden ser a
veces complicadas, exigir también conocimientos especializados, «idiomas», pero
unos idiomas que siempre serán menos exigentes que los utilizados en la propia
ciencia. Estoy refiriéndome, claro, a la historia «internalista», que puede
compartir muchas de las dificultades técnicas que obstaculizan el acceso de los
legos al conocimiento científico. Pensemos en los detalles técnicos que aparecen,
que tienen necesariamente que aparecer, en reconstrucciones históricas de, por
ejemplo, los orígenes y desarrollo de la dinámica y teoría de la gravitación
que Isaac Newton publicó en su magno libro los Principia (1687), el cálculo infinitesimal (Newton y Leibniz) o la
mecánica cuántica; en los caminos que llevaron a Albert Einstein a las
ecuaciones finales de su teoría de la relatividad generalizada, o en los
procesos que condujeron a Kurt Gödel a sus resultados de 1931 sobre lo
incompleto de algunos sistemas formales.
Pero aunque la historia de la
ciencia contenga, en ocasiones, altos grados de exigencia técnica para sus
lectores, es evidente que no toda ella es de ese tipo; que abundan los estudios
de historia de la ciencia que los legos pueden leer y entender, y que el entendimiento
que obtienen de ellos les sirve para acceder al mundo científico que les estaba
vedado si se acercaban a él a través de los trabajos de los propios
científicos, de los auténticos protagonistas de la empresa científica.
En este sentido, la historia de
la ciencia, sin ser divulgación, cumple con funciones de divulgación
científica. Las obras de historia de la ciencia no son, no están pensadas como,
obras de divulgación científica, en la medida en que lo que éstas pretenden es
simplemente –pero también, nada más y nada menos– explicar alguna aportación
científica, independientemente en principio del contexto en el que surgió. Por
eso no es infrecuente que muchos lectores consideren a obras de historia de la
ciencia o a historiadores de la ciencia como libros de divulgación o
divulgadores, respectivamente, con el injusto argumento de que «entienden lo
que se dice en esas obras»: el razonamiento es que la ciencia no es fácilmente
comprensible para los legos, que éstos sólo la pueden entender en textos de
divulgación, luego si entienden un libro (de historia de la ciencia) lo
califican automáticamente de divulgación.
No importa, sin embargo (salvo
en lo que pueda afectar al estatus profesional del historiador de la ciencia en
cuestión), cómo se considere a esas obras, lo importante es que cumplen una
doble función, una pretendida y otra impensada: contribuyen a la historia de la
ciencia como disciplina y a la difusión de la ciencia en la sociedad.
Por supuesto, lo normal es que
las obras de historia de la ciencia que cumplen esa doble función traten de
aspectos «externalistas» de la ciencia, como pueden ser los procedimientos y
mecanismos que subyacen en la práctica científica, las biografías de
científicos o historias de instituciones. Algunos ejemplos concretos pueden ser
de utilidad.
En cuanto a los procedimientos
y mecanismos, ¿por qué no citar el clásico de Thomas S. Kuhn, La estructura de las revoluciones
científicas (1962), en el que la historia de la ciencia constituye el soporte
que apoya y justifica las tesis de Kuhn sobre lo que es realmente la ciencia
(paradigmas, ciencia normal y extraordinaria, etc.)? Y también se podrían citar
muchas otras, como La revolución
newtoniana y la transformación de las ideas científicas, de I. Bernard
Cohen (1980), Cultura en Weimar,
causalidad y teoría cuántica, 1918-1927. Adaptación de los físicos y
matemáticos alemanes a un ambiente intelectual hostil (1971), de Paul
Forman, Ciencia y técnica en la sociedad
española de los siglos XVI y XVII (1979), de José María López Piñero, y, si
se me permite, mi obra El poder de la
ciencia (1992).
Otra relación de la historia de
la ciencia con la divulgación surge a través de algunos clásicos de historia de
la ciencia. En principio, esas obras fueron aportaciones sobresalientes, si no
revolucionarias, a la propia ciencia; objeto pues de la historia y no historia
de la ciencia en ellas mismas. Pero con el paso del tiempo el estatus de esas
obras se ve modificado, incorporándose al cuerpo establecido de conocimientos
aceptados (incluso lo más probable es que en algunos aspectos terminen siendo
superadas). Sin embargo, en algunos casos, el historiador puede –y debe– ayudar
a recuperarlas como instrumentos magníficos, singulares, para que un público
general se acerque a la ciencia, para que la comprenda o la aprecie mejor. Clásicos
que pueden servir a este fin son, por ejemplo, los Diálogos sobre los dos sistemas del mundo, ptolemaico y copernicano
(1632), de Galileo Galilei. El arte narrativo de Galileo, su dominio del
diálogo entre los tres protagonistas del libro, Sagredo, Salviati y Simplicio,
la lógica que constantemente preside las conversaciones que construye, y su
habilidad para presentar los sistemas heliocéntrico y geocéntrico, todavía son
hoy, casi cuatrocientos años después de la publicación de los Diálogos un poderoso y subyugador
instrumento de introducción a la esencia de lo que es la ciencia.
El origen de las especies (1859), de Charles Darwin, es otra de
esas obras. Se trata, como es bien sabido, de un libro que dio origen a una
auténtica revolución científica. Sin embargo, a pesar de pertenecer a semejante
exclusiva categoría, desde el principio fue (y continúa siendo) accesible para
prácticamente todo tipo de lectores. Y, ¿cuánto no habrá enseñado sobre la
naturaleza, el mundo y sobre nosotros mismos ese libro histórico? Un libro, por
cierto, cuya primera edición se agotó el mismo día en que salió a la venta.
¿Cómo fue esto posible? No porque las masas esperasen la teoría de la evolución
de las especies darwiniana (de hecho, no sabían de ella), sino porque su autor
era conocido gracias a los libros de viajes sobre expediciones científicas
(sobre la que él mismo había llevado a cabo durante cinco años por todo el
mundo a bordo del Beagle) que había publicado con anterioridad
(1839-1843).
Por último, existen libros que
fueron en su día obras de divulgación y que terminaron convirtiéndose en
clásicos de la historia de la ciencia, pero que en la actualidad pueden desempeñar
también la misma función de divulgación que he mencionado a propósito de clásicos
del tipo de El origen de las especies
o los Diálogos; que pueden, en
definitiva, recuperar su carácter de obra de divulgación. Un ejemplo
sobresaliente en este sentido es Diálogos
sobre la pluralidad de los mundos (1686) de Bernard le Bouyer de
Fontenelle, el literato y secretario de la Academia de Ciencias de París, libro
que en su tiempo logró un éxito extraordinario: en 1757 se había reeditado 33
veces, y traducido a varias lenguas. Las Cartas
filosóficas (1734) de Voltaire y las Cartas
a una princesa alemana sobre diversos temas de física y filosofía (tres
volúmenes, 1768-1772), de Leonhard Euler, son otros ejemplos de obras de ese
tipo, obras en estos dos casos que caminan a caballo entre la divulgación, la
filosofía y la ciencia.
La Ilustración fue, por
supuesto, un siglo especialmente propicio para obras de divulgación científica
que se convertirían en clásicos de la ciencia utilizables hoy en la divulgación
científica, pero también en el XIX es posible encontrar ejemplos: como el Ensayo filosófico sobre las probabilidades
(1814), de Pierre Simon de Laplace, o la Historia
química de una vela (1860) de Michael Faraday, el texto de uno de los
cursos que dictaba para públicos generales en la Royal Institution de Londres,
y un libro que fue traducido a prácticamente todas las lenguas europeas. En
cuanto al siglo XX, los ejemplos de libros de divulgación (o de ensayo)
escritos por grandes científicos, libros que o bien se han convertido o que
llevan camino de convertirse en clásicos de la literatura científica, y que
pueden cumplir misiones de divulgación, son numerosísimos: Albert Einstein,
Werner Heisenberg, Murray Gell-Mann, James Watson, Steven Weinberg, Stephen Jay
Gould o Stephen Hawking son algunos de los autores de esos libros. El que
proliferen, y presumiblemente proliferen más en el futuro, no es sino una manifestación
de al menos dos hechos: la necesidad que la sociedad tiene, y siente, de
conocimiento científico y del deseo de los científicos de adquirir prestigio
social, un prestigio del que pueden servirse de muy diversas formas.
La historia de la ciencia es,
para concluir, un poderoso y conveniente instrumento de divulgación científica,
y sus profesionales, los historiadores de la ciencia, deberían asumir el reto
que ello implica, sabiendo que de esta manera prestarán un valioso servicio a
la sociedad.
Licenciado en
Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de madrid y doctor en Física
por la Universidad de Londres y por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Es
catedrático de Historia de la Ciencia en el Departamento de Física Teórica de
la UAM. Su campo de investigación actual es la historia de la ciencia de los
siglos XIX y XX, especialmente de la física. Ha dirigidop varias colecciones en
diversas editoriales, y es miembro del consejo editorial de numerosas revistas
científicas y culturales. Sus libros más recientes son El jardín de Newton:
la ciencia através de su historia (2001)
y Los mundos de la ciencia (2002).